sábado, 2 de marzo de 2024

Diálogo sin barreras con Jorge Chavez

 

Diálogo sin barreras con Jorge Chavez



Fuente: Diario La Crónica Viva Lima Perú

El Corriere della Sera entrevista a Jorge Chávez en el hospital después de su trágico accidente

El viernes 23 de septiembre de 1910, producido el accidente mientras aterrizaba, después de haber vencido a los Alpes, Jorge Chávez es rescatado de entre los restos de su Bleriot, que yacían en el campo de Domodossola. Luigi Barzini, enviado especial del Corriere della Sera de Milán para cubrir la Travesía del Cruce de los Alpes.

 

El Corriere della Sera entrevista a Jorge Chávez en el hospital después de su trágico accidente

Hay silencio en el cuarto del hospital donde se encuentra Jorge Chávez.

 

Luego él mirando a sus amigos Arthur Duray y Joseph Christiaens preguntó: “¿Y los demás?”

 

Barzini: “¿Los demás?… ¿Quiénes?”

 

Chávez: “Los otros aviadores. Weymann…”.

 

Barzini: “Weymann y Farman han salido de Briga esta mañana y se han dirigido a Milán”.

 

Chávez: “¡Ah!… Yo creía… es un día tan lindo hoy…”

 

Barzini: “Quédese tranquilo. Ha vencido usted, sólo usted”.

 

Chávez: “Ha sido duro. No he pasado el Monscera… ¿Sabe? ¿Lo sabe usted?”

 

23 September 1910. Jorge Antonio Chávez Dartnell, tambien conocido como  Géo Chávez,  aviador Franco-peruanoFranco – salio de Ried-Brig, Switzerland   y se encamino en vuelo hacia the Simplon Pass convirtiéndose  se  en el primer piloto en sobrepasar volando sobre los Alpes Suizos

— Ron Eisele (@ron_eisele) September 22, 2023



La entrevista se inicia de la siguinte manera:

Barzini: “Pienso que iba usted demasiado bajo para superar el Monscera”.

 

Chávez: “Nada de eso. Hubiese podido perfectamente elevarme mucho más… Pero no me he atrevido, no me he atrevido. ¿Se acuerda usted qué vientos teníamos el lunes, cuando tuve problemas en el valle de la Saltina? Pues, ese mismo viento repentino y traicionero…”

 

Barzini: “¿Lo agarró de costado?”

 

Chávez: “No, soplaba en todas direcciones… venía por ráfagas, subía, bajaba, formaba torbellinos…”

 

Barzini: “¿En qué punto del recorrido lo ha agarrado?”

 

Chávez: “Cuando he comenzado a subir, había una quietud perfecta… He llegado de lo más bien hasta el paso del Simplón… El día era tan claro que he podido ver perfectamente el hotel. Proseguí, pues, con plena confianza, enfilando al valle del Krammbach… ¿Se acuerda?… Ese valle que bajamos juntos por la mañana con Paulhan…”

 

Barzini: “Perfectamente”.

 

Chávez: “He bajado un poco para cubrirme del viento del este…”

 

Barzini: “Lo hemos visto”.

 

Chávez: “¡Ah! ¿Eran ustedes? He visto un auto que corría…”

 

“¡Arriba, siempre arriba!”

Al mando del pequeño monoplano Bleriot XI-I se eleva desde #Brig🇨🇭el piloto peruano 🇵🇪 #GeoChávez y superando el #Simplon realiza el 23 sept 1910 la hazaña del primero cruce de los alpes! @CancilleriaPeru @PeruEnSuiza @JChavezCresta@swissinfo_es pic.twitter.com/X4dgDz8Mz7

 

— Markus Antonietti (@yetirhodanus) September 23, 2023

 

Barzini “¿Sintió nuestros gritos?”

 

Chávez: “No… Pues bien, bajé un poco. Tuve apenas unos golpecitos de viento. Temía algo más serio después de lo que había visto en la mañana. La quietud me siguió acompañando hasta el paso del Furgenn, aquel valle alto que se ve desde la aldea del Simplón”.

 

Barzini: “Es el comienzo del paso del Monscera”.

 

Chávez: “Precisamente… Estaba decidido a pasar por ahí. Conocía perfectamente la ruta. Había subido dos veces la punta del Pioltone y retenía en mi memoria todos los pasos… Al llegar al Furgenn creía que lo más difícil de la travesía había sido hecho. Pero un primer chiflón de viento me golpea mientras paso sobre el camino… donde hace las últimas vueltas sobre el valle antes de dirigirse hacia Gondo… ¿Me sigue usted?”

 

Barzini: “Veo el lugar. ¿Estaba usted muy alto en ese punto?”

 

Chávez: “Más de mil metros. Lo veía como una cintita blanca enredada… Hasta ese momento había volado con dirección al sur. Desde ahí me dirigí hacia el sureste… Pero tan pronto como me encontré en el paso de Furgenn, entre el Seehorn a la izquierda y el Tschaggmatorn a la derecha, me sentí repentinamente agarrado por el viento… Eran verdaderos golpes de martillo, imprevistos, por aquí, por allá, arriba, abajo… Un infierno. Me parecía rebotar como una pelota. Hacía saltos de cincuenta y sesenta metros. ¡Ah! Si el barómetro hubiese podido registrar todo eso, vería usted qué clase de zigzags marcaría. El viento me aventaba de golpe hacia la tierra y un instante después me agarraba otra vez para arrojarme contra el cielo… Es ahí donde he cansado el aparato. Sentía que el viento me llevaba y me parecía que el aeroplano tuviese que escapárseme de repente. Yo movía los equilibradores, procuraba dar vueltas, salir de esos torbellinos… Era una lucha tremenda y porfiada…”

 

1/2 #Antique 1910 #Italian #RPPC shows crash site at #Domodossola of #Peruvian #Pioneer #Aviator #GeoChavez who_ 113 years ago on this date_ Sept 23, 1910 was officially declared #First #Pilot to cross the #Alps in the #Milano Air Race Circuit #deltiology #AviationHistory #Italy pic.twitter.com/Jz9pOfoaZT

 

— Marje Molder (@MarjeMolder) September 23, 2023

 

Barzini: “¿Se asustó usted?”

 

Chávez: “No”.

 

Barzini: “¿Y no le impresionó la visión de la montaña y de sus abismos?”

 

Chávez: “No. No pensaba en eso… No miraba abajo… No tenía mirada más que para lo que tenía enfrente de mí, solo pensaba que a unos cinco kilómetros de distancia estaba el paso del Monscera, alto, abrupto y presentía que no lograría volar por ahí… los vientos lo barrían, penetraban en él… A mi izquierda se abría el valle de Zwischberger que comunica con el Gondo. Es un estrecho desfiladero entre montañas cortadas a pico, encerrado entre el Seehorn y el Pioltone, más feo y más estrecho que el Gondo. Se le ve pasando por el camino. Y me he metido en él… No podía escoger. Tenía que decidirme en seguir… o aterrizar entre las rocas…”

 

Barzini: “¿A qué altura volaba usted?”

