domingo, 10 de febrero de 2019

Cuento: Frit-Flac Julio Verne





 
Julio Verne nació el 8 de febrero de 1828, hace casi ya 200 años, pero imaginó un viaje a la luna que tiene tantas coincidencias con el Programa Apolo (que llevaría al hombre a la luna en 1969), que algunos lo consideran una especie de profeta. También, se dice que “predijo” inventos como el motor eléctrico y el helicóptero…
Lo que sucede es que Verne era un lector voraz de periódicos y revistas científicas, se informaba y estudiaba tanto al escribir sus novelas, que a veces parecían contener informes geográficos, geológicos, físicos y astronómicos precisos.
Pero él no fue el primero en escribir sobre viajes a la luna o en concebir una embarcación submarina, lo que sí hizo fue maravillar a miles de lectores en Francia con las hazañas de sus protagonistas. Tanto así, que su editor, Pierre-Jules Hetzel decidió crear una colección que tituló “Viajes extraordinarios”, donde Verne agrupara toda su obra. El propio autor decía que quería abarcar ahí todos los viajes posibles sobre la superficie de la tierra y fuera de ésta. ¡Fueron 54 viajes! (y ocho más publicados por su hijo Michel, después de la muerte de Verne). 
En uno de ellos, que apareció en 1886, y titulado Un billete de lotería, incluyó también el cuento “Frit-Flac”, que reproduzco en esta entrada, a propósito de su publicación en la antología La hoguera de bronce (Secretaría de Cultura, 2017) y para celebrar los 190 años del nacimiento del autor. Un cuento que, como verán, cambia la exploración y la aventura por un suceso paranormal en una ciudad que nadie ha visto nunca en un mapa. Eso sí, encontrarán sus distintivas descripciones geográficas y climáticas que en buena medida mantienen la tensión en el relato.
“Frit” es la onomatopeya que Verne propone para representar el sonido del viento, y “Flac”, la de la lluvia.
Frit, flac, la tormenta golpea las casas en una ciudad llamada Luktrop. Ahí vive un doctor desalmado, la gente le suplica que atienda a los enfermos, él se rehúsa, pero termina haciendo un viaje corto, que lo conducirá a un destino terrible y extraordinario.
Para festejar a este escritor, uno de los mayores genios de la imaginación, quien dijo una vez: “Nada como imaginar, para crear futuro. Lo que hoy es utopía será carne y sangre mañana”. Que lo disfruten:


Frit-Flac
Cuento  de Julio Verne

¡Frit! Es el viento que se desencadena.
¡Flac! Es la lluvia que cae a torrentes.
La ráfaga que resuena arquea los árboles de la costa Volsinia y se estrella contra el costado de las montañas de Crima. A las piedras altas a lo largo del litoral las carcomen las olas del vasto mar Megalócrido.
¡Frit! ¡Flac!
En el fondo del puerto está escondida la pequeña ciudad de Luktrop, con algunos cientos de casas de miradores verduscos, que las protegen medianamente de los vientos fuertes. Cuatro o cinco calles empinadas, más bien barrancos que calles, empedradas y sucias por la escoria que arrojan los conos eruptivos del fondo. El volcán no está lejos: el Vanglor. Durante el día la presión interior se libera en forma de vapores sulfurosos. Durante la noche, minuto a minuto, vomita flamas. Como un faro que midiera ciento cincuenta kertses, el Vanglor le señala el puerto de Luktrop a los barcos de cabotaje, y a todas las embarcaciones cuyas rodas cortan las aguas del Megalócrido.
Del otro lado de la ciudad se amontonan algunas ruinas de la época crimeriana. A su lado hay un arrabal de aspecto árabe, como una medina, de muros blancos, de techos redondos y de terrazas que el sol devora. Es como una acumulación de cubos de piedra lanzados al azar. Un verdadero amontonamiento de dados, cuyos puntos se hubieran desvanecido bajo la pátina del tiempo. Entre otros, destaca el Seis-cuatro, nombre dado a una construcción rara con una techumbre cuadrada, que tiene seis aberturas en una cara y cuatro sobre la otra. Un campanario domina la ciudad, el campanario cuadrado de Santa Filfilena, con campanas suspendidas en los huecos de los muros, que el huracán hace oscilar algunas veces. Mala señal. Cuando es así, sus habitantes tiemblan.
Éste es Luktrop. Habitaciones, chozas miserables dispersas en el campo en medio de retamas y brezos, como en Bretaña. Pero no estamos en Bretaña. ¿Estamos en Francia? No sé. ¿En Europa? Lo ignoro.
En todo caso no busques Luktrop en el mapa, ni siquiera en el atlas de Stieler.

