lunes, 18 de febrero de 2019

José Martí


Biografía de José Martí

Jose Marti
(José Julián Martí Pérez; La Habana, 1853 - Dos Ríos, Cuba, 1895) Político y escritor cubano, destacado precursor del Modernismo literario hispanoamericano y uno de los principales líderes de la independencia de su país.


Nacido en el seno de una familia española con pocos recursos económicos, a la edad de doce años José Martí empezó a estudiar en el colegio municipal que dirigía el poeta Rafael María de Mendive, quien se fijó en las cualidades intelectuales del muchacho y decidió dedicarse personalmente a su educación.
El joven Martí pronto se sintió atraído por las ideas revolucionarias de muchos cubanos, y tras el inicio de la Guerra de los Diez Años (1868-1878) y el encarcelamiento de su mentor, inició su actividad revolucionaria: publicó la gacetilla El Diablo Cojuelo, y poco después una revista, La Patria Libre, que contenía su poema dramático Abdala. A los diecisiete años José Martí fue condenado a seis años de cárcel por su pertenencia a grupos independentistas; realizó trabajos forzados en el penal hasta que su mal estado de salud le valió el indulto.
Deportado a España, en este país publicó su primera obra de importancia, el drama La adúltera. Inició en Madrid estudios de derecho y se licenció en derecho y filosofía y letras por la Universidad de Zaragoza. Durante sus años en España surgió en él un profundo afecto por el país, aunque nunca perdonó su política colonial. En su obra La República Española ante la Revolución Cubana reclamaba a la metrópoli que hiciera un acto de contrición y reconociese los errores cometidos en Cuba.
Tras viajar durante tres años por Europa y América, José Martí acabó por instalarse en México. Allí se casó con la cubana Carmen Zayas-Bazán y, poco después, gracias a la paz de Zanjón, que daba por concluida la Guerra de los Diez Años, se trasladó a Cuba. Deportado de nuevo por las autoridades cubanas, temerosas ante su pasado revolucionario, se afincó en Nueva York y se dedicó por completo a la actividad política y literaria.
Desde su residencia en el exilio, José Martí se afanó en la organización de un nuevo proceso revolucionario en Cuba, y en 1892 fundó el Partido Revolucionario Cubano y la revista Patria. Se convirtió entonces en el máximo adalid de la lucha por la independencia de su país.
Dos años más tarde, tras entrevistarse con el generalísimo Máximo Gómez, se incorporó a una nueva intentona que daría lugar a la definitiva Guerra de la Independencia (1895-1898).
 Pese al embargo de sus barcos por parte de las autoridades estadounidenses, pudo partir al frente de un pequeño contingente hacia Cuba, pero fue abatido por las tropas realistas en 1895; contaba cuarenta y dos años. Junto a Simón Bolívar y José de San Martín, José Martí es considerado uno de los principales protagonistas del proceso de emancipación de Hispanoamérica.
La poesía de José Martí
Además de destacado ideólogo y político, José Martí fue uno de los más grandes poetas hispanoamericanos y la figura más destacada de la etapa de transición al Modernismo, que en América supuso la llegada de nuevos ideales artísticos. Como poeta se le conoce por Versos libres (1878-1882, publicados póstumamente); Ismaelillo (1882), obra que puede considerarse un adelanto de los presupuestos modernistas por el dominio de la forma sobre el contenido; y Versos sencillos (1891), un poemario decididamente modernista en el que predominan los apuntes autobiográficos y el carácter popular.

José Martí
Escritos en su mayor parte en 1882, los poemas de Versos libres no vieron la luz hasta su publicación póstuma en 1913, muchos años después de su muerte. El propio Martí calificó esos versos de "endecasílabos hirsutos, nacidos de grandes miedos, o de grandes esperanzas, o de indómito amor de libertad, o de amor doloroso a la hermosura".
El tono fuerte y áspero de este volumen, por el que Martí proclamaba su propia preferencia, impresionó vivamente a Miguel de Unamuno, cuyos juicios serían el punto de partida de la valoración de la obra. Su fuerza vibratoria, tanto formal como en los contenidos, se hace evidente en composiciones como "Poética", "Mi poesía" o "Cuentan que antaño", en las que se sirvió de un lenguaje vigoroso y oscuro, por momentos incluso pasional.
La poesía de José Martí se funda en una visión dualista de la humanidad: realidad e idealismo, espíritu y materia, verdad y falsedad, conciencia e inconsciencia, luz y oscuridad. Los poemas de Ismaelillo (1882), libro dedicado a su hijo, son un ejemplo de ello: la debilidad y la inocencia del niño son su fuerza.
En Versos sencillos (1891), José Martí expresa el sentimiento que le despierta la alegría de la naturaleza y el mal de la civilización. El sufrimiento y el temor al paso del tiempo también fueron elementos frecuentes en su lírica, donde se advierte un acercamiento al romanticismo que muchos críticos han considerado superior al de otros de sus contemporáneos. En A mis hermanos muertos el 27 de noviembre (1872), publicado durante su destierro en España, Martí dedica sus versos a los estudiantes muertos en una masacre acaecida en aquella fecha.
Obra en prosa
Su única novela, Amistad funesta, también llamada Lucía Jérez y firmada con el pseudónimo de Adelaida Ral, fue publicada por entregas en el diario El Latino-Americano entre mayo y septiembre de 1885; aunque en su argumento predomina el tema amoroso, en esta obra de final trágico también aparecen elementos sociales. Entre sus obras dramáticas destacan Abdala (1869), drama simbólico en un acto y en octosílabos, La Adúltera (1873) y Amor con amor se paga (1875), también en verso y estrenado en México.