 

Chávez: “Por encima de los dos mil metros, a dos mil cien tal vez… He dado vueltas en torno al Seehorn y luego penetré en el desfiladero. Tres minutos después, tres largos e interminables minutos, le aseguro, estaba a espaldas del Pioltone y seguía el valle, un poco debajo de las cimas… El viento soplaba bastante fuerte, lo tenía a mis espaldas. Volaba velozmente, tal vez a más de cien kilómetros por hora. Sentía algunas sacudidas, las ráfagas de viento me llevaban como una tabla en un mar tempestuoso, pero los saltos eran menores que los anteriores… He recorrido en esa forma unos siete u ocho kilómetros hasta donde el valle se ensancha. Distinguí entonces, abajo y a mi izquierda, al otro lado del valle, la aldea de Varzo. Calculo que estaba a unos mil quinientos metros sobre ella. Las alturas sobre la otra orilla me han parecido más fáciles de sobrevolar y me he dirigido sobre el Varzo, disminuyendo mi altura a quinientos metros aproximadamente, alternando el vuelo planeado con algunos “reprises” (golpes) de motor… Y he hecho bien, porque he encontrado una zona más tranquila. Después de Varzo, he volado siempre sobre la orilla izquierda… He visto a lo lejos el valle de Ossola. Era el final. Llegué allí en un suspiro… Pasé sobre Domodossola, bajando cada vez más. He distinguido el campo de aterrizaje, mucha gente, una gran cruz blanca sobre el grass, la señal de aterrizaje. Luego… luego, usted sabe lo demas”.

 

2/2 #Antique 1910 #Italian #postcard commemorating #Peruvian #pioneer #aviator #GeoChavez who was declared #First #Pilot to cross #Alps 113 years ago when he crashed at #Domodossola _on this date Sept. 23, 1910 during “#Milano Air Race Circuit” He died on the 27th #philately pic.twitter.com/eAgDZWeA2p

 

— Marje Molder (@MarjeMolder) September 23, 2023

 

Barzini: “No. Cuénteme hasta el final”.

 

Chávez: “No sé. Bajaba muy bien, bajaba regularmente, un poco en vuelo planeado y un poco con la ayuda del motor para no ser arrastrado por el viento que soplaba… Hacía un aterrizaje normal… Estaba casi tocando el suelo, contento… Luego no sé más. No recuerdo lo que sucedió. Lo pienso, pero no puedo recordarlo… Me veo a unos cuantos metros del suelo, en mi aparato… y nada más”.

 

Barzini: “¿No ha visto usted cuando las alas se quebraban?”

 

Chávez “No, dicen que se han doblado como las alas de un pichón… ¿Es cierto, Duray?”

 

Duray: “No hablemos más de esto… Basta”.

 

Chávez calla… La habitación del hospital queda en silencio.



 

Con afecto,

Ruben

 

Una joya: La última entrevista al coronel Francisco

 

Una joya: La última entrevista al coronel Francisco Bolognesi




Publicado el 07-06-2020 Fuente actual: Diario La Crónica Viva 

Lima Peru 2024

 

 

Dos semanas antes de su inmolación, el 7 de junio de 1880 en la Batalla de Arica, el coronel Francisco Bolognesi fue entrevistado por un corresponsal del diario “Rejistro Oficial” de Ayacucho. Otro tesoro de los miles que se pueden encontrar en las bibliotecas. 140 años después, el coronel sí tiene quién lo lea.

 

El heroísmo del deber

 

Era el 23 de mayo de 1880. El Ejército Perú-boliviano, reunido en Tacna, había tomado sus posiciones en el “Campo de la Alianza” y esperaba resuelto el ataque del invasor, a quien se podría divisar con la ayuda de un anteojo a pocas millas de distancia.

 

El que esta línea escribe, fue enviado ese día a Arica, en una comisión importante, a bordo del Monitor Manco-Cápac.

 

El tren extraordinario salió para el vecino puerto a las 5 pm a fin de llegar en la noche a su destino y evitar así el cañoneo de la escuadra enemiga, que colocada frente a la desembocadura de los valles de Lluta y Chacalluta y fuera del alcance de las baterías de tierra, impedía la marcha del convoy.

 

Los pocos pasajeros que iban en el expreso, buscaron, como es natural, el mejor alojamiento y yo me encaminé a casa de D J de M., vecino notable del lugar, persona muy digna y respetable, cuya obsequiosa hospitalidad jamás podré olvidar.

 

El Jefe de la Plaza había establecido su domicilio en la citada casa y tuvo la mayor satisfacción al saber que yo venía de los altos de Tacna y que podía darle noticias fidedignas de lo que ocurría en el campamento, pues es de notarse que no obstante la corta distancia que la separa de esa ciudad, y á pesar del telégrafo y ferrocarril que los unen, en aquella no se sabía lo menor respecto a los movimientos del enemigo, al número de tropas con que contaba y a las mayores o menores probabilidades de victoria de nuestras parte.

 

FranciscoBolognesi

 

El coronel Bolognesi, a quien fui presentado, después de hacer los más gratos recuerdos de mi padre, de quien fue compañero y amigo, entabló conmigo el siguiente diálogo:

 

-Vamos, Ud. que viene de Tacna podrá darme noticias ciertas de nuestras tropas, pues las que aquí recibimos, o son muy tardías o no satisfacen de ningún modo.

 

-Señor, nuestro Ejército ocupa las mismas posiciones que tomó el general Campero: su estado de ánimo es satisfactorio aun para el patriotismo más exigente y ha recibido mayor estímulo, si cabe, con la incorporación de la “División de Tacna”, mandada por el prefecto Dr. Solar y que está compuesta de las Gendarmerías de los Departamentos de Tacna y Tarapacá, de las fuerzas de Policía y de la Guardia Nacional, en la que figuran personas de toda condición social, que no ha trepidado en ofrecer su contingente de sangre, en defensa de nuestra causa: todo, pues, asegura un próximo triunfo y se cree que los chilenos, vista la actitud resuelta del Ejército aliado, no se atrevan a avanzar y muden su plan de ataque.

 

-¡Qué disparate! ¿Se sabe acaso el número de fuerzas del enemigo?

 

-Ignoro, señor, si nuestros jefes están al cabo de esto, pero creo que nada se sabe de cierto y que los cálculos que se hacen sobre el particular son aventurados.

 

-Entonces, ¿cómo quiere Ud. que triunfemos? ¿Es posible, es racional confiar en la victoria sobre un enemigo, cuya fuerza numérica no se conoce? ¿Por qué no se ha organizado un servicio de espionaje cerca de él, que nos comunique cuantos datos nos interesen? ¿Por qué no imitamos a nuestros enemigos, que están al cabo de lo menos que ocurre en nuestro campamento y que no ignoran ni el número de soldados que tenemos en los hospitales?

 

-Me parece, señor, que, si nuestros jefes carecen de ese dato tan importante, en cambio han tomado sus medidas para contrarrestar cualquier ventaja que nos lleven los chilenos, y por lo mismo, nadie duda por un momento de la victoria.

 

- ¡Ay amigo! Ud. como la generalidad de nuestros compatriotas, lo ve todo color de rosa; pero es necesario convencernos de que nuestra condición no puede ser más triste: una serie de errores en todo sentido ha marcado desde un principio esta guerra, y, por lo tanto, el desenlace no lo veo favorable a nuestra causa. Cuando el Ejército enemigo se ha decidido a atacarnos en nuestras propias posiciones, es porque ha medido todos los inconvenientes que podían presentarse a su paso y ha encontrado los medios de vencerlos; es porque tiene la plena seguridad de conseguir el triunfo, pues este se lo garantiza con su mayor número de tropas, con el poder relativamente superior de sus tres armas y con el arrojo que es consiguiente a las ventajas que se han adquirido sobre el contrario. ¿Por qué antes de que adelantase a Sama, no se ha destacado una fuerza respetable sobre el litoral de Tarapacá? Con esta medida es más que probable que se le hubiese llamado la atención por ese lado, y que su plan cambiase por completo.