II
¡Toc, toc! Alguien toca discretamente a la puerta de la Seis-cuatro, enclavada en el ángulo izquierdo de la calle Messaglière. Es una de las casas más cómodas, si tiene sentido usar esa palabra en Luktrop; es una de las más ricas, si es que ganarse al año algunos miles de fretzers es riqueza.
Al ¡toc! responde uno de esos ladridos salvajes en los que hay aullidos, como si un lobo ladrara. Enseguida se abre una ventana de guillotina sobre la puerta del Seis-cuatro.
—¡Al diablo los inoportunos! —exclama una voz malhumorada y desagradable.
Una chica tiritando bajo la lluvia, envuelta en una capa delgada, pregunta si el doctor Trifulgas está en casa.
—Está y no está, ¡depende!
—Vengo porque mi padre se está muriendo.
—¿Dónde se está muriendo?
—En Val Karniou, a cuatro kertses de aquí.
—¿Y se llama?
—Vort Kartif.
—¿Vort Kartif, el galletero?
—Sí, y si el doctor Trifulgas…
—El doctor Trifulgas no está en casa.
La ventana se cierra de golpe, mientras los frits del viento y los flacs de la lluvia se confunden con un alboroto ensordecedor.

III
Un hombre duro ese doctor Trifulgas. Es poco compasivo y sólo cura si se le entrega el dinero por adelantado. Su viejo Hurzof, una cruza de bulldog y de spaniel, tiene más corazón que él. La casa del Seis-cuatro, inhóspita para los pobres, sólo está abierta para los ricos. Además, hay tarifas: tanto por una tifoidea, tanto por una congestión, tanto por una pericarditis, y otras enfermedades que los médicos inventan por docenas. Sin embargo, el galletero Vort Kartif era un hombre pobre, de una familia miserable. ¿Por qué iba a molestarse el doctor Trifulgas y en una noche como ésa?
—¡Nada más haberme levantado —murmuró volviéndose a acostar— valdría diez fretzers!
Apenas habían pasado veinte minutos cuando la aldaba volvió a resonar sobre la puerta del Seis-cuatro.
Muy malhumorado, el doctor se levantó de la cama y se asomó por la ventana.
—¿Quién está ahí? —gritó.
—Soy la mujer de Vort Kartif.
—¿El galletero de Val Karniou?
—Sí, ¡y si se niega a venir, él morirá!
—Pues entonces será viuda.
—Aquí tiene veinte fretzers…
—¡Veinte fretzers para ir a Val Karniou, a cuatro kertzes de aquí!
—¡Por piedad!
—¡Al diablo!
La ventana se cerró. ¡Veinte fretzers! ¡Qué ganga! Arriesgarse a un catarro o a un entumecimiento por veinte fretzers, máxime cuando mañana lo esperan en Kiltreno, en casa del rico Edzingov, el gotoso, ¡cuya gota reditúa cincuenta fretzers por visita!
Con esa perspectiva tan agradable el doctor Trifulgas se durmió aún más profundamente.

