viernes, 22 de agosto de 2025

Jacob Epstein

 

Jacob Epstein



Joven Epstein


Esculturaautoretrato Jacobo Epstein


J Epstein


(Nueva York, 1880 - Londres, 1959) Escultor inglés, pionero de la escultura moderna. En 1902 viaja a París, donde estudia en la Academia de Bellas Artes y en la academia Julian hasta 1904. Las visitas al Louvre despiertan su interés por la escultura primitiva y antigua. Tras viajar por el continente y visitar Florencia, se traslada a Londres en 1905, y dos años después obtiene la nacionalidad británica.

 

 


 

En 1907 recibe su primer encargo: la talla de dieciocho figuras para la sede de la Asociación Médica Británica en Strand. El énfasis en el desnudo y el tema de la procreación ofenden al público y producen escándalo (las figuras fueron mutiladas en 1935).

 

En 1910 realizó la tumba de Oscar Wilde para el cementerio Père-Lachaise de París. En ella muestra al poeta como un ángel-demonio alado, pero las autoridades se ofenden otra vez por la desnudez de la figura y la cubren de alquitrán. La idea está inspirada en los grandes toros alados asirios del Museo Británico y en el simbolismo exótico del propio Oscar Wilde. Gracias a esta estancia en París, conoce en 1912 a Constantin Brancusi, Pablo Picasso y Amedeo Modigliani.

 

Al año siguiente se establece en Pett Level, Sussex, y durante un periodo de intensa actividad reliza The Rock Drill, una figura mecanicista de escayola de un hombre montado sobre una taladradora. Es una de las obras capitales de la primera escultura moderna. Sus orígenes están en el cubismo y el futurismo, y tiene afinidades con obras de Umberto Boccioni y con los ready-mades de Marcel Duchamp, que aparecieron en el mismo año.

Hay en esta pieza un grado de inspiración e invención que no aparecerá más en la obra de Epstein. El propio Epstein acabaría rechazando esa parte de su imaginación y los motivos que le llevaron a hacer esta escultura unos años más tarde, describiéndola como "una siniestra figura armada de hoy y de mañana... sin humanidad, sólo el terrible monstruo Frankenstein en el que nos hemos convertido".

 

En 1913 se asocia brevemente con el Vorticismo y expone con el grupo de Londres en 1915 la versión original de The Rock Drill; colabora con dos dibujos en el primer número de la revista vorticista Blast. Al año siguiente expone una versión truncada, sin la taladradora neumática, renunciando con ello a una actitud vanguardista. Sus principales encargos durante los años veinte son Rima (1925) para el W. H. Hudson Memorial, en Hyde Park, y las figuras Noche y Día de 1929 para St. James Park, tras lo cual no recibió ningún otro encargo público en veintidós años.

 

A partir de entonces realizaría infinidad de retratos en bronce, de los cuales el más conocido es el de Albert Einstein (1933), retratos en los que continua la tradición romántica del naturalismo expresivo en la línea de Auguste Rodin. Entre sus grandes grupos en bronce están Madonna and Child (1951), para el Convent of the Holy Child, y Saint Michael and the Devil (1957) en la Coventry Cathedral.




Taladro  de Roca


 

Taladro  Roca 

 


Imagen femenina






Berard Shaw bronce   por Jacob Epstein, National PortrBust Gallery, London 



Un niño


Eufemia Lamb


Busto de bronce artista Mac Evoy


Imagen figura arena  Museo Albert Londres 


Escultura Museo Nacional de Walles Inglaterra


Coleccion  arte Ryan  Walsssal



Busto en bronce de una fotografia entrada galeria auto retratos Londres


Busto en bronce retrato esposa de Epstein



Angel Gabriel contra Lucifer




Estudio gatos


La visitacion 1929 Epstein




Cómo citar este artículo:

Tomás Fernández y Elena Tamaro. «Biografia de Jacob Epstein» [Internet]. Barcelona, España: Editorial Biografías y Vidas, 2004. Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/e/epstein.htm [página consultada el 22 de agosto de 2025].

Con afecto,

Ruben

lunes, 11 de agosto de 2025

Felix Hoffmann


 

Felix Hoffmann











Farmacia con anuncio de Aspirina en la Adolf Hitler Strasse de Wermsdorf, (Sajonia, Alemania), en 1936. Wikimedia Commons / Brück & Sohn Kunstverlag MeißenCC

Fuente:Quimica facil.net

Felix Hoffmann (21 de enero de 1868 – 8 de febrero de 1946) nació en Ludwigsburg, Alemania. Fue un químico alemán notable por volver a sintetizar la diamorfina (independientemente de Alder Wright que la sintetizó 23 años antes), que se popularizó con el nombre comercial de «heroína» de Bayer.

 

También se le atribuye la síntesis de aspirina, aunque se cuestiona si lo hizo por iniciativa propia o bajo las instrucciones de Arthur Eichengrün.

 

Su trabajo en el campo de la farmacia lo fascinó tanto que decidió ampliar su conocimiento en este campo estudiando química.

 

 

En 1891 se graduó magna cumlaude de la Universidad de Munich. Dos años más tarde obtuvo su doctorado, también magna cum laude, después de completar su tesis titulada «Sobre ciertos derivados del dihidroantraceno».

 


Felix Hoffmann y publicidad de aspirina ®



Por recomendación del eventual ganador del Premio Nobel, el profesor Adolf von Baeyer, con quien Hoffmann había estudiado, se unió a «Farbenfabriken vorm. Friedr. Bayer & Co.» en 1894 para trabajar en el laboratorio químico.

 

Fue principalmente por casualidad que hizo un descubrimiento de importancia histórica el 10 de agosto de 1897. Acetilando ácido salicílico con anhídrido acético, logró crear ácido acetilsalicílico (AAS) en una forma químicamente pura y estable.

 

Felix Hoffmann en publicidad aspirin de Bayer

Felix Hoffmann en publicidad de aspirina de Bayer

El farmacólogo responsable de verificar estos resultados se mostró escéptico al principio, sin embargo, el alcance de esta maravilla farmacéutica se hizo evidente una vez que se completaron varios estudios a gran escala para investigar la eficacia y la tolerabilidad de la sustancia: Hoffmann había descubierto un analgésico, reductor de la fiebre y Sustancia antiinflamatoria.

 

Luego, la empresa trabajó a fondo para desarrollar un proceso de producción rentable que permitiera suministrar el prometedor ingrediente activo como producto farmacéutico.

 

En 1899 se lanzó por primera vez bajo el nombre comercial Aspirin ™, inicialmente como un polvo suministrado en botellas de vidrio. Aspirin ™ ha hecho que el nombre de Bayer sea mundialmente famoso como ningún otro medicamento.

 

Poco después de la síntesis del ácido acetilsalicílico, Hoffmann fue nombrado jefe del departamento de marketing farmacéutico.

 

Cuando se retiró en 1928, su descubrimiento ya era un éxito mundial. Sin embargo, permaneció desconocido para el público internacional. Vivió en Suiza fuera del ojo público hasta su muerte en 1946. Felix Hoffmann nunca estuvo casado y no tuvo hijos.

Una historia no confirmada

El quimico llamado Felix Hoffmann que cada día presenciaba cómo su pobre padre artrítico padecía del estómago a causa de la medicación que le habían prescrito para paliar su enfermedad, el ácido salicílico. Como trabajaba en la farmacéutica Bayer, decidió aprovechar su condición de empleado del sector para tratar de poner fin a tan penosa situación familiar. Guiado por tal propósito, habría empezado a sintetizar derivados de la molécula en cuestión. Su esperanza: dar con uno que mantuviera sus propiedades calmantes del dolor y la inflamación, pero que atenuase la acidez responsable de sus molestos efectos secundarios.

 Al fin, tras mucho porfiar, lo habría encontrado, mediante una reacción de acetilación que le habría conducido al ácido acetilsalicílico. Y, con ello, no solo habría aliviado el sufrimiento de su progenitor. Habría logrado, además, el descubrimiento de un fármaco que alcanzaría la celebridad, comercializado desde 1899 bajo el nombre de marca Aspirina.




Con afecto,

Ruben

 

 

 

 

 

viernes, 1 de agosto de 2025

Cuento :A través del muro

 

A través del muro

[Minicuento - Texto completo.]

