domingo, 4 de diciembre de 2011

Cuento:Una profesión


Por: Javiera Vega

El padre pensó en una profesión para su hijo. Algo que le deparara placer y además de seguridad económica le otorgara una satisfacción espiritual que lo calmara, lo sosegara sin buscarlo. Pensó en la vida de los pescadores, con quienes había compartido sus vacaciones estudiantiles en la pequeña caleta del centro del país, los recordaba alegres y despreocupados en sus barcas, navegando en busca de la pesca, sintiendo el aire del mar aguerrirles  los rostros con su salinidad, pero a la vuelta del viaje,  en la costa, el frió y la pobreza de sus casas pesaban mas que la libertad que el mar les ofrecía y  volvían a estar tristes, hoscos, encarcelados en sus miserias.
Pensó en el oficio de los obreros, en una vida encuadrada por el horario de una jornada agotadora, donde el pitazo del cambio de turno les recuerda que deben prepararse para el día siguiente, porque el consorcio de los industriales no se detiene a ver en el hombre al hombre sino que este no es mas que una herramienta para la edificación de sus fortunas. El obrero vive una vida prestada sujeta a la usura de un industrial. En total nada nuevo porque mientras el hombre persevere en sus ansias de poder sobre sus semejantes la vida no será más que el dictamen de los privilegiados sobre los menos afortunados.
Tenia que existir un oficio de de ensueños y real. Algo abstracto pero también físico. Algo pasivo pero vibrante, algo que le conmoviera las vísceras  y le colmara el alma. El padre comenzó a golpetear con los dedos el borde de la mesa pensando en una profesión placentera para su pequeño hijo, golpeteo en forma rítmica sintiendo la presión evadírsele por las yemas de sus dedos hasta que se quedo dormido con la cabeza, hacia atrás, a la cabecera de la mesa del comedor. Al otro día observo los rulos rubios de su pequeño colgándole a la espalda, su corazón se lleno de dicha, le había pedido a su mujer los dejara crecer libres aunque la usanza de entonces eran chiquillos de cabezas rapadas mujer había consentido para demostrar a los parientes que el retoño lucia igual a su marido en una foto tomada en 1933 , cuando poso para el álbum familiar con sus manitas sobre la silla de mimbre y los rulos rubios colgándole a la espalda sobre un primoroso vestido de batista. El niño había llegado tarde a su vida, no tendría el tiempo para guiarlo y apoyarlo; en la adolescencia se iba a encontrar huérfano, con una madre joven que atraería hombres a la casa y en medio de tal situación se congestionarían sus estudios, y de nervios, se comería las uñas y se reventaría en espinillas, al final con energía de mozo se raparía los pelos y comenzaría a vivir como un holgazán. Esa mañana de primavera el padre asió a su pequeño de la mano y caminaron hasta el fondo del patio donde se encontraba la fuente, que era una pileta de mármol con un chorro de agua lanzada al aire por el tálamo de un querubín, la habían construido sus antepasados, en la época romántica cuando las declaraciones de amor debían ser dichas en un ambiente propicio a la aceptación de la persona requerida, y donde el mismo propuso a su mujer cinco años atrás, y donde ella sin quitar la vista del querubín lo había aceptado para huir de su pobreza.
Lo sentó en el balancín frente a los geranios y lo impulso suavemente por los aires, provocando la  risa del niño con su rostro tenue sol.  Luego se sentaron bajo un árbol a escuchar el agua caer sobre la loza de la fuente, permanecieron quietos, el niño sentado sobre sus piernas, con la cabeza recostada sobre el pecho de su padre, en silencio, con el silencio que otorgan los niños cuando están satisfechos, y aun no saben hablar. Pronto los envolvió una melodía natural, una armonía de sonidos y de voces. El patio les contaba su vida  y el niño aprendía el lenguaje de la naturaleza.  Cuando llego el invierno continuaron sus visitas a la fuente, a pesar de las advertencias y continuos regaños de la madre” te vas a enfermar tu y vas a enfermar al niño”. Lo que ella no sabia era que el pequeño a la menor contrariedad corría a tironear la manga de la chaqueta de su padre y a este no le quedaba otra cosa que hacer que abrirle la huerta, entonces el niño comenzaba a caminar rápidamente hacia el fondo del patio, el resignado padre lo seguía resignado como de costumbre se sentaba al lado de su hijo, entumecido y callado a mirar el cielo gris por entre las ramas de los árboles, mientras el niño comenzaba a dialogar con la naturaleza en una conversación de sonidos nuevos.
A los tres años del niño la madre se quejo con una voz exasperada por el dolor,”el niño tiene una tara vocal” pues los sonidos que el niño emitía, aunque perfectos en su tono, no tenían semejanza alguna con ninguna lengua humana hasta entonces conocida; “hay que llevarlo a un especialista”, acoto terminantemente. El padre planteo la situación, tendría que llevarlo al doctor para satisfacer a su mujer, pero el sabia que el niño hablaba. Si los sonidos que emitía eran distintos, era el lenguaje del lugar del fondo del patio. Decidió salir a caminar para despejar sus pensamientos.
En las calles se desplegaba todo el paganismo de festejos que los comerciantes promueven para la navidad, la gente convulsionada se agitaba de un lado a otro en busca de los últimos regalos, y en medio de este alboroto sentado sobre un banco, en la esquina de la calle iluminada, un ciego tocaba el violín. Cuanta dulzura había en las notas, una paz infinita le inundaba el rostro mientras su oído reposaba sobre el instrumento y sus manos ejecutaban una música mágica que vislumbraba a las palomas y hacia quedarse estáticas con sus ojos agudos y crestas levantadas... El revoletear de las palomas al dispersarse, connoto al ciego la presencia del hombre, se quedaron en silencio uno frente al otro, al fin  el ciego dijo”gracias por haber venido, te he estado esperando desde que nació tu hijo” Comenzó a interpretar una melodía suave, infinita, descubriendo con la música un mundo que solo el percibía. Al padre se le cayeron las lagrimas cuando en medio del ajetreo navideño el ciego partió tras sus notas, esfumándose al cielo en un ultimo acorde, entonces el padre desligo con infinito cuidado el violín de los brazos muertos y partió con su preciado regalo  hacia a su hogar. El niño miro con sorpresa, y por primera vez emitió un”gracias papa” claro y bien pronunciado para la sorpresa de la madre, y el padre comprendió que el niño había encontrado una profesión.