IV
¡Frit! ¡Flac! Y luego ¡toc, toc, toc! Esta vez a la ráfaga se sumaron tres golpes de aldaba de una mano más decidida. El doctor dormía. Se levantó, ¡pero de qué humor! Cuando abrió la ventana, el huracán entró como una metralla.
—Vengo por el galletero.
—Y dale con ese miserable.
—¡Soy su madre!
—¡Que la madre, la esposa y la hija se mueran con él!
—¡Tuvo un ataque!
—¡Que se defienda!
—Nos dieron algo de dinero —continuó la abuela—, un anticipo por la casa vendida a Dontrup, de la calle Messaglière. Si no viene, mi nieta ya no tendrá padre, mi hija ya no tendrá marido, ¡y yo ya no tendré hijo!
Daba lástima y era terrible escuchar la voz de esta anciana, pensar que el viento le helaba la sangre en las venas, que la lluvia le calaba los huesos bajo la carne enjuta.
—¡Un ataque son doscientos fretzers! —respondió el desalmado Trifulgas.
—No tenemos más que ciento veinte.
—¡Buenas noches!
La ventana se volvió a cerrar.
Pero, después de reflexionar, ciento veinte fretzers por una hora y media de camino, más media hora de visita, son sesenta fretzers la hora, un fretzer por minuto. Pequeña ganancia, aunque nada desdeñable.
En lugar de volver a acostarse, el doctor se vistió, calzó sus botas de pantano, se abrigó con su capa y se puso el sombrero y los guantes, dejó la lámpara encendida, cerca de su farmacopea, abierta en la página 197. Luego, empujando la puerta del Seis-cuatro, se detuvo en el umbral.
Ahí estaba la anciana, apoyada sobre su bastón, ¡demacrada por sus ochenta años de miseria!
—¿Los ciento veinte fretzers?
—Aquí los tiene y que Dios se los centuplique.
—¡Dios! ¡El dinero de Dios! ¿Acaso alguien ha visto su color?
El doctor le silbó a Hurzof, le puso una linterna en el hocico y se dirigió hacia el mar.
La anciana lo siguió.

