jueves, 11 de enero de 2024

Cuento : El niño de Junto al Cielo

 

El niño de Junto al Cielo



[Cuento - Texto completo.]

 

Enrique Congrains Martín



Por alguna desconocida razón, Esteban había llegado al lugar exacto, precisamente al único lugar… Pero ¿no sería, más bien, que “aquello” había venido hacia él? Bajó la vista y volvió a mirar. Sí, ahí seguía el billete anaranjado, junto a sus pies, junto a su vida.

 

¿Por qué, por qué él?

 

Su madre se había encogido de hombros al pedirle, él, autorización para conocer la ciudad, pero después le advirtió que tuviera cuidado con los carros y con las gentes. Había descendido desde el cerro hasta la carretera y, a los pocos pasos, divisó “aquello” junto al sendero que corría paralelamente a la pista.

 

Vacilante, incrédulo se agachó y lo tomó entre sus manos. Diez, diez, diez, era un billete de diez soles, un billete que contenía muchísimas pesetas, innumerables reales. ¿Cuántos reales, cuántos medios, exactamente? Los conocimientos de Esteban no abarcaban tales complejidades y, por otra parte, le bastaba con saber que se trataba de un papel anaranjado que decía “diez” por sus dos lados.

 

Siguió por el sendero, rumbo a los edificios que se veían más allá de ese cerro cubierto de casas. Esteban caminaba unos metros, se detenía y sacaba el billete de su bolsillo para comprobar su indispensable presencia. ¿Había venido el billete hacia él —se preguntaba— o era él, el que había ido hacia el billete?

 

Cruzó la pista y se internó en un terreno salpicado de basura, desperdicios de albañilería y excrementos; llegó a una calle y desde allí divisó al famoso mercado, el Mayorista, del que tanto había oído hablar. ¿Eso era Lima, Lima, Lima?… La palabra le sonaba a hueco. Recordó: su tío le había dicho que Lima era una ciudad grande, tan grande que en ella vivían un millón de personas.

 

¿La bestia con un millón de cabezas? Esteban había soñado hacía unos días, antes del viaje, en eso: una bestia con un millón de cabezas. Y ahora, él, con cada paso que daba, iba internándose dentro de la bestia…

 

Se detuvo, miró y meditó; la ciudad, el Mercado Mayorista, los edificios de tres y cuatro pisos, los autos, la infinidad de gentes —algunas como él, otras no como él—, y el billete anaranjado, quieto, dócil, en el bolsillo de su pantalón. El billete llevaba el “diez” por ambos lados y en eso se parecía a Esteban. El también llevaba el “diez” en su rostro y en su conciencia. El “diez años” lo hacía sentirse seguro y confiado, pero solo hasta cierto punto. Antes, cuando comenzaba a tener noción de las cosas y de los hechos, la meta, el horizonte, había sido fijado en los diez años. ¿Y ahora? No, desgraciadamente no. Diez años no era todo, Esteban se sentía incompleto aún. Quizá si cuando tuviera doce, quizá si cuando llegara a los quince. Quizá ahora mismo, con la ayuda del billete anaranjado.

 

Estuvo dando vueltas, atisbando dentro de la bestia, hasta que llegó a sentirse parte de ella. Un millón de cabezas y, ahora, una más. La gente se movía, se agitaba, unos iban en una dirección, otros en otra, y él, Esteban, con el billete anaranjado, quedaba siempre en el centro de todo, en el ombligo mismo.

 

Unos muchachos de su edad jugaban en la vereda. Esteban se detuvo a unos metros de ellos y quedó observando el ir y venir de las bolas; jugaban dos y el resto hacía ruedo. Bueno, había andado unas cuadras y por fin encontraba seres como él, gente que no se movía innecesariamente de un lado a otro. Parecía, por lo visto, que también en la ciudad había seres humanos.

 

¿Cuánto tiempo estuvo contemplándolos? ¿Un cuarto de hora? ¿Media hora? ¿Una hora, acaso dos? Todos los chicos se habían ido, todos menos uno. Esteban quedó mirándolo, mientras su mano dentro del bolsillo acariciaba el billete.

 

—¡Hola, hombre!

 

—Hola … —respondió Esteban, susurrando casi.

 

El chico era más o menos de su misma edad y vestía pantalón y camisa de un mismo tono, algo que debió ser caqui en otros tiempos, pero que ahora pertenecía a esa categoría de colores vagos e indefinibles.

 

—¡Eres de por acá! —le preguntó a Esteban.

 

—Sí, este … —se aturdió y no supo cómo explicar que vivía en el cerro y que estaba en viaje de exploración a través de la bestia de un millón de cabezas.

 

—¿De dónde, ah? —se había acercado y estaba frente a Esteban. Era más alto y sus ojos inquietos le recorrían de arriba a abajo—. ¿De dónde, ah? —volvió a preguntar.

 

—De allá, del cerro —y Esteban señaló en la dirección en que había venido.

 

—¿San Cosme?

 

Esteban meneó la cabeza, negativamente.

 

—¿Del Agustino?

 

—¡Sí, de ahí! —exclamó sonriendo. Ese era el nombre y ahora lo recordaba. Desde hacía meses, cuando se enteró de la decisión de su tío de venir a radicarse a Lima, venía averiguando cosas de la ciudad. Fue así como supo que Lima era muy grande, demasiado grande, tal vez; que había un sitio que se llamaba Callao y que ahí llegaban buques de otros países; que habían lugares muy bonitos, tiendas enormes, calles larguísimas… ¡Lima!… Su tío había salido dos meses antes que ellos con el propósito de conseguir casa. Una casa. ¿En qué sitio será?, le había preguntado a su madre. Ella tampoco sabía. Los días corrieron y después de muchas semanas llegó la carta que ordenaba partir… ¡Lima!… ¿El cerro del Agustino, Esteban? Pero él no lo llamaba así. Ese lugar tenía otro nombre. La choza que su tío había levantado quedaba en el barrio de Junto al Cielo. Y Esteban era el único que lo sabía.

