martes, 22 de septiembre de 2026

Cuento Volodia

 

Volodia

[Cuento - Texto completo.]

 

Antón Chéjov




Un domingo de verano, a eso de las cinco de la tarde, Volodia, un joven de diecisiete años, poco agraciado, enfermizo y tímido, estaba sentado en un cenador de la dacha de los Shumijin, atenazado por el aburrimiento. Sus tristes pensamientos seguían tres direcciones. En primer lugar, al día siguiente, lunes, tenía que examinarse de matemáticas; sabía que si no era capaz de resolver el problema escrito le expulsarían, pues era ya repetidor de sexto curso y tenía una media de 2’75 en álgebra. En segundo lugar, su estancia en casa de los Shumijin, personas adineradas y con pretensiones aristocráticas, hería constantemente su amor propio. Le parecía que la señora Shumijin y sus sobrinas les miraban a su madre y a él como a parientes pobres y gorrones; que no respetaban a su madre y se burlaban de ella. Un día oyó por casualidad cómo la señora Shumijin le decía en la terraza a su prima Anna Fiódorovna que su madre seguía dándoselas de mujer joven y se maquillaba, que nunca pagaba sus deudas de juego y sentía una especial atracción por los zapatos y el tabaco ajenos. Todos los días Volodia suplicaba a su madre que no fueran a casa de los Shumijin; le describía el humillante papel que hacía ante tales anfitriones, trataba de convencerla, le decía impertinencias, pero ella era una mujer frívola, mimada, que a lo largo de su vida había consumido dos fortunas —la suya y la de su marido— y que siempre se había sentido atraída por la alta sociedad, de modo que no le comprendía y dos veces por semana le obligaba a acompañarla a la odiosa dacha.

 

En tercer lugar, el joven no podía desembarazarse ni un solo instante de un sentimiento extraño y desagradable, completamente nuevo para él… Tenía la impresión de haberse enamorado de Arma Fiódorovna, prima y huésped de la señora Shumijin. Era una señorita vivaracha, ruidosa y bromista, de unos treinta años, fresca, robusta, rubicunda, con hombros torneados, mentón redondo y grueso y una sonrisa indeleble en los finos labios. No era hermosa ni joven. Volodia se daba perfecta cuenta, pero, por alguna razón no podía dejar de pensar en ella ni apartar los ojos de su figura cuando, jugando al croquet, encogía sus redondeados hombros y arqueaba su lisa espalda o, después de una prolongada carcajada y una carrera por las escaleras, se dejaba caer en un sillón y, con los ojos entornados y la respiración jadeante, fingía que le faltaba el aire y se ahogaba. Estaba casada. Su marido, un respetable arquitecto, iba a la dacha una vez por semana, se pasaba el día durmiendo y luego regresaba a la ciudad. Los primeros síntomas de esa extraña inclinación habían consistido en un odio inmotivado por ese arquitecto y un sentimiento de alegría cada vez que se marchaba.

 

Mientras estaba sentado en el cenador, pensando en el examen del día siguiente y en las burlas de que era objeto su madre, sintió un arrebatador deseo de ver a Niuta (así llamaban los Shumijin a Arma Fiódorovna), de escuchar su risa, el rumor de su vestido… Ese deseo guardaba pocas semejanzas con ese amor puro y poético del que tenía conocimiento por las novelas y con el que soñaba todas las noches cuando se iba a dormir; era extraño, incomprensible, le daba miedo y le avergonzaba, como si fuera algo muy feo y turbio, y apenas se atrevía a confesárselo a sí mismo…

 

—Eso no es amor —se decía—. Uno no se enamora de una mujer casada de treinta años… Solo es una pequeña aventura… Sí, una aventura…

 

Mientras pensaba en esas cosas, recordó su invencible timidez, su ausencia de bigote, sus pecas, sus ojos oblicuos; luego se imaginó al lado de Niuta y la pareja se le antojó imposible; entonces trató de figurarse que era atractivo, apuesto, ingenioso, que vestía a la última moda…

 

En el momento culminante de esa ensoñación, mientras, sentado en un rincón oscuro del cenador, se inclinaba y miraba fijamente el suelo, oyó unos pasos ligeros. Alguien caminaba sin prisas por la alameda. Pronto el ruido de los pasos se aquietó y en la entrada del cenador centelleó una mancha blanca.

 

—¿Hay alguien aquí? —preguntó una voz de mujer.

 

Volodia reconoció esa voz y levantó la cabeza con temor.

 

—¿Quién está ahí? —preguntó Niuta, entrando—. ¡Ah, es usted, Volodia! ¿Qué hace aquí? ¿Está pensando? Se pasa todo el santo día pensando… ¡Va a volverse loco!

 

Volodia se puso en pie y la miró con aire turbado. Niuta acababa de salir del baño y llevaba al hombro una sábana y una toalla afelpada, mientras de un pañuelo blanco de seda que llevaba anudado en la cabeza se escapaban unos cabellos mojados que se pegaban a la frente. Su cuerpo exhalaba un olor fresco y húmedo a agua de baño y a jabón de almendras. La rápida marcha la había sofocado. El botón superior de su blusa estaba desabrochado, de modo que el joven podía ver su cuello y su pecho.

 

—¿Por qué no dice nada? —preguntó Niuta, envolviéndolo con la mirada—. Es de mala educación no contestar cuando una dama le dirige la palabra. ¡Hay que ver qué torpe es usted, Volodia! Se pasa el tiempo sentado, callado, meditando como un filósofo. ¡No tiene la menor chispa de fuego o de vida! Qué desagradable es usted, la verdad… A su edad hay que vivir, saltar, charlar, cortejar a las mujeres, enamorarse…

 

Volodia miraba la sábana que ella sostenía con una mano blanca y regordeta y pensaba…

 

—¡No dice nada! —exclamó Niuta, llena de perplejidad—. Hasta resulta extraño… ¡Escuche, compórtese como un hombre! ¡Vamos, al menos sonría! ¡Uf, qué filósofo tan repugnante! —añadió, echándose a reír—. ¿Sabe usted por qué es tan torpe, Volodia? Porque no corteja a las mujeres. ¿Por qué no lo hace? Cierto que aquí no hay señoritas, pero nadie le impide cortejar a las damas. ¿Por qué, por ejemplo, no me hace la corte a mí?

 

Volodia escuchaba y se rascaba la sien, sumido en angustiosos y penosos pensamientos.

 

—Solo las personas muy orgullosas guardan silencio y aman la soledad —continuó Niuta, apartándole la mano de la sien—. Es usted orgulloso, Volodia. ¿Por qué me mira de soslayo? ¡Haga el favor de mirarme directamente a la cara! ¡Vamos, no sea torpe!

 

Volodia se decidió a hablar. Tratando de sonreír, extendió el labio inferior, hizo un guiño con los ojos y volvió a llevarse la mano a la sien.

 

—¡Yo… la amo! —exclamó.

 

Niuta, sorprendida, levantó las cejas y se echó a reír.

 

—¿Qué oigo? —entonó, a la manera de los cantantes de ópera cuando escuchan una noticia terrible—. ¿Cómo? ¿Qué ha dicho usted? Repítalo, repítalo…

 

—¡Yo… la amo! —repitió Volodia.

 

Y, sin darse cuenta de lo que hacía, sin comprender nada ni reflexionar, dio un paso hacia Niuta y le cogió la muñeca. Sus ojos se enturbiaron y se anegaron de lágrimas, y el mundo entero se transformó en una gran toalla afelpada que olía a agua de baño.

 

—¡Bravo, bravo! —dijo ella con una alegre risa—. ¿Por qué calla? Quiero que hable. ¿Y bien?

 

Viendo que la mujer no retiraba la muñeca, Volodia contempló el rostro risueño de Niuta y con gesto desmañado y torpe le rodeó el talle, uniendo sus dos manos en la espalda de la joven. Mientras la abrazaba, ella, llevándose las manos a la nuca y mostrando los hoyuelos de los codos, se arreglaba el cabello bajo el pañuelo y decía con total serenidad:

 

—Hay que ser cortés, amable y gentil, Volodia, y eso solo se logra tratando a las mujeres. Pero ¿por qué adopta una expresión tan fea y desagradable? Tiene que hablar, reír… Sí, Volodia, no debe mostrarse arisco, es usted joven, ya tendrá tiempo de filosofar. Bueno, suélteme, me voy. ¡Suélteme le digo!

 

La mujer se liberó sin esfuerzo y, canturreando una tonada, salió del lugar. Volodia se quedó solo. Alisó sus cabellos, sonrió y se paseó unas tres veces de un extremo al otro del cenador; luego se sentó en el banco y volvió a sonreír. Tanto le agobiaba la vergüenza que él mismo se sorprendió de que ese sentimiento pudiera alcanzar tal intensidad y agudeza. Su embarazo le hacía sonreír, murmurar palabras inconexas, gesticular.

 

Le abochornaba que acabaran de tratarle como a un niño, le torturaba su propia timidez y, sobre todo, le sorprendía la audacia de haber cogido por el talle a una mujer casada y respetable, cuando, en su opinión, ni su edad, ni su aspecto exterior ni su posición social le daban derecho a hacerlo.

 

Se puso en pie de un salto, salió del cenador y, sin volver la vista, se internó en lo más profundo del jardín, alejándose de la casa.

 

“¡Ah, si pudiera marcharme cuanto antes de aquí! —pensaba, cogiéndose la cabeza con las manos—. ¡Cuanto antes, Dios mío!”.

 

El tren que debían tomar Volodia y su madre partía a las ocho cuarenta. Hasta entonces quedaban casi tres horas, pero él se habría marchado de buena gana a la estación en ese mismo momento, sin esperar a su madre.

 

A las ocho se acercó a la casa. Toda su figura expresaba determinación: ¡que fuera lo que fuese! Había decidido entrar con resolución, mirar a la gente a la cara y hablar en voz alta, sin preocuparse de nada.

