Historia del Titanic, la tragedia del barco
insumergible
Fuente:Historia National
Geografic
Dos años fueron necesarios para
construir el Titanic, también conocido como el barco "insumergible".
Y sin embargo, después de navegar durante cuatro días y medio, y, tras chocar
con un iceberg, se hundió en apenas dos horas y 40 minutos. Más de 1.500
personas perdieron la vida y hasta hace poco no se habían encontrado los restos
del navío. omo tantos otros desastres de nuestro tiempo, la historia del Titanic comenzó en un despacho, a principios del
siglo pasado. En 1907, Bruce
Ismay y lord Perrie llegaron al acuerdo de construir tres barcos como el mundo jamás había conocido.
Ambos, el primero en calidad de
presidente de la compañía White
Star, y el otro como presidente de los astilleros Harland & Wolff de Belfast,
tomaron esa decisión como el
único modo de combatir la innegable supremacía en viajes transatlánticos que
ostentaba su gran rival, la
Cunard Line. Estos buques
serían el Olympic, el Titanic
y el Gigantic, que después de la catástrofe del Titanic
fue rebautizado como Britannic.
Una
nave fabulosa
Desde su mismo origen,
el Titanic tuvo una impronta distinta a los demás barcos. Todo cuanto tenía relación con él
adquirió visos legendarios, un aura que no hizo sino aumentar a medida que
pasaba el tiempo y se acercaban el momento de su acabado y la preparación de su
viaje inaugural. Se convirtió así en «el
objeto móvil más grande jamás creado»:
una mole de 270 metros de longitud y 53 de altura, con un peso neto de unas
46.328 toneladas, y que podía navegar a una velocidad máxima de 22,5 nudos
(unos 42 kilómetros por hora) gracias a sus 55.000 caballos de fuerza motora,
desplazando más de 50.000 toneladas de agua a su paso. Desde su mismo origen,
el Titanic tuvo una impronta distinta a los demás barcos.
El
Titanic era todo lujos.
Se llegó a decir que en sus alfombras uno podía hundirse hasta las rodillas,
exagerada comparación que, no obstante, ofrece pistas para imaginar hasta qué
punto los constructores se esmeraron en cada detalle de su interior. Allí dentro, los ricos podrían sentirse
aún más ricos, y los pobres, un poco menos pobres. A todo ello se sumaba una publicidad que
ensalzaba la seguridad del Titanic, presentado como «insumergible ». El ingeniero
que lo diseñó, Thomas
Andrews, consciente
de que la empresa desafiaba lo desmesurado, aplicó extraordinarios avances en
materia de seguridad. Con un casco de doble fondo dividido en dieciséis
compartimentos estancos, nadie era capaz de prever algo peor que un accidente
que pudiese destrozar dos o tres de las mamparas que formaban dichas
divisiones. El barco hubiese permanecido
a flote hasta con cuatro compartimentos inundados.
Un
mal presagio nada más partir
La partida del Titanic del puerto de Southampton estuvo precedida
por un incidente que pudo causarle graves daños. Mientras abandonaba el muelle,
un pequeño vapor atracado en la dársena, el New
York, se vio arrollado por la masa de agua que el transatlántico
desplazaba a su paso.
Sus amarras se rompieron y comenzó
a virar sin control hasta que su popa quedó apuntando directamente al
transatlántico, pero finalmente se logró evitar un choque que habría destrozado
al New York. Si esta
colisión se hubiese producido, el retraso ocasionado por el percance habría
obligado al Titanic a zarpar muchas horas después, con lo que tal vez habría
evitado el iceberg.
Comienza
el viaje
El 10 de abril de 1912, tras meses y meses de publicidad y
rumores, el Titanic zarpó desde Southampton en su viaje inaugural, con destino
a Nueva York. Ismay y Andrews iban a bordo para
supervisarlo todo y que las cosas salieran lo mejor posible. El capitán era Edward Smith, un experimentado marino de la White Star que ya había
pilotado el Olympic, hermano gemelo del Titanic, que llevaba un año haciendo la
misma ruta.
