Relatos históricos 1-d
¿Qué es la
historia? Una sencilla fábula que todos hemos aceptado. (Napoleón
De medicina a
adicción: el opio en Occidente 1-d
Desde el
siglo XVII, el uso medicinal del opio en Europa se extendió y dio paso al
hábito, ya fuese bebido o fumado
(8
de noviembre de 2013)
El
médico galés John Jones, en Cómo revelar los misterios del opio (1700), habla
de los beneficios esta sustancia: "A menudo el opio quita el dolor
mediante la distracción y la relajación provocadas por el placer y su
incompatibilidad con el dolor"; "previene y quita la pesadumbre,
el miedo, las angustias, el mal genio y el desasosiego"; ha hecho a
"millones" de consumidores "más serenos y al mismo tiempo aptos
para la administración de sus negocios".
Lo
recomienda contra la gota, la hidropesía, el catarro, el asma, la disentería,
el cólera, el sarampión, la viruela, los cólicos y otras dolencias. Reduce
los vómitos, mitiga el hambre, alivia los dolores menstruales y las
convulsiones, y –además de efectos afrodisíacos– provoca "el crecimiento
del pene, del pecho y un aumento de la leche". Jones también previene
sobre los peligros de un uso prolongado: "Un estado de abotargamiento,
apatía y pesantez, como el de los borrachos crónicos, excepto cuando se está
bajo el influjo del opio", lo que es imputable a quienes lo emplean
"sin prudencia".
Los
elogiosos términos en los que se expresa Jones reflejan el entusiasmo de los
médicos de su tiempo por las múltiples virtudes del opio, el jugo de la
adormidera, que provienen de su principal ingrediente activo: la morfina.
Ésta alivia el dolor, dulcifica los espasmos, reduce la fiebre e induce al
sueño; como analgésico, produce euforia y amortigua la tensión y la ansiedad.
También suprime la tos, estriñe al inhibir los jugos gástricos, retarda la
respiración y dilata los vasos sanguíneos de la piel.
La era de los láudanos
Aunque
el opio era conocido desde la Antigüedad, su empleo experimentó un amplio
auge a partir del Renacimiento, cuando la expansión comercial de Europa
aumentó los contactos con el Imperio otomano, Persia y el Extremo Oriente,
zonas donde se cultivaba la adormidera –el Corán prohíbe el consumo del vino,
pero nada dice del opio (ni del cáñamo)–.
El
número de recetas médicas que incluían opio aumentó desde el siglo XVI; fue
entonces cuando, según se dice, el famoso médico y alquimista Paracelso acuñó
el término "láudano", una suerte de bálsamo fabricado por él y
que contenía opio mezclado con sustancias como beleño, almizcle y ámbar. En
adelante, el opio adquirió una reputación de medicina casi milagrosa que no
sólo reparaba la salud, sino que proporcionaba un gran bienestar.
Con
las preparaciones de tipo líquidas el opio pasó a convertirse, entre los siglos
XVI y XVII, en la medicina de las clases superiores
Aunque
podía ingerirse en forma de píldoras convenientemente edulcoradas, pues el opio
tiene un sabor amargo, se popularizó en forma de láudano, una solución de
opio en alcohol –líquida, pues, y no sólida como el compuesto de
Paracelso–. Con este tipo de preparación, el opio pasó a convertirse, entre los
siglos XVI y XVII, en la medicina de las clases superiores, ya que en su
elaboración se utilizaban ingredientes de elevado coste. Así, por ejemplo, en
el láudano que lleva su nombre, el médico Thomas Sydenham (el
"Hipócrates inglés") diluía opio en vino de Málaga, azafrán, canela y
clavo. Con él trató a pacientes como el rey Carlos II y Oliver Cromwell,
mientras que, en Francia, Richelieu, Colbert y Luis XIV tomaban el láudano del
abate Rousseau.