 

Atravesó la terraza, el gran salón y la sala, deteniéndose en esa última pieza para recobrar el aliento. Desde allí pudo oír que en el comedor contiguo estaban tomando el té. La señora Shumijin, su madre y Niuta charlaban y reían.

 

Volodia aguzó el oído.

 

—¡Se lo aseguro! —decía Niuta—. ¡No daba crédito a mis propios ojos! Cuando empezó a declararme su amor, apenas lo reconocía. Hasta llegó a cogerme por el talle, figúrense. Y ¿saben ustedes? ¡Tiene maneras! Cuando me dijo que me amaba, su figura adoptó un aire salvaje, como de cherqués.

 

—¡No es posible! —exclamó la madre, estallando en una risa prolongada—. ¡No es posible! ¡Cómo me recuerda a su padre!

 

Volodia se dio la vuelta y salió corriendo al exterior.

 

“¡Cómo pueden hablar en voz alta de todo eso! —se decía atormentado, al tiempo que juntaba las manos y miraba al cielo con horror—. Hablan en voz alta, con absoluta sangre fría… Y mi madre se ríe… ¡Mi madre! Dios mío, ¿por qué me has dado una madre semejante? ¿Por qué?”.

 

Pero tenía que regresar a la casa, costara lo que costase. Recorrió la alameda unas tres veces y, ya algo más tranquilo, decidió entrar.

 

—¿Por qué no ha venido a tiempo para tomar el té? —le preguntó la señora Shumijin con severidad.

 

—Perdóneme, es… hora de partir —balbució, sin levantar la vista—. ¡Mamá, ya son las ocho!

 

—Vete tú solo, querido —dijo la madre con cierta languidez—, yo me quedo a pasar la noche en casa de Lili. Adiós, hijo… Ven que te bendiga… —hizo la señal de la cruz sobre su hijo y dijo en francés, dirigiéndose a Niuta—: Se parece un poco a Lénnontov… ¿no es verdad?

 

Volodia ensayó una apresurada despedida y, sin mirar a nadie, salió del comedor. Al cabo de diez minutos, lleno de contento, avanzaba por el camino de la estación. Ya no sentía miedo ni vergüenza y respiraba sin dificultad, libremente.

 

A media versta de la estación se sentó en una piedra y se puso a contemplar el sol, cuyo círculo había desaparecido, en más de la mitad, detrás del terraplén. En algunos puntos de la estación se habían encendido ya las luces y un indeciso resplandor verde centelleó durante un momento, aunque todavía no se avistaba el tren. Volodia se encontraba a gusto en ese lugar, no movía un músculo y prestaba oídos a los ruidos de la tarde, que iba cayendo poco a poco. Su imaginación se representaba con sorprendente nitidez la penumbra del cenador, los pasos, el olor a agua de baño, las risas, el talle, y nada de eso le parecía tan terrible e importante como antes…

 

“Bobadas… Ella no retiró la mano y se reía mientras la tenía cogida por el talle —pensaba—, de modo que le gustó. Si le hubiera resultado desagradable, se habría enfadado…”.

 

En ese momento Volodia se arrepintió de no haberse mostrado más audaz en el cenador. Le apenaba tener que marcharse de allí de una forma tan estúpida y estaba convencido de que, si la ocasión volvía a presentarse, sería más osado y vería las cosas de manera más sencilla.

 

Y no era difícil que esa situación se repitiera. En casa de los Shumijin se daban largos paseos después de la cena. Si Volodia iba a pasear con Niuta por el jardín oscuro, tendría una oportunidad.

 

“Voy a volver —pensaba— y partiré mañana en el primer tren… Les diré que he perdido éste”.

 

De modo que regresó… La señora Shumijin, su madre, Niuta y una de las sobrinas estaban jugando al whist en la terraza. Cuando les dijo que había perdido el tren, las mujeres expresaron el temor de que al día siguiente llegara tarde al examen y le aconsejaron que se levantara temprano. Durante toda la partida estuvo sentado aparte, comiéndose a Niuta con los ojos y esperando… Ya tenía preparado un plan: en medio de la oscuridad se acercaría a Niuta, le cogería la mano y después la abrazaría; no tendría que decir nada, pues ambos lo comprenderían todo sin necesidad de palabras.

 

Pero después de la cena las damas no fueron a pasear por el jardín, sino que continuaron la partida. Estuvieron jugando a las cartas hasta la una de la madrugada y luego se fueron a dormir.

 

“¡Qué estúpido es todo esto! —se decía Volodia con enfado, mientras se metía en la cama—. Pero no importa, esperaré a mañana… Iré de nuevo al cenador. No importa…”.

 

No tenía intención de dormir, de modo que se sentó en la cama, se rodeó las rodillas con las manos y se quedó pensativo. La idea del examen le resultaba odiosa. Aunque estaba convencido de que iban a expulsarle, consideraba que esa decisión no tenía nada de terrible. Al contrario, sería una solución buena, puede que hasta excelente. Al día siguiente sería libre como un pájaro, podría abandonar el uniforme, fumaría a la vista de todos, volvería allí y cortejaría a Niuta cuando se le antojara; ya no sería un estudiante de segundo grado, sino un “joven”. En cuanto a lo demás, es decir, a su carrera y porvenir, también estaba claro: se enrolaría como voluntario, se haría telegrafista o entraría en una botica, donde se convertiría en practicante… ¿Es que había pocas ocupaciones? Pasó una hora, luego otra y él seguía sentado y pensando…

 

Poco antes de las tres, cuando ya empezaba a clarear, la puerta se abrió con un leve chirrido y su madre apareció en el umbral.

 

—¿Qué haces despierto? —preguntó en medio de un bostezo—. Duerme, yo me voy ya… Solo he venido a coger unas gotas…

 

—¿Para qué?

 

—La pobre Lili tiene otra vez espasmos. Duerme, hijo mío, mañana tienes un examen.

 

Cogió un frasco del armarito, se acercó a la ventana, leyó la etiqueta y salió.

 

—¡María Leontievna, no son esas gotas! —dijo una voz femenina al cabo de medio minuto—. Esto es muguete y lo que Lili pide es morfina. ¿Está dormido su hijo? Pídale que la busque él…

 

Era la voz de Niuta. Volodia sintió escalofríos. Se puso a toda prisa los pantalones, se echó sobre los hombros el capote y se acercó a la puerta.

 

—¿Lo entiende? ¡Morfina! —explicaba en un susurro Niuta—. Debe de estar escrito en latín. Despierte a Volodia, él la encontrará…

 

La madre abrió la puerta y Volodia vio a Niuta. Llevaba la misma blusa que por la mañana, cuando volvía del baño. Los cabellos despeinados caían sobre los hombros, tenía la cara soñolienta y la tez oscurecida por la penumbra…

 

—Volodia no duerme… —dijo la madre—. ¡Volodia, querido, busca la morfina en el armario! Esta Lili es un castigo… Siempre le pasa algo.

 

La madre farfulló algunas palabras más, bostezó y se fue.

 

—Vamos, busque —dijo Niuta—. ¿Qué hace ahí parado?

 

Volodia se acercó al armario, se puso de rodillas y empezó a examinar frascos y cajas de medicamentos. Las manos le temblaban y tenía la sensación de que unas olas heladas recorrían su vientre y su pecho, anegando todas sus entrañas. El olor del éter, del ácido fénico y de las distintas hierbas que cogía con manos temblorosas sin necesidad alguna y desparramaba por el suelo le sofocaba y hacía que la cabeza le diera vueltas.

 

“Parece que mi madre se ha ido —pensaba—. Eso está bien… muy bien…”.

 

—¿La encuentra? —preguntó Niuta con voz cansina.

 

—Enseguida… Me parece que esto es morfina… —dijo Volodia, leyendo en una etiqueta la palabra morph…—. ¡Tenga!

 

Niuta estaba en el umbral, con un pie en el pasillo y otro en el cuarto. Se arregló los cabellos, tarea poco sencilla —¡tan largos y espesos eran!— y miró a Volodia con aire distraído. A la incierta luz que proyectaba en la habitación el blanquecino cielo, aún no iluminado por el sol, a Volodia le pareció maravillosa y espléndida, con su amplia blusa, su aspecto adormilado y el pelo revuelto… Fascinado, temblando de pies a cabeza y recordando con deleite cómo había abrazado ese cuerpo maravilloso en el cenador, le entregó las gotas y le dijo:

 

—Es usted…

 

—¿Qué?

 

Niuta entró en la habitación.

 

—¿Qué? —preguntó, sonriendo.

 

Él guardó silencio y la contempló; luego, como en el cenador, le cogió la mano… Ella le miraba, sonreía y esperaba: ¿qué iba a suceder ahora?

 

—La amo… —susurró él.

 

Ella dejó de sonreír, se quedó pensativa durante unos instantes y dijo:

 

—Espere, me parece que viene alguien. ¡Ah, estos estudiantes! —dijo en voz queda, aproximándose a la puerta y echando un vistazo al pasillo—. No, no hay nadie…

 

Volvió a acercarse a él.

 

Luego Volodia tuvo la impresión de que la habitación, Niuta, el amanecer y su propia persona se fundían en una misma sensación de felicidad intensa, extraordinaria, desconocida, por la que valía la pena sacrificar toda la vida y soportar tormentos eternos, pero al cabo de medio minuto todo eso se desvaneció de pronto. Volodia solo veía un rostro grueso y desagradable, desfigurado poruña expresión de repugnancia, y él mismo sintió una repentina repulsión por lo que acababa de pasar.

 

—Bueno, tengo que irme —dijo Niuta, mirando a Volodia con asco—. ¡Qué feo y lamentable es usted…! ¡Uf, un patito feo!

 

¡Qué horribles le parecían ahora a Volodia los largos cabellos de la mujer, su amplia blusa, sus pasos, su voz…!

