martes, 2 de octubre de 2018

El día que cayó Sendero Luminoso 3


Relatos históricos
¿Qué es la historia? Una sencilla fábula que todos hemos aceptado. (Napoleón)
El día que cayó Sendero Luminoso 3

Rondero porta trofeo de guerra de Sendero Luminoso
Gran reportaje: Por Gustavo Gorriti
(Fuente: Selecciones Reader’s Digest 1964)
(Esta narración consta de cuatro partes)


Al borde del caos

Al igual que Benedcito Jiménez, cuya vida era ejemplo de perseverancia y tesón para superar dificultades en apariencia insalvables, muchos de los miembros del GEIN eran hombres decididos a y tencaes, provenientes de familias de escasos recursos que emigraron a la capital en busca de una vida mejor. La huida de Abimael Guzmán fue muy frustrante para todos ellos, pues con el paso de los meses el país se había ido precipitando al caos. mediante ataques sorpresivos en los barrios pobres de la ciudad, los militantes de Sendero Luminoso, destruían redes de organizaciones populares, asesinaban líderes y dejaban en ruinas comedores de beneficencia y edificios de asociaciones de ayuda mutua. Los extranjeros que realizaban trabajos voluntarios en la comunidad eran objetos de atentados; los grupos de feligreses recibían graves amenazas, y los empleados de organizaciones no gubernamentales eran perseguidos o asesinados. A raíz de un sabotaje perpetrado por los senderistas contra la red eléctrica de Lima, el racionamiento de energía y los apagones se volvieron cosa habitual. Así pues, para los agentes del GEIN atrapar a Guzmán también se convirtió en un reto.

Las gavillas de Sendero Luminoso que perpetraron los actos terroristas más atroces en Lima, pertenecían a "Socorro Popular", el grupo de "beneficencia" de la organización. Al principio esta agrupación se limitó a asesorar a terroristas presos, a ayudar a sus familias y a proporcionarles atención médica. A fines de los años 80, empero, "el presidente Gonzalo" ordenó "militarizar" todas las divisiones senderistas, y Socorro Popular lo hizo con tal eficiencia, que al poco tiempo estaba a cargo de planear y ejecutar casi todos los actos terroristas urbanos de la organización.

Sus miembros eran hombres y mujeres bien adiestrados, dispuestos a vivir como espartanos y a desplazarse por todas las zonas de la ciudad cuando se requería. Siempre alertas y recelosos, reconocían sin dificultad a los equipos de vigilancia de la policía. Para evitar que los pocos hombres con que contaba fueran descubiertos, Jiménez hizo que unos actores les enseñaran a maquillarse y disfrazarse a fin de parecer entre 30 y 40 años más viejos. Los agentes pronto aprendeieron a transformar su apariencia con cambios de vestuario, postura y manera de caminar.

Un experto británico a quien llamaban "Norman" los hizo revisar a fondo sus técnicas de vigilancia, y luego les enseñó las mejores maneras de combinar observadores de a pie con observadores en vehículos, así como a relevarse sin ser descubiertos.

Poco a poco, Jiménez y sus agentes fueron haciendo progresos. El 28 de noviembre de 1991 capturaron a una fracción importante del brazo miltar de Socorro Popular. Posteriormente el 26 de febrero de 1992, el GEIN puso fin a las actividades clandestinas de las clínicas móviles de al agrupación, en primer término las de cirugía. Y el 13 de abril del mismo año aprehendieron a los senderistas encargados de publicar El Diario.

Por entonces Jiménez contaba ya con los servicios de varios investigadores distinguidos. Un hombre, que era mago de la fotografía y la electrónica, se encargaba de diseñar para el grupo toda clase de aparatos y accesorios para filmar, fotografiar y grabar a los sospechosos. Él les enseñó a los agentes del GEIN a intervenir teléfonos públicos utilizando mini micrófonos, y diseñó una maleta especial para cámara de vídeo que permitía operar el aparato sin necesidad de abrir la maleta.

Jiménez sometía todas las decisiones importantes a la consideración de Marco Miyashiro, comandante de la policía de investigaciones, y a la del mayor Luis Valencia Hirano, ambos expertos agentes antiterroristas descendientes de inmigrantes japoneses.