La prosa de Martí se vio influida por la obra del norteamericano
Ralph Waldo Emerson, para quien la palabra debía ser tan elocuente como poética e intensa dentro de un discurso sencillo y conciso. Era consciente, como acaso sólo lo fueron los modernistas inmediatamente posteriores a él, de todas las posibilidades del lenguaje, y consideraba que sus recursos estaban íntimamente ligados a las cualidades humanas del pueblo, que en última instancia era quien los inventaba.
Tanto la prosa como la poesía de Martí resultan inseparables de su biografía; él mismo declaró que eran parte indiscutible de su máxima preocupación, que no era otra que la política. Personalidad optimista, sus opiniones sobre el hombre, la poesía o la sociedad son aspectos que aparecen en sus obras al servicio de unas concepciones que tenían siempre al ser humano como centro. A largo plazo su objetivo era la mejora de la humanidad, pero a corto plazo lo era la liberación de Cuba, a la que dedicó todos sus esfuerzos.
Por ello, su producción en prosa fue en su mayor parte funcional, como sus ensayos sobre Simón Bolívar, José de San Martín o el general José Antonio Páez, en relación a los héroes del pasado, y sobre el general Máximo Gómez, Walt Whitman o Ralph Waldo Emerson entre los contemporáneos; en tales textos, que constituyeron lo mejor de su prosa, exaltó las cualidades de personajes que admiraba. Dentro de la primera edición de sus obras completas, el volumen titulado Norteamericanos reunió póstumamente sus estudios sobre figuras del norte; otros dos volúmenes, bajo el título Nuestra América, contienen los trabajos de Martí consagrados a estudiar aspectos de la vida, la cultura y la historia de la América hispana. En ellos expresó su mensaje americanista y resumió su precursora teoría de la debilidad de las naciones hispánicas, en las que existía un enorme abismo entre las clases dirigentes e intelectuales y el pueblo.
Cronista y crítico excepcional, hizo de muchos de sus textos auténticos ensayos, algunos de carácter revolucionario como El presidio político en Cuba (1871), reflejo de gran fuerza lírica de su condena a trabajos forzados en el que denuncia las penurias que sufrían los independentistas. Cabe destacar también La República Española ante la Revolución Cubana (1873) y Cuba y los Estados Unidos (1889), refutación de los ataques de la prensa norteamericana a los patriotas cubanos, así como El Manifiesto de Montecristi o su Diario de campaña.
También fundó una revista para niños, La Edad de Oro (1889), publicada en Nueva York y en la que aparecieron los cuentos Bebé y el señor Don Pomposo, Nené traviesa y La muñeca negra. Íntegramente redactada por Martí, esta publicación muestra una serie de aspectos de su personalidad y constituye también una demostración de cómo supo anticiparse a muchas conquistas de la pedagogía moderna: una vez más, puso de relieve en esos escritos su preocupación por las normas de justicia y dignidad humanas, que debían cultivarse en el niño desde su más tierna edad.
José Martí colaboró a lo largo de su vida en innumerables publicaciones de distintos países, como La Revista Venezolana, La Opinión Nacional de Caracas, La Nación de Buenos Aires o la Revista Universal de México. Sus Obras completas (que en la edición de 1963-1965 constan de veinticinco volúmenes) incluyen asimismo un nutrido epistolario (sus cartas, también reveladoras de su singular personalidad, han merecido excepcionales comentarios) y numerosos discursos, muchos de ellos dedicados a enardecer el sentimiento patriótico de los cubanos que radicaban como él en la emigración, llamándolos al esfuerzo común gracias al cual se lograría la independencia de la patria.