 

“Un patito feo… —se dijo, cuando se quedó solo—. Es verdad que soy repugnante… Todo es repugnante”.

 

Fuera ya había salido el sol, los pájaros cantaban a pleno pulmón; desde el jardín llegaba el rumor de los pasos del jardinero y el chirrido de su carretilla… Poco después se oyó el mugido de las vacas y el sonido del caramillo de un pastor. La luz del sol y todos esos ruidos parecían anunciar que en el mundo, en alguna parte, existía una vida pura, delicada, poética. Pero ¿dónde? Ni su madre ni todas las personas que le rodeaban le habían hablado nunca de ella.

 

Cuando un criado vino a despertarle para que no perdiera el tren de la mañana, él se hizo el dormido…

 

“¡Que se vaya todo al diablo!”, pensaba.

 

Se levantó ya pasadas las diez. Mientras se peinaba ante el espejo y contemplaba su rostro poco agraciado y pálido después de esa noche de insomnio, pensaba:

 

“Es verdad… Soy un patito feo”.

 

Cuando su madre lo vio y, horrorizada, comprendió que no había acudido al examen, Volodia le dijo:

 

—Me he quedado dormido, mamá… Pero no se preocupe, presentaré un certificado médico.

 

La señora Shumijin y Niuta se despertaron después de las doce. Volodia oyó el ruido que la señora Shumijin hacía al abrir la ventana y la risa estruendosa con que Niuta respondía a su ruda voz. Luego vio cómo toda una fila de sobrinas y de comensales (entre los cuales se encontraba su madre) atravesaba la puerta de la sala y pasaba al comedor para tomar el desayuno, y distinguió fugazmente el rostro recién lavado y sonriente de Niuta, así como las cejas negras y la barba del arquitecto, que acababa de llegar.

 

Niuta llevaba un traje ucraniano que no le quedaba nada bien y le impedía moverse con libertad; el arquitecto gastaba bromas triviales y sin gracia; las croquetas que sirvieron en el desayuno tenían demasiada cebolla, o al menos así se lo pareció a Volodia. También tenía la impresión de que Niuta se reía a carcajadas y le miraba a propósito, dándole a entender que el recuerdo de aquella noche no le preocupaba en absoluto y que apenas prestaba atención a la presencia en la mesa del patito feo.

 

A eso de las cuatro Volodia y su madre se dirigieron a la estación. Los sucios recuerdos, la noche en vela, la inminente expulsión del instituto, los remordimientos de conciencia, todo eso despertaba en su interior una rabia penosa y sombría. Contempló el rostro enjuto de su madre, su pequeña nariz, el impermeable que le había regalado Niuta, y balbució:

 

—¿Por qué se pone polvos en la cara? ¡No está bien a su edad! Se maquilla usted, no paga las deudas de juego, se fuma el tabaco ajeno… ¡Es repugnante! ¡La detesto… la detesto!

 

Mientras la insultaba, ella entornaba los ojos asustada, juntaba las manos y susurraba con temor:

 

—¿Qué dices, cariño? ¡Dios mío, va a oírte el cochero! ¡Cállate o te va a oír! ¡Lo oye todo!

 

—¡La detesto… la detesto! —continuó Volodia, todo sofocado—. No tiene usted vergüenza ni corazón… ¡No se atreva a ponerse otra vez ese impermeable! ¿Me oye? Si se lo vuelvo a ver, lo rompo en jirones…

 

—¡Contrólate, hijo mío! —dijo la madre, echándose a llorar—. ¡El cochero te va a oír!

 

—¿Y dónde está la fortuna de mi padre? ¿Dónde está su propio dinero? ¡Lo ha derrochado usted todo! No me avergüenza mi pobreza, sino tener una madre semejante… Cuando mis compañeros me preguntan por usted, siempre me ruborizo.

 

Antes de llegar a la ciudad el tren solo tenía que parar en dos estaciones. Volodia se pasó todo el tiempo en la plataforma, temblando de pies a cabeza. No quería entrar en el vagón, pues allí se encontraba su madre, a la que odiaba. También sentía odio por su propia persona, por los revisores, por el humo de la locomotora, por el frío, al que atribuía sus estremecimientos… Y a medida que aumentaba el peso que sentía en el corazón, mayor era el convencimiento de que en el mundo, en alguna parte, la gente disfrutaba de una vida pura, noble, delicada, elegante, llena de amor, de ternura, de alegría, de libertad… Eso era lo que sentía, amén de una pena tan grande que un pasajero le había mirado con insistencia y le había preguntado:

 

—¿Le duelen las muelas?

 

En la ciudad Volodia y su madre vivían en casa de María Petrovna, una dama de la nobleza que había tomado en alquiler un gran apartamento y a su vez tenía varios inquilinos. La madre de Volodia había arrendado dos habitaciones: en la primera, una pieza con ventanas, una cama y dos cuadros con marcos dorados colgados de las paredes, vivía ella; la segunda, contigua, pequeña y oscura, era la de Volodia. Había en ella un sofá, el único mueble de todo el cuarto, que hacía las veces de lecho; todo el espacio estaba ocupado por cestas de mimbre llenas de vestidos, cajas de sombreros y toda suerte de cachivaches que la madre guardaba sin razón aparente. Volodia preparaba las lecciones en la habitación de la madre o en la “sala común”, nombre que recibía una estancia espaciosa en la que los inquilinos se reunían durante el almuerzo o para pasar la velada.

 

Una vez en casa, Volodia se tumbó en el sofá y se cubrió con una manta para calmar los temblores. Las cajas de sombreros, las cestas y los cachivaches le recordaron que no tenía una habitación propia, un refugio donde poder escapar de su madre, de los invitados de ésta y de las voces que llegaban ahora de la “sala común”; la mochila y los libros, desperdigados por todas partes, no le permitían olvidar el examen al que no se había presentado… Sin saber por qué, le vino a la memoria Menton, donde había vivido con su difunto padre cuando tenía siete años; también rememoró Biarritz y dos niñas inglesas con las que corría por la arena… Quiso rescatar del olvido el color del cielo y del océano, la altura de las olas y su disposición de entonces, pero no lo consiguió; las niñas inglesas centellearon un momento en la imaginación como si estuvieran vivas, pero todo lo demás acabó confundiéndose y esfumándose en desorden…

 

“No, aquí hace demasiado frío”, pensaba Volodia, levantándose, poniéndose el capote y dirigiéndose a la “sala común”.

 

Allí estaban tomando el té. En torno al samovar había tres personas: su madre, una vieja profesora de música con pince-nez de carey y Avgustín Mijaílich, un francés ya maduro y muy gordo que trabajaba en una fábrica de perfumes.

 

—Hoy no he comido —decía su madre—. Tendría que mandar a la criada a por pan.

 

—¡Duniasha! —gritó el francés.

 

Pero resultó que la dueña de la casa había enviado a la criada a hacer un recado.

 

—Bueno, da igual —dijo el francés con una amplia sonrisa—. Yo mismo iré a por pan ahora mismo. No importa.

 

Dejó en un lugar visible su cigarrillo, que exhalaba un humo acre y apestoso, se puso el sombrero y salió. Cuando desapareció, su madre empezó a contarle a la profesora de música que había ido invitada a casa de los Shumijin y que la habían recibido muy bien.

 

—Lili Shumijin es pariente mía… —decía—. Su difunto marido, el general Shumijin, era primo de mi marido. Ella de soltera era la baronesa Kolb…

 

—¡Mamá, eso no es verdad! —dijo Volodia irritado—. ¿Por qué miente?

 

Sabía muy bien que su madre decía la verdad; en su relato sobre el general Shumijin y la baronesa Kolb no había una sola palabra inexacta, pero de todos modos él sentía que mentía. Esa falsedad la percibía en su modo de hablar, en la expresión de su rostro, en su mirada, en todo.

 

La profesora de música se turbó y empezó a toser en su pañuelo, como si se hubiese atragantado; entre tanto, la madre rompió a llorar.

 

“¿Adónde ir?”, pensó Volodia.

 

Ya había estado en la calle y visitar a algún compañero le daba vergüenza. De nuevo, sin venir a cuento, recordó a las dos niñas inglesas… Se paseó de un rincón a otro de la “sala común” y entró en la habitación de Avgustín Mijaílich. Allí reinaba un penetrante olor a aceites esenciales y a jabón de glicerina. En la mesa, en el antepecho de las ventanas e incluso en las sillas se acumulaban multitud de frascos, vasos y recipientes llenos de líquidos multicolores. Volodia cogió un periódico de la mesa, lo abrió y leyó la cabecera: Le Figaro… El periódico desprendía un olor fuerte y agradable. Luego tomó un revólver…

 

—¡Déjelo, no le haga caso! —le decía en la habitación contigua la profesora de música a su madre, tratando de consolarla—. ¡Es aún tan joven! Las personas de su edad piensan que todo les está permitido. No hay más remedio que resignarse.

 

—¡No, Evguenia Andréievna, está demasiado mimado! —decía su madre como canturreando—. No hay ninguna persona mayor que lo meta en cintura y yo, pobre de mí, no puedo hacer nada. ¡Qué desdichada soy!

 

Volodia se introdujo el cañón del revólver en la boca; tanteando con los dedos encontró algo parecido a un gatillo o un gancho y presionó… Luego, siempre a tientas, halló otra protuberancia y volvió a apretar. Retiró el cañón de la boca, lo secó con el faldón del capote y examinó el cierre; nunca antes había tenido un ?rm? en las manos…

 

—Parece que hay que levantar esto… —dijo—. Sí, debe de ser así…

 

Avgustín Mijaílich entró en la “sala común” y se puso a contar a carcajadas alguna anécdota. Volodia volvió a meterse el cañón en la boca, lo apretó con los dientes y presionó el gatillo con el dedo. Se oyó una detonación… Algo impactó con una fuerza terrible en la nuca de Volodia, que cayó sobre la mesa, con la cara entre los recipientes y los frascos. En ese momento vio cómo su difunto padre, tocado de un sombrero de copa con una ancha cinta negra, el mismo que había llevado en Menton cuando guardaba luto por cierta dama, le cogía de pronto en brazos y se hundía con él en un abismo profundo y negrísimo.