 

-Aparte de los graves riesgos que se hubieran presentado para tal expedición, creo que no había elementos de bastante movilidad para llevarla a cabo.

 

-No pues, está Ud. en un error. En el tiempo que me hallo al frente de Arica he proporcionado al Ejército aliado más de 900 mulas, sacadas de los valles de Azapa y Lluta y Chacalluta. Al habérseme dado el mando de la fuerza expedicionaria, yo le hubiera buscado la movilidad necesaria y habría respondido también del éxito. La condición actual de esta Plaza no puede ser más lamentable; todos la creen inexpugnable y sin embargo no podrá resistir al enemigo, en un ataque combinado de mar y tierra: es tan corto el número de sus defensores, que fácilmente pueden ser arrollados en un momento.

 

 

- ¿Es posible, señor, que tal sea su condición?, cuando todos la consideramos como un baluarte ante el cual se estrellarán los esfuerzos del enemigo, en el caso de un desastre, tanto más que es el punto de retirada que la sola razón aconseja.

 

-Lo que le digo a Ud. amigo. Si la próxima batalla nos es desfavorable, como mucho me lo temo, Arica está perdido y sin remedio, porque quedaremos aislados, por ue el enemigo traerá aquí todas sus tropas victoriosas, para atacarnos en combinación con su escuadra, porque tendremos que resignarnos a nuestra suerte. De mí sé decir a Ud. que, como ciudadano y como Jefe de esta Plaza; preferiré morir antes que rendirla, siquiera para que nuestros compatriotas se estimulen con nuestra conducta, siquiera para que la Historia diga en sus páginas, al hablar de esta guerra:

 

“Los defensores de Arica, no obstante, lo desesperado de su condición, cumplieron con su deber, prefiriendo morir en su puesto, antes que implorar la misericordia del vencedor”.

 

Pronunciando tan sublimes palabras, que ponían de manifiesto su acrisolado patriotismo y la grandeza de su alma, fuimos interrumpidos por la llegada de dos oficiales que venían a dar cuenta de una comisión.

 

Me despedí del Coronel Bolognesi para no volverle a ver más.



 

Juan Carlos Flórez Granda, director de SEHCAP (Sociedad de Estudios Históricos Coronel Arnaldo Panizo), encontró esta joya mientras realizaba una investigación para preparar una semblanza histórica del coronel Francisco Bolognesi. El artículo no lleva firma y fue publicado el 7 de enero 1882 en el diario “Registro Oficial” de Ayacucho.

 

Investigation: Walter Sosa Vivanco

Con afecto,

Ruben

viernes, 1 de marzo de 2024

Anna Pavlova

 

Anna Pavlova



(San Petersburgo, 1882 - La Haya, 1931) Bailarina rusa. Inició sus estudios en 1891, a la edad de diez años, en la Escuela de Ballet del Teatro Marinsky de San Petersburgo con Pavel Gerdt, Christian Johansson y Eugenia Sokolova. Debutó en la compañía el 1 de julio de 1899 con La Virgen Vestal. Fue partidaria de las reformas introducidas por Fokine, y aspiraba a una interpretación de la música en sus bailes.

 


 

Anna Pavlova

 


En 1905, Michel Fokine creó para ella La Muerte del Cisne, estrenada en San Petersburgo y presentada en el Metropolitan Opera House de Nueva York cinco años más tarde. Nombrada prima ballerina en 1906, estrenó en los papeles principales los ballets El Pabellón de Armida (1907), Chopiniana (1908) y Noches Egipcias (1908) de Fokine, algunos de los cuales volvió a bailar en el debut de los Ballets Russes de Diaghilev en París, el año 1909.

 

Después de varias giras por Londres, Nueva York, Praga y Berlín con Mikahil Mordkin como partenaire, Anna Pavlova, aún ligada al Teatro Marinsky, formó su propia compañía en 1910. El grupo, formado por tan sólo ocho bailarines en un principio, fue ampliado en 1913 para realizar una gira por toda América. Harcourt Algenaroff, Hilda Butsova, Laurent Novikoff, Ruth Page, Pierre Vladimirov y Alexander Volinine fueron algunos de sus colaboradores. La Primera Guerra Mundial la sorprendió en Berlín, pero consiguió trasladarse a Londres, donde había actuado privadamente para el rey Eduardo VII y la reina Alejandra.

 

El desagrado de Pavlova por las nuevas tendencias coreográficas, que le había llevado a rechazar en los Ballets Russes de Diaghilev el papel principal de L'Oiseau de Feu (1910) de Michel Fokine, quedaba patente en el repertorio de su compañía, integrado por muchos de los clásicos del siglo XIX, además de los ballets The Fairy Doll (1914), de Ivan Clustine, y otros coreografiados por la misma Anna Pavlova, como Dragonfly (Fritz Kreisler, 1914), California Poppy (Piotr Ilich Tchaikovsky, 1916) y Autumn Leaves (Frédéric Chopin, 1918).

 

A lo largo de sus quince años de existencia (desde su creación en 1910 hasta la retirada de la bailarina en 1925), la compañía de Ana Pavlova ofreció más de cuatro mil representaciones en los cinco continentes. Estos espectáculos estuvieron organizados por el empresario Victor D'André, descrito a menudo como su marido, aunque no se ha encontrado un certificado que lo demuestre. Anna Pavlova murió en La Haya a consecuencia de una pulmonía. En 1924, el actor Douglas Fairbanks filmó algunos de los solos de Pavlova, que posteriormente pasaron a formar parte de la película The Inmortal Swan (1956).



 

Su baile más famoso fue La muerte del cisne, arreglado para ella por Fokine, con música de Camille Saint-Saëns. Pavlova solía interpretar bailes adaptados especialmente a ella, que expresaban estados de ánimo, simbolizaban épocas o caracterizaban flores o criaturas: Hojas de otoño, Navidades, Impresiones orientales, El dragón. Inspiró a toda una generación y extendió su amor hacia el ballet por todo el mundo.

 

Cómo citar este artículo:

Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Anna Pavlova». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004. Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/p/pavlova.htm [fecha de acceso: 1 de marzo de 2024].



Con afecto,

Ruben

miércoles, 28 de febrero de 2024

Cuento: El viejo sistema 2

 


El viejo sistema 2

[Cuento largo - Texto completo.]

Saul Bellow


 




Las ideas del primo Isaac: una red de cómputos, fachadas, elevaciones, hipotecas, dinero de ida y vuelta. Y como, además, cuando era joven había sido fuerte y atrevido, y esto nunca lo había abandonado del todo —permanecía únicamente en forma de comentario ingenioso—, de hecho su piedad parecía fingida. Añadida. Aquello de recitar los salmos en las obras. «Cuando examino los cielos, el trabajo de Tus dedos… ¿qué es el hombre para que Tú te preocupes por él?» Pero estaba claro que lo decía de buena fe. Se tomaba libre la tarde entera antes de las fiestas importantes. Mientras su rubia mujer, acalorada por la cocina, tomaba nota con el aire ligeramente



bíblico que se esperaba de ella, él estaba en el piso de arriba bañándose y cambiándose de ropa. Había visitado las tumbas de sus padres y anunciaba a su regreso:

—He ido al cementerio.

—Ah —decía ella con simpatía, y el ojo bonito lleno de candor. El otro seguía despidiendo un diminuto destello de astucia.