 

—Yo no tengo casa… —dijo el chico después de un rato. Tiró una bola contra la tierra y exclamó—: ¡Caray, no tengo!

 

—¿Dónde vives, entonces? —se animó a inquirir Esteban.

 

El chico recogió la bola, la frotó en su mano y luego respondió:

 

—En el mercado, cuido la fruta, duermo a ratos… —amistoso y sonriente, puso una mano sobre el hombro de Esteban y le preguntó—: ¿Cómo te llamas tú?

 

—Esteban …



 

—Yo me llamo Pedro —tiró la bola al aire y la recibió en la palma de su mano—. Te juego, ¿ya, Esteban?

 

Las bolas rodaron sobre la tierra, persiguiéndose mutuamente. Pasaron los minutos, pasaron hombres y mujeres junto a ellos, pasaron autos por la calle, siguieron pasando los minutos. El juego había terminado, Esteban no tenía nada que hacer junto a la habilidad de Pedro. Las bolas al bolsillo y los pies sobre el cemento gris de la acera. ¿A dónde, ahora? Empezaron a caminar juntos. Esteban se sentía más a gusto en compañía de Pedro que estando solo.

 

Dieron algunas vueltas, más y más edificios. Más y más gentes. Más y más autos en las calles. Y el billete anaranjado seguía en el bolsillo. Esteban lo recordó.

 

—¡Mira lo que me encontré! —lo tenía entre sus dedos y el viento lo hacía oscilar levemente.

 

—¡Caray! —exclamó Pedro y lo tomó, examinándolo al detalle—. ¡Diez soles, caray! ¿Dónde lo encontraste?

 

—Junto a la pista, cerca del cerro —explicó Esteban.

 

Pedro le devolvió el billete y se concentró un rato. Luego preguntó:

 

—¿Qué piensas hacer, Esteban?

 

—No sé, guardarlo, seguro… —y sonrió tímidamente.

 

—¡Caray, yo con una libra haría negocios, palabra que sí!

 

—¿Cómo?

 

Pedro hizo un gesto impreciso que podía revelar, a un mismo tiempo, muchísimas cosas. Su gesto podía interpretarse como una total despreocupación por el asunto —los negocios— o como una gran abundancia de posibilidades y perspectiva. Esteban no comprendió.

 

—¿Qué clase de negocios, ah?

 

—¡Cualquier clase, hombre! —pateó un cáscara de naranja que rodó desde la vereda hasta la pista; casi inmediatamente pasó un ómnibus que la aplanó contra el pavimento—. Negocios hay de sobra, palabra que sí. Y en unos dos días cada uno de nosotros podría tener otra libra en el bolsillo.

 

—¿Una libra más? —preguntó Esteban asombrándose.

 

—¡Pero claro, claro que sí!… —volvió a examinar a Esteban y le preguntó—: ¿Tú eres de Lima?

 

Esteban se ruborizó. No, él no había crecido al pie de las paredes grises, ni jugando sobre el cemento áspero e indiferente. Nada de eso en sus diez años, salvo lo de ese día.

 

—No, no soy de acá, soy de Tarma; llegué ayer…

 

—¡Ah! —exclamó Pedro, observándolo fugazmente—. ¿De Tarma, no?

 

—Sí, de Tarma…

 

Habían dejado atrás el mercado y estaban junto a la carretera. A medio kilómetro de distancia se alzaba el cerro del Agustino, el barrio de Junto al Cielo, según Esteban. Antes del viaje, en Tarma, se había preguntado: ¿iremos a vivir a Miraflores, al Callao, a San Isidro, a Chorrillos, en cuál de esos barrios quedará la casa de mi tío? Habían tomado el ómnibus y después de varias horas de pesado y fatigante viaje, arribaban a Lima. ¿Miraflores? ¿La Victoria? ¿San Isidro? ¿Callao? ¿A dónde Esteban, adónde? Su tío había mencionado el lugar y era la primera vez que Esteban lo oía nombrar. Debe ser algún barrio nuevo, pensó. Tomaron un auto y cruzaron calles y más calles. Todas diferentes pero, cosa curiosa, todas parecidas también. El auto los dejó al pie de un cerro. Casas junto al cerro, casas en mitad de cerro, casas en la cumbre del cerro.

 

Habían subido y una vez arriba, junto a la choza que había levantado su tío, Esteban contempló a la bestia con un millón de cabezas. La “cosa” se extendía y se desparramaba, cubriendo la tierra de casa, calles, techos, edificios, más allá de lo que su vista podía alcanzar. Entonces Esteban había levantado los ojos y se había sentido tan encima de todo —o tan abajo, quizá— que había pensado que estaba en el barrio de Junto al Cielo.

 

—Oye, ¿quisieras entrar en algún negocio conmigo? —Pedro se había detenido y lo contemplaba, esperando respuesta.

 

—¿Yo?… —titubeando, preguntó—: ¿Qué clase de negocio? ¿Tendría otro billete mañana?

 

—¡Claro que sí, por supuesto! —afirmó resueltamente.

 

La mano de Esteban acarició el billete y pensó que podría tener otro billete más, y otro más, y muchos más. Muchísimos billetes más, seguramente. Entonces el “diez años” sería esa meta que siempre había soñado.

