sábado, 5 de octubre de 2019

Daniel Alcides Carrión


Daniel Alcides Carrión
Biografía e historia







Daniel Alcides Carrión García nació providencialmente en el siglo XIX, cuando el Perú ya se había liberado del dominio español con la gesta libertadora de José de San Martín y Simón Bolívar; se le llamó el «siglo de la Independencia», que marcó el fin del Virreinato y comienzo de la República, o el «siglo de los descubrimientos», pues el mundo estaba experimentando cambios sustanciales con respecto a los conceptos que se tenían sobre la vida y, al mismo tiempo, se estaba presenciando insospechados progresos en los campos de la ciencia y tecnología; la creación de grandes inventos se sucedían uno tras otro y se apreciaban en la modernización de las vías de comunicación, del comercio, el transporte y el bienestar en el hogar.
El concepto de la vida cambió significativamente con la "teoría de la evolución de las especies", de Darwin.1 En la Medicina hay notables progresos, jamás soñados en la historia de la humanidad; con el enfoque de la «teoría de los gérmenes», de Pasteur,2 se demuestra que seres infinitamente pequeños son los causantes de las enfermedades infecciosas y de las grandes epidemias.
Cuando el pueblo en el Perú asume su destino el 28 de julio de 1821, se producen cambios políticos y sociales importantes para la vida nacional, que bien los registra Jorge Basadre en su libro "Historia de la República",3 pero que se dejan sentir muy poco en el quehacer diario del común de las gentes: la vida de las diferentes clases sociales de la época seguía igual, la autoridad virreinal había desaparecido pero persistían los mismos sistemas y costumbres. Algunos historiadores lo sintetizan así: «Era la misma "aldea colonial"; solo algunas calles estaban empedradas, la mayoría eran de tierra y ante cualquier viento terminaban en una polvareda mortificante; las aguas corrían por el centro de las calles, servían como sitio de arrojo de aguas servidas, que algunas veces se estancaban y producían malos olores; en algunas zonas, la basura se arrojaba a donde diera lugar, donde los gallinazos hacían su festín; los aguateros vendían el agua potable y algunos, leche fresca traídos de los alrededores; algunos carruajes de gente adinerada surcaban sus calles, otros en caballos o en mulas y el trasporte de carga se hacía por asnos, mulas, caballos y carromatos, jalados también por esos animales y, como algo novedoso y moderno, aparecieron los tranvías jalados por caballos. Las plazas importantes o algunas calles eran iluminadas de noche por lámparas de gas, que eran encendidas al anochecer y apagadas antes de medianoche; la luz eléctrica llegó después de la muerte de Carrión.
Al terminar el siglo XVIII (en 1811), Hipólito Unanue consolida el Real Colegio de Medicina de San Fernando, donde se dictan clases de Anatomía en el nuevo Anfiteatro Anatómico de San Andrés. En 1821, San Martín cambia el nombre por el de Colegio de la Independencia, que lo lleva hasta la época del gobierno del general Ramón Castilla, quien crea la Facultad de Medicina de San Fernando, en 1856, y nombra como primer decano a Cayetano Heredia. Este da un gran impulso al progreso de la Medicina: envía a Europa a capacitarse a jóvenes médicos, quienes, al retornar, muestran los adelantos del viejo mundo; Casimiro Ulloa trae novedades, entre ellas la teoría de los gérmenes de Pasteur y la de la asepsia de Lister; Constantino Carvallo trae los guantes de jebe de Halsted, la esterilizadora de Poupinel y los rayos X. Ellos, junto a los destacados profesores de la época, enseñan los progresos de la Medicina.