Otro breve  resumen biográfico:


Nació en La Habana, cuando aún Cuba estaba bajo el dominio español, el 28 de enero de 1853. Era hijo de don Marino Martí y Navarro y de doña Leonor Pérez y Cabrera. Fue llamado José Julián.
En 1865 ingresó en la Escuela Superior Municipal y luego al Colegio de San Carlos. En 1869 se lo condenó a prisión por seis años, por haber publicado escritos considerados sediciosos (en ellos llamó traidor a un compañero de estudios que se había alistado como voluntario en el Ejército de España). El destierro a España fue el resultado de la conmutación de la pena. En ese país estudió en las Universidades de Madrid y Zaragoza, culminando sus estudios en Derecho y Filosofía y Letras.
Data de esa época "El Presidio Político en Cuba", donde el gobierno español fue objeto de sus críticas por su crueldad y rudeza.
Luego de volver a Cuba, y ser otra vez desterrado a España, se casó en 1877 con
 Carmen de Zayas Bazán que lo convirtió en padre de Ismael, inspirador de muchos de sus versos.
Se trasladó a Nueva York  en 1880 y allí escribió en algunos periódicos, como "The Sun" y la revista "The Tour". Posteriormente escribió para el diario "La Nación", de Buenos Aires (Argentina). Fue Cónsul de Argentina, Uruguay y Paraguay, pero su corazón lo obligó a luchar por la liberación de su patria, y fundó el Comité Revolucionario.
Junto a los Generales Máximo Gómez y Antonio Macero se embarcó rumbo a Cuba para luchar. Desembarcó en la isla en 1895, y murió en manos de las fuerzas españolas
,e l 19 de mayo de ese mismo año.
Fue un gran orador y periodista, expositor del modernismo. Innovó en materia de ritmos, acentos y matices, enunciando contenidos críticos sobre la literatura y el arte del momento.
Junto a Rubén Darío, (Nicaragua), Julián del Casal (Cuba), Manuel Gutiérrez Nájera (México) y José Asunción Silva (Colombia), es considerado como iniciador del movimiento modernista hispanoamericano.
Escribió sobre crónicas de viajes, crítica de arte, obras de teatro, como "Patria y Libertad" (drama indio en dos actos), "Abdala" (pieza en ocho escenas escrita a los dieciséis años), "Amor con amor se paga" (un acto). También escribió una novela: "Amor funesto", y numerosas poesías que reunió en varios volúmenes breves: "Ismaelito" (1882), "Versos sencillos" publicada en 1891. Esta podría considerarse su obra más acabada. Poemas como "La rosa blanca" y "La niña de Guatemala", se incluyen en esta Antología. "Versos libres", fue publicado en 1913 por Gonzalo de Quesada de Oróstegui, en el Tomo IX de las Obras Completas. Se trata de una poesía fuerte y dura, calificada por su propio autor como escrito "no con tinta académica, sino con la propia sangre".
Selecciones de sus poemas fueron publicadas en dos oportunidades, con prólogo y notas de Rubén Darío.

Como periodista introdujo en 1882 técnicas absolutamente modernistas, sinestesias, armonía y metáforas rebuscadas. Creó lo que llamó Max Heriquez, la prosa artística.
Con afecto,
Ruben




Carta editor: Poemas del Alma



Carta del editor: Poemas del Alma

 

Estimado lector:
Creo que la poesía  en el pasado, siempre  fue para mí   como algo del cual carecía de entendimiento e interés. Pienso que sufrí una especie de    adoctrinamiento científico en mis tiempos universitarios y profesionales. Con el paso del tiempo he llegado a apreciarla mejor, pese a que las dificultades para comprender el mensaje del escritor de poemas  aun subsiste.

Reconozco que por esta razón no he publicado un  buen número de poemas. Sin embargo, por consideración de los lectores esta situación ha cambiado, dándole una mayor cobertura literaria.

El poeta Antonio Machado, denomina a sus obras, como “poemas del alma”; Y esto  es lo insigne de este estilo literario que usa el alma como fuente de inspiración.
¿Y qué es el alma? Es la parte de una persona que no es física. Es la parte de cada ser humano que dura eternamente después de que el cuerpo experimenta la muerte. Como dijo C. S. Lewis, "No tienes un alma. Eres un alma. Ella es distinta del corazón y del espíritu; puede ser fuerte o inestable. A menudo hay confusión sobre el espíritu humano vs el alma humana.
Hemos sido creados a imagen de Dios con espiritu, alma y cuerpo, en ese orden.
 Ahora bien en el alma humana está el intelecto, la voluntad y las emociones. Con el espiritu uno puede relacionarse o comunicarse con Dios.
Bien,    regresando a  las obras de los poetas; me parece que ellos en su gran mayoría, han escogido que de alguna manera, usando los componentes del alma; escudriñarse   su propia alma de acuerdo a sus vivencias,  para  luego vestirlas hacia   a nosotros en forma de poesía.
Allí,  es donde se forma   esa especie de “cuello de botella”,  que  creo    es    el lugar de obstáculo donde  se encuentran las dificultades de muchos de nosotros para no solo, entender poesía, sino el mensaje  del propio del poeta. Es claro que hay a nuestros alcances bellos y diversos poemas de  de gran calidad escritas por poetas que trascienden la historia; por lo que vale la pena hacer el esfuerzo de entenderlos.
 Indudablemente como dice el refrán, “entre gustos y colores no han escrito los autores “
y: ni a la fuerza entran los zapatos”.