 

—¿Qué clase de negocios se puede, ah? —preguntó Esteban.

 

Pedro sonrió y explicó:

 

—Negocios hay muchos… Podríamos comprar periódicos y venderlos por Lima; podríamos comprar revistas, chistes… —hizo una pausa y escupió con vehemencia. Luego dijo, entusiasmándose—: Mira, compraremos diez soles de revistas y los vendemos ahora mismo, en la tarde, y tenemos quince soles, palabra.

 

—¿Quince soles?

 

—¡Claro, quince soles! ¡Dos cincuenta para ti y dos cincuenta para mí! ¿Qué te parece, ah?

 

Convinieron en reunirse al pie del cerro dentro de una hora; convinieron en que Esteban no diría nada, ni a su madre ni a su tío: convinieron en que venderían revistas y que de la libra de Esteban saldrían muchísimas otras.

 

*

 

Esteban había almorzado apresuradamente y le había vuelto a pedir permiso a su madre para bajar a la ciudad. Su tío no almorzaba con ellos, pues en su trabajo le daban de comer gratis, completamente gratis, como había recalcado al explicar su situación. Esteban bajó por el sendero ondulante, saltó la acequia y se detuvo al borde de la carretera, justamente en el mismo lugar en que había encontrado, en la mañana, el billete de diez soles. Al poco rato apareció Pedro y empezaron a caminar juntos, internándose dentro de la bestia de un millón de cabezas.

 

—Vas a ver que fácil es vender revistas, Esteban. Las ponemos en cualquier sitio, la gente las ve y, listo, las compra para sus hijos. Y si queremos nos ponemos a gritar en la calle el nombre de las revistas y así vienen más rápido… ¡Ya vas a ver qué bueno es hacer negocios!…

 

—¿Queda muy lejos el sitio? —preguntó Esteban, al ver que las calles seguían alargándose casi hasta el infinito. Qué lejos había quedado Tarma, que lejos había quedado todo lo que hasta hacía unos días había sido habitual para él.

 

—No, ya no. Ahora estamos cerca del tranvía y nos vamos gorreando hasta el centro.

 

—¿Cuánto cuesta el tranvía?

 

—¡Nada, hombre! —y se rió de buena gana—. Lo tomamos no más y le decimos al conductor que nos deje ir hasta la Plaza San Martín.

 

Más y más cuadras. Y los autos, algunos viejos, otros increíblemente nuevos y flamantes, pasaban veloces, rumbo sabe Dios dónde.

 

—¿Adónde va toda esa gente en auto?

 

Pedro sonrió y observó a Esteban. Pero ¿adónde iban realmente? Pedro no halló ninguna respuesta satisfactoria y se limitó a mover la cabeza de un lado a otro. Más y más cuadras. Al fin terminó la calle y llegaron a una especie de parque.

 

—¡Corre! —le gritó Pedro, de súbito. El tranvía comenzaba a ponerse en marcha. Corrieron, cruzaron en dos saltos la pista y se encaramaron al estribo.

 

Una vez arriba se miraron, sonrientes. Esteban empezó a perder el temor y llegó a la conclusión de que seguía siendo el centro de todo. La bestia de un millón de cabezas no era tan espantosa como había soñado, y ya no le importaba estar siempre, aquí o allá, en el centro mismo, en el ombligo mismo de la bestia.

 

*


 

Parecía que el tranvía se había detenido definitivamente esta vez, después de una serie de paradas. Todo el mundo se había levantado de sus asientos y Pedro lo estaba empujando.

 

—Vamos, ¿qué esperas?

 

—¿Aquí es?

 

—Claro, baja.

 

Descendieron y otra vez a rodar sobre la piel de cemento de la bestia. Esteban veía más gente y las veía marchar —sabe Dios dónde— con más prisa que antes. ¿Por qué no caminaban tranquilos, suaves, con gusto, como la gente de Tarma?

 

—Después volvemos y por estos mismos sitios vamos a vender las revistas.

 

—Bueno —asintió Esteban. El sitio era lo de menos, se dijo, lo importante era vender las revistas, y que la libra se convirtiera en varias más. Eso era lo importante.

 

—¿Tú tampoco tienes papá? —le preguntó Pedro mientras doblaban hacia una calle por la que pasaban los rieles del tranvía.

 

—No, no tengo… —y bajó la cabeza, entristecido. Luego de un momento, Esteban preguntó—: ¿Y tú?

 

—Tampoco, ni papá, ni mamá —Pedro se encogió de hombros y apresuró el paso. Después inquirió descuidadamente:

 

—¿Y al que le dices “tío”?

 

—Ah… él vive con mi mamá, ha venido a Lima de chofer… —calló, pero enseguida dijo—: Mi papá murió cuando yo era un chico…

 

—¡Ah, caray!… ¿Y tu “tío”, qué tal te trata?

 

—Bien; no se mete conmigo para nada.

 

—¡Ah!

 

Habían llegado al lugar. Tras un portón se veía un patio más o menos grande, puertas, ventanas, y dos letreros que anunciaban revistas al por mayor.

 

—Ven, entra —le ordenó Pedro.

 

Estaban adentro. Desde el piso hasta el techo había revistas, y algunos chicos como ellos, dos mujeres y un hombre, seleccionaban sus compras. Pedro se dirigió a uno de los estantes y fue acumulando revistas bajo el brazo. Las contó y volvió a revisarlas.

 

—Paga.

 

Esteban vaciló un momento. Desprenderse del billete anaranjado era más desagradable de lo que había supuesto. Se estaba bien teniéndolo en el bolsillo y pudiendo acariciarlo cuantas veces fuera necesario.