Los padres, ahogados en arcilla. Dos cajas, una al lado de la otra. Una hierba de un verde fortísimo se extendía sobre ellas, e Isaac repetía una oración al Dios de la misericordia. Además, en hebreo con acento báltico, cosa de la que se burlaban los israelíes modernos. Los árboles de septiembre, amarillentos después de una o dos noches de helada, ahora que el cielo estaba azul y cálido, daban luz en vez de sombra. Isaac estaba preocupado por sus padres. Allí abajo, ¿cómo estaban? Le preocupaba la humedad, el frío, y sobre todo los gusanos. Cuando había helada, se le encogía el corazón al pensar en la tía Rose y el tío Braun, aunque como constructor supiera que estaban por debajo de la línea del hielo. Pero había una fuerza humana, su amor, que afectaba a su criterio, tan práctico para otras cosas. Desaparecía. Quizá, como constructor y experto en viviendas —y miembro de dos, no una, de las comisiones del gobernador— sentía especialmente que esos muertos no estaban bien protegidos. Pero Tina —al fin y al cabo también eran sus muertos— consideraba que él seguía explotando a papá y mamá y que la habría explotado a ella también si se hubiera dejado.

Durante varios años, en la misma estación, se producía una escena entre ellos. Lo piadoso antes del día de expiación consistía en visitar a los muertos y perdonar a los vivos: perdonar y pedir perdón. Por consiguiente, Isaac iba una vez al año a la vieja casa. Aparcaba su Cadillac. Llamaba al timbre, con el corazón latiendo fuerte. Esperaba al pie de la larga y encerrada escalera. El pequeño edificio de ladrillo, que ya era viejo en 1915 cuando lo compró el tío Braun, fue heredado por Tina, quien intentó modernizarlo. Había sacado las ideas de la revista House Beautiful. El papel con el que empapeló los inclinados muros de la escalera era inadecuado. No importaba. Tina, desde arriba, abría la puerta, veía la figura masculina y la cara llena de señales de su hermano y decía:

—¿Qué quieres?

—¡Tina! Por Dios santo, he venido a hacer las paces.

—¿Qué paces? Nos privaste a todos de una fortuna.

—Los otros no están de acuerdo. Venga, Tina, somos hermanos. Acuérdate de papá y mamá. Recuerda…

Ella le gritaba desde arriba:

—¡Hijo de puta! ¡Claro que me acuerdo! Ahora lárgate. Dando un portazo, ella marcaba el número de su hermano Aaron, mientras encendía uno de sus cigarrillos.

—Ha vuelto a venir —le decía—. ¡Vaya mierda! No va a practicar su maldita religión conmigo.

Ella decía que odiaba su actitud ortodoxa rastrera. A ella no la engañaba. En un trato o en una estafa.-Pero no soportaba aquel sentimentalismo.

En cuanto a ella, es posible que tuviera un cuerpo de mujer, pero actuaba como un hombre. Y con un vestido puesto, mientras llegaba una música tierna de la radio, se fumaba un cigarrillo después de que Isaac se hubiera marchado, tronando por dentro con grandes sacudidas de sentimiento. Para las cuales, de otro modo, no había ocasión. Es posible que maldijera a su hermano, pensaba el doctor Braun, pero le debía mucho. La tía Rose, que había sido una defensora tan dura del dinero, le había dejado a su hija necesidades, ¡vaya necesidades! La decencia tranquila de la vida doméstica de una mujer de mediana edad —marido, hija, cosas de casa— no hacía nada para calmar unas necesidades como las suyas.

De manera que, cuando Isaac Braun le dijo a su mujer que había visitado las tumbas de la familia, ella supo que había vuelto a ir a ver a Tina. Se había repetido la escena. Isaac, con una voz y unos gestos que pertenecían a la historia y que no tenían lugar ni paralelo en el Nueva York industrial del norte, apeló a su hermana ante los ojos de Dios y, en nombre de los que ya no estaban, le rogó que acabase con su rabia. Pero ella le gritó desde lo alto de las escaleras: «¡Nunca! Hijo de puta, ¡nunca!», y él se marchó.

Isaac se iba a casa a buscar consuelo y más tarde caminaba hasta la sinagoga con el corazón dolido. Era un líder de la congregación, lastrado por la pena. Se golpeaba el pecho con el puño en un gesto anticuado de penitencia. El modo moderno era el del comedimiento. La moderación anglosajona. El rabino, con sus aires de relaciones públicas de la avenida Madison, no aprobaba aquellas lágrimas europeas y dramáticas acompañadas de golpes de pecho. Hacía que el solista bajara el tono. Pero Isaac Braun, cubierto por el chal de oraciones de su padre, con sus rayas negras y sus flecos, apretaba los dientes y se iba a llorar cerca del arca.

Estas visitas anuales a Tina continuaron hasta que ella se puso enferma. Cuando la hospitalizaron, Isaac telefoneó al doctor Braun y le pidió que averiguara cómo iban realmente las cosas.

—Pero yo no soy médico.

—Eres científico. Tú lo comprenderás mejor.

Cualquiera lo podía haber comprendido. Se estaba muriendo de cáncer de hígado. Habían probado con la radiación de cobalto. La quimioterapia. Ambas la pusieron más enferma todavía. El doctor Braun le dijo a Isaac:

—No hay esperanzas.

—Lo sé.

—¿La has visto?

—No. Me lo ha dicho Mutt.

Isaac le envió con Mutt el recado de que quería visitarla en el hospital. Tina se negó a verlo.

Y Mutt, con su cara larga y oscura, feo pero amable, con ojos de perro, la apremió dulcemente:

—Deberías verlo, Tina. Pero Tina dijo:

—No. ¿Por qué? Lo que él quiere es ver un lecho de muerte judío. No.

—Venga, Tina.

—No —dijo ella, aún con más firmeza. Entonces añadió—: Lo odio —como si le explicara que Mutt no debía esperar que ella renunciase a ese sentimiento. Y un poco más tarde añadió, en voz más baja, como si hablase en general—: Yo no puedo ayudarlo.

Pero Isaac llamaba por teléfono a Mutt todos los días, y le decía:

—Tengo que ver a mi hermana.

—No consigo que acepte.

—Tienes que explicárselo. Ella no sabe lo que está bien. Isaac llegó incluso a telefonear a Fenster, aunque, como todo el mundo sabía, tenía una opinión muy pobre sobre la inteligencia de este último. Y Fenster le contestó:

—Ella dice que nos hiciste una jugarreta.

—¿Yo? Ella se asustó y se retiró. Yo tuve que hacerlo todo solo.

—Te sacudiste de encima a toda la familia.

De manera bastante simple, con la franqueza del tonto de la Biblia (así es como lo veía Isaac, y Fenster lo sabía), le dijo:

—Tú lo querías todo para ti, Isaac.

Era demasiado esperar, le dijo Isaac al doctor Braun, que lo dejasen disfrutar su gran fortuna sin protestar. Y admitió que era muy rico. No le dijo cuánto dinero tenía. Esto era un misterio para la familia. Los viejos decían: «Ni él mismo lo sabe».

Isaac le confesó a su primo, el doctor Braun: «Nunca la he comprendido». Incluso así, le afectó mucho más al año siguiente.

La prima Tina había descubierto que no era necesario obligarse con las viejas reglas. Que, como se le negaba a Isaac el doloroso deseo de ver el rostro de su hermana, todo se colocaba en una esfera distinta de conocimiento superior, doloroso pero más verdadero que el antiguo. Parecía como si ella, desde su lecho, estuviese dirigiendo esta investigación.