V
¡Vaya clima de frits y de flacs! Las campanas de Santa Filfilena se movían por la borrasca. Mala señal. ¡Bah!, el doctor Trifulgas no es supersticioso. No cree en nada, ni siquiera en su ciencia, excepto en lo que gana.
¡Vaya clima y también vaya camino! Piedras y escoria; las piedras están resbalosas por las algas, la escoria crepita como la ceniza. No hay más luz que la del perro Hurzof, vaga, vacilante. De repente el Vanglor expulsa llamas, dentro de las cuales se agitan siluetas insulsas. No se sabe qué hay verdaderamente en el fondo de esos cráteres insondables. Quizá las almas del mundo subterráneo, que se volatilizan al salir.
El doctor y la vieja siguen los contornos de las pequeñas bahías del litoral. El mar es blanco, de un blanco lívido, un blanco de duelo. Brilla cuando lo corta la línea fosforescente de la espuma de las olas, que parece derramar gusanos relucientes sobre la arena.
Ambos avanzan hasta donde se curva el camino, entre las dunas onduladas, donde las retamas y los juncos entrechocan con un ruido de bayonetas. El perro se acerca a su amo y parece decirle:
“¡Eh, ciento veinte fretzers para la caja fuerte! ¡Así se hace fortuna! ¡Una extensión para la cerca de la viña!, ¡un plato más para la cena!, ¡más cebo para el fiel Hurzof! ¡Cuidemos a los enfermos ricos y sangrémoslos… del bolsillo!”
En ese lugar la anciana se detiene. Señala con su dedo tembloroso, entre las sombras, una luz rojiza. Es la casa de Vort Kartif, el galletero.
—¿Allí? —pregunta el doctor.
—Sí —responde la anciana.
“¡Guau, guau!”, ladra el perro Hurzof.
De pronto, el Vanglor explota, sacudido hasta el contrafuerte de su base. Un haz de flamas fulginosas asciende al cénit, perforando las nubes. El doctor Trifulgas cae.
Jura como cristiano, se levanta, observa.
La vieja ya no está detrás de él. ¿Habrá desaparecido entre alguna grieta del suelo o voló entre los vapores que flotan? En cuanto al perro, él sigue ahí, alzado sobre sus patas traseras, con el hocico abierto y la linterna apagada.
—Vamos de todos modos —murmura el doctor Trifulgas.
Este hombre honesto había recibido ciento veinte fretzers. Hay que ganárselos.
Ilustración de Melhem Haddad.
VI
Sólo hay un punto luminoso, a medio kertze. Es la lámpara del moribundo, quizá del muerto. Sin duda es la casa del galletero. La anciana la señaló con el dedo. No hay modo de equivocarse.
En medio de los frits que silban, de los flacs que crepitan, del murmullo de la tormenta, el doctor Trifulgas camina a paso rápido. A medida que avanza, la casa se distingue mejor, aislada en medio de la landa.
Llama la atención que se parezca tanto a la del doctor, al Seis-cuatro de Luktrop. Misma disposición de las ventanas en su fachada, misma puerta pequeña y cimbrada.
El doctor Trifulgas se apresura tanto como lo permite la ráfaga. La puerta está entreabierta, no tiene más que empujarla; la empuja, entra, y el viento la azota tras él brutalmente.
El perro Hurzof, afuera, aúlla, se calla a intervalos, como los cantos entre los versículos de un salmo de Cuarenta Horas.