 

—Paga —repitió Pedro, mostrándole las revistas a un hombre gordo que controlaba la venta.

 

—¿Es justo una libra?

 

—Sí, justo. Diez revistas a un sol cada una.

 

Oprimió el billete con desesperación, pero al fin terminó por extraerlo del bolsillo. Pedro se lo quitó rápidamente de la mano y lo entregó al hombre.

 

—Vamos —dijo jalándolo.

 

Se instalaron en la Plaza San Martín y alinearon las diez revistas en uno de los muros que circulaban el jardín. “Revistas, revistas, revistas señor, revistas señora, revistas, revistas.” Cada vez que una de las revistas desaparecía con un comprador, Esteban suspiraba aliviado. Quedaban seis revistas y pronto, de seguir así las cosas, no habría de quedar ninguna.

 

—¿Qué te parece, ah? —preguntó Pedro, sonriente con orgullo.

 

—Está bueno, está bueno… —y se sintió enormemente agradecido a su amigo y socio.

 

—Revistas, revistas ¿no quiere un chiste, señor?

 

El hombre se detuvo y examinó las carátulas.

 

—¿Cuánto?

 

—Un sol cincuenta, no más…

 

La mano del hombre quedó indecisa sobre dos revistas. ¿Cuál, cuál llevará? Al fin se decidió.

 

—Cóbrese.

 

Y las monedas cayeron, tintineantes, al bolsillo de Pedro. Esteban se limitaba a observar, meditaba y sacaba sus conclusiones: una cosa era soñar, allá en Tarma, con una bestia de un millón de cabezas, y otra era estar en Lima, en el centro mismo del universo, absorbiendo y paladeando con fruición la vida.

 

Él era el socio capitalista y el negocio marchaba estupendamente bien. “Revistas, revistas”, gritaba el socio industrial, y otra revista más que desaparecía en manos impacientes. “¡Apúrate con el vuelto!”, exclamaba el comprador. Y todo el mundo caminaba a prisa, rápidamente. “¿Adónde van que se apuran tanto?”, pensaba Esteban.

 

Bueno, bueno, la bestia era una bestia bondadosa, amigable, aunque algo difícil de comprender. Eso no importaba; seguramente, con el tiempo, se acostumbraría. Era una magnífica bestia que estaba permitiendo que el billete de diez soles se multiplicara. Ahora ya no quedaban más que dos revistas sobre el muro. Dos nada más y ocho desparramándose por desconocidos e ignorados rincones de la bestia. “Revistas, revistas, chistes a sol cincuenta, chistes”… Listo, ya no quedaba más que una revista y Pedro anunció que eran las cuatro y media.

 

—¡Caray, me muero de hambre, no he almorzado!… —prorrumpió luego.

 

—¿No has almorzado?

 

—No, no he almorzado… —observó a posibles compradores entre las personas que pasaban y después sugirió—: ¿Me podrías ir a comprar un pan o un bizcocho?

 

—Bueno —aceptó Esteban inmediatamente.

 

Pedro sacó un sol de su bolsillo y explicó:

 

—Esto es de los dos cincuenta de mi ganancia, ¿ya?

 

—Sí, ya sé.

 

—¿Ves ese cine? —preguntó Pedro señalando a uno que quedaba en la esquina. Esteban asintió—. Bueno, sigues por esa calle y a mitad de cuadra hay una tiendecita de japoneses. Anda y cómprame un pan con jamón o tráeme un plátano y galletas, cualquier cosa, ¿ya, Esteban?

 

—Ya.

 

Recibió el sol, cruzó la pista, pasó por entre dos autos estacionados y tomó la calle que le había indicado Pedro. Sí, ahí estaba la tienda. Entró.

 

—Deme un pan con jamón —pidió a la muchacha que atendía.

 

Sacó un pan de la vitrina, lo envolvió en un papel y se lo entregó. Esteban puso la moneda sobre el mostrador.

 

—Vale un sol veinte —advirtió la muchacha.

 

—¡Un sol veinte!… —devolvió el pan y quedó indeciso un instante. Luego se decidió—: Dame un sol de galletas, entonces.

 

Tenía el paquete de galletas en la mano y andaba lentamente. Pasó junto al cine y se detuvo a contemplar los atrayentes avisos. Miró a su gusto y, luego, prosiguió caminando. ¿Habría vendido Pedro la revista que le quedaba?

 

Más tarde, cuando regresara a Junto al Cielo, lo haría feliz, absolutamente feliz. Pensó en ello, apresuró el paso, atravesó la calle, esperó que pasaran unos automóviles y llegó a la vereda. Veinte o treinta metros más allá había quedado Pedro. ¿O se había confundido? Porque ya Pedro no estaba en ese lugar ni en ningún otro.

 

Llegó al sitio preciso y nada, ni Pedro, ni revista, ni quince soles, ni… ¿Cómo había podido perderse o desorientarse? Pero, ¿no era ahí donde habían estado vendiendo las revistas? ¿Era o no era? Miró a su alrededor. Sí, en el jardín de atrás seguía la envoltura de un chocolate. El papel era amarillo con letras rojas y negras, y él lo había notado cuando se instalaron, hacía más de dos horas. Entonces, ¿no se había confundido? ¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista?

 

Bueno, no era necesario asustarse, pensó. Seguramente se había demorado y Pedro lo estaba buscando. Esto tenía que haber sucedido, obligadamente. Pasaron los minutos. No, Pedro no había ido a buscarlo: ya estaría de regreso de ser así. Tal vez había ido con un comprador a conseguir cambio. Más y más minutos fueron quedando a sus espaladas. No, Pedro no había ido a buscar sencillo: ya estaría de regreso, de ser así. ¿Entonces?…

 

—Señor, ¿tiene hora? —le preguntó a un joven que pasaba.