—Deberías dejarlo que viniera —le decía Mutt.

—¿Porque me estoy muriendo?

Mutt, simple y oscuro, la miró, sus negros ojos momentáneamente vacíos mientras buscaba una respuesta:

—La gente se recupera —le dijo.

Pero ella le dijo, con una rara indiferencia con respecto al hecho:

—Esta vez no.

Ya se le había puesto la cara demacrada y el vientre hinchado. Se le estaban hinchando también las piernas. Ella había visto esos signos en otros y los comprendía.

—Llama todos los días —le dijo Mutt.

Ella pidió que le hicieran las uñas. De un color rojo oscuro, casi marrón. Era una de esas rarezas de la necesidad o del deseo. El anillo que le había quitado a su madre lo tenía ahora suelto en el dedo. E, incorporándose en la cama levantada, como si hubiera encontrado un momento de paz, cruzó los brazos y dijo, apretando el encaje de la sábana con las puntas de los dedos:

—Entonces transmítele a Isaac mi mensaje, Mutt: lo recibiré, pero le costará dinero.

—¿Dinero?

—Me tendrá que pagar veinte mil dólares.

—Tina, eso no está bien.

—¿Por qué no? Son para mi hija. Los va a necesitar.

—No, no necesita ese tipo de dinero. —Él sabía lo que había dejado la tía Rose—. Hay suficiente y tú lo sabes.

—Si quiere venir, ese es el precio de entrada —dijo ella—.

Es solo una parte de lo que nos quitó.

Mutt dijo sencillamente:

—A mí nunca me quitó nada.

Curiosamente, tenía en el rostro la astucia de los Braun, pero nunca la practicaba. Esto no se debía a que hubiese resultado herido en el Pacífico. Siempre había sido así. Le envió a Isaac el mensaje de Tina en un papel comercial, ELECTRODOMÉSTICOS BRAUN, 4 2 CLINTON, como si fuera una oferta de contrato. Ni un comentario, ni siquiera una firma.

«Tina acepta por veinte de los grandes en efectivo. Si no, no»

En opinión del doctor Braun, su prima Tina se había aprovechado de la fuerza de la muerte para crear una situación dramática, que al mismo tiempo era cómica. Mientras se decía esto a sí mismo, le llegó una reacción de burla. La muerte, esa novia horrible, esperaba con una consumación que nunca había ofrecido la vida. Devaluaba, por tanto, la vida, llenando el espacio vacío que quedaba (que debería haber estado reservado para la belleza, lo milagroso, la nobleza), con una monstruosidad obesa, rencor, fracaso y tortura autoinfligida.

Isaac, el día que recibió las condiciones de Tina, tenía previsto salir al río con la comisión anticontaminación del gobernador. El Departamento de Caza y Pesca había enviado un barco para llevar a los cuatro miembros de la comisión al Hudson. Iban a ir hacia el sur, hasta Germantown, donde parecía ser que el río, con las montañas al este, medía más de un kilómetro de ancho. Y de vuelta a Albany, Isaac había querido cancelar esta inspección, tenía muchas cosas en que pensar, su cabeza estaba llena. «Abarrotado» era el término que le gustaba utilizar a Braun para hablar de ello, el que mejor le parecía que expresaba el estado mental de Isaac. Pero Isaac no pudo liberarse de esta visita oficial. Su mujer le hizo ponerse el sombrero de paja y un traje fresco. Se inclinó a un costado del barco, con las manos fuertemente agarradas a la barandilla de color rojo oscuro con ensambladuras de bronce. Respiró entre dientes. Por detrás de las piernas y en el cuello, el pulso le latía con fuerza; y en la cabeza una arteria hinchada le hacía tomar conciencia, a él solo, del aire que pasaba por su lado y del agua tan hermosa. Dos jóvenes profesores de Rengelaer les dieron una charla sobre la geología y la fauna del alto Hudson y sobre los problemas industriales y comunitarios de la región. Las ciudades estaban arrojando aguas residuales sin tratar al Mohawk y al Hudson. Se veía salir el flujo de unas tuberías de tamaño gigante. Cloacas, dijo el profesor de la barba roja y los dientes estropeados. Tenía mucho metal oscuro dentro de la boca, encías de peltre en vez de hueso. Y una tubería con la que señalaba los trozos de basura que volvían el río amarillento. Las ciudades esparcían sus desperdicios. ¿Cómo podían eliminar aquello? Se habló de algunos métodos: plantas de tratamiento; energía nuclear. Por último el profesor presentó un ingenioso proyecto de ingeniería para enviar todos los desperdicios al interior de la Tierra, muy por debajo de la corteza, a miles de metros, en las capas más profundas. Pero incluso aunque un día se pusiera freno a la contaminación, se tardarían cincuenta años en hacer que el río volviese a ser lo que era. Los peces habían sobrevivido mucho tiempo pero al final abandonaron los viejos lugares de desove. Solo quedaba una anguila salvaje y carroñera dominando las aguas. Aquel río seguía siendo grande a pesar de las lagunas de desechos y de lo retorcido de las anguilas. Uno de los miembros de la comisión tenía un rostro vagamente familiar, largo y estrecho, la boca como un pestillo, las mejillas hundidas, el hueso de la nariz deformado, y el pelo que empezaba a escasear. Amable. Delgado. Como estaba pensando en Tina, Isaac no se había enterado de cómo se llamaba. Pero al mirar las páginas impresas que les había preparado el personal, vio que se trataba de Ilkington junior. Ese hombre tranquilo y agradable que te miraba de manera tan profunda con aquella cabeza blanca, los largos pantalones retorcidos por la brisa mientras agarraba la barandilla de metal detrás de él.

Era evidente que sabía lo de los cien mil dólares.

—Me parece que yo conocí a su padre —le dijo Isaac, en voz muy baja.

—Desde luego que sí —dijo Ilkington. Era delgado para su altura; tenía la piel tirante, que le brillaba en las sienes, y un liquen rojizo de sangre se extendía por sus mejillas. Los capilares.

—El viejo está bien.

—Me alegro.

—Sí. Está bien. Muy débil, sin embargo. Lo pasó mal, ¿sabe?

—No sabía.

—Oh, sí. Invirtió en la construcción de un hotel en Nassau y perdió su dinero.

—¿Todo? —dijo Isaac.

—Todo el legítimo.

—Lo siento mucho.

—Es una suerte que tuviera alguna cosita en la que apoyarse.

—Ah, ¿sí?

—Desde luego.

—Ya veo. Eso fue una suerte.

—Le durará.

Isaac se alegró de saberlo y apreció la amabilidad de Ilkington al decírselo. También sabía lo que el club de campo de Robbstown había representado para él, pero no se lo echó en cara, sino que se comportó cortésmente. Por lo que a Isaac, lleno de gratitud, le habría gustado mostrar su agradecimiento. Pero con esa gente lo que uno mostraba lo mostraba en silencio. De esto le parecía a Isaac que estaba empezando a apreciar el valor. La sabiduría nativa y diferente de los gentiles, que tenían mucho que decir pero se contenían. ¿A qué se dedicaba este Ilkington junior? Volvió a mirar los papeles y encontró un párrafo con su biografía. Especialista en seguros. Diversas comisiones del gobierno. Probablemente Isaac podría haber hablado de Tina con ese hombre. Sí, en el cielo. En la tierra nunca iban a hablar de una cosa así. Tendrían que conformarse con impresiones silenciosas. Variaciones incomunicadas, un contacto amable pero callado. Parecía que la gente, cuantas más cosas tenía en la cabeza, menos sabía cómo comunicarlas.

