jueves, 3 de enero de 2019

Cuentos Peruanos:Mi corbata



Cuentos Peruanos
“Un buen libro no es aquel que piensa por ti, sino aquel que te hace pensar." James McCosh.

Mi corbata

 
Manuel Beingolea

Me la regaló Marta, una provinciana a quien seduje con mi aplomo y mis modales de limeño. Estaba hecha de un retazo de seda roas, oriundo quizá, de algún vestido en receso, y sobre ella la donante había bordado con puntadas gordas e ingenuas multitud de florecillas azules, que no pude reconocer si eran miosotis. Me la envió encerrada en una caja de jabón Windsor, que olía muy bien.

Yo por aquel tiempo era un pobrete que me comía los codos y andaba de Ceca en Meca, galopando tras un empleo en alguna oficina del Estado. Ser amanuense era entonces mi mayor ambición. Cincuenta soles de sueldo eran para mí, inestimable tesoro, que solo muy escasos mortales podían poseer. ¡Oh, cincuenta soles de sueldo! ¡con esa suma asegurada hubiera yo doblado el cabo de la felicidad! ¿Qué cómo? Cuando se es amado, a pesar de ser pobre, una gran confianza en el porvenir nos alienta. Y la dulce serranita me amaba. Muchos pretendientes había despachado por mi causa. Felices horteras endomingados que le hacían la rueda, mientras le vendían media vara de surah o un corte de indiana. Así como así, eran mejores que yo los tales horteras desde el punto de vista matrimonial. Tenían regulares sueldos y lo que ellos llamaban las rebuscas, cosa que, probablemente yo, me moriría sin conocer. Pero Marta los mandaba a paseo sin escucharlos siquiera. Solo yo era el preferido. Quizá me encontraba distinto también a los jóvenes de su tierra, sentimentales y turbulentos. A mí no me disgustaba la muchacha. Tenía bonito pelo, ojos tiernos y tocaba en el piano “Al pie del Misti” con bastante sentimiento ¿Con ella y mis 50 soles hubiera sido feliz! Lo único que parecía apenarla era mi poca fe. Mi carencia de religión.

- ¿Creen usted en Dios? – me preguntaba a menudo.
- Naturalmente – le repondría yo.
- No es bastante, es preciso cumplir con la Iglesia, es preciso creer.
La verdad es que yo no creía sino en mi pobreza. Solo se cree en Dios a partir de cincuenta soles de sueldo.
Un día fui invitado sin saber cómo a una reunión. Figuraos mi alborozo cuando recibí la siguiente esquela:
“Grimanesa de Bocardo e hijas, tienen el honor de invitar a usted a su casa, Aumente 341, atomar una taza de té la noche del martes.”

Y en el reverso:” Señor Idiáquez”. ¡Canastos! ¡Una taza de té! Yo que ni siquiera había comido seriamente aquel día.
Parecióme recibir una invitación celestial y me preguntaba si los filetes de oro de la esquelita no serían una insignia angélica. Bocardo … Bocardo. Nombre sonoro. ¡Qué diablo! Nombre perteneciente sin duda a algún abogado de nota de esos que llevan siempre como cola esta frase: “Lumbrera del foro peruano”. Nombre que quizá hace y deshace de millones de empleos de cincuenta soles.

Me emperejilé lo mejor que pude, con un chaquet de diagonal ribeteado con trencilla , unos pantalones de esa tela a cuadritos que parece un trazado para jugar al “León y las ovejas”; un chaleco despampanante, escotado hasta el ombligo, dejando al descubierto la dudosa pechera de mi única camisa formal, donde figuraba un grueso botón de doublé y un sombrero hongo de copa no más alta que la cáscara de nuez, de esos que puso en moda en Lima el ya olvidado actor Perrín. Y, en medio de todo esto, resplandeciente como un astro de primera magnitud, mi famosa corbata. Famosa sí. ¡Voto al chápiro!.

La casa de Aumente n° 341 era un majestuoso prodigio de simetría. Constaba de dos ventanas de reja, una a cada lado de la puerta, dos balcones, uno sobre cada ventana. Adentro, dos departamentos, uno a cada lado del zaguán. En el fondo, una mampara de vidrieras con una ventana a cada lado. Todo allí parecía en equilibrio, repartido a ambos lados de alguna cosa, como hecho ex profeso para demostrar la ley de compensaciones. Entré. Alguien tocaba un vals al piano cuyos fragmentos se escuchaban entre un sordo murmullo. Dejé mi sombrero en una salita y penetré en el salón. Multitud de parejas bailaban atropellándose. Grupos animados conversaban en los rincones, en el hueco de las ventanas; algunos jóvenes se paseaban solos, con las manos entre los bolsillos. Vi, asimismo, niñas a quienes nadie sacaba a danzar, bien por negligencia o por ignorancia del baile. Yo hubiera querido ponerme a las órdenes de la dueña de casa, como se estila en semejantes ocasiones, pero – la verdad- sentí embarazo. No me atreví a preguntar dónde se la podía encontrar. Una linda morena vestida color malva, sentada en el extremo de un sofá, me cautivó desde el primer instante. Resolví bailar con ella. Cuando se lo propuse pareció sorprendida y me miró de arriba a bajo. Sin embargo, me dijo con amabilidad exquisita:
- Tengo ya compromiso, caballero.
Yo me senté a su lado sin saber que decirle al pronto. Me concreté a olerla. Y que bien olía. ¡Voto al chápiro! ¡Qué pobre me pareció Marta con su jabón de Windsor! Esta, en cambio, embriagaba. De su seno elevado y palpitante se escapaban oleadas que me desvanecían. Indudablemente la dicha debía oler a eso. Empezaba a dirigirla la palabra, cuando un joven se acercó, la dio del brazo y desapareció dejándome lelo. Entonces me juzgué en la obligación de sacar a una esbelta rubia que mordía nerviosamente el extremo de su abanico. Miróme de hito en hito y me dijo secamente: “Estoy cansada”. Luego creí oportuno dirigirme a otra señorita, la cual me dijo con marcado desdén, lo mismo. Volví a la carga con otra que también me despachó fulminándome con una mirada despreciativa. Recorrí las restantes, a las que acababan de bailar y a las que no habían bailado aún y todas me petrificaban con aquel terrible y descortés: “Estoy cansada”. ¡Y lo mejor es que salían con el primero que se les presentaba! Empecé a amoscarme. Me pareció notar que algo chocarrero, existente en mí, me hacía acreedor al desprecio. Entonces sin saber qué partido tomar, rogué a un joven que discurría por allí, y que me infundió confianza (hay rostros así que infunden confianza), que me explicara el caso. Miróme con impertinencia y me dijo: “Tiene usted una corbata imposible. Lo mejor que puede usted hacer es largarse joven”. ¡Corbata imposible! Y me fijé en la de él. En efecto, era una hermosa corbata color de vino, hecha de mano maestra, atravesada por un alfiler de oro.