 

Luego todo se volvió confuso y desapareció…

 

*FIN*

Con afecto,

Ruben

 

domingo, 30 de agosto de 2026

Cuento: El aristócrata solterón

 

El aristócrata solterón




 

 


 

 [Cuento - Texto completo.]

Source:The proyectGutemberg E bok

Aventuras de Cherlok Holmes

 

 

 


Arthur Conan Doyle

Hace ya mucho tiempo que el matrimonio de lord St. Simon y la curiosa manera en que terminó dejaron de ser temas de interés en los selectos círculos en los que se mueve el infortunado novio. Nuevos escándalos lo han eclipsado, y sus detalles más picantes han acaparado las murmuraciones, desviándolas de este drama que ya tiene cuatro años de antigüedad. No obstante, como tengo razones para creer que los hechos completos no se han revelado nunca al público en general, y dado que mi amigo Sherlock Holmes desempeñó un importante papel en el esclarecimiento del asunto, considero que ninguna biografía suya estaría completa sin un breve resumen de este notable episodio.

 

Pocas semanas antes de mi propia boda, cuando aún compartía con Holmes el apartamento de Baker Street, mi amigo regresó a casa después de un paseo y encontró una carta aguardándole encima de la mesa. Yo me había quedado en casa todo el día, porque el tiempo se había puesto de repente muy lluvioso, con fuertes vientos de otoño, y la bala que me había traído dentro del cuerpo como recuerdo de mi campaña de Afganistán palpitaba con monótona persistencia. Tumbado en una poltrona con una pierna encima de otra, me había rodeado de una nube de periódicos hasta que, saturado al fin de noticias, los tiré a un lado y me quedé postrado e inerte, contemplando el escudo y las iniciales del sobre que había encima de la mesa, y preguntándome perezosamente quién sería aquel noble que escribía a mi amigo.

 

-Tiene una carta de lo más elegante -comenté al entrar él-. Si no recuerdo mal, las cartas de esta mañana eran de un pescadero y de un aduanero del puerto.

 

-Sí, desde luego, mi correspondencia tiene el encanto de la variedad -respondió él, sonriendo-. Y, por lo general, las más humildes son las más interesantes. Ésta parece una de esas molestas convocatorias sociales que le obligan a uno a aburrirse o a mentir.

 

Rompió el lacre y echó un vistazo al contenido.

 

-¡Ah, caramba! ¡Después de todo, puede que resulte interesante!

 

-¿No es un acto social, entonces?

 

-No; estrictamente profesional.

 

-¿Y de un cliente noble?

 

-Uno de los grandes de Inglaterra.

 

-Querido amigo, le felicito.

 

-Le aseguro, Watson, sin falsa modestia, que la categoría de mi cliente me importa mucho menos que el interés que ofrezca su caso. Sin embargo, es posible que esta nueva investigación no carezca de interés. Ha leído usted con atención los últimos periódicos, ¿no es cierto?

 

-Eso parece -dije melancólicamente, señalando un enorme montón que había en un rincón-. No tenía otra cosa que hacer.

 

-Es una suerte, porque así quizás pueda ponerme al corriente. Yo no leo más que los sucesos y los anuncios personales. Estos últimos son siempre instructivos. Pero si usted ha seguido de cerca los últimos acontecimientos, habrá leído acerca de lord St. Simon y su boda.

 

-Oh, sí, y con el mayor interés.

 

-Estupendo. La carta que tengo en la mano es de lord St. Simon. Se la voy a leer y, a cambio, usted repasará esos periódicos y me enseñará todo lo que tenga que ver con el asunto. Esto es lo que dice:

 

«Querido señor Sherlock Holmes: Lord Backwater me asegura que puedo confiar plenamente en su juicio y discreción. Así pues, he decidido hacerle una visita para consultarle con respecto al dolorosísimo suceso acaecido en relación con mi boda. El señor Lestrade, de Scotland Yard, se encuentra ya trabajando en el asunto, pero me ha asegurado que no hay inconveniente alguno en que usted coopere, e incluso cree que podría resultar de alguna ayuda. Pasaré a verle a las cuatro de la tarde, y le agradecería que aplazara cualquier otro compromiso que pudiera tener a esa hora, ya que el asunto es de trascendental importancia. Suyo afectísimo, ROBERT ST. SIMON.»

 

-Está fechada en Grosvenor Mansions, escrita con pluma de ave, y el noble señor ha tenido la desgracia de mancharse de tinta la parte de fuera de su meñique derecho -comentó Holmes, volviendo a doblar la carta.

 

-Dice que a las cuatro, y ahora son las tres. Falta una hora para que venga.

 

-Entonces, tengo el tiempo justo, contando con su ayuda, para ponerme al corriente del tema. Repase esos periódicos y ordene los artículos por orden de fechas, mientras yo miro quién es nuestro cliente -sacó un volumen de tapas rojas de una hilera de libros de referencia que había junto a la repisa de la chimenea-. Aquí está -dijo, sentándose y abriéndolo sobre las rodillas-. «Robert Walsingham de Vere St. Simon, segundo hijo del duque de Balmoral»… ¡Hum! Escudo: Campo de azur, con tres abrojos en jefe sobre banda de sable. Nacido en 1846. Tiene, pues, cuarenta y un años, que es una edad madura para casarse. Fue subsecretario de las colonias en una administración anterior. El duque, su padre, fue durante algún tiempo ministro de Asuntos Exteriores. Han heredado sangre de los Plantagenet por vía directa y de los Tudor por vía materna. ¡Ajá! Bueno, en todo esto no hay nada que resulte muy instructivo. Creo que dependo de usted, Watson, para obtener datos más sólidos.

 

-Me resultará muy fácil encontrar lo que busco -dije yo-, porque los hechos son bastante recientes y el asunto me llamó bastante la atención. Sin embargo, no me atrevía a hablarle del tema, porque sabía que tenía una investigación entre manos y que no le gusta que se entrometan otras cosas.

 

-Ah, se refiere usted al insignificante problema del furgón de muebles de Grosvenor Square. Eso ya está aclarado de sobra… aunque la verdad es que era evidente desde un principio. Por favor, deme los resultados de su selección de prensa.

 

-Aquí está la primera noticia que he podido encontrar. Está en la columna personal del Morning Post y, como ve, lleva fecha de hace unas semanas. «Se ha concertado una boda», dice, «que, si los rumores son ciertos, tendrá lugar dentro de muy poco, entre lord Robert St. Simon, segundo hijo del duque de Balmoral, y la señorita Hatty Doran, hija única de Aloysius Doran, de San Francisco, California, EE.UU.» Eso es todo.

 

-Escueto y al grano -comentó Holmes, extendiendo hacia el fuego sus largas y delgadas piernas.

 

-En la sección de sociedad de la misma semana apareció un párrafo ampliando lo anterior. ¡Ah, aquí está!: «Pronto será necesario imponer medidas de protección sobre el mercado matrimonial, en vista de que el principio de libre comercio parece actuar decididamente en contra de nuestro producto nacional. Una tras otra, las grandes casas nobiliarias de Gran Bretaña van cayendo en manos de nuestras bellas primas del otro lado del Atlántico. Durante la última semana se ha producido una importante incorporación a la lista de premios obtenidos por estas encantadoras invasoras. Lord St. Simon, que durante más de veinte años se había mostrado inmune a las flechas del travieso dios, ha anunciado de manera oficial su próximo enlace con la señorita Hatty Doran, la fascinante hija de un millonario californiano. La señorita Doran, cuya atractiva figura y bello rostro atrajeron mucha atención en las fiestas de Westbury House, es hija única y se rumorea que su dote está muy por encima de las seis cifras, y que aún podría aumentar en el futuro. Teniendo en cuenta que es un secreto a voces que el duque de Balmoral se ha visto obligado a vender su colección de pintura en los últimos años, y que lord St. Simon carece de propiedades, si exceptuamos la pequeña finca de Birchmoor, parece evidente que la heredera californiana no es la única que sale ganando con una alianza que le permitirá realizar la fácil y habitual transición de dama republicana a aristócrata británica».

 

-¿Algo más? -preguntó Holmes, bostezando.

 

-Oh, sí, mucho. Hay otro párrafo en el Morning Post diciendo que la boda sería un acto absolutamente privado, que se celebraría en San Jorge, en Hanover Square, que sólo se invitaría a media docena de amigos íntimos, y que luego todos se reunirían en una casa amueblada de Lancaster Gate, alquilada por el señor Aloysius Doran. Dos días después… es decir, el miércoles pasado… hay una breve noticia de que la boda se ha celebrado y que los novios pasarían la luna de miel en casa de lord Backwater, cerca de Petersfield. Éstas son todas las noticias que se publicaron antes de la desaparición de la novia.

 

-¿Antes de qué? -preguntó Holmes con sobresalto.

 

-De la desaparición de la dama.

 

-¿Y cuándo desapareció?

 

-Durante el almuerzo de boda.

 

-Caramba. Esto es más interesante de lo que yo pensaba; y de lo más dramático.

 

-Sí, a mí me pareció un poco fuera de lo corriente.

 

-Muchas novias desaparecen antes de la ceremonia, y alguna que otra durante la luna de miel; pero no recuerdo nada tan súbito como esto. Por favor, déme detalles.

 

-Le advierto que son muy incompletos.

 

-Quizás podamos hacer que lo sean menos.

 

-Lo poco que se sabe viene todo seguido en un solo artículo publicado ayer por la mañana, que voy a leerle. Se titula «Extraño incidente en una boda de alta sociedad».