¡Qué extraño! Se diría que el doctor Trifulgas ha entrado a su propia casa. Aunque no se ha perdido. En ningún momento hizo un rodeo. Está en Val Karniou, no en Luktrop. Sin embargo, encuentra el mismo corredor, bajo y abovedado, la misma escalera de caracol, de madera, con la barandilla gruesa, gastada por la fricción de las manos. Sube. Llega al rellano. Frente a la puerta, un débil resplandor se filtra por debajo, como en el Seis-cuatro.
¿Es una alucinación? Con la luz tenue reconoce su habitación, el sofá amarillo a la derecha, el baúl de pino viejo, a la izquierda la caja fuerte cerrada, donde pensaba depositar sus ciento veinte fretzers. También está su sillón de cuero, su mesa con las patas torcidas, y arriba, cerca de la lámpara que languidece, su farmacopea, abierta en la página 197.
“¿Qué me pasa?”, murmura.
¿Qué le pasa? Tiene miedo. Su pupila se dilató, su cuerpo está como contraído, disminuido. Una transpiración helada enfría su piel, siente que la recorren horripilaciones rápidas.
¡Apresúrate, entonces! A falta de aceite la lámpara se va a apagar, el moribundo también.
Sí, la cama está ahí. Su cama de columnas y de dosel, igual de ancho que de alto, cerrado con cortinas de estampado de ramas. ¿Acaso puede ser el camastro de un miserable galletero?
Con la mano temblorosa el doctor Trifulgas agarra las cortinas, las abre, mira.
El moribundo, con la cabeza fuera de las cobijas, está inmóvil, como si estuviera a punto de respirar por última vez.
El doctor se inclina hacia él…
¡Ay!, ¡qué grito! Al que responde, afuera, un ladrido siniestro del perro.
¡El moribundo no es el galletero Vort Kartif! ¡Es el doctor Trifulgas! ¡Es a él a quien le dio la congestión, a él mismo! Una apoplejía cerebral, por una fuerte acumulación de serosidad en las cavidades del cerebro, con una parálisis del cuerpo del lado opuesto a aquel en que se encuentra la lesión.
¡Sí! ¡Es él por quien fueron a buscarlo, por quien pagaron ciento veinte fretzers! ¡Él, quien por su dureza de corazón se negaba a ir a curar al galletero pobre!
¡Es él quien va a morir!
El doctor Trifulgas está como loco. Se siente perdido. Los signos aumentan a cada minuto. No solamente deja de sentir dentro de él todas las funciones, sino que los movimientos del corazón y su respiración van a detenerse. Sin embargo, ¡no ha perdido conciencia de sí mismo!
¿Qué hacer? ¿Disminuir el volumen de sangre mediante una emisión sanguínea? El doctor Trifulgas está muerto, si titubea…
En aquel tiempo todavía se sangraba y, como en la actualidad, los médicos curaban de apoplejía a todos los que no debían morir.
El doctor Trifulgas agarra su estuche, saca su lanceta, pica la vena del brazo de su otro yo: el brazo no le sangra. Tiene que frotarle el pecho con energía, su respiración se detiene. Le quema, a él, los pies con piedras calientes; los suyos se enfrían.
Entonces su doble se incorpora, forcejea y lanza un estertor supremo…
Y el doctor Trifulgas, pese a todo lo que pudo inspirarle la ciencia, muere entre sus manos.
¡Frit! ¡Flac!