Salí avergonzado, sin despedirme. ¿De quién me iba a despedir? Tal como había entrado. Nunca he comprendido por qué me invitaron a aquella casa. Quizá por equivocación.
Como es de suponerse, la sangre me hervía. Hubiera deseado aporrear, abofetear, pisotear a alguien. Maquinaba venganza terrible contra la para mí desconocida señora Bocardo. Hubiera deseado decirla: “venga usted para acá, grandísima tía, ¿con qué objeto me invita a su cochina taza de té, que ni siquiera he bebido?”. Y en cuanto a Marta, la muy serrana, ya podía esperarme sentada. ¡Qué ridícula me pareció su corbata! Una corbata que no servía ni para ahorcarse. Que fuera allá con sus hortelas. Lo que es yo… ¡Que si quieres!

Desde aquel día se presentó en mi mente un mundo te y seductor, desconocido hasta entonces. Comprendí que en la vida había algo mejor que empleos de cincuenta soles. Me harte de las perrerías de mi existencia, de las monsergas de mi patrona, de las comidas del restaurante a diez centavos el plato, esas infames comidas con sabor a chamusquina. ¡Ah, que mundo tan perro! ¡Qué indecencia! ¡Había que salir de él a todo trance, como pudiera, sin reparar en los medios!

Por lo pronto era menester vestir elegante y usar corbatas atravesadas por un alfiler de oro. Haciendo acopio de todo el aplomo que me quedaba, me lance donde el mejor sastre de Lima. Me hice confeccionar un traje de chaquet, según la última moda. Di las señas de mi patrona, a quien anticipadamente anuncié un supuesto destino en la aduana con sueldo fabuloso y esperé los acontecimientos. Mi patrona era viuda de un coronel, cuyo retrato a óleo, obra del pintor Palas, se exhibía en el salón amueblado con buen gusto. ¡Cuán distinto del cuarto que me alquilaba en el interior, donde apenas cabía una cama de dobleces! ¡La rogué, poniéndome grave, que recibiera la ropa que había mandado hacer por cuenta del Ministerio de Hacienda. Cundo oyó “Ministerio de Hacienda” abrió cada ojo la señora … ¡Voto al chápiro! ¡Jamás he mentido con tal aplomo!

-¿Supongo que me pagará usted lo atrasado? – Me dijo con júbilo.
- Con creces, mi querida señora, con creces – le respondí yo, echándome atrás.
El mejor sastre de Lima no tuvo inconveniente en dejar el traje en el salón de una señora donde se exhibía un retrato tan prócer. Cuando la criada le dijo: “El joven ha salido”, hizo la mar de reverencia.

- ¡Oh! No había para qué molestarse, mandaría la cuenta,¡bah! Apenas le vi torcer la esquina, me colé a la casa e mi patrona. Ya estaba allí mi traje extendido sobre un sofá. ¡Oh, que maravilla de traje! Figuraos un chaquet redondeado correctamente, con una gracia mundana singular, una hilera de botones forrados en tela, unas solapas bien alisadas, con poca hombrera. Una chaquet digno de Ministro de Hacienda. Corrí a mi tugurio, lo dejé sobre mi camastro y volví donde mi patrona desolado…

-¿Qué necesita usted? – me dijo ésta, con todo cariño.
- ¡Ah, señora, usted sabe! Mi sueldo no lo recibiré hasta fin de mes … ¡necesito ahora cien soles para ciertos gastos! …
- Con el mayor gusto, Idiáquez – respondióme- Solo le voy a pedir un favor: si usted puede colocar a mi hijo en su oficina… no es porque necesite nada, mientras yo viva… ¡usted sabe! … ¡pero! ¡Es tan bonito estar en Aduana!.
Le ofrecí destinar a toda su familia. Entonces me dijo: “¿Gusta usted doscientos?”. Puse una cara de banquero que teme comprometerse, y por fin la dije_: “¡bueno, vengan”!.