 

«La familia de lord Robert St. Simon ha quedado sumida en la mayor consternación por los extraños y dolorosos sucesos ocurridos en relación con su boda. La ceremonia, tal como se anunciaba brevemente en la prensa de ayer, se celebró anteayer por la mañana, pero hasta hoy no había sido posible confirmar los extraños rumores que circulaban de manera insistente. A pesar de los esfuerzos de los amigos por silenciar el asunto, éste ha atraído de tal modo la atención del público que de nada serviría fingir desconocimiento de un tema que está en todas las conversaciones.

 

»La ceremonia, que se celebró en la iglesia de San Jorge, en Hanover Square, tuvo lugar en privado, asistiendo tan sólo el padre de la novia, señor Aloysius Doran, la duquesa de Balmoral, lord Backwater, lord Eustace y lady Clara St. Simon (hermano menor y hermana del novio), y lady Alicia Whittington. A continuación, el cortejo se dirigió a la casa del señor Aloysius Doran, en Lancaster Gate, donde se había preparado un almuerzo. Parece que allí se produjo un pequeño incidente, provocado por una mujer cuyo nombre no se ha podido confirmar, que intentó penetrar por la fuerza en la casa tras el cortejo nupcial, alegando ciertas reclamaciones que tenía que hacerle a lord St. Simon. Tras una larga y bochornosa escena, el mayordomo y un lacayo consiguieron expulsarla. La novia, que afortunadamente había entrado en la casa antes de esta desagradable interrupción, se había sentado a almorzar con los demás cuando se quejó de una repentina indisposición y se retiró a su habitación.

 

Como su prolongada ausencia empezaba a provocar comentarios, su padre fue a buscarla; pero la doncella le dijo que sólo había entrado un momento en su habitación para coger un abrigo y un sombrero, y que luego había salido a toda prisa por el pasillo. Uno de los lacayos declaró haber visto salir de la casa a una señora cuya vestimenta respondía a la descripción, pero se negaba a creer que fuera la novia, por estar convencido de que ésta se encontraba con los invitados. Al comprobar que su hija había desaparecido, el señor Aloysius Doran, acompañado por el novio, se puso en contacto con la policía sin pérdida de tiempo, y en la actualidad se están llevando a cabo intensas investigaciones, que probablemente no tardarán en esclarecer este misterioso asunto. Sin embargo, a últimas horas de esta noche todavía no se sabía nada del paradero de la dama desaparecida. Los rumores se han desatado, y se dice que la policía ha detenido a la mujer que provocó el incidente, en la creencia de que, por celos o algún otro motivo, pueda estar relacionada con la misteriosa desaparición de la novia.»

 

-¿Y eso es todo?

 

-Sólo hay una notita en otro de los periódicos, pero bastante sugerente.

 

-¿Qué dice?

 

-Que la señorita Flora Millar, la dama que provocó el incidente, había sido detenida. Parece que es una antigua bailarina del Allegro, y que conocía al novio desde hace varios años. No hay más detalles, y el caso queda ahora en sus manos… Al menos, tal como lo ha expuesto la prensa.

 

-Y parece tratarse de un caso sumamente interesante. No me lo perdería por nada del mundo. Pero creo que llaman a la puerta, Watson, y dado que el reloj marca poco más de las cuatro, no me cabe duda de que aquí llega nuestro aristocrático cliente. No se le ocurra marcharse, Watson, porque me interesa mucho tener un testigo, aunque sólo sea para confirmar mi propia memoria.

 

-El señor Robert St. Simon -anunció nuestro botones, abriendo la puerta de par en par, para dejar entrar a un caballero de rostro agradable y expresión inteligente, altivo y pálido, quizás con algo de petulancia en el gesto de la boca, y con la mirada firme y abierta de quien ha tenido la suerte de nacer para mandar y ser obedecido. Aunque sus movimientos eran vivos, su aspecto general daba una errónea impresión de edad, porque iba ligeramente encorvado y se le doblaban un poco las rodillas al andar. Además, al quitarse el sombrero de ala ondulada, vimos que sus cabellos tenían las puntas grises y empezaban a clarear en la coronilla. En cuanto a su atuendo, era perfecto hasta rayar con la afectación: cuello alto, levita negra, chaleco blanco, guantes amarillos, zapatos de charol y polainas de color claro. Entró despacio en la habitación, girando la cabeza de izquierda a derecha y balanceando en la mano derecha el cordón del que colgaban sus gafas con montura de oro.

 

-Buenos días, lord St. Simon -dijo Holmes, levantándose y haciendo una reverencia-. Por favor, siéntese en la butaca de mimbre. Éste es mi amigo y colaborador, el doctor Watson. Acérquese un poco al fuego y hablaremos del asunto.

 

-Un asunto sumamente doloroso para mí, como podrá usted imaginar, señor Holmes. Me ha herido en lo más hondo. Tengo entendido, señor, que usted ya ha intervenido en varios casos delicados, parecidos a éste, aunque supongo que no afectarían a personas de la misma clase social.

 

-En efecto, voy descendiendo.

 

-¿Cómo dice?

 

-Mi último cliente de este tipo fue un rey.

 

-¡Caramba! No tenía idea. ¿Y qué rey?

 

-El rey de Escandinavia.

 

-¿Cómo? ¿También desapareció su esposa?

 

-Como usted comprenderá -dijo Holmes suavemente-, aplico a los asuntos de mis otros clientes la misma reserva que le prometo aplicar a los suyos.

 

-¡Naturalmente! ¡Tiene razón, mucha razón! Le pido mil perdones. En cuanto a mi caso, estoy dispuesto a proporcionarle cualquier información que pueda ayudarle a formarse una opinión.

 

-Gracias. Sé todo lo que ha aparecido en la prensa, pero nada más. Supongo que puedo considerarlo correcto… Por ejemplo, este artículo sobre la desaparición de la novia.

 

El señor St. Simon le echó un vistazo.

 

-Sí, es más o menos correcto en lo que dice.

 

-Pero hace falta mucha información complementaria para que alguien pueda adelantar una opinión. Creo que el modo más directo de conocer los hechos sería preguntarle a usted.

 

-Adelante.

 

-¿Cuándo conoció usted a la señorita Hatty Doran?

 

-Hace un año, en San Francisco.

 

-¿Estaba usted de viaje por los Estados Unidos?

 

-Sí.

 

-¿Fue entonces cuando se prometieron?

 

-No.

 

-¿Pero su relación era amistosa?

 

-A mí me divertía estar con ella, y ella se daba cuenta de que yo me divertía.

 

-¿Es muy rico su padre?

 

-Dicen que es el hombre más rico de la Costa Oeste.

 

-¿Y cómo adquirió su fortuna?

 

-Con las minas. Hace unos pocos años no tenía nada. Entonces, encontró oro, invirtió y subió como un cohete.

 

-Veamos: ¿qué impresión tiene usted sobre el carácter de la señorita… es decir, de su esposa?

 

El noble aceleró el balanceo de sus gafas y se quedó mirando al fuego.

 

-Verá usted, señor Holmes -dijo-. Mi esposa tenía ya veinte años cuando su padre se hizo rico. Se había pasado la vida correteando por un campamento minero y vagando por bosques y montañas, de manera que su educación debe más a la naturaleza que a los maestros de escuela. Es lo que en Inglaterra llamaríamos una buena pieza, con un carácter fuerte, impetuoso y libre, no sujeto a tradiciones de ningún tipo. Es impetuosa… hasta diría que volcánica. Toma decisiones con rapidez y no vacila en llevarlas a la práctica. Por otra parte, yo no le habría dado el apellido que tengo el honor de llevar -soltó una tosecilla solemne- si no pensara que tiene un fondo de nobleza. Creo que es capaz de sacrificios heroicos y que cualquier acto deshonroso la repugnaría.

 

-¿Tiene una fotografía suya?

 

-He traído esto.

 

Abrió un medallón y nos mostró el retrato de una mujer muy hermosa. No se trataba de una fotografía, sino de una miniatura sobre marfil, y el artista había sacado el máximo partido al lustroso cabello negro, los ojos grandes y oscuros y la exquisita boca. Holmes lo miró con gran atención durante un buen rato. Luego cerró el medallón y se lo devolvió a lord St. Simon.

 

-Así pues, la joven vino a Londres y aquí reanudaron sus relaciones.

 

-Sí, su padre la trajo a pasar la última temporada en Londres. Nos vimos varias veces, nos prometimos y por fin nos casamos.

 

-Tengo entendido que la novia aportó una dote considerable.

 

-Una buena dote. Pero no mayor de lo habitual en mi familia.

 

-Y, por supuesto, la dote es ahora suya, puesto que el matrimonio es un hecho consumado.

 

-La verdad, no he hecho averiguaciones al respecto.

 

-Es muy natural. ¿Vio usted a la señorita Doran el día antes de la boda?

 

-Sí.

 

-¿Estaba ella de buen humor?

 

-Mejor que nunca. No paraba de hablar de la vida que llevaríamos en el futuro.

 

-Vaya, vaya. Eso es muy interesante. ¿Y la mañana de la boda?

 

-Estaba animadísima… Por lo menos, hasta después de la ceremonia.

 

-¿Y después observó usted algún cambio en ella?

 

-Bueno, a decir verdad, fue entonces cuando advertí las primeras señales de que su temperamento es un poquitín violento. Pero el incidente fue demasiado trivial como para mencionarlo, y no puede tener ninguna relación con el caso.

 

-A pesar de todo, le ruego que nos lo cuente.

 

-Oh, es una niñería. Cuando íbamos hacia la sacristía se le cayó el ramo. Pasaba en aquel momento por la primera fila de reclinatorios, y se le cayó en uno de ellos. Hubo un instante de demora, pero el caballero del reclinatorio se lo devolvió y no parecía que se hubiera estropeado con la caída. Aun así, cuando le mencioné el asunto, me contestó bruscamente; y luego, en el coche, camino de casa, parecía absurdamente agitada por aquella insignificancia.