El Titanic cruzó el canal de la
Mancha hasta su primera escala, Cherburgo, en Normandía. Posteriormente viajó hasta el puerto de Queenstown (hoy Cork, Irlanda) para recoger a los últimos pasajeros
antes de adentrarse en el océano. A bordo viajaban más de 2.400 personas, por
lo que muy pronto las cubiertas se convirtieron en un auténtico hervidero de
gente deseosa de conocer las maravillas del barco en el que viajaban, y que no
paraba de loar lo que veía y el personal que estaba a su servicio. La travesía fue idílica en todo momento.
Al menos, así lo afirmaron los supervivientes, que quizás idealizaron cuanto
ocurrió antes de que la tragedia se cebase con ellos. En cualquier caso, nada enturbió el viaje.
El fatídico 14 de abril
no fue distinto de los días anteriores. El capitán Smith ordenó un cambio de rumbo para evitar las
zonas por donde ya sabía que los icebergs navegaban a la deriva. Al atardecer,
la temperatura bajó bruscamente, pero el Titanic seguía navegando sobre un mar
apacible. A eso de las diez de la noche, después de cenar acompañado de sus
ilustres pasajeros, el capitán se retiró a su camarote y el barco quedó al
mando del primer oficial, William
Murdoch, quien ordenó
reforzar la vigilancia y cerrar todas las aperturas en el castillo de proa,
para ahogar cualquier luz o reflejo que pudiera entorpecer la visión de los
vigías esa noche.
Faltaban 20 minutos para la medianoche cuando el vigía Frederick Fleet advirtió la
cercanía de un iceberg, apenas perceptible pues ni tan siquiera había espuma en
su línea de flotación, debido a que ninguna ola chocaba contra aquel gigantesco
témpano porque el mar permanecía en una calma casi irreal. El bloque de hielo era sólo una sombra que se
superponía sobre una noche asombrosamente llena de estrellas, aunque sin luna. Fleet informó de inmediato a Murdoch, que dio la
orden de virar a babor y, apenas unos segundos después, de detener los motores.
De esta forma se logró evitar la colisión y hielo y acero tan sólo se rozaron
por el costado de estribor. Pero las
consecuencias de ese ligero contacto serían fatales. Una herida
mortal
El incidente apenas se notó a
bordo. Algunos pasajeros sintieron una ligera vibración que recorrió toda la
espina dorsal del barco desde la proa hasta la popa. Otros contemplaron, con más curiosidad
que temor, el paso del gigante de hielo, del que se desprendieron varios
fragmentos que acabaron en la cubierta, y con los que incluso algunos
estuvieron jugando o bromeando sobre si añadirlos a su whisky. Las lámparas de cristal tintinearon y
algunos objetos cayeron de unas pocas mesillas de noche. El extraño y breve
sonido que se produjo mientras el hielo rajaba el casco unos cinco metros por
debajo de su línea de flotación no provocó inquietud; algunos miembros de la
tripulación pensaron que quizá se debía a la rotura de alguna aspa de las tres
gigantescas hélices de la nave.
Las consecuencias de ese ligero
contacto serían fatales
Aunque Smith fue informado
rápidamente, no
se empezaron a tomar medidas de rescate hasta unos treinta minutos después del
encuentro, cuando el ingeniero Andrews confirmó con números exactos que al
Titanic le quedaban dos horas escasas de vida sobre el agua. Y es que si el barco hubiera chocado de
frente con el resultado de un gran impacto, todo el pasaje se habría despertado
e inmediatamente habría tomado conciencia del peligro que corría. Las tareas de
evacuación podrían haberse acelerado, sobre todo teniendo en cuenta que en los veinte botes salvavidas no cabían
todos los pasajeros.