Si me hubierais visto volver una hora después, en un coche cargado de camisas, sombreros , pares de botas, bastones y cajas de estupendas y lujosísimas corbatas…Pero prefiero mostrarme en Mercaderes, con mi chaquet, exhibiendo una corbata modelo, atravesada por un alfiler de oro, y con una espejeante chistera. Me calcé los guantes color patito, me puse el pantalón bien planchado, cayendo sobre unos escarpines que, a su vez, caían sobre dos botas de charol, flamantes. Ninguna mujer me pareció bastante bonita. Ninguna tienda bastante abastecida. Ninguna corbata bastante lujosa. La calle de mercaderes fue para mí estrecho sitio donde no cabía mi persona. Hombres y mujeres me miraban fija y tenazmente, con envidia aquéllos, con complacencia éstas. De pronto, al salir de Guillón, encontré a la morena del baile, magníficamente ataviada., irresistible, encantadora. Estaba vestida de claro y llevaba en la mano multitud de paquetitos. Me miró con una de aquellas miradas con que las mujeres suelen decir “me gustas”. La seguí. Iba en compañía de una criada, de una persona de esas en quienes no se repara jamás. Ella volvió la cara sonriente. Parecía que quisiera decirme: “atrévete”. Yo me acerqué, y después de saludarla correctamente la deslicé al oído todas aquellas frases que son del caso: “¿tan temprano de paseo?”. “¡Con razón la mañana está tan hermosa!”. “¿Qué le parece a usted el calor?”. Contestóme con amabilidad inusitada. Hízome recuerdos del baile donde “nos divertimos tanto” y luego me rogó que fuera a su casa, donde sus padres tendrían gran gusto recibiéndome.
Me enamore terriblemente de la señorita en cuestión. Acudí a su casa, donde fui tratado con grandes agasajos. La despatarré con una docena de corbatas hábilmente combinadas. La pedí en matrimonio y a los cuatro meses me cansaba con ella entrando en posesión de una fortuna respetable. ¡Al demontre las perrerías!

Hoy soy padre de una hermosa familia que da bailes a los que concurren las mejores corbatas de Lima. Poseo casas en la capital. Una hacienda en las afueras. Quintas en el campo. Minas en Casapalca. Voy jueves y domingo al Paseo Colón en un elegante carruaje, y he hecho varios viajes a Europa. Mi mujer no contenta con hacerme rico, ha querido hacerme célebre: gracias a ella he sido diputado, senador y … lo demás. Todo sin más esfuerzo que un cambio de corbata.

Pero he aquí entre nos, os confesaré que no soy feliz. Mi mujer es cariñosa, es cierto. ¡Me anuda cada corbata! Pero me parece que piensa más en sus trajes que en su marido. Mis hijos también piensan más en sus caballos que en su padre. Yo me he vuelto ambicioso y pienso más en la “cosa pública” que en mi mujer y en mis hijos. Más feliz hubiera sido con mi arequipeñita. ¡Oh! Esa que me quería arrancado y por mi mismo. Con ella y mis cincuenta soles hubiera vivido ignorado, sin ambiciones que me consumen, ni desengaños que me torturan. ¿Qué habrá sido de ella? A veces, cuando estoy muy triste, saco del fondo de mi gaveta la corbata que me regaló y me enternezco recordando a Marta y aspirando ese olor ya desvanecido del jabón Windsor. Me la regaló Marta, una provinciana a quien seduje con mi aplomo y mis modales de limeño. Estaba hecha de un retazo de seda roas, oriundo quizá, de algún vestido en receso, y sobre ella la donante había bordado con puntadas gordas e ingenuas multitud de florecillas azules, que no pude reconocer si eran miosotis. Me la envió encerrada en una caja de jabón Windsor, que olía muy bien.

Yo por aquel tiempo era un pobrete que me comía los codos y andaba de Ceca en Meca, galopando tras un empleo en alguna oficina del Estado. Ser amanuense era entonces mi mayor ambición. Cincuenta soles de sueldo eran para mí, inestimable tesoro, que solo muy escasos mortales podían poseer. ¡Oh, cincuenta soles de sueldo! ¡con esa suma asegurada hubiera yo doblado el cabo de la felicidad! ¿Qué cómo? Cuando se es amado, a pesar de ser pobre, una gran confianza en el porvenir nos alienta. Y la dulce serranita me amaba. Muchos pretendientes había despachado por mi causa. Felices horteras endomingados que le hacían la rueda, mientras le vendían media vara de surah o un corte de indiana. Así como así, eran mejores que yo los tales horteras desde el punto de vista matrimonial. Tenían regulares sueldos y lo que ellos llamaban las rebuscas, cosa que, probablemente yo, me moriría sin conocer. Pero Marta los mandaba a paseo sin escucharlos siquiera. Solo yo era el preferido. Quizá me encontraba distinto también a los jóvenes de su tierra, sentimentales y turbulentos. A mí no me disgustaba la muchacha. Tenía bonito pelo, ojos tiernos y tocaba en el piano “Al pie del Misti” con bastante sentimiento ¿Con ella y mis 50 soles hubiera sido feliz! Lo único que parecía apenarla era mi poca fe. Mi carencia de religión.

- ¿Creen usted en Dios? – me preguntaba a menudo.
- Naturalmente – le repondría yo.
- No es bastante, es preciso cumplir con la Iglesia, es preciso creer.
La verdad es que yo no creía sino en mi pobreza. Solo se cree en Dios a partir de cincuenta soles de sueldo.
Un día fui invitado sin saber cómo a una reunión. Figuraos mi alborozo cuando recibí la siguiente esquela:
“Grimanesa de Bocardo e hijas, tienen el honor de invitar a usted a su casa, Aumente 341, atomar una taza de té la noche del martes.”

Y en el reverso:” Señor Idiáquez”. ¡Canastos! ¡Una taza de té! Yo que ni siquiera había comido seriamente aquel día.
Parecióme recibir una invitación celestial y me preguntaba si los filetes de oro de la esquelita no serían una insignia angélica. Bocardo … Bocardo. Nombre sonoro. ¡Qué diablo! Nombre perteneciente sin duda a algún abogado de nota de esos que llevan siempre como cola esta frase: “Lumbrera del foro peruano”. Nombre que quizá hace y deshace de millones de empleos de cincuenta soles.