Virgilio Díaz Grullón


 

 


Está tirado en el suelo, aplastado contra la negruzca tierra ardiente. Apoya la barbilla en el vértice que forma su brazo izquierdo doblado en ángulo. Con la mano derecha empuña, firmemente aún, el fusil que descansa a su lado. Hace mucho tiempo que está allí, inmóvil, tenso, con los ojos fijos en la estrecha abertura que forman más abajo dos rocas gemelas, enormes y peladas. Sabe que si ellos vienen pasarían forzosamente a través de aquella especie de pórtico natural que él está dispuesto a convertir en trampa mortífera. Aunque le parece que ha transcurrido ya una eternidad desde el último disparo, se aferra a esta posibilidad y esperará todavía algún tiempo antes de abandonar este perfecto lugar de observación. Siente la boca ardida y seca y la lengua, enorme, pesada y torpe, se revuelca contra las paredes del paladar como un perro hidrófobo moribundo. (Tibia evocación de suaves aguas en remanso y un niño —el mismo— zambullendo desnudo hasta el fondo cenagoso de una laguna). La lengua se estruja ahora, dolorosamente, contra los dientes en busca de un poco de saliva. La imagen del agua lo obsesiona. Piensa fijamente en un sorbo de agua. Un sorbo tan solo. Mantenerlo avariciosamente en la boca y moverlo de uno a otro lado del paladar y dejarlo descender después, sin precipitación ninguna, y sentir su frescor y su dulzura bañarle la garganta. (El filtro de loza blanca arrinconado en un lugar familiar del comedor hogareño. La añorada cursilería de sus florecitas azules danzando acompasadamente frente a sus ojos afiebrados). ¿Cuánto tiempo puede permanecer un hombre sin tomar agua? ¿Dos, tres días? No recuerda bien. En la escuela aprendió algo de eso, pero aquellos tiempos estaban tan lejanos… Además, no puede uno fiarse: también le enseñaron que podía permanecerse durante tres minutos sin respirar y el jamás soportó bajo el agua más de un minuto… Aunque tal vez ahora podría estar mucho más. Sumergido en un río fresco, de suave corriente… Sentarse sobre las piedras pulidas y sentir la caricia del agua rozarle amorosamente el costado… Extender los brazos y dejarlos flotar desfallecidamente… O, con los dedos juntos, agitar dentro del agua las manos y sentir la resistencia de la masa líquida y vencerla lentamente.

La sensación de la realidad circundante le sacude bruscamente, como un escalofrío: Ahora no estoy en el agua sino en la tierra. Mi tierra. La que he venido a liberar… «Tenemos que limpiar nuestra tierra», había dicho el instructor en el lejano campo de adiestramiento, siguiendo su costumbre de mezclar frases altisonantes con la instrucción militar. «Hay que ir allá y limpiarle la cara sucia»… Bueno, aquí estoy yo tratando de hacerlo. Sólo que ahora no puedo verlo de la misma manera que desde allá… No, no es lo mismo. No se trata ahora de un paseo triunfal, ni de «la jornada gloriosa de los héroes de la libertad», ni de cantar himnos ni discutir de política… Esto es sentirse uno barrido, llevado y traído en el viento. Sin poder utilizar el propio timón… Sin tener tiempo siquiera para pensar que debía haber un timón en alguna parte. «Hay que limpiar la tierra», pero la única tierra de que ha podido tener conciencia es el trozo minúsculo sobre el que se aplasta su propio cuerpo con un salvaje anhelo de no ser visto. Y lo único que podría limpiar de ella es la yerba rala que crece bajo sus miembros… Además, este no es el momento de pensar en limpiar nada ni de arrancar la mala yerba. Este es el momento de pensar en salvar la vida y escapar de esta trampa… ¡Dios mío, un poco de agua! No debo pensar en el agua. El agua es lo de menos. La sed es un estado mental. La sed es un estado mental. La sed es… El filtro de loza blanca tenía una llavecita pequeña y el agua salía de ella tan lentamente que era preciso inclinar el aparato para apresurar su caída. Una vez se le cayó el filtro al suelo durante aquella maniobra. Se dio un susto tremendo pero no se rompió y nadie se enteró siquiera… Tengo la boca seca. Tan seca que siento la lengua agrietada y la garganta me duele al tragar… ¿Tragar qué? Tal vez aire, porque lo que es saliva ya no tengo …Debería aliviarme tragar aire porque el aire es fresco y eso es precisamente lo que necesito: refrescarme por dentro… Debo tener fiebre. Siento el cuerpo ardiente. Si me pusiera el termómetro marcaría 39 grados por lo menos… Pero, ¿quién piensa ahora en termómetros? Este no es un problema a resolver con termómetros. Es algo mucho más serio este lío en que me he metido… ¡Maldita sed! ¿Cuánto tiempo más podré resistir? ¿Cuánto más?

La mujer, alta y huesuda, erguida frente al pilón de madera, maja los granos de café recién tostados con movimientos rítmicos de los brazos secos y fuertes. Manejado con destreza, el pesado mazo sube y cae acompasadamente, golpeando sin cesar los granos oscuros apretujados en el fondo del pilón. Por encima del ruido sordo, la mirada sin brillo de la mujer se pierde en la llanura lejana, pasando a través de la puerta abierta del rancho, anchándose cuando llega al campo raso y a la falda pelada de la loma donde se quiebran los últimos rayos del sol de la tarde… Hace ya mucho tiempo que machaca los granos. Un poco más y acabaría… Cuando vinieron los guardias, hace ya más de dos horas, la encontraron en plena labor y, durante el registro, no la suspendió ni un solo momento. Ni cuando le preguntaron si había visto pasar unos hombres huyendo. Ni siquiera cuando el que más hablaba y parecía el jefe se paró delante de ella, empuñando el mazo y deteniendo en seco sus movimientos, le gritó: «Oiga, vieja del diantre, si usted esconde alguno de esos bandidos la voy a cortar en dos con esta bayoneta». No le respondió ni una palabra. Zafó la mano con un movimiento brusco y continuó su trabajo sin mirar siquiera al hombre… Y Toño, como siempre, no estaba allí. Cada vez que pasaba algo, Toño estaba afuera. Era como si adivinara cuando iba a haber líos. Así fue con las calenturas del niño, que se le murió en los brazos mientras ella, parada frente al rancho, miraba hacia el camino en espera de su hombre… Y cuando el río subió, dos años atrás, y tuvo ella sola que sacar todos los trastos del rancho y subirlos a la loma y pasar allá toda la noche porque el agua cubrió por completo el llano, y Toño no se dejó ver sino cuando el agua ya había vuelto al río… Siempre era ella quien tenía que resolver las cosas. Suerte que no perdía nunca la cabeza. Lo que había que hacer lo hacía. Sin pensarlo: solo dejando que algo que tenía adentro saliese afuera y obrase por ella… Y ahora todo este nuevo lío. Primero los tiros detrás de la loma, y después la guardia metiéndose en el rancho, revolviéndolo todo y preguntándole por su marido… Y los ojos colorados del oficial amenazándola… No, Toño no volvería ahora. Era inútil esperarlo. Algo debía haberse olido ya. Desde hacía un tiempo vivía como espantado. Estaba metido en algo de lo que no hablaba. Ella no le preguntaba nada, pero sospechaba de sus salidas por las noches y sus reuniones con gente extraña de las que volvía hosco y callado, con un brillo raro en los ojos… No, Toño no volvería por ahora. Llegaría al día siguiente, cuando todo hubiera pasado. Traería cara de perro y vendría hablando pestes del gobierno. Y era ella quien tendría que resolver los problemas, como siempre…

Se afinca sobre los codos, se arrastra un poco hacia delante y, levantando con precaución el torso, recorre con la mirada las rocas peladas que se extienden allá abajo, examinando atentamente los escasos matorrales, asegurándose de que no hay peligro alguno. Es entonces cuando nota por vez primera el rancho de tablas de palma, techado de yaguas, que se levanta a la izquierda del claro. Clava fijamente los ojos en la destartalada estructura y contiene la respiración. En algún lugar tras aquellas rústicas paredes, sobre cualquier tosco soporte, despreciada tal vez, disminuida sin duda su importancia suprema, una rojiza tinaja de agua fresca aguarda indiferente con su gordo vientre henchido como un Buda… La prudencia le abandona de repente. Se incorpora de un todo y corre velozmente hacia abajo, desprendiendo a su paso las piedras del camino. A medias erguido, a medias rodando y deslizándose, con el fusil maquinalmente empuñado, alcanza la llanura abierta y se lanza a toda carrera hacia el rancho que se ofrece, impasible y gris, a su muda desesperación.