Hay escritores fantásticos que en sus narraciones nos dejan pensamientos, que deberían ser aprovechados por nosotros; haciendo pausas en nuestra velocidad  frenética de vida.
Por ejemplo: Publique recientemente un cuento de Cees Nooteboom titulado, “Góndolas”.
Y el escritor, creo que  refiriéndose a la amistad dice:”Mejor la compañía que el amor”.
¿Qué te parece el pensamiento? Lee el cuento y saca tu propia conclusión.
Para terminar esta mi divagación, te comento que le pregunte a mi hijo, que iba a pasar con mis blogs cuando ya no esté aquí. El me contesto que seguirían en la red ininterrumpidamente mientras alguna persona  aun solicitara su lectura. Esto me fascino y aumento mis energías para la publicación de más artículos incluyendo las poesías, por cierto.
Sabes que en el fondo toda persona anhela que lo recuerden a uno después de muerto; y creo que con pesar  se tiene que aceptar, que aun estando vivo también seas  olvidado.
Mas en mi caso recordé una vez masque mi nombre está escrito en el “Libro de la Vida del Cordero “el cual es Jesús. Y por cierto moraré con El Señor “por largos días”.
Entonces, eso de que me recuerden u olviden, pasa a un segundo plano.

Al reflexionar sobre esto, comprobando que tal es la lucha de la gente  por la supervivencia y anhelo de riqueza, que deja de lado asuntos básicos como el amor y amistad para los demás, para otro momento que muchas veces no llega.
Y ciertas veces  reflexiono cando veo un nido de hormigas en un campo, viéndolas ir y venir presurosas, trabajando incansablemente, atropellándose otras, pasando por encima unas a otras, en su febril carrera por terminar las tareas para la supervivencia, me recuerda la vida humana.
Con afecto,
Ruben