VII
Por la mañana, en la casa del Seis-cuatro sólo se encuentra un cadáver, el del doctor Trifulgas. Se le pone en un ataúd y se le conduce con gran pompa al cementerio de Luktrop, después de tantos otros que él había enviado ahí, según la tradición.
En cuanto al viejo Hurzof, se dice que, desde ese día, corre por la landa con su linterna encendida, aullando como perro perdido.
No sé si es cierto, pero ocurren tantas cosas extrañas en Volsinia, ¡precisamente en los alrededores de Luktrop!
Además, lo repito, no busquen esta ciudad en el mapa. Los mejores geógrafos todavía no se ponen de acuerdo sobre su ubicación en la latitud ni en la longitud.
El Autor.
Con afecto,
Rubén



Cuento: Un expreso del futuro



UN EXPRESO DEL FUTURO

 
 
Cuento de  Julio Verne
-Ande con cuidado -gritó mi guía-. ¡Hay un escalón!
Descendiendo con seguridad por el escalón de cuya existencia así me informó, entré en una amplia habitación, iluminada por enceguecedores reflectores eléctricos, mientras el sonido de nuestros pasos era lo único que quebraba la soledad y el silencio del lugar.
¿Dónde me encontraba? ¿Qué estaba haciendo yo allí? Preguntas sin respuesta.
 Una larga caminata nocturna, puertas de hierro que se abrieron y se cerraron con estrépitos metálicos, escaleras que se internaban (así me pareció) en las profundidades de la tierra… No podía recordar nada más. Carecía, sin embargo, de tiempo para pensar.
-Seguramente usted se estará preguntando quién soy yo -dijo mi guía-.
 El coronel Pierce, a sus órdenes. ¿Dónde está? Pues en Estados Unidos, en Boston… en una estación.
-¿Una estación?
-Así es; el punto de partida de la Compañía de Tubos Neumáticos de Boston a Liverpool.
Y con gesto pedagógico, el coronel señaló dos grandes cilindros de hierro, de aproximadamente un metro y medio de diámetro, que surgían del suelo, a pocos pasos de distancia.
Miré esos cilindros, que se incrustaban a la derecha en una masa de mampostería, y en su extremo izquierdo estaban cerrados por pesadas tapas metálicas, de las que se desprendía un racimo de tubos que se empotraban en el techo; y al instante comprendí el propósito de todo esto.
¿Acaso yo no había leído, poco tiempo atrás, en un periódico norteamericano, un artículo que describía este extraordinario proyecto para unir Europa con el Nuevo Mundo mediante dos colosales tubos submarinos?
Un inventor había declarado que el asunto ya estaba cumplido.
Y ese inventor -el coronel Pierce- estaba ahora frente a mí.
Recompuse mentalmente aquel artículo periodístico. Casi con complacencia, el periodista entraba en detalles sobre el proyecto. Informaba de que eran necesarios más de tres mil millas de tubos de hierro, que pesaban más de trece millones de toneladas, sin contar los buques requeridos para el transporte de los materiales: 200 barcos de dos mil toneladas, que debían efectuar treinta y tres viajes cada uno.
Esta “Armada de la Ciencia” era descrita llevando el hierro hacia dos navíos especiales, a bordo de los cuales eran unidos los extremos de los tubos entre sí, envueltos por un triple tejido de hierro y recubiertos por una preparación resinosa, con el objeto de resguardarlos de la acción del agua marina.
Pasado inmediatamente el tema de la obra, el periodista cargaba los tubos (convertidos en una especie de cañón de interminable longitud) con una serie de vehículos, que debían ser impulsados con sus viajeros dentro, por potentes corrientes de aire, de la misma manera en que son trasladados los despachos postales en París.
Al final del artículo se establecía un paralelismo con el ferrocarril, y el autor enumeraba con exaltación las ventajas del nuevo y osado sistema. Según su parecer, al pasar por los tubos debería anularse toda alteración nerviosa, debido a que la superficie interior del vehículo había sido confeccionada en metal finamente pulido; la temperatura se regulaba mediante corrientes de aire, por lo que el calor podría modificarse de acuerdo con las estaciones; los precios de los pasajes resultarían sorprendentemente bajos, debido al poco costo de la construcción y de los gastos de mantenimiento… Se olvidaba, o se dejaba aparte cualquier consideración referente a los problemas de la gravitación y del deterioro por el uso.
Todo eso reapareció en mi conciencia en aquel momento.
Así que aquella “Utopía” se había vuelto realidad ¡y aquellos dos cilindros que tenía frente a mí partían desde este mismísimo lugar, pasaban luego bajo el Atlántico, y finalmente alcanzaban la costa de Inglaterra!
A pesar de la evidencia, no conseguía creerlo. Que los tubos estaban allí, era algo indudable, pero creer que un hombre pudiera viajar por semejante ruta… ¡jamás!
-Obtener una corriente de aire tan prolongada sería imposible -expresé en voz alta aquella opinión.