Lo ha visto mientras se acerca corriendo a través del claro, pero no interrumpe su labor. Todavía deja caer el mazo dos veces más sobre el grano ya pulverizado después de oír las palabras entrecortadas del hombre que se apoya desfallecidamente en el umbral: «Agua, doña… Por favor, un poco de agua»… Sin que un solo músculo de su cara se mueva, habiendo apenas posado un instante los ojos sobre la figura implorante, la mujer cruza lentamente la estancia y, tomando el jarro de lata que pende de la pared opuesta, lo llena en la tinaja y se lo ofrece al hombre, sin mirarlo aún mientras este bebe con desesperada ansiedad. El mismo vuelve a llenar el jarro y apura de nuevo su contenido de un tirón, hasta que se siente casi reventar par dentro. Se seca, luego, la boca húmeda con el dorso de la mano y observa entonces a la mujer, que ha vuelto junto al pilón y machaca de nuevo los granos, indiferente por completo a su presencia. Vuelve ya a sentirse el mismo. Es como si sólo ahora, luego de haber saciado su sed, adquiriese conciencia de quién es y qué hace allí. Mira el fusil y se asombra de haberlo conservado. Le parece que ha sido otro, no él, quien ha corrido como un loco por el llano descubierto exponiéndose a los tiros… «Gracias, doña», dice con voz entrecortada. Se siente absurdo, incongruente, allí parado, con el arma en la mano, frente a aquella callada mujer que golpea sin cesar con el pesado mazo el fondo oculto del pilón … «¿Puedo descansar aquí un momento…? Me estaré solo un rato, junto a la puerta». No hay respuesta y se deja caer, deslizándose, por la áspera pared hasta quedar sentado en el suelo, con las piernas extendidas y la espalda recostada al fin contra algo sólido, seguro. El fusil, momentáneamente olvidado, reposa a su lado. Quiere hablar, pero no encuentra las palabras. Sabe que existen y que son términos sencillos, claros y precisos, pero no puede dar con ellos. Sabe que ha de explicarle a aquella mujer quién es y a qué viene. Es la primera persona que ha encontrado después del azaroso desembarco, porque a los soldados ni siquiera los vio: sólo oyó sus voces en la noche, entremezcladas con los disparos… Sí, debe hablarle, pero no puede hallar la fórmula para pasar a través del muro que siente crecer entre ambos. Es absurdo, piensa. Estoy a dos escasos metros de un campesino. «El noble fruto de la tierra», habría dicho el instructor. Me ha dado agua. Me ha ofrecido un lugar para descansar. Y, sin embargo, ella no sabe quién soy. Qué busco. Por qué estoy aquí. ¿Podría yo explicárselo? ¿Podría decirle todo lo que llevo dentro en una forma que entienda? ¿Para que me mire con otros ojos, más compasivos, más humanos…? No, no podría. Nunca podré… Y siempre fue así. Jamás logré poner en palabras inteligibles todo lo que, desde niño, se estremeció dentro de mí. Esta rebeldía y este amor que me ha arrastrado siempre junto a los débiles, los pobres, los de abajo quienes quiera que fuesen… Todo iba muy bien mientras permanecía en el terreno de la elucubración general, de la teoría política más o menos abstracta. ¡Qué difícil, en cambio, expresarla y dirigirla hacia un objeto concreto! ¡Qué imposible me ha resultado siempre transmitir ese calor, ese fuego interno, directamente a un ser humano! Y he aquí de nuevo la misma historia: aquí está ella, al alcance de la mano, aguardando mansamente mis palabras, con una resignación callada, inmersa en su infinito desamparo, en espera inconsciente de una salvación oscuramente presentida. Y no soy capaz ni siquiera de explicarle lo que represento. Por qué he vuelto a mi tierra. Decirle todo lo que voy a hacer por ella y por todos los que son como ella… ¡Dios mío!, ¿dónde está el mal? ¿Es ella o soy yo el culpable de este muro infranqueable? ¿He sido yo quien lo he levantado con estas mismas manos con que pretendo curar las heridas del pueblo? ¿Es porque en realidad no sé nada de ella por lo que se frustra todo intento de reciproca comunicación? Ignorancia de sus verdaderos problemas. No de los que representa como símbolo, como mera abstracción, sino de los que ella vive y padece cada día. Los que durante siglos han ido absorbiéndole la sangre y los jugos del cuerpo… ¿Por qué me siento tan y tan lejos de ti, hermana mía…?

Poco a poco sus ideas van tornándose más vagas: Este maldito mazo golpeando sin cesar sobre el pilón eternamente, como el tic tac de un reloj que no se detiene nunca… Y este cansancio infinito que se me va metiendo en el cuerpo… No debo dormir ahora: sería una estúpida imprudencia… ¡Pero hace tanto tiempo que no duermo!… ¿Treintiséis horas? ¿Cuarenta y ocho…? ¿Qué será de los compañeros? ¿Habrán escapado algunos de la emboscada…? «Reunirse bajo el puente», fue la consigna… Pero el puente estaba tan lejano… Todo está tan lejano … Y el aire es aquí tan fresco… Y ese maldito mazo cayendo y cayendo.

La gorra se desliza suavemente de su cabeza al apoyarla, ya vencido por el sueño, en el quicio de la puerta. La mujer golpea aún un poco más. Luego, sin abandonar el mazo, camina lentamente hasta el cuerpo tendido. Se inclina sobre él y recoge la gorra de tela verde mientras mira la frente que se ofrece rendida a sus pies. Al contemplarla tan serenamente abandonada murmura quedamente para sí misma: «Pero si es un niño»… Entonces, un impulso terrible, con raíces perdidas en la profundidad del tiempo, le desorbita los ojos, le pone tensos los secos brazos nervudos, le cierra ferozmente las manos de venas hinchadas en torno a la tosca madera del mazo. Después, todo el horrendo conjunto se alza sobre la dulce frente abandonada y luego desciende con furia increíble en el mismo instante en que, súbita, cruel, ensordecedora y brutal, como si surgiese de todas partes al unísono, de las paredes, de las ventanas, de la puerta, del piso, del techo, la ráfaga atruena el rancho con su rugido infernal. El cuerpo inerte ha saltado cien veces sobre si mismo y las suaves facciones, un momento antes distendidas por el sueño, se transforman bajo sus ojos en un amasijo trágico de carne y sangre y huesos triturados …

Un silencio profundo lo invade todo. De todas partes han surgido guardias, como un enjambre de avispas amarillas, que se mueven en todas direcciones y hablan entre si sin que ella las oiga. Dejando atrás todo, sale lentamente del rancho y se para en el claro, con los brazos cruzados en el pecho, impasible, en espera de su hombre, que nunca estaba en casa cuando había que resolver un problema.

FIN


Crónicas de Altocerro, 1966

Agradecemos a José Alcántara Almánzar su aportación de este texto a la Biblioteca Digital Ciudad Seva.

Con afecto,

Ruben

 




 

Virgilio Díaz Grullón

 

Virgilio Díaz Grullón



Nacimiento    1 de mayo de 1924

Bandera de la República Dominicana Santiago de los Caballeros, República Dominicana




Fallecimiento            20 de julio de 2001

(77 años)

Bandera de la República Dominicana Santo Domingo, República Dominicana

Nacionalidad Dominicana

Familia

Cónyuge         Aída Bonnelly Peralta

Familiares     larissa rosario castro (cuñada)

Ángel Luis Arambilet Álvarez (yerno)

Información profesional

Ocupación     escritor, poeta, abogado


Virgilio Díaz Grullón (Santiago de los Caballeros, 1 de mayo de 1924 - Santo Domingo, 18 de julio de 2001) fue un escritor, poeta y abogado .

 

Biografía

Hijo del poeta Virgilio Díaz Ordóñez, (más conocido Ligio Vizardi), y de Ana Virginia Grullón, cursó sus primeros estudios en Santiago de los Caballeros. En 1946 obtuvo el título de Doctor en Derecho en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, luego de lo cual desempeñó cargos en la administración pública, la banca privada y en organismos financieros internacionales.1

 

Sus obras narrativas abarcan desde la narración de escenarios urbanos y de clase media hasta la temática psicológica, pasando por el cuento fantástico clásico y la crítica social.2 En su novela Los algarrobos también sueñan realizó una fuerte crítica a Trujillo, y reivindicó los fracasados intentos de oposición armada e ideológica a su dictadura.3

 

Este es considerado como uno de los mejores exponentes de la literatura dominicana en el género de cuentos. Juan Bosch dijo que a pesar de la juventud de Díaz Grullón al momento de escribir sus primeros cuentos, el escritor ya «Tenía la madurez de un cuentista avezado en el tratamiento del género». En particular, calificó a La enemiga como «...el cuento perfecto...» donde «...Grullón muestra la asombrosa facultad de describir complejidades psicológicas con una cantidad sorprendentemente escasa de palabras».4

 

En 1958 obtuvo el Premio Nacional de Cuento con Un día cualquiera y fue finalista del Concurso de Autores Hispanoamericanos del Instituto de Cultura Hispánica de Madrid por el cuento Edipo. En 1977 obtuvo el Premio Anual de Novela Manuel de Jesús Galván por Los algarrobos también sueñan. En 1997 recibió el Premio Nacional de Literatura de la República Dominicana.1

 

Colaboró con diversos periódicos y revistas nacionales y extranjeras. Varios de sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés y portugués, apareciendo en numerosas antologías. Fue miembro de la Academia Dominicana de la Lengua. Falleció en Santo Domingo, República Dominicana el 18 de julio de 2001.

 

Obras

Cuentos

Un día cualquiera (Ciudad Trujillo Santo Domingo, Editorial Librería Dominicana, 1958)

La enemiga (Santo Domingo)

Crónicas de Alto cerro (Santo Domingo, Editora El Caribe, 1966)

Más allá del espejo (Santo Domingo, Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1975)

De niños, hombres y fantasmas (Santo Domingo, Colección Montesinos, 1981)

El pequeño culpable

   El círculo (fecha desconocida)

Novela

Los algarrobos también sueñan (Santo Domingo, Editora Taller, 1977)

 

Ensayo

Antinostalgia de una era (Santo Domingo, Fundación Cultural Dominicana, 1989)

Con afecto,

Ruben

domingo, 27 de julio de 2025

La Revolution Francesa

 

La Revolution Francesa 

Preguntas principales

 

1. ¿Qué fueron las revoluciones de 1848?