viernes, 15 de febrero de 2019

Cuento: Góndolas



Cuento: Góndolas

 
Cees Nooteboom
Las góndolas son atávicas. No recordaba dónde lo había leído ni le apetecía pensar en ello por temor a que se desvaneciera la emoción del instante. Un sol bajo, la forma de ave negra de una góndola en la neblina de la laguna, los bolardos negros perdiéndose en la lejanía, en la otra orilla invisible del agua, como una solitaria falange de soldados en misión de muerte, y él aquí en la Riva degli Schiavoni, con una foto amarillenta, medio rasgada, en la mano. Si eso no es emoción… Fue en ese lugar aproximadamente donde amarró la góndola y fue en esos escalones o en los de más allá, cerca de la estatua de la partisana fusilada medio sumergida en el agua, donde desembarcaron.
El tiempo era similar al de ahora, según se deducía de la fotografía. Se sentaron en los escalones, y al poco apareció un joven oficial para decirles, mientras señalaba un rótulo, que los escalones estaban reservados para la Policía de Aguas y que debían desocuparlos. Así que debía buscar aquel rótulo, seguro que no era muy difícil encontrarlo.
Y si lo encuentro, se preguntó, ¿entonces qué? Pues me hallaré en el lugar exacto donde estuve hace cuarenta años. ¿Y? Se encogió de hombros como si fuera otra persona quien hubiera formulado la pregunta. Pues nada, se dijo, nada, esa era precisamente la cuestión.
Había aceptado el encargo de escribir algo sobre una exposición en el Palazzo Grassi con la intención de realizar este peculiar peregrinaje. Un peregrinaje en busca de un espectro. No, más que un espectro, una ausencia. No tardó en encontrar los escalones. Las ciudades eternas tienden a la inmutabilidad. La Policía de Aguas seguía amarrando en los mismos escalones. El rótulo estaba en el mismo sitio, fijado en los ladrillos del muro lateral. Lo habían pintado de nuevo, eso sí. Se sentó en el escalón superior y pensó que el joven oficial que se había acercado a ellos aquel día lejano llevaría ya tiempo jubilado, y, en el supuesto de que siguiera siendo joven después de esos cuarenta años, no habría reconocido a ese anciano sentado en la escalera. La fotografía la había hecho un desconocido que se encontraba un poco más allá, en el borde del muelle, de espaldas a la laguna. Fue tomada con un ángulo de treinta grados, lo que permitía distinguir al fondo el Palacio Ducal. Observó la fotografía, y, como siempre, se sintió asombrado de su falsedad. Las fotografías no sólo eran capaces de retratar a los muertos, sino que además te confrontaban con una versión desfasada de ti mismo, un joven melenudo, irreconocible, cuya apariencia estaba tan asociada al espíritu de una época que la imagen despedía el rancio aroma de un tiempo ya para siempre superado.
El milagro es que uno conserve el mismo cuerpo. Aunque en realidad no es el mismo, claro. El poseedor del cuerpo conserva el mismo nombre, eso es todo.
En realidad, lo que quería decir esa fotografía, pensó, más como una constatación que por autocompasión o por sentimentalismo trágico, es que a él también le había llegado la hora. Aquel día él estaba sentado a la izquierda de ella. Ella alzó sonriente la cabeza hacia el fotógrafo desconocido, se echó el cabello rojo hacia atrás con un rápido ademán y apoyó el cuerpo contra el muro lateral de los escalones cubriendo una parte del rótulo. Miró el agua gris que se mecía al pie de la escalera. ¡Qué milagro que todo permaneciese igual! El agua, la forma de cormorán de las góndolas, el escalón de mármol sobre el que se había sentado. Somos nosotros quienes desaparecemos, pensó, quienes abandonamos la escenografía de nuestras vidas. Pasó la mano por la granulosa superficie de piedra que tenía a su lado, como si quisiera palpar la ausencia de la mujer de la fotografía. Sabía que era fácil caer en formulaciones tópicas cuando uno pensaba en ese tipo de cosas, pero era indudable que había en todo ello un misterio que nadie había resuelto jamás. «Por realidad y perfección entiendo lo mismo», esta vez sí se acordaba de quién era esa frase. Era dudoso que Hegel aludiera a la situación en la que él se encontraba y sin embargo parecía escrita a propósito. Sintió un extraño regocijo al pensar que la realidad era la que era, que no podía modificarse mediante el pensamiento. La muerte era algo natural aunque viniera acompañada de formas de dolor casi intolerables y tan profundas que uno quisiera perderse en ellas para abandonarse a la realidad perfecta del misterio.
Todo comenzó de un modo muy simple. Una isla griega, la casa de los amigos de unos amigos, que le dejaron porque sentían pena por él debido a su reciente divorcio.
 No estaba acostumbrado a estar solo y anhelaba a todas horas compañía femenina.
 Un paseo marítimo pavimentado por donde caminaban o paseaban aquellas figuras femeninas a las que él deseaba abordar. Pero no se atrevía por temor a ser tachado de imbécil. «Engatusar a las mujeres», llamaba a eso su amigo Wintrop. La expresión era bonita, pero él nunca fue capaz de hacerlo. ¿Cómo era aquel verso de Lucebert? Rondando barcas femeninas en la noche. Sí, eso sí que lo hacía. Pasear de un lado a otro y vuelta a empezar. Rondar, callejear, mirar. Hidra, barcas de pescadores, blancas en la noche oscura, meciéndose suavemente, iluminadas por la luz de neón de las altas farolas del muelle. Golondrinas, cipreses, ¿o acaso era todo ello producto de su imaginación? ¿Existían en aquella época las luces de neón? ¿Por qué iba a corresponder su recuerdo con la realidad? Transfórmalas en luces amarillas, escucha una lechuza, observa las formas oscuras de los pinos. El mar sigue siendo el mismo y bate suavemente contra el muro del muelle. Todo lo demás es reemplazable, el arsenal de objetos con los que se guarnece la memoria.
