viernes, 12 de julio de 2019

Historia:Conflicto de La Pedrera


Relatos históricos 


 

 

“La historia debe ser sobretodo la pintura de un tiempo, el retrato de una época.
 Cuando esta se limita a ser el retrato de una persona o la pintura de una época, de una vida, solo a medias es historia”. Joseph Joubert.






¿Qué es la historia? Una sencilla fábula que todos hemos aceptado. (Napoleón)
Conflicto de La Pedrera
 

Fuente: Wikipedia

Antecedentes

Desde la independencia los límites de todas las naciones latinoamericanas quedaron ambiguos y más en zonas absolutamente inexploradas e inaccesibles como el trapecio amazónico. A principios del siglo XX mientras Colombia sufría la Guerra de los Mil Días algunas empresas como la Casa Arana de Perú se adentraron en territorios selváticos que por derecho correspondían al Perú, donde se dedicaron a la explotación del árbol del Caucho. Estos hechos que se hallan documentados entre otros en la novela La vorágine de José Eustasio Rivera, provocaron una serie de denuncias de Rafael Uribe Uribe en el congreso y en la prensa de la época. Entre otras se denunciaba que el gobierno peruano estaba militarizando los ríos Putumayo, Napo y Caquetá.
La ocupación peruana de los territorios referidos se dio con el respaldo que daba el derecho, de acuerdo a la Real Cédula de 1802. Se venía ejerciendo desde 1896 por la Casa Arana y desde 1900 por los militares del Perú, quienes ese año abrieron una guarnición en Tarapacá.[cita requerida]
La Casa Arana sacó a todos los propietarios colombianos instalados en el área, apoyados por las fuerzas militares. Se había convertido en productor y exportador monopolístico de caucho en toda la región, esclavizando a los indígenas para obtener el preciado producto y asesinado a cualquiera que se interpusiera en el camino. El Putumayo se había ido convirtiendo lentamente en territorio custodiado por tropas y autoridades peruanas sin que el gobierno de Colombia hiciera reclamo.
En febrero de 1911 el gobierno peruano de Augusto B. Leguía ordenó al Teniente Coronel Oscar Benavides para conducir el Batallón No. 9 acantonado en Chiclayo, costa norte del Perú, a la frontera amazónica con Colombia para reforzar las tropas de la guarnición del puerto amazónico de Iquitos.
La tragedia del Putumayo se piensa repetir en el Caquetá. Desde el mes de febrero, el país se entera de un ataque peruano en los territorios por Colombia. El patriotismo henchido en el pecho de los colombianos reclamó una ardua defensa de la soberanía nacional. Eduardo Arias, "El Loco", produce en su imprenta, panfletos que reparte personalmente y en forma gratuita por las calles bogotanas, denuncia la gravedad de los acontecimientos vaticinando un segundo "Panamá", esta vez a manos de los peruanos.1
El gobierno de Carlos Eugenio Restrepo presionado por el aumento de denuncias y el temor latente por la reciente separación de Panamá envió el 27 de enero de 1911 una reducida tropa para hacer presencia en el margen derecho del río Caquetá. Al frente se envió a los generales Isaias Gamboa y Gabriel Valencia con unos 70 hombres más.
El gobierno republicano de Carlos E. Restrepo reacciona en forma aletargada e irresponsable. Aparentemente hay una resistencia a la defensa de la soberanía nacional por parte del Estado cuyo vocero es el Canciller Enrique Olaya Herrera. La insistencia de los militares y la oposición liderada por el General José María Valencia hacen eco en el gobierno de Restrepo. Finalmente accediendo a las suplicas insistentes del General Isaías Gamboa, el Ministro de Guerra, Mariano Ospina Vásquez lo despachó con el General José María Valencia y una reducida guarnición a La Pedrera, debajo de Puerto Córdoba y cerca de la frontera con el Brasil. Un grupo que salió bajo las más inicuas fallas administrativas y logísticas, quedando prácticamente abandonado a su suerte.1