Me emperejilé lo mejor que pude, con un chaquet de diagonal ribeteado con trencilla , unos pantalones de esa tela a cuadritos que parece un trazado para jugar al “León y las ovejas”; un chaleco despampanante, escotado hasta el ombligo, dejando al descubierto la dudosa pechera de mi única camisa formal, donde figuraba un grueso botón de doublé y un sombrero hongo de copa no más alta que la cáscara de nuez, de esos que puso en moda en Lima el ya olvidado actor Perrín. Y, en medio de todo esto, resplandeciente como un astro de primera magnitud, mi famosa corbata. Famosa sí. ¡Voto al chápiro!.

La casa de Aumente n° 341 era un majestuoso prodigio de simetría. Constaba de dos ventanas de reja, una a cada lado de la puerta, dos balcones, uno sobre cada ventana. Adentro, dos departamentos, uno a cada lado del zaguán. En el fondo, una mampara de vidrieras con una ventana a cada lado. Todo allí parecía en equilibrio, repartido a ambos lados de alguna cosa, como hecho ex profeso para demostrar la ley de compensaciones. Entré. Alguien tocaba un vals al piano cuyos fragmentos se escuchaban entre un sordo murmullo. Dejé mi sombrero en una salita y penetré en el salón. Multitud de parejas bailaban atropellándose. Grupos animados conversaban en los rincones, en el hueco de las ventanas; algunos jóvenes se paseaban solos, con las manos entre los bolsillos. Vi, asimismo, niñas a quienes nadie sacaba a danzar, bien por negligencia o por ignorancia del baile. Yo hubiera querido ponerme a las órdenes de la dueña de casa, como se estila en semejantes ocasiones, pero – la verdad- sentí embarazo. No me atreví a preguntar dónde se la podía encontrar. Una linda morena vestida color malva, sentada en el extremo de un sofá, me cautivó desde el primer instante. Resolví bailar con ella. Cuando se lo propuse pareció sorprendida y me miró de arriba a bajo. Sin embargo, me dijo con amabilidad exquisita:
- Tengo ya compromiso, caballero.
Yo me senté a su lado sin saber que decirle al pronto. Me concreté a olerla. Y que bien olía. ¡Voto al chápiro! ¡Qué pobre me pareció Marta con su jabón de Windsor! Esta, en cambio, embriagaba. De su seno elevado y palpitante se escapaban oleadas que me desvanecían. Indudablemente la dicha debía oler a eso. Empezaba a dirigirla la palabra, cuando un joven se acercó, la dio del brazo y desapareció dejándome lelo. Entonces me juzgué en la obligación de sacar a una esbelta rubia que mordía nerviosamente el extremo de su abanico. Miróme de hito en hito y me dijo secamente: “Estoy cansada”. Luego creí oportuno dirigirme a otra señorita, la cual me dijo con marcado desdén, lo mismo. Volví a la carga con otra que también me despachó fulminándome con una mirada despreciativa. Recorrí las restantes, a las que acababan de bailar y a las que no habían bailado aún y todas me petrificaban con aquel terrible y descortés: “Estoy cansada”. ¡Y lo mejor es que salían con el primero que se les presentaba! Empecé a amoscarme. Me pareció notar que algo chocarrero, existente en mí, me hacía acreedor al desprecio. Entonces sin saber qué partido tomar, rogué a un joven que discurría por allí, y que me infundió confianza (hay rostros así que infunden confianza), que me explicara el caso. Miróme con impertinencia y me dijo: “Tiene usted una corbata imposible. Lo mejor que puede usted hacer es largarse joven”. ¡Corbata imposible! Y me fijé en la de él. En efecto, era una hermosa corbata color de vino, hecha de mano maestra, atravesada por un alfiler de oro.

Salí avergonzado, sin despedirme. ¿De quién me iba a despedir? Tal como había entrado. Nunca he comprendido por qué me invitaron a aquella casa. Quizá por equivocación.
Como es de suponerse, la sangre me hervía. Hubiera deseado aporrear, abofetear, pisotear a alguien. Maquinaba venganza terrible contra la para mí desconocida señora Bocardo. Hubiera deseado decirla: “venga usted para acá, grandísima tía, ¿con qué objeto me invita a su cochina taza de té, que ni siquiera he bebido?”. Y en cuanto a Marta, la muy serrana, ya podía esperarme sentada. ¡Qué ridícula me pareció su corbata! Una corbata que no servía ni para ahorcarse. Que fuera allá con sus hortelas. Lo que es yo… ¡Que si quieres!

Desde aquel día se presentó en mi mente un mundo te y seductor, desconocido hasta entonces. Comprendí que en la vida había algo mejor que empleos de cincuenta soles. Me harte de las perrerías de mi existencia, de las monsergas de mi patrona, de las comidas del restaurante a diez centavos el plato, esas infames comidas con sabor a chamusquina. ¡Ah, que mundo tan perro! ¡Qué indecencia! ¡Había que salir de él a todo trance, como pudiera, sin reparar en los medios!

Por lo pronto era menester vestir elegante y usar corbatas atravesadas por un alfiler de oro. Haciendo acopio de todo el aplomo que me quedaba, me lance donde el mejor sastre de Lima. Me hice confeccionar un traje de chaquet, según la última moda. Di las señas de mi patrona, a quien anticipadamente anuncié un supuesto destino en la aduana con sueldo fabuloso y esperé los acontecimientos. Mi patrona era viuda de un coronel, cuyo retrato a óleo, obra del pintor Palas, se exhibía en el salón amueblado con buen gusto. ¡Cuán distinto del cuarto que me alquilaba en el interior, donde apenas cabía una cama de dobleces! ¡La rogué, poniéndome grave, que recibiera la ropa que había mandado hacer por cuenta del Ministerio de Hacienda. Cundo oyó “Ministerio de Hacienda” abrió cada ojo la señora … ¡Voto al chápiro! ¡Jamás he mentido con tal aplomo!