Pero el pánico no
estalló. Hubo algo de
ilusorio en esa primera hora, durante la cual algunos pasajeros estuvieron
bromeando con lo que sucedía. Nada ni nadie les indicaba la gravedad de la
situación, y la orden del capitán –tal vez cuestionable, pero en modo alguno
descabellada– fue evitar el pánico a toda costa para no empeorar las cosas, si
es que las cosas hubieran podido empeorar. Hubo pasajeros que ni siquiera creyeron
posible que un barco insumergible se pudiera hundir, y se desentendieron hasta
de ponerse el chaleco salvavidas que los camareros empezaron a repartir. El hecho de que se pidiera a la orquesta
que amenizara la huida sin duda aumentó la sensación de que no existía una
amenaza insalvable. Error tras error, se estaba abocando a la muerte a cientos
de personas
Como consecuencia de todo este desconcierto, los
dos primeros botes que bajaron del Titanic, 25 minutos después de la
medianoche, lo hicieron a la mitad de su capacidad. Error tras error, se
estaba abocando a la muerte a cientos de personas al compás de los acordes de
la orquesta, la cual, con total entereza, siguió tocando piezas musicales hasta
el final.
Tanto el capitán Smith –casi inoperante debido a lo
afectado que estaba– como el ingeniero Andrews usaron megáfonos para intentar
que las lanchas regresaran y llenarlas por encima de su capacidad. Pero los que
estaban lejos no volvieron. A la distancia a la que se hallaban, ellos debieron
ser los más conscientes de que el Titanic, con todas sus luces encendidas,
empezaba a estar más dentro del agua que fuera, en especial la proa. Nadie se
iba a acercar para ser engullido como el resto del pasaje que aún quedaba en el
barco, o arrastrado por el efecto de succión que provocaría el hundimiento de
semejante mole.
Los telegrafistas no paraban de enviar mensajes
pidiendo auxilio y se lanzaron cohetes para avisar a otros barcos cercanos de
la desesperada situación del Titanic, pero no
se ha demostrado que sus luces se correspondieran con las señales correctas. Esto
se suma a otras deficiencias que se han apuntado, como la falta de binoculares
en el puesto de los vigías, que al parecer sólo pudieron contar con su vista
enturbiada por el frío. Sin embargo, todas estas consideraciones tienen mucho
de especulación. Sabemos que la tripulación hizo todo lo posible para advertir
a otros barcos de la tragedia, e incluso se utilizó el reflector de señales
para emitir un mensaje en código morse porque varios pasajeros aseguraban haber
visto la luz de un barco no muy distante.
A las dos y cinco de la madrugada se arrió el
último bote y el pánico transformó la enrarecida tranquilidad vivida hasta ese
momento en un drama sobrecogedor. En menos de media hora, más de mil
personas iban a morir, sabiendo que no podían hacer nada por evitarlo. En
ese espacio de tiempo debieron de vivirse escenas de un espanto inimaginable,
del que carecemos de testimonios. Por ello resulta del todo incomprensible que
el cineasta James Cameron tuviera la inexcusable osadía (por la que tuvo
que pedir perdón y saldar cuentas con la familia) de mostrar en su película
sobre el Titanic que uno de los oficiales se había suicidado tras matar a un
pasajero que trataba de subirse a una de las barcas, un chisme sin el menor
fundamento. Nunca se pudo establecer el origen de los disparos que algunos
supervivientes decían haber escuchado, posiblemente sonidos lejanos que tomaron
como detonaciones. En todo caso, no es razonable pensar que uno de los
encargados de salvar vidas se dedicase justo a lo contrario, por no mencionar
que es mucho especular que alguien viera aquello y sobreviviera para narrarlo.
¿Quién
tuvo la culpa?
Destacar o señalar con dedo
acusador el comportamiento de cualquiera de las personas que se encontraban a
bordo es muy arriesgado.Es importante recordar que todos esos datos provienen
de supervivientes, de gente que abandonó el barco antes de que el pánico y la
muerte cercasen a los que no pudieron escapar. Se registraron actuaciones heroicas y
comportamientos más que reprobables. Hubo quien se negó a subir a las barcas sin la persona amada,
quien se vistió de mujer para que le dejaran entrar en el grupo de los que
podrían salvarse y quien prefirió mirar y hasta degustar un buen brandy en vez
de ayudar –demostrando que la categoría de gentleman no pasa por actuar
caballerosamente con quien lo necesita–. Cientos de relatos sobre esas dos
horas y media de angustia prueban lo inescrutable de la condición humana.