La Batalla

Establecidos en la base la Pedrera crearon un campamento permanente, donde había una trocha de 6 kilómetros, un terreno de 3.000 metros cuadrados para cultivos y un conjunto de trincheras. La mayoría de los soldados colombianos estaban enfermos de Paludismo, Fiebre amarilla o Leishmaniasis por lo que la tropa contaba con 11 enfermos, 22 moribundos, 34 fuera de combate. El día 10 de julio el comandante peruano Óscar R. Benavides exigió la retirada de las fuerzas colombianas, la negativa provocó el primer enfrentamiento.
111 soldados colombianos desde las trincheras rechazaron el ataque de cuatro lanchas de artillería con 100 hombres, tras dos horas de combate la avería de la lancha America dio pie a la retirada de Benavides.
23 colombianos lograron sostener la posición hasta la noche. A las 23:30 se realizó un nuevo ataque peruano que no pudo ser repelido con éxito por Gamboa.
43 soldados colombianos combatieron con éxito la mayor parte del día pero el general Gamboa igualmente enfermo perdió el sentido cuando transportaba una caja de municiones, recogido por sus hombres la base de la pedrera fue desalojada y los colombianos se retiraron.
El día 13 se comunicó por telegrama con la presidencia de República explicando la situación. Además, dio cuenta de la pérdida de equipos, de 35 hombres entre ellos el general Valencia y afirmó haber provocado 27 bajas a los peruanos.
En Colombia hubo una reacción inmediata. La casa del embajador peruano fue apedreada el 4 de octubre, más de mil hombres se alistaron voluntarios desde el primer día solo en Bogotá pero el número fue en aumento día por día y ciudad por ciudad. Se dio instrucción de tiro en la Junta Patriótica de Clubs. Mientras tanto el gobierno empezó una batalla diplomática con su canciller Enrique Olaya Herrera. Por otro lado las fuerzas peruanas sufrieron una feroz epidemia de Beri-Beri y Fiebre amarilla que les hizo perder hasta 30 hombres al día. Esto además dio lugar a una reacción de la opinión pública peruana que exigió la permanencia de sus hombres en territorio considerado legítimamente peruano. El 16 de octubre las tropas peruanas se retiraron a de La Pedrera, y el 6 de noviembre se declaró terminado el incidente y se normalizaron las relaciones entre Colombia y Perú.

Consecuencias

El incidente pasó a la historia y con ella al olvido. La Casa Arana no desapareció de forma inmediata a pesar de los escándalos sobre esclavitud con los indígenas Huitoto en Inglaterra y en su propio país, ni de la caída del precio del caucho silvestre en favor del caucho de Malasia y Ceilán. El incidente de la Pedrera, confirmó la superioridad local que tenía Perú en la zona con respecto a Colombia, en cambio Colombia carecía de presencia naval en la zona a diferencia del Perú. Después del incidente Colombia logró que se le reconociera que pudiera poner cierta cantidad de fuerzas en la Pedrera y Puerto Córdoba (fuerzas limitadas) pero sin reconocerle ningún tipo de soberanía. Por lo demás la frontera seguía siendo el Caquetá teniendo como pequeño enclave la posición de la Pedrera.
En el Putumayo en 1911 no había presencia colombiana y el Perú era dueño de ambas orillas, donde existían poblados como Tarapacá, Arica y Tacna. En lo que respecta a la presencia de Colombia en esas zonas sólo se da a partir de 1930 con la ratificación del Tratado Salomón-Lozano. Colombia se retiró de la posición que defendían Ambos bandos fueron diezmados por las enfermedades de la selva. El conflicto poco se recuerda en ambos países.
Cada 12 de julio se conmemora la gesta del conflicto de la Pedrera en la ciudad de Iquitos – Perú.


Combate de naval de Pedrera

Fuente: Marina de Guerra del Peru
A principios del año 1911, el gobierno peruano tuvo noticias de que fuerzas del Ejército Colombiano, sin mediar justificación alguna, se encontraban desde hacia algún tiempo ocupando parte de nuestro territorio situado cerca de la frontera, zona delimitada por el río Caquetá. Dichas tropas, después de haber sido avisadas por los canales establecidos para estos casos, se negaron a abandonar pacíficamente el sector ocupado, pensando quizás que aquella posesión transitoria iba a tornarse definitiva.

Como consecuencia, el gobierno peruano dispuso la salida de la cañonera América comandada por el Teniente Primero don Manuel A. Clavero, con la doble misión de efectuar una investigación sobre esta situación anormal, y de ejecutar en caso de comprobar la veracidad de la información recibida, la desocupación del territorio ilícitamente apropiado por las fuerzas colombianas. Su consigna fue la de dejar una guarnición militar peruana en dicho lugar, después de desalojar a los ocupantes. Para efectuarlo, debía agotar primero todos los medios pacíficos a su alcance.

Luego de una infructuosa búsqueda, que duró algunos meses, regresó la América a Iquitos en el mes de Junio, no sin haber dejado establecidas a las tropas que condujo, en un punto conveniente situado en los márgenes del río Putumayo.