La atracción del opio
Durante
el siglo XVIII, el opio se democratizó. Aumentó su flujo a Europa y América,
y se diversificaron sus preparaciones: se presentaba en linimentos, grageas,
enemas, jarabes... Como los láudanos, estos productos se vendían en boticas y
prometían el alivio de todo tipo de dolencias El consumo del opio creció,
imparable. De aquel "curalotodo" universal, por entonces el único
remedio eficaz contra la tos, los cólicos y el dolor, echaron mano Benjamin
Franklin por su gota, o Robert Clive, el conquistador de la India, por sus
cálculos biliares (Clive terminaría por suicidarse debido al insoportable
dolor que le provocaban).
El
opio generaba la adicción de sus consumidores, y a veces las supuestas
enfermedades que curaba no eran sino un pretexto para tomarlo, como en el caso
del poeta inglés Coleridge. Del opio atraía su capacidad para aplacar la
ansiedad y los nervios, así como de estimular las ensoñaciones, lo que hizo que
recurrieran a él multitud de artistas y escritores.
Uno
de ellos, Thomas de Quincey, dejó el testimonio de su experiencia en Confesiones
de un inglés comedor de opio (1821): "Mientras el vino desordena
las facultades mentales, el opio (si se toma de manera apropiada) introduce en
ellas el orden, la legislación y la armonía más exquisitos. [...] el hombre
que está borracho o que tiende a la borrachera favorece la supremacía de la
parte meramente humana, y a menudo brutal, de su naturaleza, mientras el
comedor de opio siente que en él predomina la parte más divina de su
naturaleza; los efectos morales se encuentran en un estado de límpida
serenidad y sobre todas las cosas se dilata la gran luz del entendimiento
majestuoso".
Más
abajo en la escala social, la capacidad del opio para reducir las aflicciones
proporcionaba a los trabajadores de las zonas industriales de Gran Bretaña un alivio
temporal a las agotadoras jornadas en talleres y en minas.
El opio consumido en Europa provenía del Próximo Oriente y
su contenido en morfina era mayor que el de la India, desde donde los
ingleses lo introducían de contrabando en China, donde a finales del siglo
XVIII el opio estaba prohibido. La resistencia china a este comercio provocó
dos guerras con Gran Bretaña (1839-1842 y 1856-1860) que marcaron un cambio en
la opinión pública hacia Oriente y hacia una nueva manera de consumir el opio:
fumarlo.
De la pipa a la aguja
"El
fumar opio no se condena por el daño directo que provoca, grande o no, sino por
las circunstancias degradantes en que se lo busca"
En
China (donde los españoles habían llevado el tabaco desde América), el tabaco
se fumaba y los fumaderos chinos se convirtieron en el compendio de las
visiones europeas sobre un Extremo Oriente disoluto: eran algo depravado,
vicioso y criminal, y sus clientes caían en la holganza y la miseria. Como
manifestaría el médico sir Clifford Allbutt, estudioso del tema (e inventor del
termómetro clínico): "El fumar opio, ya sea en Europa o en otra parte, no
se condena por el daño directo que provoca, grande o no, sino por las
circunstancias degradantes en que se lo busca; en Oriente es el recurso de
aquellos que son la escoria del mundo".
Estas
ideas se proyectarían sobre los fumaderos de opio que desde mediados del siglo
XIX aparecieron en Europa y América con la emigración china. La morbosa
atracción que ejercieron en la opinión pública se alimentó de novelas como El
misterio de Edwin Drood, de Dickens (1869), y de las denuncias de la prensa
de masas, que los mostraba como antros de perversión.
Mientras
se extendía la moda de fumar opio, aparecieron nuevas formas de consumirlo: en
1806 se extrajo la morfina, el principal alcaloide del opio, cuyo uso se vio
facilitado por la invención de la aguja hipodérmica en 1853. Empleada para
combatir el dolor en todas las contiendas desde la guerra de Secesión, sus
efectos eran más rápidos y potentes, y también quien la tomaba se hacía adicto
más pronto, empezando por los soldados que la recibieron. Irónicamente, se
consideró que estaba desprovista de efectos adictivos y se promocionó para
deshabituar a los opiómanos, del mismo modo que se consideró que la heroína, un
derivado de la morfina creado en 1883, permitiría superar la adicción al opio y
a la morfina. El comercio de todas estas sustancias no comenzó a hallar
trabas internacionales hasta 1912, con la firma de la Convención
Internacional del Opio.
Con
afecto,
Ruben
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