De los tres principales responsables del Titanic
que iban a bordo –el propietario, el ingeniero y el capitán–, sólo Ismay salvó
su vida. El precio que pagó fue enorme: el resto de su existencia quedó
amortajado por la repulsa ante lo que se consideró una muestra soberana de
cobardía. Sin embargo, no hay una sola prueba de que Ismay hiciera algo
diferente de lo que hicieron otros hombres. Los testigos afirmaron que
ayudó a subir a la gente a los botes y, cuando ya no quedaba nadie alrededor,
simplemente se metió en una lancha. No apeló a su condición de dueño del barco
ni amenazó con represalias si no lo dejaban embarcar. Sólo fue partícipe de una
de las muchas ceremonias de la confusión y el miedo que entonces se sucedieron.
En cuanto a Thomas Andrews, desapareció tras hacer
todo lo posible y hasta lo imposible para sacar al mayor número de pasajeros
del voraz engendro que había creado. Si Ismay se convirtió en el villano,
Andrews sería recordado como el héroe. Si el Titanic estaba rasgado, su
diseñador estaba hecho pedazos, pero lo bastante entero como para seguir atento
a cualquier detalle que pudiera solucionar, aunque en ese momento ya no hubiera
ninguna solución a lo inevitable. Muchos aseguraban que lo vieron por última
vez poniendo en hora un reloj en uno de los salones, y esa imagen final es la
que ha perdurado. Poco después se perdió en el interior de su criatura, a
esperar que fuera ella quien acabara con su vida.
partir
de este momento, que cada cual haga lo que pueda».
Algo
parecido debió de hacer Smith, pese a que los rumores, la prensa de la época y
el cine imaginaron su fin con curiosos detalles. En su tiempo se llegó a decir
que lo habían visto en el agua intentando ayudar a la gente a subir a las
barcas. Pero las barcas estaban tan lejos que llegar nadando habría sido un
empeño suicida, y mucho más hacerlo arrastrando cuerpos ya casi sin vida. Más
razonable parece pensar que siguió la orden que él mismo dio a sus hombres: «A partir de este momento, que cada cual haga lo
que pueda». Dicho lo cual, hizo cuanto pudo y nada más se supo de
él. No importan las razones de su comportamiento, si hubo cobardía o simple
coherencia. Es la ley del mar: un capitán
debe hundirse con su barco.
El
mar engulle al gigante
A las 2:18 de la madrugada, el
casco del Titanic se partió cerca de su zona central. Un minuto después, la
proa se hundió en el océano y la popa, arrastrada por la proa, casi alcanzó la
verticalidad completa. Mientras, cientos
de personas se aferraban a lo que fuese con el propósito de sobrevivir, con el único resultado de alargar un poco
más su terrible agonía.
Cuando finalmente el Titanic
desapareció por completo bajo el agua, a las dos y veinte minutos de la
madrugada del 15 de abril de 1912, los que aún estaban vivos tras haber hecho
lo indecible por seguir a bordo cubrieron el mar de unos gritos que oyeron los
710 supervivientes que permanecían a salvo en las barcas. Esos gritos los
dejaron tan marcados o más que el propio hundimiento, como confirmaron
testimonio tras testimonio. En cualquier caso, tras enconadas discusiones sobre
si volver al lugar del hundimiento o sobre quién debía hacerlo, y después de
trasladar pasajeros de uno a otro bote para dejar más sitio en los que debían
ir en busca de supervivientes (y seguro que alguno habría), cuando la primera
lancha llegó al lugar del naufragio el silencio reinaba sobre una inerte marea
blanca formada por los chalecos salvavidas que mantenían a flote los cadáveres,
congelados en su mayoría. Eso era cuanto quedaba de un barco que debía navegar
sobre sueños, y que se había deslizado hacia las profundidades para yacer en la
más completa oscuridad.