Las revoluciones de 1848 fueron una serie de revueltas republicanas contra las monarquías europeas que comenzaron en Sicilia y se extendieron a Francia, Alemania, Italia y el Imperio austríaco. Estas revoluciones compartían los objetivos comunes del liberalismo, el nacionalismo y la democracia, y se vieron influenciadas por las dificultades económicas y el descontento político.

2. ¿Qué países de Europa experimentaron revoluciones en 1848?

Las revoluciones de 1848, una serie de revueltas republicanas contra las monarquías europeas, comenzaron en Italia y se extendieron a Francia, Alemania, Italia y el Imperio austríaco.

3. ¿Cómo contribuyeron los cambios industriales y agrícolas a las revoluciones?

4. Los cambios industriales y agrícolas contribuyeron significativamente a las revoluciones en la Europa del siglo XIX. La Revolución Industrial trajo consigo nuevas tecnologías, nuevas organizaciones empresariales y la urbanización. Esto provocó agravios económicos y transformaciones sociales, creando una división entre propietarios y no propietarios y causando malestar entre los artesanos debido a la pérdida de estatus y las cambiantes condiciones laborales.

Los avances agrícolas, como las herramientas fabricadas en fábricas, la rotación de cultivos y los fertilizantes, aumentaron la producción y la especialización del mercado. Estos cambios, combinados con el crecimiento demográfico, presionaron a los campesinos y artesanos, obligándolos a buscar nuevas formas de trabajo. Las dificultades económicas y el surgimiento de nuevas clases sociales alimentaron los sentimientos revolucionarios, particularmente en los estallidos de 1848.

5. ¿Qué papel desempeñó el nacionalismo en las Revoluciones de 1848?

El nacionalismo jugó un papel significativo en las Revoluciones de 1848, una serie de revueltas republicanas contra las monarquías europeas. El auge del nacionalismo a principios del siglo XIX alimentó los deseos de unificación nacional y autodeterminación. En Italia, la revolución inicialmente adoptó la forma de un levantamiento nacionalista contra Austria. Dentro del Imperio austríaco, diversas nacionalidades lucharon por gobiernos nacionales. La Asamblea Nacional de Fráncfort se reunió para preparar una constitución para una Alemania libre y unida, haciendo realidad las esperanzas de los nacionalistas. Sin embargo, surgieron desacuerdos sobre la forma de la unificación nacional, con visiones contrapuestas entre una "Gran Alemania" y una "Pequeña Alemania". A pesar de los éxitos iniciales, las revoluciones finalmente fracasaron debido a la falta de objetivos unificados y al resurgimiento de las fuerzas conservadoras.



La Revolución Francesa (1789-1799) ha sido tradicionalmente considerada como el indicador del final de una época histórica y el punto de arranque de una nueva etapa: la Edad Contemporánea. Por este motivo puede aceptarse que, aunque cronológicamente el siglo XIX comenzase en 1801, históricamente se inició en 1789. Ciertamente, el estallido de la Revolución Francesa señala una línea divisoria entre dos sistemas sociopolíticos opuestos: en el Antiguo Régimen, anterior a la Revolución Francesa, el absolutismo monárquico regía una sociedad feudal; en el Nuevo Régimen surgido tras la misma, en cambio, reconocemos muchos de los rasgos que caracterizan la organización política y social del mundo contemporáneo.

 

 

La toma de la Bastilla (14 de julio de 1789) ha quedado

como el suceso icónico de la Revolución Francesa

 

En el terreno político, la Revolución Francesa acabó con el sistema de monarquías absolutas que había prevalecido durante siglos en muchos países europeos. Dicho sistema político se basaba en el principio de que todos los poderes (el de promulgar las leyes -legislativo-, el de aplicarlas -ejecutivo-, y el de determinar si las leyes habían sido o no cumplidas -judicial-) residían en el rey. El monarca era fuente de todo poder por derecho divino; tal derecho era la base jurídica y filosófica de su soberanía.

 

La Revolución Francesa establecería la separación de estos poderes, de tal manera que el legislativo correspondería a una Asamblea o Parlamento; el poder ejecutivo seguiría residiendo en el rey y sus ministros, o en un gobierno en las repúblicas; y el judicial recaería en los tribunales de justicia, como poder técnico e independiente. En definitiva, la monarquía dejaría de existir o de ser absoluta para convertirse en un sistema político en que los distintos poderes servirían de contrapesos y se controlarían mutuamente. Se entendía, además, que la soberanía no procedía sino del pueblo, el cual delegaba el ejercicio del poder en gobernantes libremente elegidos en procesos electorales periódicos.

 

En el plano social, las consecuencias de la Revolución Francesa serían igualmente trascendentes. El Antiguo Régimen se había caracterizado por consolidar un tipo de organización social rígido y de carácter marcadamente estamental, en la que se habían consagrado dos grupos o estamentos inamovibles: el clero y la nobleza. Estos estamentos gozaban de una jurisdicción especial que les eximía de pagar impuestos, entre otros privilegios. El tercer estamento lo integraban los campesinos, que estaban obligados a sostener los gastos del Estado con el pago de tributos.

 

Pero no solamente campesinos, artesanos o siervos componían el tercer estamento; una nueva clase social dinámica y próspera, enriquecida mediante los negocios, el comercio y la industria, también pertenecía jurídicamente a aquel «tercer estado» carente de privilegios: la burguesía. Esta clase emergente aspiraba a que su ascenso y su poderío económico se reflejase en el ordenamiento político. De hecho, la Revolución Francesa y su más inmediato precedente, la independencia de los Estados Unidos, constituyen los primeros ejemplos de lo que los historiadores han llamado «revoluciones burguesas». En ambas, el triunfo de la burguesía sobre la aristocracia anquilosada determinó una configuración social en concordancia con la mentalidad y los valores burgueses.



 

 

El carácter débil e indeciso de Luis XVI favoreció a los revolucionarios

 

De este modo, la Revolución Francesa creó una nueva sociedad cuya principal característica sería la eliminación de los privilegios y la proclamación de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley; sin embargo, este ideal de igualdad se quedaría en el plano de lo teórico, ya que la nueva sociedad establecería un nuevo tipo de jerarquización entre los ciudadanos marcada no por el origen o la sangre, como antes, sino por la posesión de riquezas. Se pasó así de una sociedad estamental cerrada (se era noble por ser hijo de nobles, sin importar méritos o riquezas) a una sociedad abierta pero clasista (la nuestra), en que el dinero y los bienes materiales determinan la clase social. El resultado de la Revolución Francesa, en suma, sería la universalización del ideario burgués y la ascensión al poder de la misma burguesía, que sería la principal beneficiaria de los cambios.

 

La Revolución afectó a otros países además de Francia. Los gobernantes y la aristocracia de los países vecinos se convirtieron en sus mayores enemigos, y diversas monarquías europeas formaron coaliciones antifrancesas que tenían como objetivo acabar con el proceso revolucionario y restaurar el absolutismo. Pero la Revolución encontró apoyo en los campesinos, en los trabajadores de las ciudades y en las clases medias, y sus ideas penetraron en los estamentos no privilegiados de los restantes países europeos, que, en procesos revolucionarios o reformistas, acabarían por adoptar muchos de sus principios a lo largo del siglo XIX, quedando sus sociedades y sus gobiernos configurados de forma similar. En este sentido, la Revolución Francesa fue un acontecimiento de alcance universal.

 

Causas de la Revolución Francesa

 

Antes de entrar en el análisis del proceso revolucionario francés hay que señalar las causas que lo desencadenaron, dando por sentado la dificultad que supone establecer un orden de importancia en las mismas. Debe destacarse, en primer lugar, que el impacto de la filosofía ilustrada en el proceso revolucionario es una realidad incuestionable. Las ideas que difundió la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert (1751-1772), y las doctrinas políticas y sociales de Montesquieu, Rousseau y Voltaire dinamitaron los fundamentos teóricos de la monarquía absoluta y pusieron en manos del elemento burgués el ensamblaje teórico con el que justificar la destrucción del Antiguo Régimen. El barón de Montesquieu desarrolló la teoría de la división de poderes en El espíritu de las leyes (1748); Voltaire censuró el poder y fanatismo de la Iglesia y defendió la tolerancia y la libertad de cultos; Jean-Jacques Rousseau planteó en El contrato social (1762) el principio de la soberanía popular, que el pueblo ejerce a través de representantes libremente elegidos.