—Cuando le escriba a su padre, dele recuerdos de mi parte. Mientras tanto, el profesor seguía diciendo que las comunidades que vivían a la orilla del río no iban a pagar ningún tipo de planta de tratamiento de aguas residuales. Tendría que costearlas el gobierno federal. Eso era lo justo, pensó Isaac, ya que el Departamento de Hacienda se llevaba a Washington miles de millones en impuestos y no dejaba mucho localmente. De manera que ellos echaban los excrementos en los ríos. Isaac, que había construido muchas casas a lo largo del Mohawk, siempre había dado esto por sentado. Había construido edificios sórdidos de los que estaba tan orgulloso… Había estado orgulloso.

Saltó a la orilla cuando amarraron el barco. El comisionado del Estado había cogido una anguila del agua para mostrársela al grupo de inspección. La anguila se escapó retorciéndose hacia el río formando círculos rápidos y enérgicos, rascándose la piel en las planchas, con la cresta en pie. ¡Plop! Negra y viscosa, con la boca abierta para perecer.

La brisa había cesado y el agua apestaba. Isaac se fue a casa en su Cadillac, con el aire acondicionado puesto. Su mujer le dijo:

—¿Qué tal ha estado?

Él no tenía respuesta que dar.

—¿Y qué vas a hacer con Tina? Una vez más, no dijo nada.

Pero, conociendo a Isaac, y viendo cómo estaba de excitado, ella previó que iría a Nueva York para pedir consejo. Más tarde se lo dijo al doctor Braun, y él no vio razón alguna para impedírselo. Las esposas inteligentes tienen el don de predecir las cosas. A los maridos afortunados se les perdona su previsibilidad.

Isaac tenía un rabino en Williamsburg. Era tan ortodoxo como eso. Y no fue en avión. Tomó un compartimento en el tren Twentieth Century, que salió de Albany justo antes del amanecer.

Únicamente había luz suficiente para ver el río. Pero no se veía la orilla oeste. Un tanque cubierto de humo y gases dividía el agua bituminosa. Por fin surgieron las montañas en el horizonte.

Querían jubilar el viejo tren. Las alfombras estaban sucias y los retretes apestaban. Los camareros del coche restaurante eran desaseados. Isaac tomó tostadas y café, rechazando los olores de jamón y tocino respirando fuerte. Comió con el sombrero puesto. Era racialmente distinto, como sabía bien el doctor Braun. El grupo sanguíneo era característico del mediterráneo oriental. Incluso sus huellas digitales pertenecían a un modelo distinto. La nariz, los ojos grandes y oscuros, la piel tostada, rajada por un médico ruso en los viejos tiempos. Y, mirando por la ventanilla cuando pasaban a toda velocidad por Rhinecliff, Isaac vio, con la familiaridad de cientos de viajes, aquella enorme superficie de agua, la espesa masa de árboles, el espacio iluminado. Dentro del compartimento, en una cautividad ociosa, encerrado con aquella tapicería horrible y la puerta que traqueteaba. El viejo arsenal, la isla de Bannerman, el juguetón castillo, con los sauces de color verde amarillento retozando a su alrededor, y el agua brillante, tan verde como él la recordaba de 1910, cuando era uno de los cuarenta millones de extranjeros que llegaban a América. Recordó las vías, tal y como eran entonces, las corrientes retorciéndose y la montaña con su cima redondeada, y la pared de roca descendiendo curvada hacia el río.

Desde la estación Grand Central, llevando un maletín con todo lo necesario en su interior, Isaac tomó el metro para ir al lugar de su cita. Esperó en la antesala, donde los barbudos seguidores del rabino salían y entraban con sus largas chaquetas. Isaac iba vestido con traje de negocios, pero eso no hacía que pareciera menos arcaico que el resto. El suelo estaba desnudo. Los asientos eran de madera y las paredes blancas y punteadas. Pero las ventanas estaban sucias, como si el exterior no importara. De estas personas, muchas eran supervivientes del Holocausto alemán. El propio rabino lo había padecido de niño. Después de la guerra, había vivido en Holanda y Bélgica y había estudiado ciencias en Francia. En Montpellier. Bioquímica. Pero había sentido la llamada a estos deberes espirituales en Nueva York; Isaac no estaba seguro de cómo había sucedido esto. Y ahora llevaba la barba completa. En su despacho, sentado ante una pequeña mesa con un cuaderno de notas verde y un bolígrafo, la conversación se desarrolló en la jerga, en yídish.

—Rabino, mi nombre es Isaac Braun.

—De Albany. Sí, lo recuerdo.

—Soy el mayor de cuatro hermanos. Mi hermana, la más joven, la muzinka, se está muriendo.

—¿Estás seguro de esto?

—De un cáncer del hígado, con muchos dolores.

—Entonces es cierto. Sí, se está muriendo.

En aquel rostro tan blanco y redondo, la barba del rabino crecía larga y espesa en rizos ensortijados. Era un hombre fuerte y joven, con el grueso cuerpo abotonado apretadamente en el hábito negro y brillante.

—Hay cierta cosa que se produjo poco después de la guerra. La oportunidad de comprar un terreno valioso para la construcción. Yo invité a mis hermanos y a mi hermana a invertir conmigo, rabino, pero el día…

El rabino escuchó, con el blanco rostro levantado hacia una esquina del techo, pero totalmente atento, con las manos apretadas contra las costillas, por encima de la cintura.

—Comprendo. Trataste de ponerte en contacto con ellos aquel día y te sentiste abandonado.

—Me abandonaron, rabino.

—Pero aquello también fue una suerte para ti. Ellos te volvieron la espalda, y eso te hizo rico. No tuviste que compartir.

Isaac admitió esto pero añadió:

—Si no hubiera sido en un trato, habría sido en otro.

—¿Crees que estabas destinado a ser rico?

—Yo estaba seguro de que así sería. Y había muchas oportunidades.

—Tu hermana, la pobre, es muy dura. Se equivoca. No tiene motivos de queja contra ti.

—Me alegra oír eso —dijo Isaac. No obstante, «me alegra» era solo una expresión, porque en realidad estaba sufriendo.

—Tu hermana no es pobre, ¿verdad?

—No, heredó algunos bienes. Y a su marido le va bastante bien. Aunque supongo que una enfermedad tan larga cuesta dinero.

—Sí, es una enfermedad agotadora. Pero los vivos solo pueden desear vivir. Yo hablo de los judíos. Quisieron aniquilarnos. Consentir habría sido dar la espalda a Dios. Pero volviendo a tu problema: ¿has pensado en tu hermano Aaron? Él aconsejó a los demás que no se arriesgaran.

—Lo sé.

—A él le interesaba que ella se enfadara contigo y no con él.

—Comprendo.

—Él es el culpable. Está pecando contra ti. Tu otro hermano es un buen hombre.

—¿Mutt? Sí, lo sé, es un hombre decente. Casi no sobrevivió a la guerra. Le dispararon en la cabeza.

—¿No ha perdido la cabeza?

—Eso creo.

—A veces es necesario algo como eso, una bala en la cabeza.

El rabino hizo una pausa y volvió la redonda cara, con la negra barba inclinada sobre los pliegues del brillante hábito. Y entonces, mientras Isaac le contaba cómo siempre iba a ver a Tina antes de las grandes fiestas, empezó a ponerse impaciente, moviendo la cabeza hacia delante, pero con los ojos vueltos de lado.

