Volodia
[Cuento - Texto completo.]
Antón Chéjov
Un domingo de verano, a
eso de las cinco de la tarde, Volodia, un joven de diecisiete años, poco
agraciado, enfermizo y tímido, estaba sentado en un cenador de la dacha de los
Shumijin, atenazado por el aburrimiento. Sus tristes pensamientos seguían tres
direcciones. En primer lugar, al día siguiente, lunes, tenía que examinarse de
matemáticas; sabía que si no era capaz de resolver el problema escrito le
expulsarían, pues era ya repetidor de sexto curso y tenía una media de 2’75 en
álgebra. En segundo lugar, su estancia en casa de los Shumijin, personas
adineradas y con pretensiones aristocráticas, hería constantemente su amor
propio. Le parecía que la señora Shumijin y sus sobrinas les miraban a su madre
y a él como a parientes pobres y gorrones; que no respetaban a su madre y se
burlaban de ella. Un día oyó por casualidad cómo la señora Shumijin le decía en
la terraza a su prima Anna Fiódorovna que su madre seguía dándoselas de mujer joven
y se maquillaba, que nunca pagaba sus deudas de juego y sentía una especial
atracción por los zapatos y el tabaco ajenos. Todos los días Volodia suplicaba
a su madre que no fueran a casa de los Shumijin; le describía el humillante
papel que hacía ante tales anfitriones, trataba de convencerla, le decía
impertinencias, pero ella era una mujer frívola, mimada, que a lo largo de su
vida había consumido dos fortunas —la suya y la de su marido— y que siempre se
había sentido atraída por la alta sociedad, de modo que no le comprendía y dos
veces por semana le obligaba a acompañarla a la odiosa dacha.
En tercer lugar, el joven
no podía desembarazarse ni un solo instante de un sentimiento extraño y
desagradable, completamente nuevo para él… Tenía la impresión de haberse
enamorado de Arma Fiódorovna, prima y huésped de la señora Shumijin. Era una
señorita vivaracha, ruidosa y bromista, de unos treinta años, fresca, robusta,
rubicunda, con hombros torneados, mentón redondo y grueso y una sonrisa
indeleble en los finos labios. No era hermosa ni joven. Volodia se daba
perfecta cuenta, pero, por alguna razón no podía dejar de pensar en ella ni
apartar los ojos de su figura cuando, jugando al croquet, encogía sus
redondeados hombros y arqueaba su lisa espalda o, después de una prolongada
carcajada y una carrera por las escaleras, se dejaba caer en un sillón y, con
los ojos entornados y la respiración jadeante, fingía que le faltaba el aire y
se ahogaba. Estaba casada. Su marido, un respetable arquitecto, iba a la dacha una
vez por semana, se pasaba el día durmiendo y luego regresaba a la ciudad. Los
primeros síntomas de esa extraña inclinación habían consistido en un odio
inmotivado por ese arquitecto y un sentimiento de alegría cada vez que se
marchaba.
Mientras estaba sentado en
el cenador, pensando en el examen del día siguiente y en las burlas de que era
objeto su madre, sintió un arrebatador deseo de ver a Niuta (así llamaban los
Shumijin a Arma Fiódorovna), de escuchar su risa, el rumor de su vestido… Ese
deseo guardaba pocas semejanzas con ese amor puro y poético del que tenía
conocimiento por las novelas y con el que soñaba todas las noches cuando se iba
a dormir; era extraño, incomprensible, le daba miedo y le avergonzaba, como si
fuera algo muy feo y turbio, y apenas se atrevía a confesárselo a sí mismo…
—Eso no es amor —se
decía—. Uno no se enamora de una mujer casada de treinta años… Solo es una
pequeña aventura… Sí, una aventura…
Mientras pensaba en esas
cosas, recordó su invencible timidez, su ausencia de bigote, sus pecas, sus
ojos oblicuos; luego se imaginó al lado de Niuta y la pareja se le antojó
imposible; entonces trató de figurarse que era atractivo, apuesto, ingenioso,
que vestía a la última moda…
En el momento culminante
de esa ensoñación, mientras, sentado en un rincón oscuro del cenador, se
inclinaba y miraba fijamente el suelo, oyó unos pasos ligeros. Alguien caminaba
sin prisas por la alameda. Pronto el ruido de los pasos se aquietó y en la
entrada del cenador centelleó una mancha blanca.
—¿Hay alguien aquí?