Ella no se parecía a una barca cuando pasó delante de él. O tal vez sí. Era extremadamente ligera, como una vela pequeña flotando en el agua. Él debió de hacer el ridículo poniéndose de repente de pie junto al muro del muelle y haciendo el gesto de un agente que detiene el tráfico. Y eso fue lo que dijo, ¡Stop! Todavía lo recordaba con bochorno. Años después, en California, cuando ya todo pertenecía a un pasado remoto, ella se reiría más de una vez de aquella escena. Se quedó tan sorprendida que se detuvo en seco. Curiosamente, él no recordaba si se fue con él aquella misma noche. Estuvieron charlando un buen rato en un bar del puerto. Americana, de nombre italiano. Dieciséis, dieciocho años, se lo quiso preguntar pero no se atrevió. Ya entonces reparó en los signos que la chica tenía en las manos y en los brazos, los signos del zodíaco, no tatuados, como suelen verse hoy en día, sino dibujados con tinta negra sobre la piel morena. Cuando le preguntó qué era aquello, ella le contestó sin más: «Ah, soy una bruja». También de eso se reirían más adelante. Él aún conservaba las cartas que ella le escribió en aquella época, unas cartas llenas de exaltadas historias sobre brujería y hechizos, fantasías que a él le parecían absurdas y que sin embargo al principio le resultaron excitantes. Entonaban con el espíritu de la época y más aún con el cabello rojo de su amiga, con sus ojos color pizarra, con su voz sorprendentemente profunda y un poco ronca. Durante los días siguientes a su encuentro, ella durmió en su gran casa blanca. En su casa, no en su cama. Ese fue el pacto. Ella se dejaba acariciar mirando hacia otro lado y luego se quedaba dormida de un modo sorprendentemente profundo, con la ausencia de un animal para quien el mundo ha dejado de existir. Él se sentía entonces un poco ridículo y desplazado, pero le conmovía la confianza que ella le mostraba. Mejor la compañía que el amor, algo así escribió por aquel entonces en su diario. Más tarde se deshizo de ese diario, algo que ahora lamentaba, aunque de esa frase se acordaba todavía. Unos días después todo cambió. Tal vez se lo estaba inventando, pero le pareció recordar que le señaló uno de esos extraños signos que llevaba pintados en diferentes partes del cuerpo y le dijo algo así como que había llegado el momento. Algo relacionado con los planetas, cosas que ya entonces a él le parecían una simpleza.
En el amor fue astuta y a la vez infantil, no había encontrado otras palabras para describirla. Aunque la calificación de «astuta» nunca le había convencido, no era el término apropiado. Más bien calculadora, consciente de su propósito, pero tampoco era exactamente eso. Su premeditado comportamiento infantil suscitó entre ellos una sensación de juego prohibido que a él le resultaba excitante, como si ella tratara de insinuarle que dormía con una niña, algo que él nunca había experimentado ni volvería a experimentar de esta manera.
Regresó a la ciudad. La exposición de Piero della Francesca le había causado una profunda impresión. En realidad no sabía por qué había visto en esa exposición un paralelo con aquella historia tan lejana, tal vez por la sencilla razón de que el pintor y aquel recuerdo le ocupaban la cabeza simultáneamente, tal vez también porque había algo en las obras de Piero della Francesca que resultaba inaccesible, una sensación similar a la que experimentó aquellas pocas semanas en que él y la chica estuvieron juntos. No puede decirse que ella fuera una mujer misteriosa, lo de la brujería era una sandez, pero su presencia «ausente» le recordaba de alguna manera las figuras hieráticas de las pinturas del artista. Cuando uno estaba frente a ellas, sentía un fuerte deseo de penetrar en su mundo, pero este era inaccesible. No sabía aún qué escribir en su artículo, como tampoco sabía qué hacer con su recuerdo.
Tomaron un tren, por aquel entonces, y atravesaron Grecia para ir a Yugoslavia.
 De aquel viaje no recordaba más que las habitaciones de miserables pensiones y la corona de cabello rojo sobre la almohada. Y una noche en Belgrado, en la terraza de una cervecería, donde unos hombres en plena juerga les ofrecieron su slivovitz y luego arrojaron sus copas al suelo de grava. Así llegaron a Venecia. No recordaba en qué hotel se alojaron, pero sí el lugar donde fue tomada la foto. Se dio la vuelta y volvió sobre sus pasos.
En realidad era inconcebible que la gente desapareciera sin más de la vida de uno. Deberíamos tener cientos de vidas paralelas. Despedida en la gran estación, el aturdido vagabundeo por la Fondamenta Santa Lucia, de nuevo solo, un hombre callejeando entre la multitud que acababa de experimentar cómo alguien se había desvanecido súbitamente en el mundo: un brazo delgadito que asomaba por la ventana de un tren y luego el propio tren, un artefacto cuadrado con luces, alejándose por el Ponte della Ferrovia. Después el vacío. Cuarenta años habían transcurrido desde entonces. Regresó a su habitación de hotel y se puso a hojear el catálogo de la exposición. Sí, era absurdo tratar de encontrar una conexión entre aquella historia tan lejana y Piero della Francesca.
¿Quién había sido ella? Una hija de los tiempos del flower power y él, en su soledad, un joven dispuesto a enamorarse y escuchar aquellas monsergas sobre planetas y estrellas que según ella interferían en sus vidas. ¡Como si estos no tuvieran otra cosa que hacer!
Y sin embargo, de noche junto al mar, cuando su voz le seguía hablando de Saturno y Plutón como si fueran seres vivos que desde el universo tejiesen los hilos por los que discurrían las vidas de una chica de diecisiete años de Mills Valley y de un periodista freelance de Ámsterdam, él había sentido una fascinación difícil de describir, no por las historias que ella le contaba, sino por el tono pizarra de sus ojos que parecía iluminarse en la oscuridad.
El amor era necesidad de amor, eso bien lo comprendió. Que unas cuantas esferas inertes, compuestas de gas y de hielo, rigieran nuestras vidas desde el universo era una fábula que la gente se contaba para sentirse parte de algo en un mundo en el que otras fábulas habían perdido credibilidad. Y si no eras capaz de soportar esas cosas, no haber dicho «stop» a una transeúnte cualquiera.
De vuelta a su casa vacía de Ámsterdam, estuvo esperando sus cartas escritas con aquella caligrafía americana poco agraciada y casi infantil, los márgenes adornados con medio zodíaco y signos sicilianos contra el mal de ojo. Se preguntaba ahora qué le habría contestado él. No recordaba quién de los dos fue el primero en dejar de escribir, pero sí la excitación que sintió cuando al cabo de más de veinte años recibió inesperadamente una carta escrita con la misma caligrafía torpe. En ella le decía que había leído una reseña suya sobre Jacoba van Heemskerck en un catálogo sobre arte espiritual publicado con motivo de una exposición de la obra de esta artista en San Francisco.