 

—Sí, las cinco en punto.



 

Esteban bajó la vista, hundiéndola en la piel de la bestia, y prefirió no pensar. Comprendió que, de hacerlo, terminaría llorando y eso no podía ser. Él ya tenía diez años, y diez años no eran ni ocho, ni nueve ¡Eran diez años!

 

—¿Tiene hora, señorita?

 

—Sí —sonrió y dijo con voz linda—: Las seis y diez —y se alejó presurosa.

 

¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista?… ¿Dónde estaban, en qué lugar de la bestia con un millón de cabezas estaban?… Desgraciadamente no lo sabía y solo quedaba la posibilidad de esperar y seguir esperando…

 

—¿Tiene hora, señor?

 

—Un cuarto para las siete.

 

—Gracias…

 

¿Entonces?… Entonces, ¿ya Pedro no iba a regresar?… ¿Ni Pedro, ni los quince soles, ni la revista iban a regresar entonces?… Decenas de letreros luminosos se habían encendido. Letreros luminosos que se apagaban y se volvían a encender; y más y más gente sobre la piel de la bestia. Y la gente caminaba con más prisa ahora. Rápido, rápido, apúrense, más rápido aún, más, más, hay que apurarse muchísimo más, apúrense más… Y Esteban permanecía inmóvil, recostado en el muro, con el paquete de galletas en la mano y con las esperanzas en el bolsillo de Pedro… Inmóvil, dominándose para no terminar en pleno llanto.

 

Entonces, ¿Pedro lo había engañado?… ¿Pedro, su amigo, le había robado el billete anaranjado?… ¿O sería, más bien, la bestia con un millón de cabezas la causa de todo?… Y ¿acaso no era Pedro parte integrante de la bestia?…

 

Sí y no. Pero ya nada importaba. Dejó el muro, mordisqueó una galleta y, desolado, se dirigió a tomar el tranvía.

 

FIN



Con afecto,

Ruben

 

 

 

martes, 9 de enero de 2024

Franz Beckenbauer

 

Franz Beckenbauer



 






Adiós Franz Beckenbauer, el último de los inmortales del fútbol

La leyenda alemana murió a la edad de 78 años, dejando atrás un legado único, que se complicó en sus últimos años.

Fuente:The independent  Londres

miguel delaney

Redactor jefe de fútbol

Franz Beckenbauer era realmente uno de esos jugadores que podían hablar con los pies, aunque hubo algunos en su vida posterior que sintieron que su legado habría sido mayor si se hubiera limitado a eso.

 

Nadie estaba considerando tales controversias cuando el grande alemán salió de la defensa de la manera que se convirtió en su firma; sólo estaba la pureza de la obra. Uno de sus estimados contemporáneos, Gerd Müller, sólo pensaba en lo que Beckenbauer quería a continuación. Le diría con el tipo de pase jugado. Si estaba afilado, significaba que Müller tenía que hacer algo con él él mismo. Si era suave, significaba que Beckenbauer quería recuperarlo para el característico movimiento uno-dos que dictó y decidió tantos partidos importantes.

 

Fue la constante amenaza de esto lo que resolvió uno de los partidos más importantes de la historia entre Alemania Occidental e Inglaterra, que fue una revancha de la final de la Copa del Mundo de 1966 que se produjo cuatro años después en los cuartos de final. Los ataques de Beckenbauer causaron estragos e inspiraron una remontada de 3-2 tras un 2-0 en contra. Los alemanes pasaron de ahí a una histórica derrota en semifinales por 4-3 contra Italia, considerado el mejor partido jamás jugado, para convertirse en uno de los mejores equipos internacionales de la historia. Liderada por Beckenbauer, Alemania Occidental fue la primera en celebrar la Eurocopa y el Mundial al mismo tiempo, como lo hizo en 1972 y 1974.

Es casi tristemente apropiado que hayan pasado tan juntos, pero también refleja uno de los significados más resonantes de la muerte de Beckenbauer a los 78 años. Realmente también ha pasado una era. Der Kaiser, como se hizo conocido por la majestuosa elegancia de su juego, era considerado uno de los “inmortales” del fútbol. Se trataba de un grupo elevado de jugadores que alcanzaron su mejor momento durante la era clásica de la televisión, entre los años 50 y finales de los 80, que marcó la primera verdadera internacionalización del juego. No es una coincidencia que brillar en esta nueva era del tecnicolor también fuera colorear la conciencia colectiva formativa del juego. No fue sólo cómo triunfaron, sino que transformaron y trascendieron el juego.

Beckenbauer fue un defensor innovador, cuyo papel se transformó con el tiempo.






El gran éxito de Beckenbauer incluso contribuyó a que sus dos equipos principales, Alemania Occidental y Bayern Munich, se convirtieran en dos de los más desagradables pero temidos del juego. A menudo combinó un inmenso éxito con ambos.

 

Beckenbauer forma parte del selecto grupo de jugadores que han ganado la Copa de Europa y el Mundial el mismo año. Ese annus mirabilis de 1974 se produjo justo en el centro de la racha de gloria internacional de Alemania Occidental y de la histórica racha del Bayern de tres Copas de Europa seguidas. Esta última es una hazaña que hasta ahora sólo han logrado cuatro clubes diferentes y que no se repitió durante 42 años después de que el equipo de Beckenbauer la completara en 1976. Sigue siendo un estándar de oro en el fútbol de clubes.