El rescate
Las peticiones de auxilio enviadas
por los telegrafistas del Titanic habían llegado al transatlántico Carpathia (propiedad de la
naviera Cunard Line,
la competencia de los propietarios del Titanic), que navegó a toda máquina por
peligrosas zonas de hielo hasta que a las cuatro de la madrugada llegó al lugar
del naufragio. La espera fue difícil de sobrellevar para quienes aguardaban;
mientras se mecían sobre el mar, muchos estaban seguros de que morirían. A la
devastadora incertidumbre sobre el futuro inmediato se añadían las imágenes del
horror que habían sufrido. Ninguno de quienes pudieron subir al barco que los
llevó hasta Nueva York olvidó lo sucedido aquella madrugada.
Por mucho halo romántico que se le
haya añadido desde entonces, la pesadilla que se vivió en el Titanic no debe
quedar aprisionada en relatos que a veces adquieren más visos de fantasía que
de realidad. Fue una tragedia real, que costó la vida a más de 1.500 personas,
y un hecho que marcó un punto y aparte en la historia de la navegación.
Galería de
fotos
Titanic:
esplendor dorado
Ahora y antes
Foto: Walden Media
1 / 6
Un Titanic nunca visto
Cargada de carámbanos de óxido, un
ancla de 15 toneladas cuelga del costado de babor del barco. El ancla de
estribor se utilizó en las escalas de Cherburgo (Francia) y Queenstown
(Irlanda), pero esta nunca se empleó. Sobre el sedimento del lecho marino yace
una sección caída de la barandilla de acero de la proa.
Un Titanic nunca visto
La cubierta de paseo
Las luces de un sumergible
penetran en los oxidados restos de la cubierta de paseo de primera clase del Titanic, que en su día fue tan
atractiva como esta del Olympic
(arriba derecha). Antes del hundimiento del Titanic
las ventanas fueron abiertas, probablemente para cargar los botes salvavidas.
Por una de ellas sacó el millonario John Jacob Astor IV a su esposa de 18 años
y la puso en el bote número 4. Él permaneció a bordo y murió.
Un Titanic nunca visto
Cubierta de botes
Un único pescante sobrevive en la
cubierta superior a la de paseo. Se necesitaban dos pescantes como este, uno en
cada extremo del bote, para arriar un bote salvavidas al mar. El de la imagen
se usó para bajar el bote plegable C, en el que J. Bruce Ismay, presidente de
la compañía propietaria del Titanic,
consiguió salvarse. Cables y poleas unen los pescantes del Olympic con dos de sus botes
salvavidas (arriba, derecha).
Un Titanic nunca visto
Los baños turcos
Baldosas de cerámica enmarcadas en
madera de teca resplandecen en la zona de baños termales de primera clase. «Por
primera vez en cien años, vemos lo mismo que vieron los pasajeros en 1912»,
dice Ken Marschall, quien creó vistas de los interiores combinando múltiples
fotos individuales. El esplendor oriental de la zona termal del Olympic (arriba, derecha)
inspiró el nombre de «baños turcos» en las instalaciones de ambos barcos.
Un Titanic nunca visto
Navegando entre lujos
Sobre la chimenea eléctrica de la
elegante suite de los Straus, parecida a esta del Olympic (arriba, derecha), se conserva intacto un
reloj dorado. Isidor Straus, uno de los dueños de los grandes almacenes Macy’s,
y su esposa, Ida, murieron juntos tras rehusar ella a subir a un bote
salvavidas sin su marido. Al hallar el cuerpo de él, vestía abrigo forrado de
piel, traje gris, botas marrones y calcetines negros de seda.
El hundimiento del Titanic no se acerca ni de lejos a los más
temibles naufragios de la historia. Sus 1.500 muertos son pocos comparados con los 8.000 del Wilhelm Gustloff o los 6.000 del Goya, dos navíos alemanes hundidos por
submarinos soviéticos en 1945, el primero trasladaba refugiados y el segundo
era un buque hospital.
Con afecto,
Ruben