—preguntó una voz de mujer.
Volodia reconoció esa voz
y levantó la cabeza con temor.
—¿Quién está ahí?
—preguntó Niuta, entrando—. ¡Ah, es usted, Volodia! ¿Qué hace aquí? ¿Está
pensando? Se pasa todo el santo día pensando… ¡Va a volverse loco!
Volodia se puso en pie y
la miró con aire turbado. Niuta acababa de salir del baño y llevaba al hombro
una sábana y una toalla afelpada, mientras de un pañuelo blanco de seda que
llevaba anudado en la cabeza se escapaban unos cabellos mojados que se pegaban
a la frente. Su cuerpo exhalaba un olor fresco y húmedo a agua de baño y a
jabón de almendras. La rápida marcha la había sofocado. El botón superior de su
blusa estaba desabrochado, de modo que el joven podía ver su cuello y su pecho.
—¿Por qué no dice nada?
—preguntó Niuta, envolviéndolo con la mirada—. Es de mala educación no
contestar cuando una dama le dirige la palabra. ¡Hay que ver qué torpe es
usted, Volodia! Se pasa el tiempo sentado, callado, meditando como un filósofo.
¡No tiene la menor chispa de fuego o de vida! Qué desagradable es usted, la
verdad… A su edad hay que vivir, saltar, charlar, cortejar a las mujeres,
enamorarse…
Volodia miraba la sábana
que ella sostenía con una mano blanca y regordeta y pensaba…
—¡No dice nada! —exclamó Niuta,
llena de perplejidad—. Hasta resulta extraño… ¡Escuche, compórtese como un
hombre! ¡Vamos, al menos sonría! ¡Uf, qué filósofo tan repugnante! —añadió,
echándose a reír—. ¿Sabe usted por qué es tan torpe, Volodia? Porque no corteja
a las mujeres. ¿Por qué no lo hace? Cierto que aquí no hay señoritas, pero
nadie le impide cortejar a las damas. ¿Por qué, por ejemplo, no me hace la
corte a mí?
Volodia escuchaba y se
rascaba la sien, sumido en angustiosos y penosos pensamientos.
—Solo las personas muy
orgullosas guardan silencio y aman la soledad —continuó Niuta, apartándole la
mano de la sien—. Es usted orgulloso, Volodia. ¿Por qué me mira de soslayo?
¡Haga el favor de mirarme directamente a la cara! ¡Vamos, no sea torpe!
Volodia se decidió a
hablar. Tratando de sonreír, extendió el labio inferior, hizo un guiño con los
ojos y volvió a llevarse la mano a la sien.
—¡Yo… la amo! —exclamó.
Niuta, sorprendida,
levantó las cejas y se echó a reír.
—¿Qué oigo? —entonó, a la
manera de los cantantes de ópera cuando escuchan una noticia terrible—. ¿Cómo?
¿Qué ha dicho usted? Repítalo, repítalo…
—¡Yo… la amo! —repitió
Volodia.
Y, sin darse cuenta de lo
que hacía, sin comprender nada ni reflexionar, dio un paso hacia Niuta y le
cogió la muñeca. Sus ojos se enturbiaron y se anegaron de lágrimas, y el mundo
entero se transformó en una gran toalla afelpada que olía a agua de baño.
—¡Bravo, bravo! —dijo ella
con una alegre risa—. ¿Por qué calla? Quiero que hable. ¿Y bien?
Viendo que la mujer no
retiraba la muñeca, Volodia contempló el rostro risueño de Niuta y con gesto
desmañado y torpe le rodeó el talle, uniendo sus dos manos en la espalda de la
joven. Mientras la abrazaba, ella, llevándose las manos a la nuca y mostrando
los hoyuelos de los codos, se arreglaba el cabello bajo el pañuelo y decía con
total serenidad:
—Hay que ser cortés,
amable y gentil, Volodia, y eso solo se logra tratando a las mujeres. Pero ¿por
qué adopta una expresión tan fea y desagradable? Tiene que hablar, reír… Sí,
Volodia, no debe mostrarse arisco, es usted joven, ya tendrá tiempo de
filosofar. Bueno, suélteme, me voy. ¡Suélteme le digo!
La mujer se liberó sin
esfuerzo y, canturreando una tonada, salió del lugar. Volodia se quedó solo.