Cuando nace Carrión el 13 de agosto de 1857, el mundo estaba en ebullición; el nuevo mundo se estaba asombrando por los grandes inventos que poco a poco se mostraban: las máquinas a vapor, que llegaron a maravillar el mundo porque podían trasladarse de un lugar a otro en poco tiempo; aparecieron los trenes y los barcos a vapor; de la noche a la mañana desaparecieron los correos a caballo o los buques a vela, se inventó la electricidad y las bombillas comenzaron a iluminar las calles y luego las viviendas, mientras que desaparecían los alumbrados de gas en las calles y los mecheros y las velas en las casas. A fines de ese siglo aparecieron los autos a combustión y el trasporte se hizo ligero, desaparecieron los carruajes y los tranvías jalados por caballos; la comunicación inalámbrica permitió que los pueblos se intercomunicaran al instante, mientras se producían los hechos; aparecieron las máquinas de coser, los artefactos para planchar, las cocinas y las casas se organizaron; apareció el fonógrafo y la telefonía. Se hizo realidad lo que los griegos atribuían que era potestad de sus dioses: las máquinas voladoras, que comenzaron a surcar los aires primero como una exhibición y luego como un medio de transporte más ligero. Con justa razón, al siglo XIX se lo llamó el "siglo de los descubrimientos".
Es seguro que nuestro héroe estaba al corriente de todos esos acontecimientos. Fue en ese siglo cuando se cambia el concepto de la vida. Charles Darwin da a conocer su teoría de la evolución de las especies y proclama que el África podría ser el origen del hombre y que los primates pudieron haber desempeñado un papel importante, con lo que se contrariaba a la Iglesia y a los europeos, pues cada uno de esos países se atribuía ser el sitio donde se originó el hombre. Esta teoría encendió debates interminables en las instituciones más importantes, incluso en la propia casa de Darwin; su esposa, eminentemente católica, no lo aprueba y demora veinte años su publicación. Esto se esparció en el mundo como algo novedoso, la Iglesia se escandalizó, los interesados iniciaron discusiones interminables y es muy seguro que Carrión también intervino en estos acontecimientos con sus obligadas opiniones.
Aparecen nuevas teorías. Herber Spencer, otro inglés, más evolucionista que Darwin, expone su teoría del darwinismo social, que trata sobre la evolución de las razas; afirma que existen razas superiores e inferiores y que estas últimas estarían llamadas a desaparecer, por el desarrollo y supremacía de los países de raza blanca, con el beneplácito de los habitantes de estos países. Pero al transcurrir el tiempo, los hechos acaecidos en desarrollo de la humanidad dejaron en el ridículo a estas ideas trasnochadas.
Recién en 1924, Reymond Dart descubre el primer vestigio de que el hombre apareció en el África, en el desierto de Calajari, donde encontró el pequeño cráneo de homínido, al que llamaron "Niño de Taung",5 que posteriormente fue clasificado como Australopithecus africanus, con una antigüedad atribuida de 2 200 000 años; representa el «eslabón perdido» tan ansiosamente buscado durante siglos. Posteriormente, en 1974, se descubre a Lucy (Australopithecus afarensis), a la que se le concede una antigüedad de 3 200 000 años.6 Hasta el momento, el homínido más antiguo, encontrado en Etiopía, es Ardi (Ardipithecus ramidus), también de sexo femenino; mide 1,20 m, pesa 50 kilos y tiene 4 400 000 años de antigüedad, lo que comprueba una vez más que el hombre apareció en África y de allí se esparció hacia todo el mundo y que todos tenemos el mismo ADN. Algunos somos diferentes por el fenómeno de la evolución, en la que el clima, los alimentos, las condiciones del suelo y otras tuvieron una gran influencia, pero el mundo no puede ignorar que todos somos iguales ante la mirada del tiempo, la ciencia y Dios. En los países civilizados se está aplicando este concepto de igualdad cuando se hace cumplir con la aplicación de los derechos humanos.