-¿Supongo que me pagará usted lo atrasado? – Me dijo con júbilo.
- Con creces, mi querida señora, con creces – le respondí yo, echándome atrás.
El mejor sastre de Lima no tuvo inconveniente en dejar el traje en el salón de una señora donde se exhibía un retrato tan prócer. Cuando la criada le dijo: “El joven ha salido”, hizo la mar de reverencia.

- ¡Oh! No había para qué molestarse, mandaría la cuenta,¡bah! Apenas le vi torcer la esquina, me colé a la casa e mi patrona. Ya estaba allí mi traje extendido sobre un sofá. ¡Oh, que maravilla de traje! Figuraos un chaquet redondeado correctamente, con una gracia mundana singular, una hilera de botones forrados en tela, unas solapas bien alisadas, con poca hombrera. Una chaquet digno de Ministro de Hacienda. Corrí a mi tugurio, lo dejé sobre mi camastro y volví donde mi patrona desolado…

-¿Qué necesita usted? – me dijo ésta, con todo cariño.
- ¡Ah, señora, usted sabe! Mi sueldo no lo recibiré hasta fin de mes … ¡necesito ahora cien soles para ciertos gastos! …
- Con el mayor gusto, Idiáquez – respondióme- Solo le voy a pedir un favor: si usted puede colocar a mi hijo en su oficina… no es porque necesite nada, mientras yo viva… ¡usted sabe! … ¡pero! ¡Es tan bonito estar en Aduana!.
Le ofrecí destinar a toda su familia. Entonces me dijo: “¿Gusta usted doscientos?”. Puse una cara de banquero que teme comprometerse, y por fin la dije_: “¡bueno, vengan”!.

Si me hubierais visto volver una hora después, en un coche cargado de camisas, sombreros , pares de botas, bastones y cajas de estupendas y lujosísimas corbatas…Pero prefiero mostrarme en Mercaderes, con mi chaquet, exhibiendo una corbata modelo, atravesada por un alfiler de oro, y con una espejeante chistera. Me calcé los guantes color patito, me puse el pantalón bien planchado, cayendo sobre unos escarpines que, a su vez, caían sobre dos botas de charol, flamantes. Ninguna mujer me pareció bastante bonita. Ninguna tienda bastante abastecida. Ninguna corbata bastante lujosa. La calle de mercaderes fue para mí estrecho sitio donde no cabía mi persona. Hombres y mujeres me miraban fija y tenazmente, con envidia aquéllos, con complacencia éstas. De pronto, al salir de Guillón, encontré a la morena del baile, magníficamente ataviada., irresistible, encantadora. Estaba vestida de claro y llevaba en la mano multitud de paquetitos. Me miró con una de aquellas miradas con que las mujeres suelen decir “me gustas”. La seguí. Iba en compañía de una criada, de una persona de esas en quienes no se repara jamás. Ella volvió la cara sonriente. Parecía que quisiera decirme: “atrévete”. Yo me acerqué, y después de saludarla correctamente la deslicé al oído todas aquellas frases que son del caso: “¿tan temprano de paseo?”. “¡Con razón la mañana está tan hermosa!”. “¿Qué le parece a usted el calor?”. Contestóme con amabilidad inusitada. Hízome recuerdos del baile donde “nos divertimos tanto” y luego me rogó que fuera a su casa, donde sus padres tendrían gran gusto recibiéndome.
Me enamore terriblemente de la señorita en cuestión. Acudí a su casa, donde fui tratado con grandes agasajos. La despatarré con una docena de corbatas hábilmente combinadas. La pedí en matrimonio y a los cuatro meses me cansaba con ella entrando en posesión de una fortuna respetable. ¡Al demontre las perrerías!

Hoy soy padre de una hermosa familia que da bailes a los que concurren las mejores corbatas de Lima. Poseo casas en la capital. Una hacienda en las afueras. Quintas en el campo. Minas en Casapalca. Voy jueves y domingo al Paseo Colón en un elegante carruaje, y he hecho varios viajes a Europa. Mi mujer no contenta con hacerme rico, ha querido hacerme célebre: gracias a ella he sido diputado, senador y … lo demás. Todo sin más esfuerzo que un cambio de corbata.

Pero he aquí entre nos, os confesaré que no soy feliz. Mi mujer es cariñosa, es cierto. ¡Me anuda cada corbata! Pero me parece que piensa más en sus trajes que en su marido. Mis hijos también piensan más en sus caballos que en su padre. Yo me he vuelto ambicioso y pienso más en la “cosa pública” que en mi mujer y en mis hijos. Más feliz hubiera sido con mi arequipeñita. ¡Oh! Esa que me quería arrancado y por mi mismo. Con ella y mis cincuenta soles hubiera vivido ignorado, sin ambiciones que me consumen, ni desengaños que me torturan. ¿Qué habrá sido de ella? A veces, cuando estoy muy triste, saco del fondo de mi gaveta la corbata que me regaló y me enternezco recordando a Marta y aspirando ese olor ya desvanecido del jabón Windsor.
El Autor.
Manuel Beingolea (1881-1953)  escritor modernista tardío, nace en Chorrillos, Perú, en 1881. Ejerce varias profesiones durante su vida --profesor de liceo, secretario de prefectura y periodista-- además de novelista y cuentista. Su primera novela Bajo las lilas --un agudo análisis de las costumbres modernas de la burguesía barranquina-- se publica en 1923. Su segunda obra, Cuentos pretéritos data de 1933. En términos de su obra periodística, Beingolea aportó a Balnearios, Mundo Limeño, Lulú, El Tiempo, y Variedades durante su carrera como periodista. Este ensayo investigará el aporte de Beingolea a la larga trayectoria del cuento como género en el Perú. El objetivo de este ensayo es recuperar del olvido la imagen de este autor y reconocer su contribución no sólo a la cuentística en particular sino a la literatura peruana en general.
Palabras clave: Manuel Beingolea, cuento, literatura peruana, modernismo, vanguardia, nacionalismo
Con afecto,
Rubén



Cuentos Peruanos:El alfiler



Cuentos Peruanos
“Un buen libro no es aquel que piensa por ti, sino aquel que te hace pensar." James McCosh.