 

Durante el siglo XVIII, Francia vivió una serie de desajustes sociales propios de unas estructuras anquilosadas incapaces de adaptarse a la dinámica de los tiempos. El desarrollo de la economía, con importantes avances en sectores como la industria y el comercio, había favorecido el protagonismo de la burguesía, cuyo creciente poder económico no se veía correspondido con la función que le era asignada en la sociedad del Antiguo Régimen. A la eclosión de la burguesía como nueva realidad social cada vez más reacia a tolerar las prerrogativas y prebendas de los estamentos superiores, había que añadir la insoportable situación del campesinado francés, sujeto a un sistema de explotación señorial que, lejos de suavizarse a lo largo del siglo XVIII, tendía a hacerse aún más oneroso.

 

En la década de 1780, una sucesión de malas cosechas y graves crisis agrícolas desencadenaron la casi paralización de los restantes sectores económicos, íntimamente dependientes del sector primario. La prolongada depresión se dejó sentir con notable intensidad en el campo y en la ciudad, sucediéndose, en los años que precedieron a la Revolución, una serie de motines y levantamientos populares provocados por la carestía y la escasez de los productos de primera necesidad.

 

La crisis financiera como desencadenante inmediato

 

Si las causas mencionadas contribuyeron a preparar el clima para el estallido de la Revolución Francesa, el factor que lo precipitó fue la crisis política surgida cuando Luis XVI intentó hacer frente a la caótica situación financiera por la que pasaba el erario público. El déficit crónico de la monarquía se había convertido en el problema más acuciante para los últimos gobiernos del despotismo ilustrado. Los gastos provocados por el apoyo a la independencia de las colonias británicas en América y por los dispendios de la corte de Versalles hacían inaplazable la toma de medidas urgentes en unos momentos en los que el Estado carecía de crédito ante los banqueros y ya no podía recurrir al clásico expediente de incrementar la presión fiscal a los que siempre la habían soportado.

 

En estas circunstancias, los responsables de finanzas de los gabinetes de Luis XVI, Robert Jacques Turgot (1774-1776) y Jacques Necker (1778-1781), sugirieron al monarca algunas medidas encaminadas a equilibrar el presupuesto, aunque no lograron su objetivo al ser destituidos de sus cargos por la presión de los sectores más conservadores de la nobleza y del clero. Jacques Necker llegó a publicar en 1781 un presupuesto de la nación (Compte rendu au roi) que supuso su inmediato cese: por primera vez la opinión pública conoció las elevadas partidas destinadas a sufragar los gastos de la corte. Tal ejercicio de transparencia le reportó un gran prestigio entre el pueblo y la burguesía.

 

En 1783, Charles Alexandre de Calonne, nuevo ministro de finanzas, intentó poner en práctica un plan de reforma fiscal basado en las ideas de sus antecesores, que, en síntesis, suponía la desaparición de los privilegios fiscales de la nobleza y el clero. La frontal oposición de los poderosos provocó su caída en abril de 1787; le sustituyó Loménie de Brienne, arzobispo de Toulouse y uno de los más acérrimos enemigos de las reformas.

 

 


Sesión inaugural de los Estados Generales (5 de mayo de 1789)

 

El nuevo ministro, una vez comprobado el colapso financiero que amenazaba al Estado, recurrió de nuevo al proyecto de Calonne, retocado en algunos puntos. En esta ocasión, los «privilegiados», que se habían erigido en representantes de los intereses de la nación, negaron al monarca toda capacidad legal para cambiar el sistema fiscal francés y solicitaron la convocatoria de los Estados Generales, argumentando (conforme a la tesis del duque Luis Felipe II de Orleans) que eran la única institución histórica que tenía poder para ello.

 

Como cuerpo legislativo que actuaba en representación de cada una de las tres clases sociales, la nobleza, el clero y el pueblo (el «Tercer Estado»), los Estados Generales habían tenido un importante papel en la Francia de los siglos XIV y XV. Sin embargo, la deriva centralista y absolutista protagonizada desde entonces por las monarquías europeas había por lo general reducido este tipo de instituciones a órganos consultivos o decorativos; era el caso de los Estados Generales, de los que puede incluso afirmarse que yacían en el olvido: su última reunión había tenido lugar en 1614.

 

Los Estados Generales (1788-1789)

 

Enfrentado a una situación insostenible, Luis XVI aceptó al fin (5 de julio de 1788) la reunión de los Estados Generales para primeros de mayo de 1789 y la dimisión de Loménie de Brienne; Jacques Necker, puesto otra vez al frente del ministerio de finanzas, se convertía en el nuevo hombre fuerte de la situación. Aparentemente, con la convocatoria de los Estados Generales, la llamada «revuelta de los privilegiados» se había anotado una victoria; en realidad, era el principio de una nueva etapa caracterizada por el exclusivo protagonismo de la burguesía. Si los poderosos pretendían aprovechar los Estados Generales para perpetuar sus privilegios, los burgueses perseguían acabar con ellos; de ahí que sus primeros objetivos fueran conseguir para el Tercer Estado una representación similar en cifras a la nobleza y clero juntos, y que se votase por cabeza y no por estamentos.

 

El decreto que organizaba los comicios (27 de diciembre de 1788) estableció el modo en que cada estamento elegiría a sus representantes en los Estados Generales, pero sin hacer referencia a la importante cuestión del voto, verdadero caballo de batalla de los dirigentes de la burguesía. La libertad que, en la práctica, concedía la normativa electoral favoreció a los distintos aspirantes a liderar el Tercer Estado, que pudieron difundir sin cortapisas sus ideas y proyectos políticos, asumidos por un importante sector de la sociedad francesa, como quedó reflejado en los cuadernos de quejas (cahiers de doléances) enviados al rey por instituciones y grupos ciudadanos.

 

Una vez efectuadas las votaciones, el 5 de mayo de 1789 tuvo lugar la apertura de los Estados Generales con un discurso de Luis XVI, donde dejaba entrever la exclusiva misión de solucionar el problema financiero que se asignaba a la institución, sin aludir en ningún momento a las peticiones de los portavoces del estamento popular. El Tercer Estado pidió que las votaciones se llevasen a cabo individualmente y no por estamento, ya que en caso contrario el voto conjunto de la nobleza y el clero prevalecería siempre sobre el de los plebeyos. La propuesta difícilmente podía prosperar: si se votaba individualmente, el Tercer Estado, que disponía de mayoría de representantes, pasaría a controlar los Estados Generales.



 


 

El juramento del Juego de Pelota, de Jacques-Louis David

 

Tras varias semanas de discusiones estériles, el Tercer Estado acordó abandonar tanto su denominación como su condición de organismo representativo de tan sólo un estamento, y, sobre la base de sus miembros, se constituyó en Asamblea Nacional, autoproclamándose auténtica representación de la nación e invitando a los demás estamentos a unirse a sus deliberaciones (17 de junio). El rey respondió privándoles del salón donde se reunían; bajo el liderazgo de Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau, y del abate Emmanuel Joseph Sieyès, la Asamblea Nacional se trasladó a un edificio público utilizado como frontón para el juego de pelota, y, en medio del entusiasmo general, pronunció el 20 de junio el célebre Juramento del Juego de Pelota: no separarse hasta que hubiesen dotado a Francia de una Constitución. Numerosos representantes del bajo clero y otros nobles liberales se unieron a la Asamblea. Luis XVI hubo de ceder: el 27 de junio reconoció la Asamblea Nacional y ordenó al clero y a la nobleza que se incorporaran a la misma, lo que suponía una aceptación de hecho, por parte del rey, del principio de soberanía nacional.

 

La revuelta popular (1789)

 

En tanto que abierto desafío a la autoridad monárquica y triunfo de la soberanía nacional sobre el absolutismo, debe considerarse la constitución de la Asamblea Nacional (y no la toma de la Bastilla) como el primero de los sucesos revolucionarios; es preciso reconocer, sin embargo, que difícilmente se hubiera llegado más lejos de no haber contado la Asamblea con el apoyo popular. Tras el forzado reconocimiento por parte del rey, en efecto, la aristocracia cortesana empujó de inmediato a Luis XVI a actuar contra la Asamblea Nacional, acuartelando tropas en Versalles (20.000 soldados) por si era preciso utilizar la fuerza contra la Asamblea y destituyendo otra vez a Jacques Necker, verdadero ídolo de la burguesía.

 

En París crecía la agitación por semejantes noticias: el 12 de julio, conocida la sustitución de Necker e intuyéndose que la Asamblea iba a ser disuelta por las armas, las masas populares se amotinaron, sumiendo la ciudad en el caos y la anarquía. Bajo la dirección del joven periodista Camille Desmoulins, muchos manifestantes tomaron armas del arsenal de los Inválidos y se dirigieron a la prisión de la Bastilla, símbolo de la opresión despótica.

 

El 14 de julio, que se convirtió desde entonces en la fiesta nacional francesa, la Bastilla fue tomada por los revolucionarios. El acontecimiento tuvo un efecto extraordinario. Se crearon comités por todas partes, las mansiones nobiliarias fueron asaltadas, se destruyeron documentos y se dejaron de pagar los derechos señoriales. En la capital se formó una municipalidad revolucionaria, se creó una Guardia Nacional (a cuyo mando se puso al Marqués de La Fayette) y se adoptó una escarapela con los colores rojo y azul de París, a los que se añadió el blanco real.