 

-Vaya, vaya. Dice usted que había un caballero en el reclinatorio. Según eso, había algo de público en la boda, ¿no?

 

-Oh, sí. Es imposible evitarlo cuando la iglesia está abierta.

 

-El caballero en cuestión, ¿no sería amigo de su esposa?

 

-No, no; le he llamado caballero por cortesía, pero era una persona bastante vulgar. Apenas me fijé en su aspecto. Pero creo que nos estamos desviando del tema.

 

-Así pues, la señora St. Simon regresó de la boda en un estado de ánimo menos jubiloso que el que tenía al ir. ¿Qué hizo al entrar de nuevo en casa de su padre?

 

-La vi mantener una conversación con su doncella.

 

-¿Y quién es esta doncella?

 

-Se llama Alice. Es norteamericana y vino de California con ella.

 

-¿Una doncella de confianza?

 

-Quizás demasiado. A mí me parecía que su señora le permitía excesivas libertades. Aunque, por supuesto, en América estas cosas se ven de un modo diferente.

 

-¿Cuánto tiempo estuvo hablando con esta Alice?

 

-Oh, unos minutos. Yo tenía otras cosas en que pensar.

 

-¿No oyó usted lo que decían?

 

-La señora St. Simon dijo algo acerca de «pisarle a otro la licencia». Solía utilizar esa jerga de los mineros para hablar. No tengo ni idea de lo que quiso decir con eso.

 

-A veces, la jerga norteamericana resulta muy expresiva. ¿Qué hizo su esposa cuando terminó de hablar con la doncella?

 

-Entró en el comedor.

 

-¿Del brazo de usted?

 

-No, sola. Era muy independiente en cuestiones de poca monta como ésa. Y luego, cuando llevábamos unos diez minutos sentados, se levantó con prisas, murmuró unas palabras de disculpa y salió de la habitación. Ya no la volvimos a ver.

 

-Pero, según tengo entendido, esta doncella, Alice, ha declarado que su esposa fue a su habitación, se puso un abrigo largo para tapar el vestido de novia, se caló un sombrero y salió de la casa.

 

-Exactamente. Y más tarde la vieron entrando en Hyde Park en compañía de Flora Millar, una mujer que ahora está detenida y que ya había provocado un incidente en casa del señor Doran aquella misma mañana.

 

-Ah, sí. Me gustaría conocer algunos detalles sobre esta dama y sus relaciones con usted.

 

Lord St. Simon se encogió de hombros y levantó las cejas.

 

-Durante algunos años hemos mantenido relaciones amistosas… podría decirse que muy amistosas. Ella trabajaba en el Allegro. La he tratado con generosidad, y no tiene ningún motivo razonable de queja contra mí, pero ya sabe usted cómo son las mujeres, señor Holmes. Flora era encantadora, pero demasiado atolondrada, y sentía devoción por mí. Cuando se enteró de que me iba a casar, me escribió unas cartas terribles; y, a decir verdad, la razón de que la boda se celebrara en la intimidad fue que yo temía que diese un escándalo en la iglesia. Se presentó en la puerta de la casa del señor Doran cuando nosotros acabábamos de volver, e intentó abrirse paso a empujones, pronunciando frases muy injuriosas contra mi esposa, e incluso amenazándola, pero yo había previsto la posibilidad de que ocurriera algo semejante, y había dado instrucciones al servicio, que no tardó en expulsarla. Se tranquilizó en cuanto vio que no sacaría nada con armar alboroto.

 

-¿Su esposa oyó todo esto?

 

-No, gracias a Dios, no lo oyó.

 

-¿Pero más tarde la vieron paseando con esta misma mujer?

 

-Sí. Y al señor Lestrade, de Scotland Yard, eso le parece muy grave. Cree que Flora atrajo con engaños a mi esposa hacia alguna terrible trampa.

 

-Bueno, es una suposición que entra dentro de lo posible.

 

-¿También usted lo cree?

 

-No dije que fuera probable. ¿Le parece probable a usted?

 

-Yo no creo que Flora sea capaz de hacer daño a una mosca.

 

-No obstante, los celos pueden provocar extraños cambios en el carácter. ¿Podría decirme cuál es su propia teoría acerca de lo sucedido?

 

-Bueno, en realidad he venido aquí en busca de una teoría, no a exponer la mía. Le he dado todos los datos. Sin embargo, ya que lo pregunta, puedo decirle que se me ha pasado por la cabeza la posibilidad de que la emoción de la boda y la conciencia de haber dado un salto social tan inmenso le hayan provocado a mi esposa algún pequeño trastorno nervioso de naturaleza transitoria.

 

-En pocas palabras, que sufrió un arrebato de locura.

 

-Bueno, la verdad, si consideramos que ha vuelto la espalda… no digo a mí, sino a algo a lo que tantas otras han aspirado sin éxito… me resulta difícil hallar otra explicación.

 

-Bien, desde luego, también es una hipótesis concebible -dijo Holmes sonriendo-. Y ahora, lord St. Simon, creo que ya dispongo de casi todos los datos. ¿Puedo preguntar si en la mesa estaban ustedes sentados de modo que pudieran ver por la ventana?

 

-Podíamos ver el otro lado de la calle, y el parque.

 

-Perfecto. En tal caso, creo que no necesito entretenerlo más tiempo. Ya me pondré en comunicación con usted.

 

-Si es que tiene la suerte de resolver el problema -dijo nuestro cliente, levantándose de su asiento.

 

-Ya lo he resuelto.

 

-¿Eh? ¿Cómo dice?

 

-Digo que ya lo he resuelto.

 

-Entonces, ¿dónde está mi esposa?

 

-Ése es un detalle que no tardaré en proporcionarle.

 

Lord St. Simon meneó la cabeza.

 

-Me temo que esto exija cabezas más inteligentes que la suya o la mía -comentó, y tras una pomposa inclinación, al estilo antiguo, salió de la habitación.

 

-El bueno de lord St. Simon me hace un gran honor al colocar mi cabeza al mismo nivel que la suya -dijo Sherlock Holmes, echándose a reír-. Después de tanto interrogatorio, no me vendrá mal un poco de whisky con soda. Ya había sacado mis conclusiones sobre el caso antes de que nuestro cliente entrara en la habitación.

 

-¡Pero Holmes!

 

-Tengo en mi archivo varios casos similares, aunque, como le dije antes, ninguno tan precipitado. Todo el interrogatorio sirvió únicamente para convertir mis conjeturas en certeza. En ocasiones, la evidencia circunstancial resulta muy convincente, como cuando uno se encuentra una trucha en la leche, por citar el ejemplo de Thoreau.

 

-Pero yo he oído todo lo que ha oído usted.

 

-Pero sin disponer del conocimiento de otros casos anteriores, que a mí me ha sido muy útil. Hace años se dio un caso muy semejante en Aberdeen, y en Munich, al año siguiente de la guerra franco-prusiana, ocurrió algo muy parecido. Es uno de esos casos… Pero ¡caramba, aquí viene Lestrade! Buenas tardes, Lestrade. Encontrará usted otro vaso encima del aparador, y aquí en la caja tiene cigarros.

 

El inspector de policía vestía chaqueta y corbata marineras, que le daban un aspecto decididamente náutico, y llevaba en la mano una bolsa de lona negra. Con un breve saludo, se sentó y encendió el cigarro que le ofrecían.

 

-¿Qué le trae por aquí? -preguntó Holmes con un brillo malicioso en los ojos-. Parece usted descontento.

 

-Y estoy descontento. Es este caso infernal de la boda de St. Simon. No le encuentro ni pies ni cabeza al asunto.

 

-¿De verdad? Me sorprende usted.

 

-¿Cuándo se ha visto un asunto tan lioso? Todas las pistas se me escurren entre los dedos. He estado todo el día trabajando en ello.

 

-Y parece que ha salido mojadísimo del empeño -dijo Holmes, tocándole la manga de la chaqueta marinera.

 

-Sí, es que he estado dragando el Serpentine.

 

-¿Y para qué, en nombre de todos los santos?

 

-En busca del cuerpo de lady St. Simon.

 

Sherlock Holmes se echó hacia atrás en su asiento y rompió en carcajadas.

 

-¿Y no se le ha ocurrido dragar la pila de la fuente de Trafalgar Square?

 

-¿Por qué? ¿Qué quiere decir?

 

-Pues que tiene usted tantas posibilidades de encontrar a la dama en un sitio como en otro.

 

Lestrade le dirigió a mi compañero una mirada de furia.

 

-Supongo que usted ya lo sabe todo -se burló.

 

-Bueno, acabo de enterarme de los hechos, pero ya he llegado a una conclusión.

 

-¡Ah, claro! Y no cree usted que el Serpentine intervenga para nada en el asunto.

 

-Lo considero muy improbable.

 

-Entonces, tal vez tenga usted la bondad de explicar cómo es que encontramos esto en él -y diciendo esto, abrió la bolsa y volcó en el suelo su contenido; un vestido de novia de seda tornasolada, un par de zapatos de raso blanco, una guirnalda y un velo de novia, todo ello descolorido y empapado. Encima del montón colocó un anillo de boda nuevo-. Aquí tiene, maestro Holmes. A ver cómo casca usted esta nuez.

 

-Vaya, vaya -dijo mi amigo, lanzando al aire anillos de humo azulado-. ¿Ha encontrado usted todo eso al dragar el Serpentine?

 

-No, lo encontró un guarda del parque, flotando cerca de la orilla. Han sido identificadas como las prendas que vestía la novia, y me pareció que si la ropa estaba allí, el cuerpo no se encontraría muy lejos.

 

-Según ese brillante razonamiento, todos los cadáveres deben encontrarse cerca de un armario ropero. Y dígame, por favor, ¿qué esperaba obtener con todo esto?