El alfiler

 
Ventura Garcia Calderón
La bestia cayó de bruces, agonizante, rezumando sudor y sangre, mientras el jinete, en un santiamén, saltaba a tierra al pie de la escalera monumental de la hacienda de Tilcabamba. Por el obeso balcón de cedro, asomó la cabeza fosca del hacendado, don Timoteo Mondaraz, interpelando al recién venido, que temblaba.
Era burlona la voz de sochantre del viejo tremendo:
-¿Qué te pasa, Borradito? Te están repiqueteando las choquezuelas… ¡Si no nos comemos aquí a la gente! Habla no más.
El borradito, llamado así en el valle por el rostro picado de viruelas, asía con desesperada mano el sombrero de jipijapa y quiso explicar tantas cosas a la vez -la desgracia súbita, su galope nocturno de veinte leguas, la orden de llegar en pocas horas aunque reventara la bestia en el camino- que enmudeció por un minuto. De repente, sin respirar, exhaló su ingenua retahíla.
-Pues, le diré a mi amito que me dijo el niño Conrado que le dijera que anoche mismito agarró y se murió la niña Grimanesa.
Si don Timoteo no sacó el revólver como siempre que se hallaba conmovido, fue sin duda, por mandato de la Providencia; pero estrujó el brazo del criado queriéndole extirpar mil detalle.

-¿Anoche?…¿Está muerta?…¿Grimanesa?… Algo advirtió quizá en las obscuras explicaciones del Borradito, pues sin decir palabra, rogando que no despertaran a su hija, “la niña Ana María”, bajó él mismo a ensillar su mejor caballo de paso.
Momentos después galopaba a la hacienda de su yerno, Conrado Basadre, que el año último se casara con Grimanesa, la linda y amazona, el mejor partido de todo el valle. Fueron aquellos desposorios, una fiesta sin par, con fuegos de Bengala, sus indias danzantes de camisón morado, sus indias, que todavía lloran la muerte de los incas, ocurrida en siglos remotos, pero revivisciente en la endecha de la raza humillada, como los cantos de Sión en la terquedad sublime de la Biblia. Luego, por los mejores caminos de sementeras, había divagado la procesión de santos antiquísimos, que ostentaban en el ruedo de velludo carmesí cabezas disecadas de salvajes. Y el matrimonio tan feliz de una linda moza con el simpático y arrogante Conrado Basadre terminaba así…¡Badajo!…
Hincando las espuelas nazarenas, don Timoteo pensaba, aterrado, en aquel festejo trágico. Quería llegar en cuatro horas a Sincavilca, el antiguo feudo de los Basadre.
En la tarde, ya vencida se escuchó otro galope resonante y premioso, sobre los cantos rodados de la montaña. Por prudencia, el anciano disparó al aire, gritando:
-¿Quién vive?
Refrenó su carrera el jinete próximo, y, con voz que disimulaba mal su angustia, gritó a su vez:
-¡Amigo! Soy yo, ¿no me conoce?, el administrador de Sincavilca. Voy a buscar al cura para el entierro.
Estaba tan turbado el hacendado, que no preguntó por qué corría tan prisa en llamar al cura si Grimanesa estaba muerta, y por qué razón no se hallaba en la hacienda el capellán. Dijo adiós con la mano y estimuló a su cabalgadura, que arrancó a galope con el flanco lleno de sangre.