-Al contrario, ¡Absolutamente fácil! -protestó el coronel Pierce-. Todo lo que se necesita para obtenerla es una gran cantidad de turbinas impulsadas por vapor, semejantes a las que se utilizan en los altos hornos. Éstas transportan el aire con una fuerza prácticamente ilimitada, propulsándolo a mil ochocientos kilómetros horarios… ¡Casi la velocidad de una bala de cañón! De manera tal que nuestros vehículos con sus pasajeros efectúan el viaje entre Boston y Liverpool en dos horas y cuarenta minutos.
-¡Mil ochocientos kilómetros por hora!- exclamé.
-Ni uno menos. ¡Y qué consecuencias maravillosas se desprenden de semejante promedio de velocidad! Como la hora de Liverpool está adelantada con respecto a la nuestra en cuatro horas y cuarenta minutos, un viajero que salga de Boston a las 9, arribará a Liverpool a las 3:53 de la tarde. ¿No es este un viaje hecho a toda velocidad? Corriendo en sentido inverso, hacia estas latitudes, nuestros vehículos le ganan al Sol más de novecientos kilómetros por hora, como si treparan por una cuerda movediza. Por ejemplo, partiendo de Liverpool al medio día, el viajero arribará a esta estación a las 9:34 de la mañana… O sea, más temprano que cuando salió. ¡Ja! ¡Ja! No me parece que alguien pueda viajar más rápidamente que eso.
Yo no sabía qué pensar. ¿Acaso estaba hablando con un maniático?… ¿O debía creer todas esas teorías fantásticas, a pesar de la objeciones que brotaban de mi mente?
-Muy bien, ¡Así debe ser! -dije-. Aceptaré que lo viajeros puedan tomar esa ruta de locos, y que usted puede lograr esta velocidad increíble. Pero una vez que la haya alcanzado, ¿cómo hará para frenarla? ¡Cuando llegue a una parada todo volará en mil pedazos!
-¡No, de ninguna manera! -objetó el coronel, encogiéndose de hombros-. Entre nuestros tubos (uno para irse, el otro para regresar a casa), alimentados consecuentemente por corrientes de direcciones contrarias, existe una comunicación en cada junta.
 Un destello eléctrico nos advierte cuando un vehículo se acerca; librado a su suerte, el tren seguiría su curso debido a la velocidad impresa, pero mediante el simple giro de una perilla podemos accionar la corriente opuesta de aire comprimido desde el tubo paralelo y, de a poco, reducir a nada el impacto final. ¿Pero de qué sirven tantas explicaciones? ¿No sería preferible una demostración?
Y sin aguardar mi respuesta, el coronel oprimió un reluciente botón plateado que salía del costado de uno de los tubos. Un panel se deslizó suavemente sobre sus estrías, y a través de la abertura así generada alcancé a distinguir una hilera de asientos, en cada uno de los cuales cabían cómodamente dos personas, lado a lado.
-¡El vehículo! -exclamó el coronel-. ¡Entre!
Lo seguí sin oponer la menor resistencia, y el panel volvió a deslizarse detrás de nosotros, retomando su anterior posición.
A la luz de una lámpara eléctrica, que se proyectaba desde el techo, examiné minuciosamente el artefacto en que me hallaba.
Nada podía ser más sencillo: un largo cilindro, tapizado con prolijidad; de extremo a extremo se disponían cincuenta butacas en veinticinco hileras paralelas. Una válvula en cada extremo regulaba la presión atmosférica, de manera que entraba aire respirable por un lado, y por el otro se descargaba cualquier exceso que superara la presión normal.
Luego de perder unos minutos en este examen, me ganó la impaciencia:
-Bien -dije-. ¿Es que no vamos a arrancar?
-¿Si no vamos a arrancar? -exclamó el coronel Pierce-. ¡Ya hemos arrancado!
Arrancado… sin la menor sacudida… ¿cómo era posible?… Escuché con suma atención, intentando detectar cualquier sonido que pudiera darme alguna evidencia.
¡Si en verdad habíamos arrancado… si el coronel no me había estado mintiendo al hablarme de una velocidad de mil ochocientos kilómetros por hora… ya debíamos estar lejos de tierra, en las profundidades del mar, junto al inmenso oleaje de cresta espumosa por sobre nuestras cabezas; e incluso en ese mismo instante, probablemente, confundiendo al tubo con una serpiente marina monstruosa, de especie desconocida, las ballenas estarían batiendo con furiosos coletazos nuestra larga prisión de hierro!
Pero no escuché más que un sordo rumor, provocado, sin duda, por la traslación de nuestro vehículo. Y ahogado por un asombro incomparable, incapaz de creer en la realidad de todo lo que estaba ocurriendo, me senté en silencio, dejando que el tiempo pasara.
Luego de casi una hora, una sensación de frescura en la frente me arrancó de golpe del estado de somnolencia en que había caído paulatinamente.
Alcé el brazo para tocarme la cara: estaba mojada.
¿Mojada? ¿Por qué estaba mojada? ¿Acaso el tubo había cedido a la presión del agua… una presión que obligadamente sería formidable, pues aumenta a razón de una “atmósfera” por cada diez metros de profundidad?
Fui presa del pánico. Aterrorizado, quise gritar… y me encontré en el jardín de mi casa, rociado generosamente por la violenta lluvia que me había despertado.
 Simplemente, me había quedado dormido mientras leía el articulo de un periodista norteamericano, referido a los extraordinarios proyectos del coronel Pierce… quien a su vez, mucho me temo, también había sido soñado.
El Autor.
Con afecto,
Ruben