En la época de Carrión, algo maravilloso se hace notorio en Europa: en 1864, Louis Pasteur2 hace conocer al mundo científico su «teoría de los gérmenes» y declara que las enfermedades infecciosas son producidas por seres infinitamente pequeños, invisibles a simple vista, llamados microbios, que son descubiertos solo con el microscopio. El mundo se maravilló con estos descubrimientos; las terribles epidemias de la peste, el cólera, la viruela, la lepra y la sífilis serían erradicadas de la faz de la Tierra; se podría vivir sin el temor de estos flagelos, que mataban a millones de personas y que se presentaban en forma cíclica y sin previo aviso y no había como combatirlos.
Joseph Lister toma nota de la teoría de los gérmenes de Pasteur y comprueba que las putrefacciones de las heridas es por contaminación, por gérmenes que llegan a las heridas por acción directa o por el aire de los ambientes.7 Promueve el lavado de las manos antes de cualquier maniobra quirúrgica, la esterilización de los campos y de los instrumentos a usarse en las maniobras quirúrgicas y el uso de antisépticos, como el ácido fénico, en forma de lociones y esparciéndolo en los ambientes quirúrgicos. Explica la «teoría de la asepsia y antisepsia», que es aceptada universalmente y, junto al descubrimiento de la anestesia, hace posible la cirugía, que se transforma en un medio razonable de tratamiento; la mayoría de los médicos comienzan a practicarla y se transforman en cirujanos, a mediados del siglo XIX, y se hacen célebres cirujanos al terminar el siglo.8
La teoría de los gérmenes de Pasteur, los estudios de Koch (quien descubrió al germen de la tuberculosis) y los descubrimientos del famoso anatomista Xavier Bichat (gran anatomista, planteó la teoría de los tejidos y de las células) sirvieron a Rudolf Virchow (considerado el padre de la Patología moderna) para anunciar su teoría celular, según la cual el organismo es una comunidad de células y que la enfermedad es una modificación de la vida producida por la relación celular contra estímulos anormales.9 Esto echó por tierra la «teoría de los cuatro humores», de Hipócrates y Galeno.10 Fue la época cuando Gregorio Mendel inició la genética, que confirma la teoría de Darwin. Josef Škoda, dirige su escuela terapéutica (el nihilismo terapéutico), rechaza la polifarmacia, las dietas, las purgas y vomitivos, los diaforéticos, así como las sangrías y las sanguijuelas. Se muestran los experimentos de Claude Bernard, «padre de la Fisiología moderna», quien descubrió la función glucogénica del hígado, la función del jugo pancreático, el metabolismo de los carbohidratos y otras genialidades.11   
El siglo XIX y los años subsiguientes representan el despertar de la humanidad; los pueblos comienzan a reclamar sus derechos, la abolición de la esclavitud, el trabajo de las ocho horas, la desaparición del trabajo de los niños y la reglamentación del trabajo de las mujeres, quienes además consiguen participar con su voto en las elecciones; estas conquistas se van difundiendo en el mundo. Cambian los sistemas de salubridad, el sistema de distribución de agua potable a domicilio y el sistema de saneamiento y drenaje; la comodidad en las casas se hace notoria: la iluminación con bombillas, el fonógrafo o victrola, la bicicleta, la máquina de escribir, la máquina de coser y otros tantos inventos hacen del hogar un lugar placentero.
Es en esa época maravillosa cuando aparece en el Perú la figura de Daniel Alcides Carrión. Él, posiblemente, desde sus estudios en el Colegio Guadalupe o en su paso por Ciencias Naturales en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos ya tiene conocimiento de estos progresos en el mundo, que van llegando poco a poco a Lima, expuestos por eminentes médicos que regresan de Europa trayendo esas novedades. Toma más interés en los avances de la Medicina y en especial por la verruga peruana, pues fue testigo de los estragos que producía esta terrible enfermedad: se había desatado una epidemia en el valle de Huarochirí, donde se construía el Ferrocarril Central Trasandino, de Lima a La Oroya. Al ingresar a la Facultad de Medicina aumentó su interés y se concentra en el estudio de esta enfermedad, propia del Perú, que se presentaba en la vertiente de los Andes y era desconocida en el mundo. Tomó como base los estudios de Tomás Salazar y Armando Vélez y las clases de sus profesores Lino y Alberto Alarco, Fernando Espinel, Leonardo Villar, Celso Bambarén, Casimiro Ulloa y de otros que traían de Europa las grandes novedades, los descubrimientos de Pasteur y las experiencias de Koch (sus viajes a Egipto para estudiar el cólera, el descubrimiento del bacilo de la tuberculosis, etc.).