—Sí. Sí. —Estaba seguro de que Isaac había hecho lo correcto—. Sí. Tú tienes el dinero. Ella te guarda rencor. Eso no es razonable. Pero así es como ella lo ve. Tú eres un hombre. Ella es solo una mujer. Tú eres un hombre rico.

—Pero, rabino —dijo Isaac—, ahora está en su lecho de muerte, y yo he querido verla.

—Sí. ¿Y bien?

—Quiere que pague por ello.

—¿Ah? ¿De verdad? ¿Dinero?

—Veinte mil dólares. Para que me dejen entrar en la habitación.

El corpulento rabino se quedó parado, con los blancos dedos en los reposabrazos de la silla de madera.

—Supongo que ella sabe que se está muriendo, ¿verdad? —dijo.

—Sí.

—Sí. A todos los judíos les encantan las bromas en el momento de la muerte. Yo conozco muchas. Bien. América no lo ha cambiado todo, ¿verdad? La gente cree que Dios tiene sentido del humor. Esas bromas que gastan los moribundos muestran que tienen un alma fuerte y valiente, pero escéptica. ¿Qué tipo de mujer es tu hermana?

—Fuerte. Grande.

—Ya veo. Una mujer gorda. Un trozo de carne con ojos, como se suele decir. Y mira a las que tienen más suerte, como un animal en una jaula, quizá. Aislada. Por el deseo y la desesperación. Una niña gorda así: a veces la gente se comporta como si estuvieran solos cuando hay presente un niño así. De manera que esas pequeñas almas monstruosas tienen un destino extraño. Ven a la gente como es cuando nadie está mirando. Tienen una visión muy triste de la humanidad.

Isaac respetaba al rabino. Lo reverenciaba, según el doctor. Pero quizá no era lo suficientemente anticuado para él, a pesar del sombrero, la barba y la gabardina. Tenía el tono antiguo, las maneras, el corte corpulento, el juicio tranquilo universal del genio moral judío. Suficiente para satisfacer a cualquiera. Pero había también en él algo extraño, es decir, contemporáneo. De vez en cuando, mostraba un signo del estudiante de ciencias, el bioquímico del sur de Francia, de Montpellier. Probablemente hablaba inglés con acento francés, mientras que el primo Isaac hablaba como todos los demás en el norte del estado. En yídish tenía el mismo dialecto: ruso blanco, de la región de Minsk. Los pantanos de Pripet, pensó el doctor Braun. Y entonces volvió a observar el halcón encima del sicomoro blanco a orillas del Mohawk. Sí, quizá. Entre estos pájaros recientes, pinzones, zorzales, estaba el primo Isaac con más escamas que plumas en sus alas. Él era un tipo más a la antigua. El ojo castaño y rojizo, los fuertes músculos del mentón que no dejaban de trabajar bajo la piel. Hasta la herida era preciosa para él. A Braun le parecía que lo conocía, o más bien, tenía el deseo de haberlo conocido. Porque todas aquellas personas estaban muertas. Era un amor inútil.

—¿Puede usted permitirse pagar ese dinero? —preguntó el rabino. Y, cuando Isaac dudo, le dijo—: No le estoy preguntando a qué cifra se eleva su fortuna. Eso no es asunto mío. Pero ¿podría usted pagarle los veinte mil?

Isaac, con un aspecto muy cansado, le dijo:

—Si tuviera que hacerlo.

—¿Sería eso un gran golpe para su fortuna?

—No.

—En ese caso, ¿por qué no lo paga?

—¿Cree usted que debería?

—No soy yo quien tiene que decirle que entregue tanto dinero. Pero usted ya dio, apostó y confió en aquel otro hombre, el goy.

—¿Ilkington? Aquello era un riesgo de negocios. Pero ¿y Tina? ¿Cree usted que debo pagar?

—Ceda. Yo diría, juzgando a la hermana por el hermano, que no hay otra solución.

Entonces Isaac le dio las gracias por su tiempo y su opinión. Salió a la plena luz de la calle, que olía a estiércol. El aburrido cemento de los edificios, desalineados, los bloques torcidos, la mugre encima de más mugre como si estuvieran hechos de zapatos viejos y no de ladrillos. Allí era el contratista el que miraba. El aroma de azúcar y café tostado era fuerte, pero el aire veraniego se movía deprisa en medio de la humedad y debajo del enorme puente pisoteado por las máquinas. Andaba buscando la entrada del metro, pero vio en su lugar un taxi amarillo con la luz encendida en el techo. Primero le dijo al chófer: «Grand Central», pero en la primera esquina cambió de opinión y dijo: «Lléveme al aeropuerto de West Side». No había ningún tren rápido para Albany hasta el final de la tarde. No podía esperar en la calle Cuarenta y dos. Hoy no. Debía haber sabido todo el tiempo que tendría que pagar el dinero. Solo había venido a confirmar su opinión consultando con el rabino. Para tener la ley y la sabiduría de su parte. Pero Tina, desde su lecho de muerte, había hecho un movimiento demasiado fuerte. Si él se negaba a pagar, nadie se lo iba a echar en cara. Pero él se sentiría muy dañado. ¿Cómo iba a soportarse a sí mismo? Porque él ahora ganaba fácilmente esas cantidades. Si el precio hubiera sido de cincuenta mil dólares, Tina habría estado diciendo que no quería verlo más, pero veinte mil, esa cifra era una elección astuta. Y la ortodoxia no le ofrecía otra solución. Ahora todo dependía de él.

Habiendo decidido capitular, sentía una especie de temeridad mortal. Nunca había volado antes. Pero quizá ya iba siendo hora. Todos habían vivido bastante. Y en todo caso, mientras el taxi reptaba por entre la muchedumbre de la hora de la comida en la calle Veintitrés, le pareció que de todas formas ya había bastante gente en el mundo.

En el autobús del aeropuerto abrió el ejemplar de los salmos que había heredado de su padre. Las negras letras en hebreo únicamente lo miraban como bocas abiertas con la lengua fuera, señalando hacia arriba, como llamas estúpidas. Lo intentó, intentó obligarse a hacerlo. No le sirvió de nada. El túnel, los humanos, los esqueletos de automóviles, las entrañas de las máquinas, los basureros, las gaviotas, todo ello le pintaba una imagen de una Newark temblorosa en medio del verano, concentrando su atención en el detalle. Como si él no fuera Isaac Braun sino un hombre que tomaba fotografías. Después, cuando el avión empezó a correr con furia concentrada para despegar, con toda la fuerza que necesitaba para despegarse del magnetismo de la tierra, y más, cuando vio que la tierra se quedaba detrás y la máquina se elevaba, desde la pista, se dijo a sí mismo en su interior con claridad: Shema Yisroel. «Óyeme, Israel, ¡solo Dios es Dios!» A su derecha se extendía Nueva York como un gigante hacia el mar, y el avión, con un salto de las ruedas retráctiles, se volvió hacia el río, el Hudson, verde por las mareas y por el viento. Isaac exhaló el aliento que había estado conteniendo, pero no se quitó el cinturón. Por encima de los maravillosos puentes, de las nubes, cuando navega por la atmósfera, uno se da cuenta mejor que nunca de que no es ningún ángel.

El vuelo fue corto. Desde el aeropuerto de Albany, Isaac telefoneó a su banco. Le dijo a Spinwall, que era con quien hacía los negocios, que necesitaba veinte mil dólares en efectivo.