En esta ciudad, Clavero obtuvo información adicional con datos concretos y precisos. Desembarcados algunos enfermos que traía, reaprovisionado el buque y sustituidos sus tripulantes, salió nuevamente con idéntica misión. Algunos armadores de Loreto, departamento en que el patriotismo se encuentra sumamente arraigado, pusieron a disposición del país y del gobierno sus lanchas para ayudar en el transporte de tropas. Es así como la cañonera América zarpó conjuntamente con las lanchas Loreto, Estefita y Tarapoto, para constituir un convoy y realizar su cometido.

Alrededor de 300 infantes del Batallón Nro. 9 del Ejército, fueron transportados en la cañonera, y en la Loreto y la Estefita. Se designó a la Tarapoto como buque-hospital. Las tropas del Ejército iban al mando del Teniente Coronel Oscar R. Benavides, quien era el Jefe militar más caracterizado en el convoy.

Al mando de la América iba, como ya se ha dicho, el Teniente Primero don Manuel A. Clavero. Su plana mayor estaba constituida por el Teniente Segundo don Héctor Mercado y los ingenieros J. Runciman y C. Lima. El buque llevaba como armamento dos cañones Armstrong de 37mm. y dos ametralladoras.

El 10 de julio de 1911, en las últimas horas de la mañana, arribó el convoy, después de haber surcado el río Caquetá, a las inmediaciones del paraje denominado La Pedrera. Las informaciones coincidían en expresar que en dicho sitio se encontraba el General colombiano Gamboa, al mando de unos 400 hombres de tropa. Clavero y su oficialidad pudieron comprobar lo cierto de la información, al verificar la presencia de soldados colombianos en las inmediaciones.

A distancia apropiada, se arrió un bote y procedió a embarcarse en él a un parlamentario. No obstante, las señales efectuadas indicando estos propósitos, las fuerzas ocupantes abrieron fuego al desatracar el bote del costado de la América. Al poco rato sin embargo, cesaron los disparos y el parlamentario pudo desembarcar. Hecha la notificación amigable para desocupar el territorio dentro de las mayores garantías poniendo a órdenes de las fuerzas colombianas a la Estefita, se recibió una respuesta dilatoria, que necesitaban cuando menos dos días de plazo para dar una contestación definitiva.

Las fuerzas peruanas, con fundado motivo, no aceptaron dicha respuesta del General Gamboa, comprobándose luego lo acertado de este proceder, pues los colombianos habían destacado tropas aguas arriba, en Puerto Córdoba, a un día de camino La Pedrera. Se ultimó, ya esta vez, a los ocupantes de nuestro territorio para desalojarlo, en caso contrario, se les comunicó que la Flotilla se vería obligada a emplear la fuerza.

Los colombianos mantuvieron su posición aceptando el reto. A las 13.00 hrs. comenzó el combate. El primer disparo fue hecho por la pieza de proa de la América, dirigiendo el fuego el Segundo Comandante en persona, quien maniobrando dicho cañón, continuó combatiendo en la forma indicada durante toda la acción. La pieza de popa tenía como primer apuntador al Contramaestre Señalero José Navarro Solano. Un vivo fuego de fusilería fue la respuesta colombiana, habiendo continuado el combate durante toda la tarde, sin dirimirse superioridades.

Una “cascada” (cashuera) con fondo bajo y pedregoso, era la defensa natural tras la que se guarecían las tropas colombianas; su existencia impedía a nuestros buques rebasar la línea de las fortificaciones contrarias y llegar justamente al punto indicado para batirlas con éxito. La corriente, demasiado impetuosa, y el natural peligro de encallamiento, se oponían a que, avistando parte del emplazamiento enemigo, pudieran hacer disparos más efectivos sobre él.

Al caer la noche cesó el fuego colombiano, retirándose la Flotilla aguas atrás del Caquetá. Se ignoraban las bajas del contrario, pero de nuestro lado había muerto el parlamentario y había algunos heridos. Se convocó una reunión presidida por el Comandante Benavides, a la que asistieron todos los oficiales presentes; se impartieron las instrucciones del caso y luego, tanto la tripulación como la tropa fueron arengados delante del mismo cadáver del oficial parlamentario, Alférez Bergieri, muerto en el cumplimiento de su deber.

A 0700 hrs. del 11 de Julio se reanudó el combate iniciado el día anterior. La lucha fue denodada por ambas partes, pero los resultados siguieron imprecisos e infructuosos. A las 2300 hrs. la América navegando sola, volvió a atacar al adversario, pero no obtuvo contestación su fuego.