Alisó sus cabellos, sonrió y se paseó unas tres veces de un extremo al otro del
cenador; luego se sentó en el banco y volvió a sonreír. Tanto le agobiaba la
vergüenza que él mismo se sorprendió de que ese sentimiento pudiera alcanzar
tal intensidad y agudeza. Su embarazo le hacía sonreír, murmurar palabras
inconexas, gesticular.
Le abochornaba que
acabaran de tratarle como a un niño, le torturaba su propia timidez y, sobre
todo, le sorprendía la audacia de haber cogido por el talle a una mujer casada
y respetable, cuando, en su opinión, ni su edad, ni su aspecto exterior ni su
posición social le daban derecho a hacerlo.
Se puso en pie de un
salto, salió del cenador y, sin volver la vista, se internó en lo más profundo
del jardín, alejándose de la casa.
“¡Ah, si pudiera marcharme
cuanto antes de aquí! —pensaba, cogiéndose la cabeza con las manos—. ¡Cuanto
antes, Dios mío!”.
El tren que debían tomar
Volodia y su madre partía a las ocho cuarenta. Hasta entonces quedaban casi
tres horas, pero él se habría marchado de buena gana a la estación en ese mismo
momento, sin esperar a su madre.
A las ocho se acercó a la
casa. Toda su figura expresaba determinación: ¡que fuera lo que fuese! Había
decidido entrar con resolución, mirar a la gente a la cara y hablar en voz
alta, sin preocuparse de nada.
Atravesó la terraza, el
gran salón y la sala, deteniéndose en esa última pieza para recobrar el
aliento. Desde allí pudo oír que en el comedor contiguo estaban tomando el té.
La señora Shumijin, su madre y Niuta charlaban y reían.
Volodia aguzó el oído.
—¡Se lo aseguro! —decía
Niuta—. ¡No daba crédito a mis propios ojos! Cuando empezó a declararme su
amor, apenas lo reconocía. Hasta llegó a cogerme por el talle, figúrense. Y
¿saben ustedes? ¡Tiene maneras! Cuando me dijo que me amaba, su figura adoptó
un aire salvaje, como de cherqués.
—¡No es posible! —exclamó
la madre, estallando en una risa prolongada—. ¡No es posible! ¡Cómo me recuerda
a su padre!
Volodia se dio la vuelta y
salió corriendo al exterior.
“¡Cómo pueden hablar en
voz alta de todo eso! —se decía atormentado, al tiempo que juntaba las manos y
miraba al cielo con horror—. Hablan en voz alta, con absoluta sangre fría… Y mi
madre se ríe… ¡Mi madre! Dios mío, ¿por qué me has dado una madre semejante?
¿Por qué?”.
Pero tenía que regresar a
la casa, costara lo que costase. Recorrió la alameda unas tres veces y, ya algo
más tranquilo, decidió entrar.
—¿Por qué no ha venido a
tiempo para tomar el té? —le preguntó la señora Shumijin con severidad.
—Perdóneme, es… hora de
partir —balbució, sin levantar la vista—. ¡Mamá, ya son las ocho!
—Vete tú solo, querido
—dijo la madre con cierta languidez—, yo me quedo a pasar la noche en casa de
Lili. Adiós, hijo… Ven que te bendiga… —hizo la señal de la cruz sobre su hijo
y dijo en francés, dirigiéndose a Niuta—: Se parece un poco a Lénnontov… ¿no es
verdad?
Volodia ensayó una
apresurada despedida y, sin mirar a nadie, salió del comedor. Al cabo de diez
minutos, lleno de contento, avanzaba por el camino de la estación. Ya no sentía
miedo ni vergüenza y respiraba sin dificultad, libremente.
A media versta de la
estación se sentó en una piedra y se puso a contemplar el sol, cuyo círculo
había desaparecido, en más de la mitad, detrás del terraplén. En algunos puntos
de la estación se habían encendido ya las luces y un indeciso resplandor verde
centelleó durante un momento, aunque todavía no se avistaba el tren. Volodia se
encontraba a gusto en ese lugar, no movía un músculo y prestaba oídos a los
ruidos de la tarde, que iba cayendo poco a poco. Su imaginación se representaba
con sorprendente nitidez la penumbra del cenador, los pasos, el olor a agua de
baño, las risas, el talle, y nada de eso le parecía tan terrible e importante
como antes…
“Bobadas… Ella no retiró
la mano y se reía mientras la tenía cogida por el talle —pensaba—, de modo que
le gustó. Si le hubiera resultado desagradable, se habría enfadado…”.