 Le habían sucedido muchas cosas, le decía. Se había casado, divorciado, tenía dos hijos y pintaba cuadros que tal vez guardasen cierta similitud con los de Jacoba van Heemskerck. En la carta había incluido dos fotos de su obra: unas superficies nebulosas de un color que a él le recordó el tono de sus ojos, gris con unas manchas luminosas flotantes. Arte destinado a las paredes de un centro de meditación. Las cosas no le habían ido bien, pero el budismo le había sido de gran ayuda. Cerca de su casa había un monasterio que le había servido de mucho. De no ser por sus hijos, habría ingresado en él. Se acordaba de él con frecuencia. A lo mejor se estableció una especie de afinidad espiritual entre ellos mientras él redactaba su reseña de la obra de Jacoba, una artista apenas conocida en Estados Unidos, pero que para ella había sido una fuente importante de inspiración, y sobre todo un consuelo, pues había vivido experiencias desagradables que prefería no contarle para no aburrirle. Esperaba que le llegara la carta y sentía que su visita a esa exposición había sido una señal.
 ¿No era extraño que personas que se habían conocido se perdieran para siempre de vista en este mundo? ¿Que el uno no supiera si el otro vivía, a pesar de haber viajado juntos, de haber compartido experiencias? Cuando se conocieron, ella era en realidad una niña. Durante el tiempo que estuvieron juntos había vivido como en un sueño, tanto en la vieja casa de Hidra como en el largo viaje en tren por aquellos áridos paisajes y al final en Venecia, adonde esperaba poder volver alguna vez. Probablemente habría dicho muchas tonterías en aquellos días, le pedía disculpas por ello, pero con todo él supo respetarla tal como era entonces y ahora quería agradecérselo, porque las cosas también podrían haber ido de otra manera. No estaba segura de si él comprendía a lo que se refería. En realidad, lo que quería decirle es que le agradecía que él no hubiera abusado de ella. Esperaba que comprendiera que no le estaba pidiendo nada. Y que de todos modos era un milagro que entre los miles de millones de personas que hay en el mundo se hubieran vuelto a encontrar. Naturalmente no era necesario que contestara a su carta, no era eso lo que ella pretendía, aunque sí le gustaría saber si estaba bien.
No muy bien, debería haber sido su respuesta sincera. Pero no pensaba contestarle eso ni tampoco que su reseña sobre Jacoba van Heemskerck la había escrito por encargo, que aunque sentía respeto por la obra de esa artista, la consideraba un poco inconsistente, y que en su opinión el interés que actualmente esta suscitaba formaba parte de esa afición general por lo espiritual que en los últimos años había tomado posesión de las almas de la gente, y de la que ella, la que escribía la carta, había sido en cierta manera una precursora. Su obra era pródiga en color, sí, y con un dinamismo tal vez similar al de Kandinsky, pero carecía de la historia que él buscaba.
 Ese arte no había sido sino una reacción al siglo XIX que él tanto detestaba.
En lugar de esto, le contó que estaba preparando una tesis sobre Piero della Francesca. ¿Conocía ella a ese pintor? Y sí, le alegraba haber recibido una carta suya.
¿Qué sucedería si se volvieran a ver? Él seguía conservando aquella pequeña fotografía de ella junto al bolardo en la Riva degli Schiavoni. ¿Se la envió en su día?
No lo recordaba. Y eso que acababa de decir del siglo XIX no era del todo cierto. Flaubert, Stendhal, Balzac, ellos habían sido ya una reacción a aquella antigua indolencia en la que se anegaron tantas esperanzas. Le bastaba con mirar las primeras fotografías de aquella época, el estatismo de los largos tiempos de exposición, para saber que no desearía haber vivido en aquella antesala del modernismo. ¡Aquella fotografía! Una chica junto a un bolardo tan grande que hubiera podido servir de amarre incluso de un buque. Un vestido muy ligero, con un toque violeta, por el que asomaba el rostro efímero de una criatura humana, pura fugacidad capaz de desvanecerse de un soplo. Una Madonna de Bellini, aunque eso no se lo dijo. Un estudioso de la historia del arte debe desconfiar de las comparaciones. Y con todo, incluso sin hijo, ella había sido una Madonna. La misma sombra en la parte izquierda del rostro que no presagiaba nada bueno, unos ojos mirando hacia dentro que habían visto ya cien veces la futura tragedia del niño que sostenía en su regazo, y luego el propio niño, un viejo filósofo consciente de que la mano amorosa de su madre no lograría salvarle de la muerte.
Antes de que acabara de leer la carta, él ya había tomado la decisión: iría a visitarla. Y eso fue lo que hizo. Un ejercicio sin sentido, le advirtió uno de sus amigos, pero él no lo creía así. Las historias hay que concluirlas.
Y la consecuencia de todo ello fue un viaje a Estados Unidos y una mujer esperándole en un aeropuerto de San Francisco, una mujer en cuyo rostro vio la imagen envejecida de sí mismo. Las personas son extraordinarias, merecerían ser premiadas continuamente.
 Se escrutaron con una mirada fugaz que no duró más de un segundo, una fotografía interior de extrema nitidez sobre la que de momento no iban a hablar. Arrugas en el contorno de los ojos, el cabello todavía con un brillo rojo pero más apagado, testimonio del paso del tiempo, y un repentino compañerismo, tal vez ternura. Más amor que antes, lo supo enseguida, un amor con el que no haría nada, también eso lo supo en el acto.
 La vulnerabilidad había aumentado. Una casa de madera, suburbio de un suburbio, acuarelas de la órbita de Rudolf Steiner, un arte que a él nunca le había interesado, cosas que en otros tiempos habría dicho y sobre las que ahora era capaz de mentir con una facilidad que a él mismo sorprendía. Sigues viviendo en un sueño, le dijo, y ella, fiel a sí misma, le contó algo así como que Saturno era el autor de aquellas manchas flotantes, que había sido una semana de éxtasis absoluto, que había sentido aquella fuerza noche tras noche mientras pintaba, y que al acabar se había sentido más vacía que nunca, vacía pero feliz.
Poco tiempo después ella había visto aquella exposición y había comprendido que era una señal de que debía escribirle. Pero nunca imaginó que fuera a verla.
«Servicio de Amor» fue el término que se le ocurrió. Había venido para concluir una historia. Lo cual no era lo mismo que ponerle fin. Algo había permanecido abierto.
 La mayoría de las veces, la cosa no iba a más: dos personas vivían una historia, luego se imponía la distancia, el tiempo, el desgaste, el olvido. De cuando en cuando un pensamiento, un vago recuerdo, lo normal, lo que solía suceder, excepto cuando uno no se conformaba con ello. Algo tenía todavía que ocurrir, una verificación, una forma de despedida. Las historias hay que cerrarlas, no sólo para uno mismo, sino también para el otro, a no ser que el otro no tenga necesidad de ello. Eso era lo que él había ido a hacer en Mills Valley. Y eso era lo que estaba haciendo de nuevo ahora, después de la muerte de ella, en Venecia.
Con afecto,
Rubén