Al amanecer del tercer día la Flotilla volvió a la carga y combatió impetuosamente hasta aproximadamente las 1500 hrs. sin definirse la acción. Clavero, comprendiendo lo indeciso de la situación y la imprescindible necesidad de tomar una actitud riesgosa para asegurar el triunfo, resolvió surcar las cascadas y utilizar todos los medios disponibles para envolver al enemigo. Dando orden de forzar las máquinas para así poder vencer la fuerte correntada llegó a sobrepasar el límite de seguridad del diseño. Quince minutos luchó la cañonera contra la corriente sorteando con fortuna el casi seguro riesgo de encallar; en este intervalo, el fuego colombiano se concentró sobre su buque con notable intensidad. Cuando ya parecía que surcando los remolinos iba a salir triunfante, la corriente fortísima del paraje la hacía regresar derrotada en su intento.

La voluntad de vencer y el patriotismo de aquellos hombres pudo sin embargo más que la naturaleza impetuosa de las aguas. A poco de haber transcurrido un cuarto de hora, la cañonera podía navegar fuera del peligro de encallamiento, pero constantemente azotada por el fuego contrario. Siguiendo su estela y ejemplo, no obstante habérsele trabado el timón, la Loreto logró forzar el paso. De inmediato, ambos buques atracaron a la orilla y efectuaron el desembarco de las tropas del Batallón de Infantería Nro. 9 que transportaban.

La atrevida maniobra de nuestros buques, inesperada y creída imposible por los colombianos, hizo fallar sus cálculos. Flanqueados por aquel desembarco, iniciaron de inmediato una rapidísima retirada hacia la selva, no sin dejar gente y pertrechos que fueron tomados por nuestras tropas. El General Gamboa, jefe de los efectivos invasores cayó entre los prisioneros. Las bajas en la América fueron 1 muerto y 5 heridos, además de las numerosas bajas que se registraron entre la oficialidad y tropas de infantería; 38 impactos y algunas averías en el casco y superestructura fueron el saldo material de aquel combate.

Así, pues, en las últimas horas de la tarde del día 12 de julio de 1911, el gallardo pabellón nacional fue izado nuevamente en aquel paraje ratificando su peruanidad y como premio al esfuerzo de esos patriotas que también habían luchado en resguardo de nuestra integridad territorial.

El 31 de julio de 1911, fondeó la América en Iquitos; a bordo llevaba heridos y enfermos. El Teniente Primero Manuel A. Clavero se contaba entre ellos; su dolencia: fiebre amarilla. Tres días después pudo recién desembarcar. El pueblo de Iquitos en pleno le rindió a él, a su dotación y a las tropas de nuestro Ejército un calurosísimo homenaje, como testimonio vivo de su justa admiración.

Algunos días después, habiendo recrudecido su enfermedad, Clavero cayó en cama para no levantarse más. Su deceso tuvo lugar el 12 de agosto de 1911, cuando su brillante carrera y sus singulares dotes militares le prometían un estupendo porvenir como marino. La fiebre amarilla, contraída en actos del servicio, arrebató a la Institución y a la Patria al valiente Comandante de la América.


Con afecto,
Ruben




lunes, 8 de julio de 2019

Rosa Mercedes Ayarza de Morales


Rosa Mercedes Ayarza de Morales



La interesante personalidad artística de la Sra. Ayarza de Morales debe enfocarse desde tres diferentes facetas, relacionadas todas con la música.
Primero, cabe mencionarla como pianista, actividad en la que destacó desde los 8 años de edad, actuando como concertista en el Teatro “Politeama”. Es necesario hacer notar que en una época en que el estudio serio del citado instrumento era muy raro en nuestro medio, logró adquirir renombre y ser reconocida como la mejor pianista del momento en Sudamérica por distinguidos críticos y maestros de esa época. La actuación que mayores elogios le valió fue el estreno del difícil y bello Concierto en La, de Schumann, para piano y orquesta, en 1909.
Como folklorista ejerció las dos facetas de esta difícil actividad: la de recopiladora, para la cual fue nombrada “Conservadora del Folklore Criollo”, cargo que desempeñó con verdadero fervor y acierto y, por otra parte, estilizó en sus composiciones varios temas tradicionales, que en su versión adquirieron nueva vida y calidad.
Como compositora, creó algunos lieder, música religiosa, canciones escolares, arreglos corales de canciones criollas, etc., que son frecuentemente interpretados por artistas del país y del extranjero, como es el caso del coro de la Universidad de Illionois, EE. UU: Una de sus más famosas composiciones es el lied “El Picaflor”, que estrenara en función de gala la soprano Lucrecia Sarria con la OSN bajo la batuta del maestro Theo Buchwald.
No se reduce a lo expresado la acción de esta infatigable artista; además organizó y dirigió grupos orquestales y corales, presentando conciertos y funciones públicas de ballets, operetas y zarzuelas. En suma, fue una constante animadora del ambiente musical limeño.
De sus obras destacan: “Pregones Limeños” y “Estampas Criollas”, para canto y piano; “La Conch’e-perla”, marinera arreglada para coro a 7 voces; “El Picaflor”, lied; “India Bella”, canción y arreglo coral; “Canciones escolares”.