Otros colaboradores del grupo eran el capitán Guillermo Bonilla, incansable agente especializado en las actividades de Sendero Luminoso, y el mayor Rubén Zúñiga, quien se convirtió en uno de los mejores organizaciones y analistas del creciente caudal de información que el GEIN recibía.

Con todo, la situación general seguía deteriorándose, y Jiménez se percataba de que los esfuerzos de sus hombres resultaban insuficientes. Peribía la desesperación y la intranquilidad que reinaban a su alrededor. En tanto Abimael Guzmán anduviera suelto, la sangrienta campaña de Sendero Luminoso mantendría su marcha inexorable. Los viejos amigos de Jiménez, como muchos otros peruanos, estaban abandonando el país. En las reuniones que el grupo sostenía con otras agencias policiacas con el ejército, la rabia y la frustración eran incoultables. El creciente número de guardaespaldas que contrataban los principales funcionarios de seguridad del país revelaba con claridad sus temores.

Jiménez no tenía guardaespaldas; Miyashiro y Valencia tampoco. Para ello habrían tenido que sustraer del servicio a varios de sus hombres. Benedicto vivía en el quinto piso de un edficio ubicado en un barrios de clase media. Cada vez que iba a salir del inmueble, su ayudante recorría las calles aldeañas para cerciorarse de que nadie lo estuviera vigilando, o para prevenir una posible emboscada. Luego Jiménez salía a toda prisa con su pistola calibre .38 en la mano, aunque cubierta con un suéter o con un periodico.

El investigdaro regresaba a casa a distinta hora cada día y casi siempre avanzaba la noche, lo cual repercutió enormemente en su vida familiar. No obstante lo doloroso que era pra él y para su esposa, acordaron no salir juntos del edificio.

-Así, si algo malo le pasa a alguno de los dos, nuestros hijos se quedarán al menos con un padre -dijo Benedicto.

Mara, policía como él, sobrellevó con valentía la incertidumbre, y con frecuencia la soledad. Sin embargo, la tensión aumento hasta volverse casi insportable. Benedicto pasaba entre 10 y 14 horas diarias en la oficina del GEIN, seis o siete días a la semana, revisando vídeos y planeando las tareas de sus agentes. Cuando el grupo realizaba operaciones importantes, Jimenez podía pasar varios días en la oficina sin volver a casa. Su propósito de capturar a Guzmán había empezado a convertirse en obsesión.

Mara comprendía que para su esposo era casi imosible sutrarse del trabajo, pero tambien sabía que era a sus hijos a quiense más afectaba la susencia de Bendcito. Esta situación empezó a tener consecuencias negativas en el rendimiento escolar de los niños. Cuando la hija de la pareja, que hasta entonces había sido una estudiante ejemplar, empezó a tener dificultades en la escuela, Mara concertó una cita con un psicólgo para pedirle consejo.

-Por favor, trata de venir -le suplicó a Benedicto.

Jiménez asistió a la cita, pero llegó tarde e irritado por tener que dejar el trabajo unas horas.

-¿Cómo pueden sentarse aquí a hablar de psicología mientras el país está a putno de explotar? -dijo, un poco exasperado.

El tiempo se agota

El 5 de abril de 1992, el presidente de Perú, Alberto Fujimori, ejecutó un "autogolpe", disolvió el Parlamente y el poder judicial y empezó a gobernar por decreto. Elaboró un programa para convocar a elecciones, pero, entre tanto, en el país se abolió la democracia.

Los senderistas ni se inmutaron. Por orden de Guzmán, hicieron estallar ocho coches bomba en Lima entre el 5 de abril y al tercera semana de mayo, la mayoría de ellos en estaciones de policía e instalaciones del ejército, con efectos desastrosos. El 22 de mayo, un vehículo cargado con media tonelada de explosivos estalló en San Isidro, zona de edificios de oficinas, bancos y centros comerciales. El gobierno impuso el toque de queda.

