domingo, 4 de diciembre de 2011

Actitud: La muerte lenta de la conversacion


Acabo de leer en  la red que a la entrada de algunos restaurantes europeos se  les decomisan a los clientes sus teléfonos celulares mientras permanecen en el local.
 Según la     nota, se trata de una corriente de personas que busca recobrar el placer de comer, beber y conversar sin que los ring s y tonadas  los interrumpan, ni  que los  
 comensales den vueltas como gatos entre las mesas mientras hablan a gritos.
 La noticia me produjo envidia de la buena. Personalmente, ya no      recuerdo lo que es sostener una conversación de corrido, larga y profunda, bebiendo café o chocolate, sin que mi interlocutor me deje con la palabra   en la boca, porque suena su celular (que tal los que mantienen el auricular y el micrófono puestos y no se sabe si hablan con uno o con el que está al otro lado de la línea!!).                                    
                                                                            

 En ocasiones es peor. Hace poco estaba en una reunión de trabajo que simplemente se disolvió porque tres de las cinco personas que estábamos en   la mesa empezaron a atender sus llamadas urgentes por celular.
Era un caos indescriptible de conversaciones al mismo tiempo.                       
                                                                         
 Gracias al celular, la conversación se está convirtiendo en un esbozo telegráfico que no llega a ningún lado. El teléfono se ha convertido en un   verdadero intruso. Cada vez es peor.
Antes, la gente solía buscar un rincón para hablar. Ahora se ha perdido el pudor. Todo el mundo grita por    su móvil, desde el lugar mismo en que se encuentra.                     
                                                                         
 
No niego las virtudes de la comunicación por celular. La velocidad, el don de la ubicación inmediata que produce y por supuesto, la integración que ha       
 propiciado para muchos sectores antes al margen de la telefonía.
Pero me preocupa que mientras más nos comunicamos en la distancia, menos nos
 hablamos cuando estamos cerca.                                          
                                                                            

 Me impresiona la dependencia que tenemos del teléfono. Preferimos perder la cédula profesional que el  teléfono móvil, pues con frecuencia, la tarjeta SIM   funciona más que nuestra propia memoria.
El celular más que un instrumento, parece una extensión del cuerpo, y casi nadie puede resistir    la sensación de abandono y soledad cuando pasan las horas y este no suena. Por eso quizá algunos nunca lo apagan. ¡Ni en cine!
He visto a más de  uno contestar en voz baja para decir: "Estoy en cine, ahora te llamo".      
                                                                         
 Es algo que por más que intento, no puedo entender. También puedo percibir la sensación de desamparo que se produce en muchas personas cuando  las azafatas dicen en el avión que está a punto de despegar que es hora de apagar los celulares.
 También he sido testigo de la inquietud que se    
 desata cuando suena uno de los timbres más populares y todos en acto reflejo nos llevamos la mano al bolsillo o la cartera, buscando el propio    aparato.                                                                
                                                                            

 Pero de todos, los Blackberry merecen capítulo aparte. Enajenados y autistas. Así he visto a muchos de mis colegas, absortos en el chat de  
 este nuevo invento. La escena suele repetirse.                          
                                                                         
 El Blackberry en el escritorio. Un pitido que anuncia la llegada de un mensaje, y el personaje que tengo en frente se lanza sobre el teléfono.
 
Casi nunca pueden abstenerse de contestar de inmediato. Lo veo teclear un rato, masajear la bolita, y sonreír; luego mirarme y decir: "¿En qué    
 íbamos?". Pero ya la conversación se ha ido al traste. No conozco a nadie que tenga Blackberry y no sea adicto a éste.                            
                                                                         
 Alguien me decía que antes, en las mañanas al levantarse, su primer instinto era tomarse un buen café. Ahora su primer acto cotidiano es tomar
 su aparato y responder al instante todos sus mensajes.
 Es la tiranía de lo instantáneo, de lo simultáneo, de lo disperso, de la sobredosis de      
 información y de la conexión con un mundo virtual que terminará acabando con el otrora delicioso placer de conversar con el otro, frente a frente.
                                                                         
                                                                         
 ANONIMO