 

 

La toma de la Bastilla (14 de julio de 1789)

 

La rebelión popular de París tuvo inmediata repercusión en los núcleos de población de toda Francia. En pocas jornadas, la burguesía conquistaba el poder municipal, estableciendo comunas revolucionarias en lugar de las antiguas oligarquías locales, y encuadrando a las clases medias en milicias cívicas encargadas de velar por el orden público. Luis XVI aceptaba, mientras tanto, los hechos consumados retirando las tropas, restituyendo en su cargo a Necker (16 de julio) y recibiendo con todos los honores la nueva enseña nacional: la escarapela tricolor de la municipalidad de París, origen de la actual bandera francesa.

 

Cuando la revuelta urbana comenzaba a remitir, la ola revolucionaria sacudió con notable intensidad el mundo rural. Era «el Gran Miedo» (la Grande Peur), un fenómeno de paroxismo colectivo surgido al socaire de noticias confusas sobre partidas de bandidos que, en convivencia con los poderosos, recorrían los campos sembrando la destrucción y la muerte. En todos los lugares aparecieron grupos de campesinos armados que, ante la falsedad de las noticias, dirigieron sus iras contra los castillos y registros notariales, donde se suponían depositados los documentos acreditativos de los derechos feudales que históricamente habían pesado sobre sus espaldas.

 

La Asamblea Nacional (1789-1791)

 

La Asamblea Nacional se había convertido en Asamblea Nacional Constituyente con la misión de redactar una Constitución y dar a Francia una nueva forma de gobierno. La rebelión del campesinado tuvo un profundo impacto en la Asamblea Constituyente, cuyos miembros, ante el temor de una situación que pudiera hacer fracasar sus proyectos, acordaron -en la noche del 4 al 5 de agosto de 1789- la abolición de todo vestigio de régimen feudal: se decretó la supresión de los derechos feudales y se declaró ilegal el sistema de impuestos existente. En teoría, las ancestrales reivindicaciones campesinas quedaban satisfechas; a partir de entonces quedaba por construir un nuevo régimen que garantizara los principios del nuevo orden burgués.

 

Siguiendo el ejemplo americano, el 26 de agosto de 1789 los miembros de la Asamblea Constituyente aprobaron una relación de derechos del ciudadano que había de servir de preámbulo a la constitución. La Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano (con una visión más universalista que su homónima americana) establecía los principios de libertad, igualdad, inviolabilidad de la propiedad y resistencia a la opresión, que iban a constituir la base de toda la legislación revolucionaria. El rey no la aceptó hasta el mes de octubre; después, se trasladó a París y se alojó en el Palacio de las Tullerías. La Asamblea se trasladó también a la capital y se dispuso a continuar allí su labor.

 

La burguesía moderada era el grupo que contaba con mayor representación en la Asamblea; considerando la configuración de la cámara, sostenían posturas centristas: eran partidarios de una monarquía constitucional con poderes limitados que pusiese remedio a los males sociales. A la derecha se encontraban los aristócratas, partido que aglutinaba los elementos más conservadores, defensores del absolutismo. En la izquierda se situaban los republicanos, entre los que figuraba Maximilien de Robespierre. Al margen de la pluralidad ideológica surgida en la cámara y fuera de ella (clubes de opinión y tertulias políticas: fuldenses, jacobinos, cistercienses, franciscanos), los principales dirigentes del proceso revolucionario acordaron llevar a la práctica una experiencia política de carácter monárquico y parlamentario, fruto de un compromiso entre la corona y la revolución.



 

 

La conducta frívola y licenciosa de la reina María Antonieta contribuyó

al descrédito de la monarquía (retrato de Gautier d'Agoty)

 

La Constitución de 1791 sancionaba la división de poderes, concediendo al rey las funciones del ejecutivo, y a un parlamento -elegido cada dos años- amplias atribuciones legislativas. La filosofía burguesa que inspiraba el texto legal aparecía, sin embargo, reflejada en el establecimiento de dos categorías de ciudadanos: activos (los que poseían derechos civiles y políticos -capacidad de voto- por ser contribuyentes) y pasivos (los que sólo tenían derechos civiles). Con ello quedaban excluidas del derecho a voto las clases bajas, hecho que condujo prontamente a su radicalización y a la exigencia del sufragio universal.

 

Aparte de la obra constituyente, la Asamblea desplegó también una ingente tarea legislativa. En primer lugar, se diseñó una descentralización y racionalización administrativa, por la que Francia quedaba dividida en 83 departamentos, en los que coincidían las diversas jurisdicciones administrativas con consejos de gobierno y autoridades locales elegidas por los habitantes de cada circunscripción. Otro hecho importante fue la reordenación de la administración de justicia, al establecer, según la nueva división territorial, distintas instituciones judiciales (juzgados de paz, tribunales civiles y tribunales de lo criminal), a cuyos cargos se accedía por elección.

 

Para institucionalizar la igualdad civil y la libertad económica, la actuación de los legisladores se dirigió a abolir toda clase de trabas que imposibilitaran el acceso de cualquier ciudadano a cargos civiles y militares; se eliminaron asimismo los impedimentos al comercio interior (supresión de aduanas y peajes), a la industria (abolición de gremios y prohibición de asociaciones obreras), a la agricultura (cercamiento), y, lo que era más importante, se reguló la igualdad de todos los ciudadanos ante los impuestos. De este modo la burguesía lograba establecer, junto al liberalismo político, las bases del liberalismo económico, eliminando las limitaciones que obstaculizaban su expansión económica.

 

Las acuciantes necesidades financieras del Estado, agravadas por la propia revolución, contribuyeron a que la Asamblea Nacional Constituyente determinara la nacionalización del patrimonio eclesiástico para enjugar con su venta el déficit público. Minadas sus posibilidades de subsistencia, la Iglesia católica pasó a depender del Estado, el cual, a través de la Constitución Civil del Clero (12 de julio de 1790), impuso una reorganización drástica de sus tradicionales estructuras y normas de funcionamiento interno, adaptándolas a la nueva filosofía revolucionaria (reducción de los 134 obispados existentes a 83, uno por departamento; provisión de cargos religiosos -párrocos, vicarios, obispos y arzobispos- por elección, como cualquier empleo público).

 

Los grandes cambios impulsados por la Asamblea Legislativa encontraron la férrea oposición de los privilegiados, muchos de los cuales emigraron a los países limítrofes esperando una acción inmediata de las monarquías absolutas europeas, que ya comenzaban a dar muestras de inquietud. La actitud del papa Pío VI al condenar la Constitución Civil del Clero -y, con ella, a la revolución- abrió un cisma en la Iglesia y en la sociedad francesas que tendría graves e inmediatas consecuencias.

 


 

Arresto de la familia real en Varennes (21 de junio de 1791)

 

Impulsado tal vez por sus escrúpulos al haber sancionado la controvertida legislación religiosa, Luis XVI acabó de convencerse de que el radicalismo de la Revolución sólo podía detenerse con la intervención de las potencias absolutistas. El monarca ya había negociado en secreto con soberanos extranjeros mientras fingía aceptar las reformas, y esperando convencerlos emprendió con su familia la huida del país. La fuga del monarca, sin embargo, fue abortada al ser reconocido y detenido en Varennes por el maestro de postas Drouet, el 21 de junio de 1791.

 

La noticia de la huida fallida del rey incitó a la emigración masiva de aristócratas y clérigos. Simultáneamente, la agitación campesina volvió a recrudecerse y una oleada de sentimiento antimonárquico comenzó a extenderse por toda Francia. En París, los clubes y periódicos radicales exigían que fuera la nación, y no la Asamblea Constituyente, la que decidiera la suerte del monarca. La declaración de inocencia adoptada por la Asamblea y el consiguiente restablecimiento de Luis XVI en el trono consumó la ruptura entre la burguesía moderada y los republicanos.

 

El 17 de julio de 1791, la Guardia Nacional disparó en el Campo de Marte contra una manifestación antimonárquica produciendo varias decenas de muertos. La represión se extendió a los principales dirigentes de las revueltas, entre los que figuraban Georges-Jacques Danton y Jean-Paul Marat. El club de los franciscanos fue clausurado. La Revolución se cobraba sus primeras víctimas, mientras en Pillnitz (Sajonia) Leopoldo II de Austria y Federico Guillermo II de Prusia hacían pública una declaración, el 27 de agosto de 1791, en la que proclamaban su deseo de "poner al rey de Francia en estado de consolidar las bases de un gobierno monárquico", una declaración considerada, no sin razón por los patriotas, como una clara amenaza de intervención.

 

La monarquía constitucional: La Asamblea Legislativa (1791-1792)

 

Los dirigentes de la Asamblea Constituyente creían, sin embargo, que la situación política se había normalizado a principios de otoño de 1791, y que, cumplida su misión, debía procederse a la disolución de la cámara y a la convocatoria de elecciones legislativas de acuerdo con la Constitución, que había sido aprobada en su texto definitivo el 3 de septiembre de 1791. Sometida a la extrema presión de las convulsiones internas y de la amenaza exterior, la recién instaurada monarquía constitucional no llegaría a cumplir un año.