 

-Alguna prueba que complicara a Flora Millar en la desaparición.

 

-Me temo que le va a resultar difícil.

 

-¿Conque eso se teme, eh? -exclamó Lestrade, algo picado-. Pues yo me temo, Holmes, que sus deducciones y sus inferencias no le sirven de gran cosa. Ha metido dos veces la pata en otros tantos minutos. Este vestido acusa a la señorita Flora Millar.

 

-¿Y de qué manera?

 

-En el vestido hay un bolsillo. En el bolsillo hay un tarjetero. En el tarjetero hay una nota. Y aquí está la nota -la plantó de un manotazo en la mesa, delante de él-. Escuche esto: «Nos veremos cuando todo esté arreglado. Ven en seguida. F. H. M.». Pues bien, desde un principio mi teoría ha sido que lady St. Simon fue atraída con engaños por Flora Millar, y que ésta, sin duda con ayuda de algunos cómplices, es responsable de su desaparición. Aquí, firmada con sus iniciales, está la nota que sin duda le pasó disimuladamente en la puerta, y que sirvió de cebo para atraerla hasta sus manos.

 

-Muy bien, Lestrade -dijo Holmes, riendo-. Es usted fantástico. Déjeme verlo -cogió el papel con indiferencia, pero algo le llamó la atención al instante, haciéndole emitir un grito de satisfacción.

 

-¡Esto sí que es importante! -dijo.

 

-¡Vaya! ¿Le parece a usted?

 

-Ya lo creo. Le felicito calurosamente.

 

Lestrade se levantó con aire triunfal e inclinó la cabeza para mirar.

 

-¡Pero…! -exclamó-. ¡Si lo está usted mirando por el otro lado!

 

-Al contrario, éste es el lado bueno.

 

-¿El lado bueno? ¡Está usted loco! ¡La nota escrita a lápiz está por aquí!

 

-Pero por aquí hay algo que parece un fragmento de una factura de hotel, que es lo que me interesa, y mucho.

 

-Eso no significa nada. Ya me había fijado -dijo Lestrade-. «4 de octubre, habitación 8 chelines, desayuno 2 chelines y 6 peniques, cóctel 1 chelín, comida 2 chelines y 6 peniques, vaso de jerez 8 peniques.» Yo no veo nada ahí.

 

-Probablemente, no. Pero aun así, es muy importante. También la nota es importante, o al menos lo son las iniciales, así que le felicito de nuevo.

 

-Ya he perdido bastante tiempo -dijo Lestrade, poniéndose en pie-. Yo creo en el trabajo duro, y no en sentarme junto a la chimenea urdiendo bellas teorías. Buenos días, señor Holmes, y ya veremos quién llega antes al fondo del asunto -recogió las prendas, las metió otra vez en la bolsa y se dirigió a la puerta.

 

-Le voy a dar una pequeña pista, Lestrade -dijo Holmes lentamente-. Voy a decirle la verdadera solución del asunto. Lady St. Simon es un mito. No existe ni existió nunca semejante persona.

 

Lestrade miró con tristeza a mi compañero. Luego se volvió a mí, se dio tres golpecitos en la frente, meneó solemnemente la cabeza y se marchó con prisas.

 

Apenas se había cerrado la puerta tras él, cuando Sherlock Holmes se levantó y se puso su abrigo.

 

-Algo de razón tiene este buen hombre en lo que dice sobre el trabajo de campo -comentó-. Así pues, Watson, creo que tendré que dejarle algún tiempo solo con sus periódicos.

 

Eran más de las cinco cuando Sherlock Holmes se marchó, pero no tuve tiempo de aburrirme, porque antes de que transcurriera una hora llegó un recadero con una gran caja plana, que procedió a desenvolver con ayuda de un muchacho que le acompañaba. Al poco rato, y con gran asombro por mi parte, sobre nuestra modesta mesa de caoba se desplegaba una cena fría totalmente epicúrea. Había un par de cuartos de becada fría, un faisán, un pastel de foie-gras y varias botellas añejas, cubiertas de telarañas. Tras extender todas aquellas delicias, los dos visitantes se esfumaron como si fueran genios de las Mil y Una Noches, sin dar explicaciones, aparte de que las viandas estaban pagadas y que les habían encargado llevarlas a nuestra dirección.

 

Poco antes de las nueve, Sherlock Holmes entró a paso rápido en la sala. Traía una expresión seria, pero había un brillo en sus ojos que me hizo pensar que no le habían fallado sus suposiciones.

 

-Veo que han traído la cena -dijo, frotándose las manos.

 

-Parece que espera usted invitados. Han traído bastante para cinco personas.

 

-Sí, me parece muy posible que se deje caer por aquí alguna visita -dijo-. Me sorprende que lord St. Simon no haya llegado aún. ¡Ajá! Creo que oigo sus pasos en la escalera.

 

Era, en efecto, nuestro visitante de por la mañana, que entró como una tromba, balanceando sus lentes con más fuerza que nunca y con una expresión de absoluto desconcierto en sus aristocráticas facciones.

 

-Veo que mi mensajero dio con usted -dijo Holmes.

 

-Sí, y debo confesar que el contenido del mensaje me dejó absolutamente perplejo. ¿Tiene usted un buen fundamento para lo que dice?

 

-El mejor que se podría tener.

 

Lord St. Simon se dejó caer en un sillón y se pasó la mano por la frente.

 

-¿Qué dirá el duque -murmuró- cuando se entere de que un miembro de su familia ha sido sometido a semejante humillación?

 

-Ha sido puro accidente. Yo no veo que haya ninguna humillación.

 

-Ah, usted mira las cosas desde otro punto de vista.

 

-Yo no creo que se pueda culpar a nadie. A mi entender, la dama no podía actuar de otro modo, aunque la brusquedad de su proceder sea, sin duda, lamentable. Al carecer de madre, no tenía a nadie que la aconsejara en esa crisis.

 

-Ha sido un desaire, señor, un desaire público -dijo lord St. Simon, tamborileando con los dedos sobre la mesa.

 

-Debe usted ser indulgente con esta pobre muchacha, colocada en una situación tan sin precedentes.

 

-Nada de indulgencias. Estoy verdaderamente indignado, y he sido víctima de un abuso vergonzoso.

 

-Creo que ha sonado el timbre -dijo Holmes-. Sí, se oyen pasos en el vestíbulo. Si yo no puedo convencerle de que considere el asunto con mejores ojos, lord St. Simon, he traído un abogado que quizás tenga más éxito.

 

Abrió la puerta e hizo entrar a una dama y a un caballero.

 

-Lord St. Simon -dijo-: permítame que le presente al señor Francis Hay Moulton y señora. A la señora creo que ya la conocía.

 

Al ver a los recién llegados, nuestro cliente se había puesto en pie de un salto y permanecía muy tieso, con la mirada gacha y la mano metida bajo la pechera de su levita, convertido en la viva imagen de la dignidad ofendida. La dama se había adelantado rápidamente para ofrecerle la mano, pero él siguió negándose a levantar la vista. Posiblemente, ello le ayudó a mantener su resolución, pues la mirada suplicante de la mujer era difícil de resistir.

 

-Estás enfadado, Robert -dijo ella-. Bueno, supongo que te sobran motivos.

 

-Por favor, no te molestes en ofrecer disculpas -dijo lord St. Simon en tono amargado.

 

-Oh, sí, ya sé que te he tratado muy mal, y que debería haber hablado contigo antes de marcharme; pero estaba como atontada, y desde que vi aquí a Frank, no supe lo que hacía ni lo que decía. No me explico cómo no caí desmayada delante mismo del altar.

 

-¿Desea usted, señora Moulton, que mi amigo y yo salgamos de la habitación mientras usted se explica?

 

-Si se me permite dar una opinión -intervino el caballero desconocido-, ya ha habido demasiado secreto en este asunto. Por mi parte, me gustaría que Europa y América enteras oyeran las explicaciones.

 

Era un hombre de baja estatura, fibroso, tostado por el sol, de expresión avispada y movimientos ágiles.

 

-Entonces, contaré nuestra historia sin más preámbulo -dijo la señora-. Frank y yo nos conocimos en el 81, en el campamento minero de McQuire, cerca de las Rocosas, donde papá explotaba una mina. Nos hicimos novios, Frank y yo, pero un día papá dio con una buena veta y se forró de dinero, mientras el pobre Frank tenía una mina que fue a menos y acabó en nada. Cuanto más rico se hacia papá, más pobre era Frank; llegó un momento en que papá se negó a que nuestro compromiso siguiera adelante, y me llevó a San Francisco, pero Frank no se dio por vencido y me siguió hasta allí; nos vimos sin que papá supiera nada. De haberlo sabido, se habría puesto furioso, así que lo organizamos todo nosotros solos. Frank dijo que también él se haría rico, y que no volvería a buscarme hasta que tuviera tanto dinero como papá. Yo prometí esperarle hasta el fin de los tiempos, y juré que mientras él viviera no me casaría con ningún otro. Entonces, él dijo: «¿Por qué no nos casamos ahora mismo, y así estaré seguro de ti? No revelaré que soy tu marido hasta que vuelva a reclamarte». En fin, discutimos el asunto y resultó que él ya lo tenía todo arreglado, con un cura esperando y todo, de manera que nos casamos allí mismo; y después, Frank se fue a buscar fortuna y yo me volví con papá.

 

»Lo siguiente que supe de Frank fue que estaba en Montana; después oí que andaba buscando oro en Arizona, y más tarde tuve noticias suyas desde Nuevo México. Y un día apareció en los periódicos un largo reportaje sobre un campamento minero atacado por los indios apaches, y allí estaba el nombre de mi Frank entre las víctimas. Caí desmayada y estuve muy enferma durante meses. Papá pensó que estaba tísica y me llevó a la mitad de los médicos de San Francisco. Durante más de un año no llegaron más noticias, y ya no dudé de que Frank estuviera muerto de verdad. Entonces apareció en San Francisco lord St. Simon, nosotros vinimos a Londres, se organizó la boda y papá estaba muy contento, pero yo seguía convencida de que ningún hombre en el mundo podría ocupar en mi corazón el puesto de mi pobre Frank.