Luego, al tener conocimiento de todos esos adelantos, casi increíbles, se puso a estudiar con gran dedicación todo lo concerniente a la enfermedad de verrugas y se transformó en un experto, llegando a acumular nuevos conocimientos de su propia investigación; hizo unos apuntes a los que llamó "Apuntes sobre la verruga peruana" y comenzó a acumular datos y estudiar la evolución de los pacientes; además, seleccionó nueve historias clínicas. Todo esto demuestran su alto grado de concepción del trato hacia el paciente, semejante a lo que hacía William Osler (médico canadiense, creador del residentado médico en los Estados Unidos de Norteamérica),12 más o menos en esa misma época, quien preconizaba que «el estudio del paciente comienza con el enfermo, continúa con el enfermo y termina con el enfermo, en constante contacto». Carrión lo practicaba con sus pacientes y lo escribía en su libreta de apuntes. "Si un paciente tiene dolores articulares y fiebre y viene de Matucana, podemos afirmar, sin lugar a dudas, de que tenemos a la vista un enfermo de verrugas". Carrión, sin conocer a Osler, estaba practicando los mismos métodos clásicos del trato directo con los enfermos y da importancia a los enfermos, a quienes los denomina "humanidad doliente". Se preocupa, además, por conocer las zonas geográficas "verrucosas", que son de ayuda en el diagnóstico, y de crear sistemas de prevención para sus habitantes.
Habla con sus compañeros de clase, les manifiesta su convicción sobre la infecciosidad de la verruga, que para comprobarlo debe practicarse la inoculación, que debe ser en el hombre y no en los animales; estos no mostrarían los primeros síntomas. Y durante meses, tal vez años, él se convence que la inoculación debe ser en él mismo. Sus amigos le prevenían sobre la presencia de las grotescas verrugas que deforman la cara. Él respondía que "todas las experimentaciones humanas, tienen su riesgo" y que "las deformidades que podría presentar no le preocupaban, pues, con el tiempo desaparecerían".13-15 La verruga en sí muchas veces es mortal, le advertían sus amigos, y él les respondía: "Solo con experimentos arriesgados progresa la Medicina y si tan grave fuera y arriesgara mi vida, habría calmado mis ardientes deseos de hacer algo por la humanidad doliente". Él conocía los riesgos, pero no pensaba en la fiebre de La Oroya; él creía que era otra enfermedad. Cuando alguien hablaba sobre esa dualidad, decía: "Son conjeturas, no existe ningún dato científico que lo confirme".
Los médicos aún no practicaban la cirugía; lo hacían los cirujanos-barberos, en diferentes niveles sociales, que se encargaban de drenar los abscesos, curar las heridas infectadas, aplicar ventosas, hacer sangrías u otros menesteres que los médicos consideraban impropios. Este panorama cambia sustancialmente a mediados del siglo XIX, cuando se descubre la anestesia y se aplica la teoría de la asepsia, de Lister; es decir, se llega a dominar el dolor y la infección, dos grandes obstáculos para la práctica quirúrgica.8 Cuando Daniel inicia sus estudios sobre la verruga, ya en el Perú se practicaba la cirugía racional, usando anestesia y practicando la asepsia y antisepsia. Su maestro Lino Alarco, el junio de 1878 operó en su propia casa, por primera vez, un gran quiste de ovario en una paciente, usando anestesia; además, operó un aneurisma en el cuello de un paciente, practicando ligadura arterial proximal y distal. Julián Sandoval redujo una fractura cerrada en el tópico de la botica Remy, sin dolor; usó éter para la anestesia.