¿Experiencias desagradables? ¿No fue eso lo que ella le dijo en la carta? Sí, pero no quiso hablar de ello.
¿Y si salían a pasear? ¿Un paseo por la orilla del mar? Hacía buen tiempo, un poco tormentoso, pero esa era la atmósfera apropiada. ¿O estaba él muy cansado? No, le apetecía salir a pasear y sentir los azotes del viento. Nadar iba a ser imposible, por la fría corriente del golfo y también por las riptides, las aguas revueltas. El mar estaba hermoso pero era un peligro, dijo ella. Y así era. Marin County, McClures Beach, un largo descenso, y unos campos a izquierda y derecha donde había unos alces enormes a los que estaba prohibido acercarse. Periodo de celo. De cuando en cuando se les oye bramar cuando se desafían con su imponente cornamenta. Abajo golpeaba el rompiente, muros de agua que te venían al encuentro, los correlimos correteaban delante de las olas trazando en la arena signos de un alfabeto minúsculo. El bramido del mar era un órgano furioso, el lugar donde se concluye una historia que empezó veinte años atrás. Entonces te pones a gritar contra el viento.
Una maldición, un destino que no se aviene con las tonalidades de esa tierra, ni con los colores infantiles de la ropa que viste ahí la gente mayor, ni con las casas ligeras de madera, ni con las imitaciones de una pintora holandesa de la era antroposófica. Por eso te acercas a la violencia del océano y lanzas tus palabras contra el viento, mientras la voz femenina grita contra la rompiente cosas sobre un poeta que la abandonó, un hijo drogadicto, una enfermedad como una bomba de relojería, «pero estoy resignada».
«Un poco excesivo, eh», dijo ella más tarde en el coche. Esa era la frase que él se llevó consigo a Venecia, «un poco excesivo». Se cartearon un par de veces más, pero cuando él le preguntaba por su enfermedad, ella rehusaba contestarle y le decía que los planetas y las estrellas la acompañaban más que nunca y que a veces sentía como si alguien estuviera a punto de llevársela al cielo. Y también le dijo que le había hecho un dibujo, que le enviaría cuando llegara el momento. Y que no quería su compasión. Acababa de regresar de la playa, donde había presenciado una puesta de sol alucinante, una extensa estela roja dirigiéndose en línea recta a la playa en la que habían estado los dos. Podría haber caminado sobre el agua directamente hacia el sol.
Al cabo de una semana más o menos llegó la acuarela que él había visto en su casa y que nunca llegó a colgar. Y con la acuarela, las cartas que él le había escrito durante los últimos meses y las de veinte años atrás. Las arrojó al agua sin leer. «Para eso están los cubos de basura», le conminó una voz a sus espaldas. Él no contestó y se quedó mirando los papelitos blancos que se mecían sobre el agua cenicienta del atardecer, hasta que pasó una góndola y los perdió de vista.