Beckenbauer es una de las tres figuras que han ganado la Copa del Mundo como jugador y entrenador.

Más tarde se convirtió en la segunda de tres figuras del fútbol en ganar la Copa del Mundo como jugador y entrenador. Hubo otro eco histórico en cómo el primero de ellos, el brasileño Mario Zagallo, murió el fin de semana. Ahora sólo queda Didier Deschamps.

 

En cuanto a la discusión que deja Beckenbauer, siempre fue mucho más complicada que simplemente celebrar su grandeza futbolística. Hubo mucha controversia durante su carrera, y el biógrafo Uli Hesse describió una “relación de amor y odio” que Alemania tenía con “su mejor futbolista de todos los tiempos”. Ya en la década de 1970, la cobertura de su impactante paso a la Liga de Fútbol Norteamericana generó acusaciones de que simplemente estaba huyendo de muchos problemas, incluidas las autoridades fiscales y un matrimonio en desintegración.





Con afecto,

Ruben

domingo, 7 de enero de 2024

Mario Zagallo

 

Mario Zagallo



La leyenda brasileña Mario Zagallo, ‘el futbolista accidental’, muere a los 92 años

Zagallo ganó cuatro Copas Mundiales como jugador o entrenador en una carrera de fútbol histórica

Fuente: Periodico The independent Londres

Pedro Fonseca y Andrew Downie

 


 


 

 Mario Zagallo entrenó al equipo de la Copa Mundial de Brasil de 1970 que contó con grandes personajes como Pelé, Jairzinho, Rivellino y Tostao .



Mario Zagallo entrenó al equipo de la Copa Mundial de Brasil de 1970 que contó con grandes como Pelé, Jairzinho, Rivellino y Tostao

 

Mario Zagallo, quien ganó cuatro Copas Mundiales de fútbol por Brasil como jugador o entrenador, incluido el equipo de 1970 considerado por muchos ser el mejor de todos, ha muerto, Tenía 92 años.

 

Un extremo izquierdo duro y talentoso, Zagallo jugó en el equipo que ganó la primera Copa Mundial de Brasil en 1958 y mantuvo su lugar en el equipo que retuvo el título cuatro años después.

 

En 1970, entrenó la escuadra de Brasil que contó con grandes de todos los tiempos como Pele, Jairzinho, Rivellino y Tostao – uno que muchos consideran ser el mejor equipo nacional de futbol. Ganaron la tercera Copa Mundial de Brasil en México.

 

Eso convirtió a Zagallo en la primera persona en el deporte en ganar una Copa del Mundo como jugador y director técnico.

 

Más tarde, fue entrenador asistente de Carlos Alberto Parreira cuando Brasil ganó su cuarto título en 1994 en los Estados Unidos.


 

Sus fanáticos brasileños lo amaban por su personalidad idiosincrásica y su nacionalismo sin complejos. Le gustaba decir que nació con la victoria a su lado y rara vez era tímido para desafiar a aquellos que dijeron que sus equipos estaban demasiado a la defensiva.

Uno de sus arrebatos más famosos se produjo después de que Brasil ganara la Copa América en Bolivia en 1997. Su equipo no era nada atractivo, pero cuando sonó el pitazo final, un emocionado Zagallo, con la cara roja gracias al aire enrarecido de La Paz, gritó ante las cámaras de televisión. : "¡Vas a tener que aguantarme!"

 

 

 Apodado el ‘Viejo Lobo’, Zagallo fue un exitoso entrenador de Brasil y un jugador ganador de la Copa Mundial.

 

 

 

 


 

Zagallo también era conocido por ser muy supersticioso y creía que el número 13 le traía suerte. Le gustaba acuñar frases que contenían 13 letras, se casó el día 13 del mes y una vez incluso bromeó diciendo que se retiraría del juego a las 13:00 horas del 13 de julio de 2013.

 

El futbolista accidental

 

Apodado el “Viejo Lobo”, Mario Jorge Lobo Zagallo nació el 9 de agosto de 1931 en Maceió, en la empobrecida costa noreste de Brasil. Su familia se mudó a Río de Janeiro antes de su primer cumpleaños y fue allí donde se enamoró del fútbol.

 

Su primer sueño era ser piloto de línea aérea, pero se vio obligado a abandonarlo debido a problemas de visión. En cambio, estudió contabilidad y jugó fútbol en su tiempo libre con el equipo local América, entonces uno de los clubes más grandes de la ciudad.

 

"Mi padre no quería que fuera futbolista, no me dejaba", dijo Zagallo en una entrevista publicada por la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF). “En aquel entonces no era una profesión que se respetara, la sociedad no la veía con buenos ojos... Por eso digo que el fútbol llegó a mi vida por accidente”.

 

Zagallo comenzó como centrocampista izquierdo, vistiendo la camiseta número 10, que entonces, antes de Pelé, aún no había adquirido la importancia que tiene hoy. Pero la intuición le dijo que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.

 

"Vi que sería difícil entrar en la selección de Brasil con la camiseta número 10, ya que había muchos grandes jugadores en esa posición", dijo. “Así que pasé del mediocampo izquierdo al extremo izquierdo”.

 

Zagallo (extremo izquierdo duro y talentoso, ganó como jugador los Mundiales de 1958 y 1962.

 

También se mudó de América al Flamenco, donde ganó tres medallas en el campeonato estatal Carioca. La segunda mitad de su carrera la pasó en Botafogo, rival de la ciudad, donde ganó dos títulos estatales más.

 


Su primer Mundial llegó en Suecia en 1958, donde fue titular en los seis partidos y jugó junto a Garrincha y Pelé, que entonces tenía sólo 17 años.