En ese momento Volodia se
arrepintió de no haberse mostrado más audaz en el cenador. Le apenaba tener que
marcharse de allí de una forma tan estúpida y estaba convencido de que, si la
ocasión volvía a presentarse, sería más osado y vería las cosas de manera más
sencilla.
Y no era difícil que esa
situación se repitiera. En casa de los Shumijin se daban largos paseos después
de la cena. Si Volodia iba a pasear con Niuta por el jardín oscuro, tendría una
oportunidad.
“Voy a volver —pensaba— y
partiré mañana en el primer tren… Les diré que he perdido éste”.
De modo que regresó… La
señora Shumijin, su madre, Niuta y una de las sobrinas estaban jugando al whist
en la terraza. Cuando les dijo que había perdido el tren, las mujeres
expresaron el temor de que al día siguiente llegara tarde al examen y le
aconsejaron que se levantara temprano. Durante toda la partida estuvo sentado
aparte, comiéndose a Niuta con los ojos y esperando… Ya tenía preparado un
plan: en medio de la oscuridad se acercaría a Niuta, le cogería la mano y
después la abrazaría; no tendría que decir nada, pues ambos lo comprenderían
todo sin necesidad de palabras.
Pero después de la cena
las damas no fueron a pasear por el jardín, sino que continuaron la partida.
Estuvieron jugando a las cartas hasta la una de la madrugada y luego se fueron
a dormir.
“¡Qué estúpido es todo
esto! —se decía Volodia con enfado, mientras se metía en la cama—. Pero no
importa, esperaré a mañana… Iré de nuevo al cenador. No importa…”.
No tenía intención de
dormir, de modo que se sentó en la cama, se rodeó las rodillas con las manos y
se quedó pensativo. La idea del examen le resultaba odiosa. Aunque estaba
convencido de que iban a expulsarle, consideraba que esa decisión no tenía nada
de terrible. Al contrario, sería una solución buena, puede que hasta excelente.
Al día siguiente sería libre como un pájaro, podría abandonar el uniforme,
fumaría a la vista de todos, volvería allí y cortejaría a Niuta cuando se le
antojara; ya no sería un estudiante de segundo grado, sino un “joven”. En
cuanto a lo demás, es decir, a su carrera y porvenir, también estaba claro: se
enrolaría como voluntario, se haría telegrafista o entraría en una botica,
donde se convertiría en practicante… ¿Es que había pocas ocupaciones? Pasó una
hora, luego otra y él seguía sentado y pensando…
Poco antes de las tres,
cuando ya empezaba a clarear, la puerta se abrió con un leve chirrido y su
madre apareció en el umbral.
—¿Qué haces despierto?
—preguntó en medio de un bostezo—. Duerme, yo me voy ya… Solo he venido a coger
unas gotas…
—¿Para qué?
—La pobre Lili tiene otra
vez espasmos. Duerme, hijo mío, mañana tienes un examen.
Cogió un frasco del
armarito, se acercó a la ventana, leyó la etiqueta y salió.
—¡María Leontievna, no son
esas gotas! —dijo una voz femenina al cabo de medio minuto—. Esto es muguete y
lo que Lili pide es morfina. ¿Está dormido su hijo? Pídale que la busque él…
Era la voz de Niuta.
Volodia sintió escalofríos. Se puso a toda prisa los pantalones, se echó sobre
los hombros el capote y se acercó a la puerta.
—¿Lo entiende? ¡Morfina!
—explicaba en un susurro Niuta—. Debe de estar escrito en latín. Despierte a
Volodia, él la encontrará…
La madre abrió la puerta y
Volodia vio a Niuta. Llevaba la misma blusa que por la mañana, cuando volvía
del baño. Los cabellos despeinados caían sobre los hombros, tenía la cara
soñolienta y la tez oscurecida por la penumbra…
—Volodia no duerme… —dijo
la madre—. ¡Volodia, querido, busca la morfina en el armario! Esta Lili es un
castigo… Siempre le pasa algo.
La madre farfulló algunas
palabras más, bostezó y se fue.
—Vamos, busque —dijo
Niuta—. ¿Qué hace ahí parado?
Volodia se acercó al
armario, se puso de rodillas y empezó a examinar frascos y cajas de
medicamentos. Las manos le temblaban y tenía la sensación de que unas olas
heladas recorrían su vientre y su pecho, anegando todas sus entrañas. El olor
del éter, del ácido fénico y de las distintas hierbas que cogía con manos
temblorosas sin necesidad alguna y desparramaba por el suelo le sofocaba y
hacía que la cabeza le diera vueltas.