 

Una vez efectuadas las elecciones, el 1 de octubre inauguraba sus sesiones la Asamblea Legislativa, compuesta por 745 diputados pertenecientes en su totalidad a los distintos sectores de la burguesía francesa. Las tendencias ideológicas que tomaban asiento en la nueva cámara pueden agruparse en tres bloques. La derecha estaba ahora integrada por unos 260 diputados que apoyaban la monarquía constitucional; los antiguos aristócratas, valedores del absolutismo, habían desaparecido.

 

En la izquierda se situaban los jacobinos, así llamados porque muchos de ellos procedían de un club que se había instalado en el antiguo convento de los jacobinos, en la rue Saint-Honoré de la capital francesa. No pasaban de 150 diputados y entre ellos destacaban los representantes de la región de la Gironda, que por este motivo eran llamados girondinos; todos ellos eran republicanos y se oponían claramente al régimen monárquico. La izquierda también contaba con representantes que, frente al sistema censitario establecido en la Constitución, defendían el sufragio universal y gozaban de gran influencia sobre las clases bajas, privadas del derecho a voto. En el centro, unos 350 diputados inclinaban sus apoyos indistintamente hacia la izquierda o a la derecha según las circunstancias o los intereses del momento; formaban tal grupo personas identificadas con la revolución, pero sin definirse de forma tajante en cuanto a la forma de Estado.

 

La nueva etapa supuso un paso adelante en el proceso de radicalización revolucionaria que vivía Francia desde 1787. La crisis económica, que había hecho prohibitivo el precio de muchos productos básicos para la subsistencia, así como la desacertada política de los anteriores ministerios en esta cuestión, pusieron de nuevo a las capas populares a punto de estallar en cualquier momento. Ante la presión y las continuas críticas de la izquierda, la burguesía conservadora, que controlaba el poder, decretó la deportación del llamado clero refractario (contrario al juramento de la Constitución Civil del Clero) y la incautación de sus bienes junto a los de los aristócratas emigrados.

 

Pero esas medidas no sirvieron para tranquilizar a los grupos exaltados que pugnaban abiertamente por la instauración de la República; la izquierda más radical acusaba al rey de traicionar la revolución y de mantener compromisos secretos con sus enemigos (los emigrados y los monarcas extranjeros). La influencia de los aristócratas que habían huido de la Francia revolucionaria se había dejado sentir en la ya citada declaración de Pillnitz (agosto de 1791) de Leopoldo II de Austria y Federico Guillermo II de Prusia, en la que se manifestaba que la causa de Luis XVI era común para todas las monarquías.

 

La grave conflictividad interna y la actitud amenazante de las potencias extranjeras hicieron creer a las autoridades de la Asamblea que la revolución sólo podría salvarse adelantándose a declarar la guerra a los enemigos exteriores. La burguesía conservadora esperaba una victoria de la que saldría reforzado el sistema monárquico. Al mismo Luis XVI le convenía la idea; incluso en caso de derrota, la intervención extranjera restablecería el absolutismo. Frente a los partidarios de emplear la fuerza, la izquierda jacobina, conocedora de la debilidad militar de Francia por las defecciones de sus mandos, auguraba y temía una derrota que pondría fin a la revolución.

 

El 20 de abril de 1792, Luis XVI, a instancias de la mayoría de la Asamblea Legislativa, declaraba la guerra a Austria en medio de un clima de euforia popular, truncado a poco de iniciarse las hostilidades. El ejército, sin dirección y falto de preparación, se hundía en todos los frentes, provocando con ello un agravamiento de la crisis interna y el fortalecimiento de las actitudes antimonárquicas. A finales de junio los jacobinos, bajo el liderazgo de Robespierre, redoblaron sus acusaciones de traición contra Luis XVI y exigieron la disolución de la Asamblea Legislativa y la elección -por sufragio universal- de una Convención Nacional que instaurase la República.

 


 

El asalto al Palacio Real de las Tullerías (óleo de Jean Duplessis-Bertaux)

 

La conquista de Verdún y el desafortunado manifiesto (25 de julio de 1792) del duque de Brunswick, general en jefe del ejército prusiano, amenazando con arrasar París si la familia real sufría alguna vejación, sirvió para que se precipitaran los acontecimientos. La ira popular se desbordó el 10 de agosto de 1792, fecha en que las masas asaltaron el Palacio de las Tullerías, residencia de los monarcas, y asesinaron a la guardia del rey, que logró ponerse a salvo. Luis XVI fue depuesto y encarcelado en la prisión del Temple por haberse hallado en palacio documentos que le comprometían. La revuelta instaló asimismo en el ayuntamiento parisino una Comuna revolucionaria bajo el control de la izquierda jacobina. Desbordada por los acontecimientos y bajo la presión de la Comuna, la Asamblea Legislativa se vio forzada a convocar elecciones por sufragio universal (masculino).

 

A principios de septiembre surgieron los primeros brotes de terror indiscriminado, que se cobrarían unas mil trescientas víctimas sólo en París: monárquicos, clérigos y todo tipo de presuntos traidores fueron sumariamente juzgados y ejecutados en las llamadas «matanzas de septiembre». El 20 de septiembre, la Asamblea Legislativa se disolvía para dar paso a la nueva cámara surgida de las elecciones, la Convención Nacional, de carácter constituyente. Ese mismo día el ejército revolucionario francés, al mando del general Dumouriez, hacía batirse en retirada en las colinas de Valmy a las tropas prusianas del duque de Brunswick. París y la revolución se habían salvado. En palabras de Goethe, testigo de excepción en la batalla, "ese día comenzaba una nueva era en la historia del Mundo".

 

La República: la Convención girondina (1792-1793)

 

El proceso revolucionario alcanzaba con la Convención su más elevada cota de radicalismo. Barridos los monárquicos constitucionales en los comicios, celebrados esta vez por sufragio universal masculino, los grupos políticos visibles en la Convención Nacional quedaron de nuevo reducidos a tres. Los 160 diputados girondinos, de extracción alto burguesa, promovían una república descentralizada y conservadora. En la «montaña», sector de izquierda y extrema izquierda, se integraban 140 diputados «montañeses», pertenecientes a la pequeña y mediana burguesía, identificados con una república democrática y un programa de gobierno de contenido social (Robespierre, Danton, Marat). Entre ambas tendencias se ubicaba la «llanura» o el «pantano», contingente de centro (350-400 escaños) que, aparte de su fe republicana, no ofrecía posiciones ideológicas definidas.

 

La primera decisión de la Convención Nacional fue abolir la monarquía y proclamar la República (22 de septiembre). Los comienzos del régimen republicano, dominado al principio por los girondinos, no pudieron ser más difíciles. El enjuiciamiento y condena a muerte de Luis XVI, que fue guillotinado públicamente en la plaza de la Revolución el 21 enero de 1793, agudizó aún más la crisis. Las fuerzas realistas y el clero refractario provocaron en varios departamentos revueltas antirrepublicanas, impulsando por ejemplo la rebelión del campesinado de la Vendée, que se había opuesto a las levas forzosas dictadas por la Convención para hacer frente a la amenaza exterior; el ejemplo cundió en otros departamentos.

 

Las potencias absolutistas europeas, espoleadas por la muerte del monarca, cerraron filas en una gran alianza antifrancesa: la Primera Coalición, formada por Austria, Prusia, España, Inglaterra, Holanda, Portugal y la mayor parte de los estados italianos y alemanes. La Coalición frenó el avance de las tropas de la Convención después de la traición del general Dumouriez, que se pasó a las filas de los austriacos tras su derrota en Neerwinden (marzo de 1793). La guerra civil en que habían degenerado las rebeliones internas y la amenaza de una inminente invasión extranjera crearon una situación insostenible que desató la lucha por el poder.

 

La Convención jacobina: Robespierre y el Terror (1793-1794)

 

En el verano de 1793, con el apoyo de las masas parisinas (los sans-culottes), los diputados montañeses expulsaron del gobierno a la derecha girondina, tras acusar de traición y ejecutar a sus principales dirigentes (junio-julio de 1793). El nuevo gobierno quedó progresivamente encarnado en la figura de Robespierre y en la acción expeditiva e implacable de unas instituciones a las que los jacobinos otorgaron poderes de excepción (el Comité de Salvación Pública, verdadero poder ejecutivo pronto dominado por Robespierre, el Comité de Seguridad General y el Tribunal Revolucionario).

 


 

Robespierre neutralizó las amenazas contrarrevolucionarias al precio de una sangrienta represión

 

Desde ellas se pusieron en práctica una serie de medidas, cuyos resultados no se hicieron esperar. En agosto de 1793 se decretaba la leva en masa, con lo que todos los recursos materiales y humanos de la nación se ponían al servicio de la guerra revolucionaria; el ejército francés acabaría contando con más de un millón de hombres. En septiembre de 1793, la «ley del máximum general» fijaba un control riguroso de precios y salarios, dictando durísimas sanciones para los infractores; previamente una ley había establecido la pena de muerte para los acaparadores. Este fuerte intervencionismo económico permitió alimentar la población y abastecer el ejército, pero suscitó el rechazo de la burguesía moderada, defensora de la libertad económica.