Notable folklorista limeña, toda una personalidad del arte musical del Perú. Maestra, recopiladora, promotora, compositora, promovió "los Pregones de Lima", aquellos cantos del siglo XVII de nuestros vendedores ambulantes, que se han ido transmitiendo de generación en generación. Tiene más de 300 composiciones en su haber. Rosa Mercedes murió el 2 de mayo de 1969.

Nuestra invitada es una leyenda, ella emprendió el rescate de nuestra tradición popular. Fue una gran mujer que salió de los salones para ingresar a los callejones. Entre sus discípulos figura, el famoso tenor nacional Luís Alva. A propósito, nuestro gran tenor de talla mundial, Juan Diego Flores le canta a Rosa Mercedes, "La Jarra de Oro". En 1893, Abelardo Gamarra "El Tunante", asistió a un concierto de piano, en donde quedó deslumbrado por una niña de 12 años, que tocaba maravillosamente las teclas. En ese entonces, él ya tenía en su pensamiento, en su cabeza, una melodía para una marinera a la que llamaba "La Decana"...Y se le ocurrió que esta niña, podía transcribirla al pentagrama. La pequeña era nada menos que Rosa Mercedes Ayarza de Morales, que no solamente transcribió la marinera de José Alvarado y Abelardo Gamarra, sino también le hizo sus propios arreglos. Y así nació: "La Concheperla" que escucharemos por el maestro Pepe Torres.   LA CONCHEPERLA Rosa Mercedes Ayarza de Morales, hermana de Alejandro Ayarza "Karamanduka", fue entonces, quien llevó al pentagrama, por primera vez, la marinera "La Concheperla" de don Abelardo Gamarra. Es a partir de ese momento que fue ganada para siempre por la Música Peruana. Su profesor de canto fue el maestro italiano Claudio Rebagliatti, el mismo que restauró la música del Himno Nacional.Su hermano "Karamanduka", líder de un grupo de criollos llamado "La Palizada", e inmortalizado en el vals del mismo nombre llevaba sus amigos a casa. Por entonces Rosa Mercedes empieza a entrevistarse con viejos cantantes, bailarines, músicos y copleros que su hermano conocía. Vamos a continuar con la historia de nuestra invitada, pero, qué les parece si antes disfrutamos de este vals jaranero, picadito que le dedicaron a su hermano. Es la voz de un grande del criollismo, su nombre: Carlos Castillo. Rosa Mercedes Ayarza de Morales recopiló antiguas canciones y compuso temas como "El Alcatraz", "Toro Mata", marineras como "El Picaflor", "Moreno pintan a Cristo" y "Palmero sube a la Palma", "La Picaronera", "Congorito", "No te cases con la viuda", entre otras. La juvenil intérprete Janet Castro nos trae el pregón "La Picaronera". Escuchemos "Moreno Pintan a Cristo" en la interpretación del pianista peruano José Carlos Bocanegra, acompañado por Aldo Romero en el cajón. MORENO PINTAN A CRISTO "El Caballero de la Canción Criolla", el maestro Rafael Matallana también le hizo esta linda marinera limeña, "Moreno pintan a Cristo". De no haber sido por la influencia su hermano, doña Rosa Mercedes no hubiese podido rescatar ella sola, tantas canciones de antes, tan limeñas como tradicionales que los negros y mulatos cantaban en los callejones. Que tal sensibilidad la de nuestra autora y compositora, tenemos que agradecerle ya que de no haber sido así, esta canción que disfrutaremos enseguida, no existiría. Con ustedes "Congorito": CONGORITO En el Teatro Segura (centro de Lima) se exhiben la batuta y el piano de la maestra Rosa Mercedes Ayarza de Morales


Con afecto,
Ruben