Los asutados genreales y funcionaros de seguridad del régimen de Fujimori le exigían resultados a DINCOTE; es decir, que hiciera arrestos. Y en las reuniones del alto mando de la policía sólo se hablaba de que el tiempo se estaba acabando.


El Autor,
Con afecto,
Rubén




 



lunes, 24 de septiembre de 2018

Citas citables: 6 Reader’Digest (1984)



Citas citables: 6 Reader’Digest (1984


102. Cuando oigo decir a mis amigos que esperan que sus hijos no tengan que pasar por las estrecheces que ellos padecieron; no estoy de acuerdo.
Tales estrecheces hicieron lo que somos. Es posible padecer toda  clase de desventajas, y una reacción acaso sea no habernos visto obligados a luchar.
103. Mi vida ha sido una serie de altibajos; aproximadamente la misma cantidad de altos que de bajos. No tengo nada sensacional de lo que pueda informar cada día sobre mis progresos.
Y me pregunto a menudo, si la vida plena no estará vinculada necesariamente,  a un cambio para mejorar.
104. Mi pastor me pregunto una vez de cómo van las cosas. Le respondí: las cosas van bien aunque no estaría mal que fueran mejor.
Y me respondió: ¿Y cómo sabe usted que  sí  mejoraran  no le hicieran daño?
105. La lluvia y las lágrimas son corrientes que lavan la mugre de la vida.
106. Como no existen personas pequeñas ni vidas sin importancia, tampoco existe trabajo insignificante.
107. La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco mas de ellos, hacia lo imposible.
108. Tras el vivir y soñar esta lo que más importa: Despertar.
109. La plegaria es hablar con Dios; la meditación es escuchar a Dios.
110. No puede haber felicidad si las cosas en que creemos son distintas de las cosas que hacemos.
111. La falta de opciones aclara maravillosamente la mente.
112. De todas las reacciones posibles ante la injuria, una, la más hábil
 y económica,  es el silencio.
113. Una vida sin distracciones o fiestas es como un largo viaje sin paradas.
114. La música  es amor en busca de palabras.
115. Toda la sociedad rinde honores a sus conformistas vivos y a sus agitadores muertos.
116. Cuando llegamos a la edad madura es cuando no necesitamos divertirnos para estar contentos.

117. Lo poco que se lo debo a mi ignorancia.
118. Los humildes no han heredado aun el mundo, pero muchos ya lo estarán sosteniéndolo.
119. El rumor es como un cheque: no hay que darlo por bueno hasta que se compruebe que tiene fondos.
120. Muchas veces la manera de hacer más por un hijo es hacer menos.
121. El envejecimiento planificado de los contadores no es un concepto nuevo.
El Creador ya lo había aplicado al hombre.
Con afecto,
Rubén




jueves, 20 de septiembre de 2018

Cuento:La niña de los fósforos



La niña de los fósforos

 
Hans Christian Andersen
¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.

Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.

La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.

Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.

-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios".

Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!

Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.

-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.

Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.
Con afecto,
Rubén

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Poema:Sueño dentro de un sueño



Sueño dentro de un sueño


por Edgar Allan Poe

Un sueño dentro de un sueño es un buen ejemplo de la contribución de Poe al género del romanticismo oscuro.


Toma este beso en la frente!
Y, al despedirse de ti ahora,
Así que mucho déjame confesar-
Usted no está equivocado, quien lo considera
Que mis días han sido un sueño;
Sin embargo, si la esperanza se ha volado
En una noche, o en un día,
En una visión, o en ninguna,
¿Por lo tanto, es el menos ido?
Todo lo que vemos o parece
Es solo un sueño dentro de un sueño.

Me quedo en medio del rugido
De una costa atormentada por las olas,
Y sostengo dentro de mi mano
Granos de arena dorada
¡Cuán pocos! sin embargo, cómo se arrastran
A través de mis dedos hasta lo profundo,
Mientras lloro, ¡mientras lloro!
¡Oh Dios! no puedo entender
Ellos con un cierre apretado?
¡Oh Dios! ¿No puedo guardar?
¿Uno de la ola despiadada?
Es todo lo que vemos o parece
¿Pero un sueño dentro de un sueño?

Con afecto,
Rubén