 

La Convención aprobó también una serie de normas sobre procedimientos judiciales extraordinarios y tribunales revolucionarios como la Ley de Sospechosos, cuya aplicación correspondió al Comité de Seguridad General, con el objeto de eliminar toda disidencia contrarrevolucionaria y depurar las estructuras del Estado. Como resultado de ello, alrededor de diecisiete mil ciudadanos fueron procesados y ejecutados durante el año escaso en que los jacobinos detentaron el poder, razón por la que este periodo pasaría a ser llamado «el Terror», y a tener en la guillotina su representación icónica. La más ilustre de las víctimas fue la reina María Antonieta, guillotinada el 16 de octubre. Sin embargo, nobles y clérigos eran la menor parte; la mayoría fueron campesinos y trabajadores que se rebelaron contra el reclutamiento o intentaron eludirlo o desertar.

 

Para cumplir todo lo dispuesto en París, se sometió a un centralismo absoluto la actividad política, económica y social de las provincias, otorgándose poderes ilimitados a los agentes («Enviados en misión») de la Convención Nacional. En pocos meses, la dictadura de Robespierre logró conjurar el peligro contrarrevolucionario: aplastó las rebeliones de monárquicos y girondinos en el interior y derrotó a los ejércitos de la Primera Coalición.

 


 

María Antonieta en el Tribunal Revolucionario



 

Superada la crisis, el frente jacobino comenzó a fraccionarse. El sector radical exigía la abolición de la gran propiedad y la aplicación de la política de terror a los ricos y poderosos. En el lado opuesto, cada vez eran más numerosas las voces que clamaban por una normalización de la vida pública que hiciera efectiva la Constitución democrática elaborada y aprobada en junio de 1793, que no había llegado a entrar en vigor. A partir de marzo de 1794, Robespierre acusó de traicionar a la revolución a los dirigentes de ambas tendencias (Jacques Hébert, Camille Desmoulins, Georges-Jacques Danton, que terminaron en el patíbulo), sin darse cuenta de que estaba preparando con ello el camino hacia el final de su dictadura.

 

La reacción de Termidor y el fin de la Convención (1794-1795)

 

El 27 de julio de 1794, la «llanura» de la Convención Nacional y los jacobinos moderados retiraron su apoyo al hombre que se creía depositario de la virtud revolucionaria. Abandonado a su suerte, Robespierre y veinte de sus partidarios morían al día siguiente en la guillotina sin juicio previo, víctimas de los procedimientos judiciales de excepción que tanto habían defendido. El 9 de Termidor (27 de julio en la terminología del calendario aprobado por la Convención) ponía fin a la fase más radicalista de la Revolución Francesa y daba inicio a una reacción conservadora en la que el terror sólo iba a cambiar de dirección, cebándose en quienes lo habían practicado.

 

Durante el período transcurrido entre julio de 1794 y octubre de 1795, la burguesía conservadora de la Convención Nacional iba a ser la verdadera dueña de la situación política; desde su nueva posición dominante, restableció la libertad de precios y, cuando la carestía empeoró de nuevo la situación de las clases populares, no tuvo escrúpulos en formar frente común con el ejército para reprimir toda intentona subversiva. Sus objetivos inmediatos eran continuar la guerra en el exterior y liquidar la obra revolucionaria elaborando un nuevo texto constitucional que sustituyera, por sus excesos democráticos, al aprobado en junio de 1793.

 

El Directorio (1795-1799)

 

La nueva Constitución, sancionada mediante un plebiscito en septiembre de 1795, fijaba una tajante división de poderes que intentaba evitar por todos los medios la reproducción de una dictadura personal como la que había protagonizado Robespierre. El poder ejecutivo quedó en manos de un nuevo organismo, el Directorio, formado por cinco «directores», renovados a razón de uno cada año por los miembros del legislativo. Dos cámaras elegidas por sufragio censitario indirecto, el Consejo de los Quinientos y el Consejo de Ancianos, detentaban el poder legislativo; el poder judicial correspondía a los tribunales electos, a los que se investía de gran solemnidad e independencia.

 

El nuevo ordenamiento, por otra parte, ponía fin a la participación democrática popular del periodo anterior al eliminar el sufragio universal, y salvaguardaba los intereses de la burguesía adinerada volviendo al principio de capacidad económica como condición previa al ejercicio de los derechos políticos. El Directorio comenzó su andadura en octubre de 1795, manteniendo una línea continuista respecto al último año de vida de la Convención y priorizando la estabilidad y el orden internos para consolidar una república conservadora erigida en la primera potencia de Europa.

 

Los grandes objetivos del régimen tropezaron, sin embargo, con graves dificultades internas que condicionaron de forma determinante sus cinco años de vida. La crisis económica desatada a raíz de la supresión del control de los salarios y los precios abrió un proceso inflacionista (depreciación de los "asignados": papel moneda emitido para la compra de bienes nacionales), que repercutió negativamente en las clases populares y en las arcas de la República, cada vez más dependientes de los botines de guerra.

 

Si bien la crisis económica constituyó el principal problema del régimen, no hay que olvidar la inestabilidad política y social que siempre le afectó al tener que combatir por igual los intentos de subversión conservadora (insurrecciones realistas en la Vendée y Bretaña, marzo de 1796) y las conspiraciones de carácter radical («Conjura de los Iguales» de Babeuf, mayo de 1797). La Constitución de 1795, al configurar el Directorio como un sistema republicano y censitario (sin sufragio universal), parecía haber excluido de la vida política tanto a los monárquicos como a las clases populares, pero realistas y jacobinos ganaron posiciones en las elecciones de 1797 y 1798.

 

La faceta más brillante del Directorio fue su política exterior, basada en la actuación victoriosa de sus ejércitos contra la Primera Coalición. Las brillantes campañas de generales como Moreau, Jourdan, Pichegru y Hoche culminaron en el rotundo triunfo de Napoleón sobre el ejército austriaco en Italia. Las paces de Tolentino y Campoformio (1797) convertían al militar corso en el hombre más admirado de Francia, a cuyo gobierno había proporcionado inmensos recursos procedentes de los territorios ocupados.

 

La estrella de los militares -y en especial del joven Bonaparte- comenzaba a brillar con luz propia en un panorama político inestable y corrupto como el que ofrecía el Directorio a finales de siglo. Ante los avances de una Segunda Coalición internacional contra Francia (formada en diciembre de 1798 por Inglaterra, Austria, Rusia, Turquía y el rey de Nápoles refugiado en Sicilia) y el peligro de escoramiento que suponían las presiones de jacobinos y realistas, la burguesía republicana comenzó a identificarse cada vez más con una solución militar que apuntalase sus intereses.

 

El fin de la Revolución Francesa

 

La coyuntura fue aprovechada por el general más audaz, Napoleón Bonaparte. Enviado en 1798 a Egipto para asestar un golpe al poderío colonial británico cuando se estaba organizando la Segunda Coalición antifrancesa, Napoleón acudió a la llamada de dos miembros del Directorio (Emmanuel Joseph Sieyès y Roger Ducos) y encabezó el golpe de Estado del 18 de Brumario (9 de noviembre de 1799), que acabó con el régimen por la fuerza de las armas y labró sobre su persona el nuevo destino de Francia.

 


 

Golpe del 18 de Brumario: Napoleón disuelve el

Consejo de los Quinientos (óleo de François Bouchot)

 

Napoleón disolvió las instituciones del Directorio y constituyó un gobierno provisional; el nuevo orden surgido del golpe de Estado se dotó rápidamente de una constitución (diciembre de 1799) que fijaba su entramado legal: el Consulado. Se trataba de un régimen jerarquizado y autoritario que culminaba en Napoleón, nombrado Primer Cónsul, al que quedaban supeditados los otros dos cónsules. La Revolución Francesa había terminado.

 

Sin embargo, Napoleón consolidó algunos realizaciones revolucionarias (destrucción de las estructuras feudales, superación de la sociedad estamental, estabilización del liberalismo económico y ascenso de la burguesía como clase social dominante) y dotó a Francia de unas estructuras de poder sólidas y estables con las que se ponía fin al caos político precedente. Aunque por el camino se perdieron los ideales de igualdad social y democracia política, la restauración del Antiguo Régimen iba a resultar imposible y, en muchos aspectos importantes, los logros de la Revolución Francesa habían de perdurar y extenderse por Europa con las conquistas napoleónicas.

 


Cómo citar este artículo:

Tomás Fernández y Elena Tamaro. «La Revolución Francesa» [Internet]. Barcelona, España: Editorial Biografías y Vidas, 2004. Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/historia/revolucion_francesa.htm [página consultada el 27 de julio de 2025].

Con afecto,

Ruben