Es muy posible que Carrión, como todo hombre juicioso, tuviera tendencias políticas; posiblemente conocía los preparativos de Chile para anexarse territorios de Bolivia y Perú y escuchaba las recomendaciones de Ramón Castilla, que el pueblo peruano recordaba: "Si Chile compra un buque, Perú debe comprar dos". Además, le causó preocupación la presencia del médico chileno Izquierdo, quien junto al ministro del interior de Chile, visitó Perú para interesarse por la epidemia de verrugas que se había presentado en los miles de chilenos presentes en la construcción del ferrocarril trasandino. Izquierdo anunció que había encontrado un germen, un cocobacilo, en la sangre de los enfermos. Carrión replicó, acusando a Izquierdo de exponer hechos sin comprobación científica y teniendo como base solo unos simples estudios, y recalcó que solo los médicos peruanos Tomás Salazar y Armando Vélez, quienes habían hecho estudios valederos sobre la enfermedad, serían los llamados a opinar.16
A Carrión le tocó vivir ese siglo plagado de acontecimientos asombrosos y novedosos, que vislumbraban un futuro mejor, en la cual él quería participar. Fue consciente que la verruga peruana era poco conocida en el Perú y desconocida en el mundo, que no se conocía el tiempo de incubación, su diagnóstico era difícil, se le confundía con otras enfermedades, reumáticas o palúdicas, no se conocían los primeros síntomas y, peor aún, no se conocía ningún tratamiento. Su intuición de avezado clínico y de experimentador nato lo llevó a concebir que solo inoculándose podría desentrañar todos esos misterios. Se olvidó de las consecuencias trágicas que podrían presentarse. Cuando se le prevenía de esos peligros, él les contestaba: "No me arredra la muerte si con ello contribuyo al progreso de la Medicina; ¿por qué temer la inoculación cuyos resultados tienen que ser buenos de todas maneras?",17 dando a entender que, aunque muriese, proporcionaría datos para un mayor conocimiento de la enfermedad.
De esta manera, el 27 de agosto de 1885, con decisión, convicción y valentía, consigue que se le inocule en ambos brazos el contenido serosanguinolento del raspado de la verruga de un paciente joven, que había presentado un cuadro clínico benigno. La infección cursa sin contratiempos hasta el 17 de septiembre (21 días después de la inoculación), día en el que Carrión empieza a sentir dolores articulares en el tobillo izquierdo, malestar general y fiebre con escalofríos, que lo mortifican gravemente pero que él los sortea valientemente, anotando todo lo que sentía. A partir del 26 de septiembre, cuando ya la falta de fuerza y su sensorio deteriorado le impiden escribir y cuando sus molestias se hacen insoportables, son sus condiscípulos quienes toman nota de todas sus molestias, los que muestran su martirio, su calvario con todo su complejo sintomático: sus dolores articulares y musculares, junto a la fiebre y los escalofríos. Al no presentarse la aparición de la erupción de las verrugas, el día 1 de octubre, él valerosamente confirma que lo que está presentando es la temida fiebre de La Oroya y que la verruga peruana y la fiebre de La Oroya son procesos de la misma enfermedad. Los dolores articulares y musculares se acentúan; se presentan cuadros diarreicos, vómitos, gran anorexia, repulsión a los alimentos y medicinas y la palidez extrema, que agravan su enfermedad hasta su muerte, el 5 de octubre de 1885, a las 11:30 pm.18
Daniel A. Carrión con su experimento y muerte gloriosa marca en la historia de la Medicina peruana un hecho de gran trascendencia. Por su acto, el Perú tiene repercusión mundial y forma parte de los países que contribuyeron al siglo de los descubrimientos, que cambia el concepto de la vida, vislumbra un futuro mejor y transforma a la Medicina en un acto racional.