 

"Yo tenía 27 años y Pelé 17", dijo. “Por eso digo que nunca jugué con él, pero que él jugó conmigo”.

 

Cuatro años después en Chile volvió a ser campeón, pero sólo garantizó su lugar tras realizar algunos cambios tácticos. Zagallo se quedaba atrás para ayudar a marcar al lateral rival y cuando su equipo ganaba el balón rugía por la banda. Era inusual que los delanteros ayudaran en la defensa y a él se le atribuye haber cambiado la forma en que jugaban los extremos.

 

Como entrenador, Zagallo dirigió una serie de clubes brasileños, pero dejó su huella cuando fue reclutado para reemplazar al controvertido Joao Saldanha como entrenador de Brasil pocos meses antes de la Copa Mundial de México de 1970.

 

El estado de forma de Brasil había sido errático y no era atractivo, pero Zagallo reunió a un equipo repleto de estrellas y coronó una tremenda actuación con un memorable triunfo por 4-1 sobre Italia en la finaly llevo a la gloria al equipo de Brasil.

 

 

 

Zagallo permaneció en el cargo hasta 1974, llevando a Brasil al cuarto lugar en Alemania Occidental, pero fue una actuación decepcionante a la que siguieron períodos dirigiendo clubes en su país y selecciones nacionales en el Medio Oriente.

 

Fue asistente de Parreira en 1994, cuando Brasil ganó su cuarto título, y en 2006, cuando quedó eliminada en cuartos de final. Y estuvo a cargo en 1998, cuando Brasil perdió 3-0 ante la anfitriona Francia en la final después de que el delantero estrella Ronaldo sufriera convulsiones pocas horas antes del partido.

 

El desenlace de 2006 fue difícil para Zagallo, que no se encontraba bien en el período previo al torneo. Claramente estaba encontrando tensión en la gestión y se retiró del juego.

 

 

Siempre exuberante y siempre popular, sin embargo, no desapareció de la vista del público, y a menudo apareció en televisión, en premios de gala y ayudando en la CBF.

 

Se casó con Alcina de Castro en 1955 y permaneció con ella hasta su muerte en 2012. La pareja tuvo cuatro hijos.


 

Con afecto,

Ruben

 

jueves, 4 de enero de 2024

Eduardo de Habich

 

Eduardo de Habich



Fuente: Wikipedia



Eduardo Juan de Habich Mauersberger (nombre nativo en polaco: Edward Jan Habich), (Varsovia, 31 de enero de 1835 – Lima, 31 de octubre de 1909) fue un ingeniero y matemático polaco nacionalizado peruano.

 

Participó del Levantamiento de enero de 1863 en su patria natal. Después de una estadía en Francia, se afincó desde 1869 en el Perú, llegando a ser Ciudadano Honorario de dicho país. Dictó cátedra inicialmente en la Universidad de San Marcos. Participó de la fundación de la Escuela Especial de Ingenieros de Construcciones Civiles y de Minas de Lima (actualmente Universidad Nacional de Ingeniería) en 1876 durante el gobierno del presidente Manuel Pardo, siendo también su primer director hasta su fallecimiento.

 

Biografía

Sus padres fueron Ludwik Habich – un funcionario de la Comisión del Tesoro de lo que se llamaba Polonia del Congreso (o Zarato de Polonia, una monarquía constitucional en unión personal con el Imperio ruso a través del Zar ruso) – y Matylda Mauersberger. La familia, con orígenes en Osnabrück (Alemania), ya se había asimilado a la cultura polaca. Según la tradición familiar, Eduardo, siendo alumno del último grado de secundaria en la Escuela de la Gobernación de Varsovia, le dio una bofetada al director de su plantel, por lo que tuvo que abandonar la Escuela. Aproximadamente por el año 1852, ingresó al Ejército ruso a través de la Escuela de Artillería de San Petersburgo (conocida también como Escuela de Artillería Mijailovskaya), obteniendo el título de Oficial de Artillería. Luchó en la Guerra de Crimea, después de la cual tomó parte activa en la construcción del arsenal de la ciudad de Kiev como parte de su servicio militar.

 

En 1858 se retiró del servicio activo en el ejército ruso y viajó a París a fin de continuar sus estudios en la Escuela de Puentes y Caminos, considerada en aquella época como la mejor escuela de ingeniería en el mundo. Ya siendo ingeniero, retornó a Polonia para plegarse al Levantamiento de enero de 1863. Se debe recordar que, en ese entonces, Polonia estaba dividida entre el Imperio ruso, el Imperio austríaco y el Reino de Prusia, pero existía un sentimiento nacionalista pro-unificador entre el pueblo polaco. Como teniente coronel, formó un destacamento armado con su hermano Gustaw (Gustavo), pero el levantamiento fue derrotado por el ejército ruso. Fugaron ambos a París, donde Edward llegó a dirigir la Escuela Superior Polaca fundada allí por los emigrantes de Polonia, trabajo al cual renunció en 1868.

 

En 1869, gracias a la gestión de Ernest Malinowski, firmó un contrato de locación de servicios – por tres años – con el Estado peruano a través del representante del gobierno del Perú en Francia. El contrato estipulaba que entraba al servicio de la República del Perú para ejecutar, de acuerdo con las órdenes del gobierno, todos los trabajos relacionados con su profesión, particularmente los trabajos hidráulicos. Asimismo, se comprometía a la creación de una Escuela de Ingenieros, en caso de que el gobierno lo decidiera.