Al besar don Timoteo la santa imagen, quedó entreabierto el hábito de la muerta, y algo advirtió, aterrado, pues se le secaron las lágrimas de repente y se alejó del cadáver como enloquecido, con repulsión extraña. Entonces, miró por todos los lados, escondió un objeto en el poncho y, sin despedirse de nadie, volvió a montar, regresando a Ticabamba, en la noche cerrada.
Durante siete meses nadie fue de una hacienda a otra ni pudo explicarse este silencio. ¡Ni siquiera había asistido al entierro! Don Timoteo vivía enclaustrado en su alcoba, olorosa a estoraque, sin hablar días enteros, sordo a las súplicas de Ana María, tan hermosa como su hermana Grimanesa que vivía adorando y temiendo a su padre terco. Nunca pudo saber la causa del extraño desvío ni por qué no venía Conrado Basadre.
Pero un día domingo claro de junio se levantó don Timoteo de buen humor, y propuso a Ana María que fueran juntos a Sincavilca, después de misa. Era tan inesperada aquella resolución, que la chiquilla transitó por la casa durante la mañana entera como enajenada, probándose al espejo las largas faldas de amazona y el sombrero de jipijapa, que fue preciso fijas en las oleosas crenchas con un largo estilete de oro. Cuando el padre la miró así, dijo turbado, mirando el alfiler.
-Vas a quitarte ese adefesio…
Ana María obedeció suspirando, resuelta, como siempre, a no adivinar el misterio de aquel padre violento. Cuando llegaron a Sincavilca, Conrado estaba domando a un potro nuevo, con la cabeza descubierta a todo sol, hermoso y arrogante en la silla negra con clavos y remaches de plata. Desmontó de un salto y al ver a Ana María tan parecida a su hermana en gracia zalamera, la estuvo mirando largo rato, embebecido.
Nadie habló de la desgracia ocurrida, ni mentó a Grimanesa, pero Conrado cortó sus espléndidos y carnales jazmines del Cabo para obserquiarlos a Ana María. Ni siquiera fueron a visitar la tumba de la muerte, y hubo un silencio enojoso cuando la nodriza vieja vino a abrazar a “la niña” llorando.
-¡José, María y José! ¡Tan linda como mi amita! ¡Un capulí!
Desde entonces, cada domingo se repetía la visita a Sincavilca. Conrado y Ana María pasaban el día mirándose a los ojos y oprimiéndose dulcemente las manos cuando el viejo volvía el rostro para contemplar un nuevo corte de caña madura. Y un lunes de fiesta, después del domingo encendido en que se besaron por primera vez, llego Conrado a Ticabamba, ostentando la elegancia vistosa de los días de feria, terciado el poncho violeta sobre el pellón de carnero, bien peinada y luciente la crin del caballo, que “braceaba” con escorzo elegante y clavaba el espumante belfo en el pecho, como los palafrenes de los Libertadores.
Con la solemnidad de las grandes horas, preguntó por el hacendado, y no le llamó con el respeto de siempre “don Timoteo”, sino que murmuró, como en el tiempo antiguo, cuando era novio de Grimanesa:
-Quiero hablarle, mi padre.
Se encerraron en el salón colonial, donde estaba todavía el retrato de la hija muerta. El viejo, silencioso , espero que Conrado, turbadísimo, le fuera explicando, con indecisa y vergonzante voz, su deseo de casarse con Ana María. Midió una pausa tan larga que don Timoteo, con los ojos entrecerrados, parecía dormir. De súbito, ágilmente, como si los años no pesaran en aquella férrea constitución de hacendado peruano, fue a abrir una caja de hierro de antiguo estilo y complicada llavería, que era menester solicitar con mil ardides y un ” santo y seña” escrito en un candado. Entonces, siempre silencioso, cogió allí un alfiler de oro. Era uno de esos topos que cierran el manto de las indias y terminan en hoja de coca, pero más largo, agudísimo y manchado de sangre negra.
Al verlo, Conrado cayó de rodillas, gimoteando como un reo confuso.
-¡Grimanesa, mi pobre Grimanesa!
Más el viejo advirtió, con un violento ademán, que no era el momento de llorar. Disimulando con un esfuerzo sobrehumano su turbación, murmuró en voz tan sorda que se le comprendía apenas:
-Si se lo saqué yo del pecho cuando estaba muerta… Tú le habías clavado este alfiler en el corazón… ¿No es cierto? Ella te faltó, quizá…
-Sí, mi padre.
-¿Se arrepintió al morir?
-Sí, mi padre.
-¿Nadie lo sabe?
-No mi padre.
-¿Por qué no lo mataste también?
-¡Huyó como un cobarde!
-¿Juras matarlo si regresa?
-Sí, mi padre.

El viejo carraspeó sonoramente, estrujó la mano de Conrado, y dijo, ya si aliento:
-¡Si ésta también te engaña, haz lo mismo!… ¡Toma!
Entregó el alfiler de oro solemnemente, como otorgaba los abuelos la espada al nuevo caballero, y con brutal repulsa, apretándose el corazón desfalleciente, indicó al yerno que se marchara enseguida, porque no era bueno que alguien viera sollozando al tremendo y justiciero don Timoteo Mondaraz.
Ventura García Calderón, escritor, diplomático y estudioso peruano, nacido en París. Su obra, más trascendente, que se enmarca estilísticamente en el Modernismo, de espíritu refinado, enamorado de lo francés, europeizante, consistió mayormente en cuentos. Algunos (sobre todo los iniciales) son de ambiente cosmopolita y carácter decadente. La mayoría, sin embargo fueron ambientados en el Perú y sobre todo en la región andina, inspirados en sus viajes a las regiones de su país. Sus obras poseen un cuidado estilo y penetración psicológica y gustan de tratar temas violentos, de intriga y fantásticos. Si bien sus cuentos poseen abundante imaginación y una muy buena técnica, se le ha criticado su desconocimiento de la realidad del interior del Perú y su visión prejuiciosa sobre los indígenas, que describe prácticamente como inferiores. Se considera, por tanto que cultivó el exotismo, bastante en la línea modernista.
El Autor.

Ventura García Calderón, escritor, diplomático y estudioso peruano, nacido en París. Su obra, más trascendente, que se enmarca estilísticamente en el Modernismo, de espíritu refinado, enamorado de lo francés, europeizante, consistió mayormente en cuentos. Algunos (sobre todo los iniciales) son de ambiente cosmopolita y carácter decadente. La mayoría, sin embargo fueron ambientados en el Perú y sobre todo en la región andina, inspirados en sus viajes a las regiones de su país. Sus obras poseen un cuidado estilo y penetración psicológica y gustan de tratar temas violentos, de intriga y fantásticos. Si bien sus cuentos poseen abundante imaginación y una muy buena técnica, se le ha criticado su desconocimiento de la realidad del interior del Perú y su visión prejuiciosa sobre los indígenas, que describe prácticamente como inferiores. Se considera, por tanto que cultivó el exotismo, bastante en la línea modernista.

Con afecto,
Rubén

Cuentos Peruanos:Don Dimas de la Tijereta



Cuentos Peruanos
“Un buen libro no es aquel que piensa por ti, sino aquel que te hace pensar." James McCosh.

Don Dimas de la tijereta

 
 
Ricardo Palma

(
Cuento de viejas que trata de cómo un escribano le ganó un pleito al diablo)

I

Por los primeros años del siglo pasado, cerca del portal de los Escribanos, vivía un cartulario llamado don Dimas de la Tijereta, escribano de la Real Audiencia y sin una pizca de fe. Se sabía que era hipócrita, timador y que guardaba un tesoro fruto de sus triquiñuelas. Su alma estaba tan desecha que ni Dios la hubiera reconocido, con ser él quien la creó y ni el diablo ni el ángel de la guarda podrían encontrar en él por donde cogerle el alma. Además que todos los gremios tienen como patrón a un santo que ejerció su oficio; pero los pobrecitos escribanos no tenían en el cielo algún camarada que los defienda.