—No hay ningún problema —le dijo Spinwall—. Los enemos.

Isaac le explicó al doctor Braun:

—Tengo varias libretas de ahorro en el depósito del banco.

Probablemente tenía varias cuentas individuales de diez mil dólares, protegidas por el seguro federal de depósitos. Debía de tener muchas.

Entró en la cámara acorazada por la redonda puerta, la puerta delicada, circular y enorme, como la luna que se acerca tal y como la ven los navegantes del espacio. Un taxi lo esperaba en la puerta cuando sacó el dinero y los llevó a él y a los dólares de su maletín al hospital. Llegaron al hospital, con sus llagas purulentas y el olor a carne sin esperanza y a drogas, las ostentosas flores y los vestidos arrugados. En el gran ascensor en forma de jaula en el que podían meterse camas enteras, motores y máquinas de laboratorio, los ojos se le iban a la hermosa y silenciosa negra que controlaba los mandos mientras se movían lentamente desde la entrada al entresuelo, del entresuelo al primero. Estaban los dos solos, y, como no iban a ir más rápido, se encontró observando las hermosas y fuertes piernas de ella, su busto, el brillo y el metal dorado de sus gafas, y la hinchazón sensual de su garganta, justo debajo de la barbilla. A pesar de sí mismo, todo esto lo impresionó mientras se dirigía despacio al lecho de muerte de su hermana.

En la puerta del ascensor, mientras se abría, lo esperaba su hermano Mutt.

—¡Isaac!

—¿Cómo está?

—Muy mal.

—Bien, pues aquí estoy. Con el dinero.

Confundido, Mutt no sabía cómo mirarlo. Parecía asustado. El control que Tina ejercía sobre Mutt siempre había sido grande. Aunque era tres o cuatro años mayor que ella. Isaac entendía de algún modo sus motivos y le dijo:

—Está bien, Mutt. Si tengo que pagar, estoy dispuesto.

Lo que ella diga.

—Puede que ni siquiera se dé cuenta.

—Llévaselo. Dile que estoy aquí. Quiero ver a mi hermana, Mutt.

Incapaz de mirarlo a la cara, Mutt cogió el maletín y entró en la habitación de Tina. Isaac se retiró de la puerta sin mirar por la rendija. Como no podía estarse quieto, se paseó por el pasillo, con las manos a la espalda. Pasó por la fila de sillas de ruedas vacías. Le repelían estas cosas fabricadas para la debilidad. Odiaba esos objetos, odiaba el olor de los hospitales. Tenía sesenta años. Sabía el camino que él también tendría que tomar, y pronto. Pero solo lo sabía, aún no lo sentía. Para él la muerte todavía estaba lejos. En cuanto a la entrega del dinero, por la que Mutt estaba avergonzado, participando sin querer en algo injusto y grotesco (sí, era algo exagerado, como las cosas que se les ocurría pedir a las mujeres durante el embarazo, que querían comer melocotones, o tomar cerveza, o comer yeso de las paredes). Pero él, tan pronto como entregó el dinero, no se preocupó más por él. Aquello no era nada. Se alegraba de soltarlo. Apenas podía entender esto de sí mismo. Una vez entregó el dinero, cesó el tormento. Nada de nada. Aquello lo habían hecho para castigarlo, para aislarlo, para condenarlo por algo, para meterlo en una categoría. Pero el efecto fue exactamente el contrario. ¿Qué categoría? ¿Dónde estaba? Si ella creía que lo hacía sufrir, no lo hacía. Si ella creía que comprendía el alma de él mejor que nadie (su pobre hermana moribunda), no, no la comprendía.

Y el doctor Braun, sintiendo junto a él esta labor de diseño y desesperación, este último intento de intercambiar los sentidos, se levantó, se quedó de pie mirando los trozos de hielo, los jirones de vapor en el cielo azul invernal.

Entonces la enfermera privada de Tina abrió la puerta e indicó a Isaac que entrara. Él se apresuró a hacerlo y se quedó parado con una mirada ahogada. La parte de arriba del cuerpo de su hermana estaba demacrada y amarilla. Tenía el estómago hinchado y las piernas y tobillos de un grosor grotesco. Los deformes pies se habían liberado de la colcha. Tenía las plantas como tierra. La piel de las sienes estaba tirante. El pelo, blanco. Tenía una aguja intravenosa pegada al brazo y otros tubos iban de su cuerpo a unos recipientes de excrementos que había debajo de la cama. Mutt le había colocado el maletín delante. No lo había abierto. Descarnada, con el pelo ralo y los negros ojos imposibles de descifrar, ella lo miraba fijamente.

—¡Tina!

—Me preguntaba qué harías —dijo ella.

—Está todo aquí.

Pero ella apartó el maletín de un manotazo y dijo, con voz ahogada:

—No, quédatelo.

Él se inclinó para besarla. Ella levantó el brazo que tenía libre y trató de abrazarlo. Estaba demasiado débil, demasiado medicada. Él sintió los huesos de su obesa hermana. La muerte. El final. La tumba. Se echaron a llorar. Y Mutt también, colocándose al pie de la cama, con la boca retorcida y las lágrimas rodándole por las mejillas. Las lágrimas de Tina eran más gruesas y lentas.

El anillo que Tina le había quitado a la tía Rose estaba atado a aquel dedo consumido con hilo dental. Ella levantó una mano hacia la enfermera. Todo estaba preparado. La enfermera cortó el hilo. Tina le dijo a Isaac:

—El dinero no. No lo quiero. Toma tú el anillo de mamá. Y el doctor Braun, profundamente conmovido, trató de entender qué era la emoción. ¿Para qué servía? ¿Cuál era su finalidad? Y ahora nadie la quería. Quizá era mejor mantenerse frío. En la vida y en la muerte. Pero, una vez más, esa frialdad sería proporcional al grado de calor que uno llevara dentro. No obstante, una vez que la humanidad hubiese comprendido su propio sentido, que era humano pasar por esas pasiones, empezaría a explotar, jugar, molestar para excitarse, hacer ruido y formar un circo con los sentimientos. De manera que los Braun lloraron por la muerte de Tina. Isaac sostuvo el anillo de su madre en la mano. También el doctor Braun tenía lágrimas en los ojos. Estos judíos, ¡estos judíos! ¡Sus sentimientos, sus corazones! A menudo el doctor Braun solo quería frenar todo esto. Porque, ¿para qué servía? Uno detrás de otro se iban yendo los moribundos. Así se fueron, uno por uno. Uno mismo se iba. La infancia, la familia, la amistad y el amor se ahogaban en la tumba. ¡Y esas lágrimas! Cuando uno lloraba con el corazón, le parecía que justificaba algo o que comprendía algo. Pero ¿qué es lo que comprendía? Una vez más, ¡nada! Era solo un sentimiento de comprensión. La promesa de que la humanidad podía —podía, y digo bien— al final, gracias a este don que podía —podía, ¡otra vez!— ser un don divino, comprender el sentido de la vida. De la vida y de la muerte.

Y una vez más, ¿por qué adoptaron estas formas en concreto Isaac y Tina? Cuando el doctor Braun cerró los ojos, vio, rojo sobre negro, algo parecido a los procesos moleculares, la única heráldica auténtica del ser. Igual que, más tarde, en la oscuridad del día que acababa, se dirigió hacia la oscura ventana de la cocina para echar una mirada a las estrellas. Esas cosas despedidas por una gran sacudida engendradora hace miles de millones de años.

*FIN*

Con afecto,

Ruben