“Parece que mi madre se ha
ido —pensaba—. Eso está bien… muy bien…”.
—¿La encuentra? —preguntó
Niuta con voz cansina.
—Enseguida… Me parece que
esto es morfina… —dijo Volodia, leyendo en una etiqueta la palabra morph…—.
¡Tenga!
Niuta estaba en el umbral,
con un pie en el pasillo y otro en el cuarto. Se arregló los cabellos, tarea
poco sencilla —¡tan largos y espesos eran!— y miró a Volodia con aire
distraído. A la incierta luz que proyectaba en la habitación el blanquecino
cielo, aún no iluminado por el sol, a Volodia le pareció maravillosa y
espléndida, con su amplia blusa, su aspecto adormilado y el pelo revuelto…
Fascinado, temblando de pies a cabeza y recordando con deleite cómo había
abrazado ese cuerpo maravilloso en el cenador, le entregó las gotas y le dijo:
—Es usted…
—¿Qué?
Niuta entró en la
habitación.
—¿Qué? —preguntó,
sonriendo.
Él guardó silencio y la
contempló; luego, como en el cenador, le cogió la mano… Ella le miraba, sonreía
y esperaba: ¿qué iba a suceder ahora?
—La amo… —susurró él.
Ella dejó de sonreír, se
quedó pensativa durante unos instantes y dijo:
—Espere, me parece que
viene alguien. ¡Ah, estos estudiantes! —dijo en voz queda, aproximándose a la
puerta y echando un vistazo al pasillo—. No, no hay nadie…
Volvió a acercarse a él.
Luego Volodia tuvo la
impresión de que la habitación, Niuta, el amanecer y su propia persona se
fundían en una misma sensación de felicidad intensa, extraordinaria,
desconocida, por la que valía la pena sacrificar toda la vida y soportar
tormentos eternos, pero al cabo de medio minuto todo eso se desvaneció de
pronto. Volodia solo veía un rostro grueso y desagradable, desfigurado poruña
expresión de repugnancia, y él mismo sintió una repentina repulsión por lo que
acababa de pasar.
—Bueno, tengo que irme
—dijo Niuta, mirando a Volodia con asco—. ¡Qué feo y lamentable es usted…! ¡Uf,
un patito feo!
¡Qué horribles le parecían
ahora a Volodia los largos cabellos de la mujer, su amplia blusa, sus pasos, su
voz…!
“Un patito feo… —se dijo,
cuando se quedó solo—. Es verdad que soy repugnante… Todo es repugnante”.
Fuera ya había salido el
sol, los pájaros cantaban a pleno pulmón; desde el jardín llegaba el rumor de
los pasos del jardinero y el chirrido de su carretilla… Poco después se oyó el
mugido de las vacas y el sonido del caramillo de un pastor. La luz del sol y
todos esos ruidos parecían anunciar que en el mundo, en alguna parte, existía
una vida pura, delicada, poética. Pero ¿dónde? Ni su madre ni todas las
personas que le rodeaban le habían hablado nunca de ella.
Cuando un criado vino a
despertarle para que no perdiera el tren de la mañana, él se hizo el dormido…
“¡Que se vaya todo al
diablo!”, pensaba.
Se levantó ya pasadas las
diez. Mientras se peinaba ante el espejo y contemplaba su rostro poco agraciado
y pálido después de esa noche de insomnio, pensaba:
“Es verdad… Soy un patito
feo”.
Cuando su madre lo vio y,
horrorizada, comprendió que no había acudido al examen, Volodia le dijo:
—Me he quedado dormido,
mamá… Pero no se preocupe, presentaré un certificado médico.
La señora Shumijin y Niuta
se despertaron después de las doce. Volodia oyó el ruido que la señora Shumijin
hacía al abrir la ventana y la risa estruendosa con que Niuta respondía a su
ruda voz. Luego vio cómo toda una fila de sobrinas y de comensales (entre los
cuales se encontraba su madre) atravesaba la puerta de la sala y pasaba al
comedor para tomar el desayuno, y distinguió fugazmente el rostro recién lavado
y sonriente de Niuta, así como las cejas negras y la barba del arquitecto, que
acababa de llegar.