II

Tijereta había caído en la peor tontería de la vejez: se enamoró hasta la coronilla de Visitación, una muchachita de veinte primaveras, una figurita de mírame y no me toques y ojos más matadores que las espadas de los duelistas. Tijereta, que no daba ni las buenas noches, se propuso conquistar en la chica con agasajos; empezó a regalarle joyas y vestidos pero la niña nada de nada con él.

Visitación vivía con su tía, vieja como el pecado de la gula, a quien años más tarde castigó la Santa Inquisición. La maldita había adoctrinado a su sobrina para servir de cebo de ricos caballeros a quienes sacar dinero. Don Dimas llegaba todas las noches a verla y Visitación lo escuchaba cortándose las uñas y sin hacerle mayor caso.

III

Seis meses habían pasado de solicitudes vanas y, casado de la espera, Tijereta quiso tener a Visitación a las buenas o a las malas; pero ella lo botó de su casa diciéndole que estaba cansada de aguantarlo. Don Dimas se fue, perdido en sus cavilaciones y llego hasta el cerrito de las Ramas. Enojado dijo en voz alta:

—¡Que venga un diablo cualquiera y se lleve mi almilla a cambio del amor de esa muchacha!

Satanás, que desde los antros más profundos del infierno escuchó el pedido, tocó campanilla y en el acto se le presentó el diablo Lilit, su secretario.

—Ve, Lilit —ordenó— al cerro de las Ramas y extiende un contrato con un hombre que tiene tanto desprecio por su alma que la llama almilla. Concédele lo que pida, que ya sabes que no soy tacaño tratándose de una presa.

Yo, pobre narrador de cuentos. No conozco los pormenores de la entrevista entre don Dimas y Lilit; pero, al regresar al infierno, este le entregó un pergamino a Satanás que decía lo siguiente:

“Conste que yo, don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al rey de los infiernos, a cambio del amor y posesión de una mujer. Al plazo de tres años me obligo a satisfacer mi deuda”. Luego seguían las firmas de las partes.

Cuando el escribano volvió a su casa, le abrió la puerta nada menos que Visitación, que ebria de amor se arrojó en sus brazos. Lilit había encendido en ella el fuego de Lais y la lubricidad de Mesalina.

IV

Como no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague, pasaron los tres años y Tijereta se vio nuevamente en el cerro de las Ramas, junto a Lilit, listo para cobrarle su parte según rezaba el contrato. El escribano entonces comenzó a desvestirse pero Lilit le dijo:

—No se tome tanto trabajo, que así vestido como está me lo puedo llevar.

—Pues si no me desvisto no podré pagarle —le respondió don Dimas.

—Haga lo que le plazca —dijo Lilit— que todavía le queda un minuto para que se cumplan los tres años.

El escribano se quitó el jubón interior, se lo entregó al demonio y le dijo:

—Deuda pagada y venga mi documento.

—¿Y qué quiere que haga con esa prenda? —preguntó Lilit luego de haberse reído mucho.

—Esta es mi almilla, que, como reza el contrato es lo que estoy obligado a pagar. Sino revise bien el documento.

—Yo no entiendo payasadas. Guarde sus palabras para cuando esté delante de mi amo.

Lilit, enojado, le dijo que se deje de bromas pero don Dimas contestó que se fije bien en el contrato pues esa era la almilla.

Y en eso se cumplió el minuto y Lilit se echó al hombro al escribano y encaminó al infierno. Durante el viaje los reclamos de don Dimas eran tan constantes que el demonio tenía que hacer de oídos sordos para no perder la paciencia y sumergir al escribano en un caldero de plomo hirviente. Ya en el cocito, Satanás, enterado de las causas del reclamo, decidió concederle un juicio al escribano.

En breve don Dimas ganó el juicio armado solamente con el Diccionario de la lengua y los jueces ordenaron que sin pérdida de tiempo se regrese a don Dimas a la puerta de su casa. Satanás, como prueba de que se cumplen las leyes en el infierno, permitió que la sentencia se cumpla. Pero, destruido el hechizo, se enteró el escribano que Visitación lo había abandonado para encerrarse a un convento.

Satanás, para no perderlo todo, se quedó con la almilla y es fama que desde entonces los escribanos no usan almilla y cualquier viento pequeño produce en ellos una pulmonía de padre y señor mío.



V

No sé bien si don Dimas murió de buena o mala muerte, pero es bien sabido que en el infierno le dijeron que ya no reciben escribanos. Algo así le sucedió al alma de Judas Iscariote, y como viene a cuento su historia la apunto aquí someramente.

Refieren las crónicas que después de suicidarse, tocó en vano las puertas del Purgatorio y otro tanto las puertas del Infierno, así que volvió a la tierra y se introdujo en el cuerpo de un usurero. Desde entonces se dice que los usureros tienen alma de Judas.

El Autor.

Ricardo Palma: 91833-1919) Autor de “Tradiciones Peruanas” es el caso de un escritor de autentica raigambre popular que ha merecido el reconocimiento universal. Aunque Palma cultivo diversos géneros (poesía, lirica, historia, crítica literaria, historia, investigación, lexigrafía,etc), su prestigio queda ligado a una especie creada por el mismo a la que dio un inconfundible sabor criollo: La Tradición.  “Las Tradiciones Peruanas” recogen sabrosos episodios de las distintas épocas de nuestra historia.

Con afecto,
Rubén