Daniel A. Carrión, al consumar su experimento con su gloriosa muerte, marca un hecho histórico en la Medicina y en el pueblo peruano, que enorgullece no solo al Perú, sino al mundo entero; es un fiel testimonio de que existen y existirán siempre seres humanos que expongan su vida para proteger a la humanidad sin esperar recompensas de ninguna índole.
Insignes maestros y algunos sabios lo recalcan: su condiscípulo Ernesto Odriozola,19 denomina a la enfermedad de verrugas "la maladie de Carrión"; a la fiebre de La Oroya, fiebre de Carrión y a la erupción verrucosa, erupción de Carrión y lo hace de conocimiento universal. Raúl Rebagliati20 declara que los apuntes (o libro de Carrión)21 constituyen un "documento precioso, de valor histórico inestimable", y añade: "Escribió su trabajo sacrificándose las páginas más gloriosas de la Medicina peruana". Hugo Pesce17 afirma de manera categórica: "El mejor homenaje que podemos rendir a Carrión es, más que admirarlo, comprenderlo, para, así poder dignamente enaltecerlo... El resurgimiento de la Medicina en el Perú está encabezado por la figura de Daniel A. Carrión». Fernando Cabieses22 señala: "Para él [Carrión], la Medicina no fue una ocupación, ni una profesión. Para él, la Medicina fue una religión". Lastres23 escribe: "Su gesto heroico y la tragedia que circundó su vida lo ata a nosotros a los idealistas de todos los tiempos". Oscar Pamo:24 "Revisar la vida y obra de Daniel A. Carrión, significa revisar la historia de la verruga peruana y esto significa, a la vez, revisar la historia de la Medicina peruana». Carlos Monge:25 "Su muerte ya no es simplemente un gesto romántico, sino un acto reflexivo del muchacho genial e investigador, que paga con su vida su inquietud por la verdad; en nuestra atormentada vida de estudiosos no hemos sentido, alguna vez, un estímulo semejante y hubimos de detenernos porque nos faltó el valor para seguir adelante. No todos los días hay hombres como Carrión". Frases memorables, expresadas por hombres excepcionales, que glorifican el sacrificio de Carrión y a la historia de la Medicina peruana y que deben recordarse para conocimiento y ejemplo de las nuevas generaciones, no solo en el campo de la Medicina, sino en toda la peruanidad, para forjar un Perú glorioso donde todos sintamos orgullo de vivir.

Siendo un hecho de gran trascendencia para nuestra patria que un joven peruano, en los momentos más difíciles que afrontaba nuestra nación, después de una derrota en una guerra injusta, haya realizado un acto de gran envergadura y trascendencia mundial, y siendo deber de los pueblos honrar a sus maestros, a sus sabios tutelares, a sus mártires y héroes como Daniel A. Carrión, como muchos maestros y sabios peruanos lo han recomendado, debería dignificarse su figura, hacerla de conocimiento en los claustros de educación desde las primera letras y en nuestros congresos médicos, tanto en América como en el mundo, divulgar su hazaña, tomar a Daniel A. Carrión, su vida, su obra y su muerte, como punto de partida en la historia de la Medicina peruana. La glorificación de nuestros maestros y sabios tutelares deben ser separados en dos grandes eras: lo acaecido antes de Carrión, o sea antes de 1885, y lo acaecido después de Carrión. Con ello, la orden médica hará justicia a su obra, sacrificio y muerte en beneficio de la humanidad doliente y servirá para que las generaciones presentes y futuras, no solo de la Medicina, se nutran del recuerdo de su esfuerzo y de su entrega sin esperar recompensa alguna, sino en beneficio de la humanidad.






 Con afecto,
Ruben