Niuta llevaba un traje
ucraniano que no le quedaba nada bien y le impedía moverse con libertad; el
arquitecto gastaba bromas triviales y sin gracia; las croquetas que sirvieron
en el desayuno tenían demasiada cebolla, o al menos así se lo pareció a
Volodia. También tenía la impresión de que Niuta se reía a carcajadas y le
miraba a propósito, dándole a entender que el recuerdo de aquella noche no le
preocupaba en absoluto y que apenas prestaba atención a la presencia en la mesa
del patito feo.
A eso de las cuatro
Volodia y su madre se dirigieron a la estación. Los sucios recuerdos, la noche
en vela, la inminente expulsión del instituto, los remordimientos de
conciencia, todo eso despertaba en su interior una rabia penosa y sombría.
Contempló el rostro enjuto de su madre, su pequeña nariz, el impermeable que le
había regalado Niuta, y balbució:
—¿Por qué se pone polvos
en la cara? ¡No está bien a su edad! Se maquilla usted, no paga las deudas de
juego, se fuma el tabaco ajeno… ¡Es repugnante! ¡La detesto… la detesto!
Mientras la insultaba,
ella entornaba los ojos asustada, juntaba las manos y susurraba con temor:
—¿Qué dices, cariño? ¡Dios
mío, va a oírte el cochero! ¡Cállate o te va a oír! ¡Lo oye todo!
—¡La detesto… la detesto!
—continuó Volodia, todo sofocado—. No tiene usted vergüenza ni corazón… ¡No se
atreva a ponerse otra vez ese impermeable! ¿Me oye? Si se lo vuelvo a ver, lo
rompo en jirones…
—¡Contrólate, hijo mío!
—dijo la madre, echándose a llorar—. ¡El cochero te va a oír!
—¿Y dónde está la fortuna
de mi padre? ¿Dónde está su propio dinero? ¡Lo ha derrochado usted todo! No me
avergüenza mi pobreza, sino tener una madre semejante… Cuando mis compañeros me
preguntan por usted, siempre me ruborizo.
Antes de llegar a la
ciudad el tren solo tenía que parar en dos estaciones. Volodia se pasó todo el
tiempo en la plataforma, temblando de pies a cabeza. No quería entrar en el
vagón, pues allí se encontraba su madre, a la que odiaba. También sentía odio
por su propia persona, por los revisores, por el humo de la locomotora, por el
frío, al que atribuía sus estremecimientos… Y a medida que aumentaba el peso
que sentía en el corazón, mayor era el convencimiento de que en el mundo, en
alguna parte, la gente disfrutaba de una vida pura, noble, delicada, elegante,
llena de amor, de ternura, de alegría, de libertad… Eso era lo que sentía, amén
de una pena tan grande que un pasajero le había mirado con insistencia y le
había preguntado:
—¿Le duelen las muelas?
En la ciudad Volodia y su
madre vivían en casa de María Petrovna, una dama de la nobleza que había tomado
en alquiler un gran apartamento y a su vez tenía varios inquilinos. La madre de
Volodia había arrendado dos habitaciones: en la primera, una pieza con
ventanas, una cama y dos cuadros con marcos dorados colgados de las paredes,
vivía ella; la segunda, contigua, pequeña y oscura, era la de Volodia. Había en
ella un sofá, el único mueble de todo el cuarto, que hacía las veces de lecho;
todo el espacio estaba ocupado por cestas de mimbre llenas de vestidos, cajas
de sombreros y toda suerte de cachivaches que la madre guardaba sin razón
aparente. Volodia preparaba las lecciones en la habitación de la madre o en la
“sala común”, nombre que recibía una estancia espaciosa en la que los
inquilinos se reunían durante el almuerzo o para pasar la velada.
Una vez en casa, Volodia
se tumbó en el sofá y se cubrió con una manta para calmar los temblores. Las
cajas de sombreros, las cestas y los cachivaches le recordaron que no tenía una
habitación propia, un refugio donde poder escapar de su madre, de los invitados
de ésta y de las voces que llegaban ahora de la “sala común”; la mochila y los
libros, desperdigados por todas partes, no le permitían olvidar el examen al
que no se había presentado… Sin saber por qué, le vino a la memoria Menton,
donde había vivido con su difunto padre cuando tenía siete años; también
rememoró Biarritz y dos niñas inglesas con las que corría por la arena… Quiso
rescatar del olvido el color del cielo y del océano, la altura de las olas y su
disposición de entonces, pero no lo consiguió; las niñas inglesas centellearon
un momento en la imaginación como si estuvieran vivas, pero todo lo demás acabó
confundiéndose y esfumándose en desorden…
“No, aquí hace demasiado
frío”, pensaba Volodia, levantándose, poniéndose el capote y dirigiéndose a la
“sala común”.