 

Llegó al Perú en diciembre de 1869. Desde enero de 1870 cumplió con varios estudios y misiones encargadas por el Estado peruano, como los trabajos de construcción del Ferrocarril de La Oroya y la participación en la comisión encargada de redactar un nuevo Reglamento del Cuerpo de Ingenieros. En 1872, el Estado peruano le renovó el contrato, y el presidente de la República, Manuel Pardo, le encargó viajar a Europa para conseguir profesores, programas, libros y material de enseñanza para la futura Escuela de Minas. En cumplimiento de esta misión, comprometió e hizo venir al Perú a los mejores técnicos de la emigración polaca: Folkierski, Babiński, Kluger, Ksawery Wakulski y otros. Él mismo vino a ser el fundador y primer director de la Escuela Especial de Ingenieros de Construcción Civiles y Minas, inaugurada en 1876 y conocida actualmente como la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI).


Mural De Habish UNI

 

En 1880, durante la Guerra del Pacífico, las instalaciones de la Escuela de Ingenieros se convirtieron en el cuartel general de las tropas chilenas. Don Eduardo realizó algunas gestiones y logró salvaguardar parte del archivo de la secretaría y de la dirección.

 

Fue miembro fundador de la Sociedad Geográfica de Lima, presidente de la Asociación de Ingenieros, autor de la iniciativa de publicar el periódico científico “Anales de construcciones civiles y de minas del Perú” y co-organizador de uno de los observatorios astronómicos más altos del mundo.

 

Casado con Virginia Brando, tuvo cuatro hijos varones y una hija, Jadwiga. Su Hijo Eduardo de Habich Brando se casó con Marta María Trefogli, Hija del Arquitecto suizo Michele Trefogli.

 

Sus restos reposan en un mausoleo ubicado en el Cementerio Presbítero Matías Maestro de Lima.



Romeria Floral


El legado de Eduardo de Habich

Fuente Adentro



Monumento De Habich

Pinceladas Limeñas

El ingeniero polaco, fundador de la UNI, se empeñó en la formación de estudiantes para construir el país y afrontar la explotación de sus recursos.

 


Eduardo Habich

Publicado: lunes 29 de agosto de 2022

En diciembre de 1869, luego de un largo viaje en barco durante un mes, el ingeniero y matemático polaco Eduardo de Habich llegó al puerto del Callao. Tenía 34 años. Por entonces el Perú vivía aún la prosperidad de la explotación del guano y el Gobierno buscaba en Europa a ingenieros que quisieran venir al país y sumarse a la construcción de obras públicas.

 

El contrato firmado por De Habich con el país señalaba que debía permanecer en el Perú al menos tres años y que se encargaría de la creación de una escuela de ingenieros si el Gobierno lo decidía. Al final se quedó a vivir 40 años, como un peruano más; formó una familia, y la escuela (hoy la Universidad Nacional de Ingeniería) fue su gran legado.

 

Raíces y llegada

Eduardo de Habich había nacido en 1835 en Varsovia, en una familia de noble estirpe. Tuvo formación militar y sirvió al ejército ruso en la Guerra de Crimea, pero luego se unió a los grupos separatistas que buscaban la independencia de Polonia. Su vida tomó otro camino en París, donde en la primera parte de los sesenta estudió en la Escuela de Puentes y Calzadas y se dedicó a diversas actividades académicas, como ser director de la Escuela Superior Polaca, fundada por migrantes.

 

En el Perú, sus primeras comisiones fueron para realizar estudios de irrigaciones y, luego, fue destacado a los trabajos de reparación del ferrocarril de La Oroya. También integró en 1972 una comisión para redactar el nuevo reglamento del Cuerpo de Ingenieros del Estado con la intención de que el país se tecnifique. Hasta entonces solo podían tener el grado de ingenieros quienes habían cursado estudios profesionales, y como en el Perú no existía una escuela especializada, la mayoría de los peruanos con experiencia en ese campo solo podían aspirar a ser ayudantes de ingenieros extranjeros.

 

Escuela de talento



Eduardo de Habich estaba convencido de que el país necesitaba formar a sus propios ingenieros para una mejor explotación de sus riquezas naturales. El gobierno de Manuel Pardo lo envió a Europa para convencer a profesores, conseguir materiales y diseñar los programas para la futura escuela. Finalmente, el 18 de marzo de 1876 se funda en Lima la Escuela Especial de Construcciones Civiles y de Minas, con De Habich como primer director. Aunque comenzaba con estas dos especialidades la intención era que se amplíe a otras carreras, de acuerdo con las demandas de la industria y las necesidades del país.

 

La enseñanza tenía énfasis en la práctica con visitas a centros mineros y obras de construcción. Además, se realizaban excursiones para conocer la realidad del país y de los medios de producción. El horizonte para los futuros ingenieros peruanos era grande por lo mucho que se tenía que hacer. Al cabo de tres años en las aulas podían obtener su título.

 

Colaborador ilustre

Durante el conflicto con Chile, la escuela —que ocupaba el local de la Casona de San Marcos— fue tomada. Se encontraron otros espacios temporales para seguir dictando clases y cuando la guerra concluyó, comenzó su reconstrucción.

 

Del mismo modo, el país debía reconstruirse y Eduardo de Habich fue llamado a colaborar con diversas autoridades. Su capacidad técnica para estudios en carreteras, irrigaciones, planeamiento urbano, ferrocarriles, alumbrado, entre otros, puso los cimientos en el Perú del siglo XX.

 

Hasta su fallecimiento (31 de octubre de 1909), Eduardo de Habich seguía siendo director de la Escuela de Ingenieros. Su memoria sigue estando presente en generaciones de estudiantes formados para transformar el país.




Avenida De Habich





 

 Con afecto,

            Ruben