 

»Aun así, de haberme casado con lord St. Simon, yo le habría sido leal. No tenemos control sobre nuestro amor, pero sí sobre nuestras acciones. Fui con él al altar con la intención de ser para él tan buena esposa como me fuera posible. Pero puede usted imaginarse lo que sentí cuando, al acercarme al altar, volví la mirada hacia atrás y vi a Frank mirándome desde el primer reclinatorio. Al principio, lo tomé por un fantasma; pero cuando lo miré de nuevo seguía allí, como preguntándome con la mirada si me alegraba de verlo o lo lamentaba. No sé cómo no caí al suelo. Sé que todo me daba vueltas, y las palabras del sacerdote me sonaban en los oídos como el zumbido de una abeja. No sabía qué hacer. ¿Debía interrumpir la ceremonia y dar un escándalo en la iglesia? Me volví a mirarlo, y me pareció que se daba cuenta de lo que yo pensaba, porque se llevó los dedos a los labios para indicarme que permaneciera callada. Luego le vi garabatear en un papel y supe que me estaba escribiendo una nota. Al pasar junto a su reclinatorio, camino de la salida, dejé caer mi ramo junto a él y él me metió la nota en la mano al devolverme las flores. Eran sólo unas palabras diciéndome que me reuniera con él cuando él me diera la señal. Por supuesto, ni por un momento dudé de que mi principal obligación era para con él, y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que él me indicara.

 

»Cuando llegamos a casa, se lo conté a mi doncella, que le había conocido en California y siempre le tuvo simpatía. Le ordené que no dijera nada y que preparase mi abrigo y unas cuantas cosas para llevarme. Sé que tendría que habérselo dicho a lord St. Simon, pero resultaba muy difícil hacerlo delante de su madre y de todos aquellos grandes personajes. Decidí largarme primero y dar explicaciones después. No llevaba ni diez minutos sentada a la mesa cuando vi a Frank por la ventana, al otro lado de la calle. Me hizo una seña y echó a andar hacia el parque. Yo me levanté, me puse el abrigo y salí tras él. En la calle se me acercó una mujer que me dijo no sé qué acerca de lord St. John… Por lo poco que entendí, me pareció que también ella tenía su pequeño secreto anterior a la boda… Pero conseguí librarme de ella y pronto alcancé a Frank. Nos metimos en un coche y fuimos a un apartamento que tenía alquilado en Gordon Square, y allí se celebró mi verdadera boda, después de tantos años de espera. Frank había caído prisionero de los apaches, había escapado, llegó a San Francisco, averiguó que yo le había dado por muerto y me había venido a Inglaterra, me siguió hasta aquí, y me encontró la mañana misma de mi segunda boda.

 

-Lo leí en un periódico -explicó el norteamericano-. Venía el nombre y la iglesia, pero no la dirección de la novia.

 

-Entonces discutimos lo que debíamos hacer, y Frank era partidario de revelarlo todo, pero a mí me daba tanta vergüenza que prefería desaparecer y no volver a ver a nadie; todo lo más, escribirle unas líneas a papá para hacerle saber que estaba viva. Me resultaba espantoso pensar en todos aquellos personajes de la nobleza, sentados a la mesa y esperando mi regreso. Frank cogió mis ropas y demás cosas de novia, hizo un bulto con todas ellas y las tiró en algún sitio donde nadie las encontrara, para que no me siguieran la pista por ellas. Lo más seguro es que nos hubiéramos marchado a París mañana, pero este caballero, el señor Holmes, vino a vernos esta tarde y nos hizo ver con toda claridad que yo estaba equivocada y Frank tenía razón, y tanto secreto no hacía sino empeorar nuestra situación. Entonces nos ofreció la oportunidad de hablar a solas con lord St. Simon, y por eso hemos venido sin perder tiempo a su casa. Ahora, Robert, ya sabes todo lo que ha sucedido; lamento mucho haberte hecho daño y espero que no pienses muy mal de mí.

 

Lord St. Simon no había suavizado en lo más mínimo su rígida actitud, y había escuchado el largo relato con el ceño fruncido y los labios apretados.

 

-Perdonen -dijo-, pero no tengo por costumbre discutir de mis asuntos personales más íntimos de una manera tan pública.

 

-Entonces, ¿no me perdonas? ¿No me darás la mano antes de que me vaya?

 

-Oh, desde luego, si eso le causa algún placer -extendió la mano y estrechó fríamente la que le tendían.

 

-Tenía la esperanza -surgió Holmes- de que me acompañaran en una cena amistosa.

 

-Creo que eso ya es pedir demasiado -respondió su señoría-. Quizás no me quede más remedio que aceptar el curso de los acontecimientos, pero no esperarán que me ponga a celebrarlo. Con su permiso, creo que voy a despedirme. Muy buenas noches a todos -hizo una amplia reverencia que nos abarcó a todos y salió a grandes zancadas de la habitación.

 

-Entonces, espero que al menos ustedes me honren con su compañía -dijo Sherlock Holmes-. Siempre es un placer conocer a un norteamericano, señor Moulton; soy de los que opinan que la estupidez de un monarca y las torpezas de un ministro en tiempos lejanos no impedirán que nuestros hijos sean algún día ciudadanos de una única nación que abarcará todo el mundo, bajo una bandera que combinará los colores de la Union Jack con las Barras y Estrellas.

 

-Ha sido un caso interesante -comentó Holmes cuando nuestros visitantes se hubieron marchado-, porque demuestra con toda claridad lo sencilla que puede ser la explicación de un asunto que a primera vista parece casi inexplicable. No podríamos encontrar otro más inexplicable. Y no encontraríamos una explicación más natural que la serie de acontecimientos narrada por esta señora, aunque los resultados no podrían ser más extraños si se miran, por ejemplo, desde el punto de vista del señor Lestrade, de Scotland Yard.

 

-Así pues, no se equivocaba usted.

 

-Desde un principio había dos hechos que me resultaron evidentísimos. El primero, que la novia había acudido por su propia voluntad a la boda; el otro, que se había arrepentido a los pocos minutos de regresar a casa. Evidentemente, algo había ocurrido durante la mañana que le hizo cambiar de opinión. ¿Qué podía haber sido? No podía haber hablado con nadie, porque todo el tiempo estuvo acompañada del novio. ¿Acaso había visto a alguien? De ser así, tenía que haber sido alguien procedente de América, porque llevaba demasiado poco tiempo en nuestro país como para que alguien hubiera podido adquirir tal influencia sobre ella que su mera visión la indujera a cambiar tan radicalmente de planes. Como ve, ya hemos llegado, por un proceso de exclusión, a la idea de que la novia había visto a un americano. ¿Quién podía ser este americano, y por qué ejercía tanta influencia sobre ella? Podía tratarse de un amante; o podía tratarse de un marido. Sabíamos que había pasado su juventud en ambientes muy rudos y en condiciones poco normales. Hasta aquí había llegado antes de escuchar el relato de lord St. Simon. Cuando éste nos habló de un hombre en un reclinatorio, del cambio de humor de la novia, del truco tan transparente de recoger una nota dejando caer un ramo de flores, de la conversación con la doncella y confidente, y de la significativa alusión a «pisarle la licencia a otro», que en la jerga de los mineros significa apoderarse de lo que otro ha reclamado con anterioridad, la situación se me hizo absolutamente clara. Ella se había fugado con un hombre, y este hombre tenía que ser un amante o un marido anterior; lo más probable parecía lo último.

 

-¿Y cómo demonios consiguió usted localizarlos?

 

-Podría haber resultado difícil, pero el amigo Lestrade tenía en sus manos una información cuyo valor desconocía. Las iniciales, desde luego, eran muy importantes, pero aún más importante era saber que hacía menos de una semana que nuestro hombre había pagado su cuenta en uno de los hoteles más selectos de Londres.

 

-¿De dónde sacó lo de selecto?

 

-Por lo selecto de los precios. Ocho chelines por una cama y ocho peniques por una copa de jerez indicaban que se trataba de uno de los hoteles más caros de Londres. No hay muchos que cobren esos precios. En el segundo que visité, en Northumberland Avenue, pude ver en el libro de registros que el señor Francis H. Moulton, caballero norteamericano, se había marchado el día anterior; y al examinar su factura, me encontré con las mismas cuentas que habíamos visto en la copia. Había dejado dicho que se le enviara la correspondencia al 226 de Gordon Square, así que allá me encaminé, tuve la suerte de encontrar en casa a la pareja de enamorados y me atreví a ofrecerles algunos consejos paternales, indicándoles que sería mucho mejor, en todos los aspectos, que aclararan un poco su situación, tanto al público en general como a lord St. Simon en particular. Los invité a que se encontraran aquí con él y, como ve, conseguí que también él acudiera a la cita.

 

-Pero con resultados no demasiado buenos -comenté yo-. Desde luego, la conducta del caballero no ha sido muy elegante.

 

-¡Ah, Watson! -dijo Holmes sonriendo-. Puede que tampoco usted se comportara muy elegantemente si, después de todo el trabajo que representa echarse novia y casarse, se encontrara privado en un instante de esposa y de fortuna. Creo que debemos ser clementes al juzgar a lord St. Simon, y dar gracias a nuestra buena estrella, porque no es probable que lleguemos a encontrarnos en su misma situación. Acerque su silla y páseme el violín; el único problema que aún nos queda por resolver es cómo pasar estas aburridas veladas de otoño.

 

*FIN*

 

The The Courier-Journal, 1892

Con afecto,

Ruben