Allí estaban tomando el
té. En torno al samovar había tres personas: su madre, una vieja profesora de
música con pince-nez de carey y Avgustín Mijaílich, un francés ya maduro y muy
gordo que trabajaba en una fábrica de perfumes.
—Hoy no he comido —decía
su madre—. Tendría que mandar a la criada a por pan.
—¡Duniasha! —gritó el
francés.
Pero resultó que la dueña
de la casa había enviado a la criada a hacer un recado.
—Bueno, da igual —dijo el
francés con una amplia sonrisa—. Yo mismo iré a por pan ahora mismo. No
importa.
Dejó en un lugar visible
su cigarrillo, que exhalaba un humo acre y apestoso, se puso el sombrero y
salió. Cuando desapareció, su madre empezó a contarle a la profesora de música
que había ido invitada a casa de los Shumijin y que la habían recibido muy
bien.
—Lili Shumijin es pariente
mía… —decía—. Su difunto marido, el general Shumijin, era primo de mi marido.
Ella de soltera era la baronesa Kolb…
—¡Mamá, eso no es verdad!
—dijo Volodia irritado—. ¿Por qué miente?
Sabía muy bien que su
madre decía la verdad; en su relato sobre el general Shumijin y la baronesa
Kolb no había una sola palabra inexacta, pero de todos modos él sentía que
mentía. Esa falsedad la percibía en su modo de hablar, en la expresión de su
rostro, en su mirada, en todo.
La profesora de música se
turbó y empezó a toser en su pañuelo, como si se hubiese atragantado; entre
tanto, la madre rompió a llorar.
“¿Adónde ir?”, pensó
Volodia.
Ya había estado en la
calle y visitar a algún compañero le daba vergüenza. De nuevo, sin venir a
cuento, recordó a las dos niñas inglesas… Se paseó de un rincón a otro de la
“sala común” y entró en la habitación de Avgustín Mijaílich. Allí reinaba un
penetrante olor a aceites esenciales y a jabón de glicerina. En la mesa, en el
antepecho de las ventanas e incluso en las sillas se acumulaban multitud de
frascos, vasos y recipientes llenos de líquidos multicolores. Volodia cogió un
periódico de la mesa, lo abrió y leyó la cabecera: Le Figaro… El periódico
desprendía un olor fuerte y agradable. Luego tomó un revólver…
—¡Déjelo, no le haga caso!
—le decía en la habitación contigua la profesora de música a su madre, tratando
de consolarla—. ¡Es aún tan joven! Las personas de su edad piensan que todo les
está permitido. No hay más remedio que resignarse.
—¡No, Evguenia Andréievna,
está demasiado mimado! —decía su madre como canturreando—. No hay ninguna
persona mayor que lo meta en cintura y yo, pobre de mí, no puedo hacer nada. ¡Qué
desdichada soy!
Volodia se introdujo el
cañón del revólver en la boca; tanteando con los dedos encontró algo parecido a
un gatillo o un gancho y presionó… Luego, siempre a tientas, halló otra
protuberancia y volvió a apretar. Retiró el cañón de la boca, lo secó con el
faldón del capote y examinó el cierre; nunca antes había tenido un ?rm? en las
manos…
—Parece que hay que
levantar esto… —dijo—. Sí, debe de ser así…
Avgustín Mijaílich entró
en la “sala común” y se puso a contar a carcajadas alguna anécdota. Volodia
volvió a meterse el cañón en la boca, lo apretó con los dientes y presionó el
gatillo con el dedo. Se oyó una detonación… Algo impactó con una fuerza
terrible en la nuca de Volodia, que cayó sobre la mesa, con la cara entre los
recipientes y los frascos. En ese momento vio cómo su difunto padre, tocado de
un sombrero de copa con una ancha cinta negra, el mismo que había llevado en
Menton cuando guardaba luto por cierta dama, le cogía de pronto en brazos y se
hundía con él en un abismo profundo y negrísimo.
Luego todo se volvió
confuso y desapareció…
*FIN*
Con afecto,
Ruben
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